La teoría del paraguas
La teoría del paraguas.
Lo que te protege a vos, puede lastimar a otros.
Hay títulos que se me ocurren antes que la historia y esta es una de esas veces. Creí que iba a usar el título para hacer un análisis crítico a la política, grupos hegemónicos defendiendo minorías y tratando de abrir un juicio humano sobre la situación horrible que es el capitalismo mundializado de hoy en día. Eso quería hacer, claro...no fue lo que pasó.
Lo que pasó fue que me senté en un café y me dije que por fin iba a pensar en las historias que me quedaban contar, escribir por milésima vez los títulos de las que ya existían en mi cabeza para convencerme a mí misma que transcribirlas en papel iba a servirles a otras cabezas. A veces creo que no vale la pena, si ya existen en mi por qué querría que otros las conozcan? Son más perfectas así, sin ser transformadas y hasta degeneradas por otros...no necesito otra aprobación, pero ese punto es el que va a esclarecer el por qué y el suspiro final de esta historia.
Para empezar, busqué asiento con la mirada. Todo ocupado, pero creí divisar un sillón individual vacío al fondo pero en la entrada del café. Caminé cargando con todo el abrigo que llevaba encima, lo que me hacía sentirme torpe ya que las mesas estaban todas demasiado cerca unas de otras. El invierno y los cafés pueden llevarse muy bien cómo pueden llevarse muy mal. Es cuestión de contexto.
Llegué al esperado sillón y me di cuenta que habían dos mujeres sentadas en los otros dos sillones, era algo así como la misma locación. Mi deseado sillón formaba parte de su mesa. Les hablé en inglés:
-Perdón, están usando este sillón?
Una de ellas, la que vestía una campera roja y rodete alto, me observó de reojo y tardó más de tres segundos en contestar.
-No
Volvió a bajar la mirada mientras su compañera seguía hablando en voz alta.
-Si-dijo la otra.
La otra tenía un saco de vestir gris, camisa azul y un acento de lo más prolijo. No pude entender mucho de lo que hablaba pero no me costó entender las palabras "publicidad", "costo", "redes", "entretenimiento" y entonces cuando me di cuenta de que no había una tercera persona presente para darme una respuesta empatada, volví a preguntar.
-Perdón, puedo usarla entonces?
-Si -respondió la primera.
Ya ni me acuerdo si levantó la vista o no, pero realmente no quiero hacerlas quedar mal como las malas de la historia. Las conclusiones están sujetas al pensamiento crítico de cada lector.
Seguían tan sumidas en la conversación, planeando, tirando precios y hablando tan rápido que decidí sentarme y dejar de prestarles atención.
Miré por la ventana y me maravillé de la casualidad que me llevó a disfrutar semejante pintura fílmica. Personas, lluvia, luces, atardecer, paraguas. Algunos de la mano con, otros de la mano sin, otros solos con y otros solos sin. Pude contar siete perros y dos semáforos completos.
Saqué mi cuaderno, abrí la lapicera. Vi que entró un señor afroamericano que ya había divisado cuando sacaba mis instrumentos. Tenía los ojos muy abiertos, corrí la mirada antes de sacar conclusiones o prejuicios inexistentes sobre que tan largas tienen que ser las miradas para empezar a ser acosadoras y subí el volumen de mi música. El jazz era lindo pero si realmente quería conectar con mi cabeza y alejarme de las dos voces que prometían proliferar mi fluir mental, tenía que usar mis auriculares. Empecé a escribir una palabra y noté que el señor que había observado segundos atrás ya estaba adentro pidiendo plata. La música ayudaba a que no pudiese escuchar lo que decía. Pensé en tratar de hacerme más invisible para que no trate de pedirme plata. No suelo dar plata, la verdad es que hasta me cuesta dar una propina cuando se que cuento las monedas para vivir acá, pagar la residencia y mis estudios. No sé cómo actuaría si tuviese plata 100% mia en la billetera. Cuando la tuve nadie me llegó a pedir...o quizá fui demasiado invisible en ese entonces. No sé cómo juzgaría esto, no sé cómo vos estas juzgando esto pero no me sirve de nada ponerme moralista cuando estoy tratando de llegar a algo razonable. Podríamos pensar esto de mil maneras viéndolo desde un millón de perspectivas y los hechos no cambiarían, no quería darle plata al señor.
Unos dedos aparecieron a escasos centímetros de mis ojos como queriendo captar mi atención. Me saque los auriculares y lo miré esperando el siguiente discurso.
-Estoy en un equipo de basquet con mis amigos y no nos alcanza para comprar el uniforme...
Ahí deje de entender lo que decía. Mis ojos se posaban entre los suyos y los papeles firmados que tenía en la mano.
Asentí y creo que emití un gesto como para que me cuente más, seguí sin entender. Solo el final.
-Si puede colaborar...con lo que sea. Lo que venga de su corazón.
Le respondí algo como "déjeme ver que tengo". Me agaché y alcancé mi billetera, la abrí adentro de la mochila para evitar la cantidad de parafernalias que podrían surgir en su cabeza. Claro que el no sabía que contaba los dólares para llegar a cubrir todos los gastos que tenía, no tenía por qué saberlo así que trate de inclinar mi cabeza más abajo. Encontré 5 dólares. Los saqué y se los di.
Parecía sorprendido y yo también lo estaba. 5 dólares...no son cinco pesos argentinos...son como 75.
"Ya está, no me compro el trago que planeaba comprarme en un par de horas con mis amigos", pensé. Me agradeció y siguió buscando gente para conseguir más plata. Yo no podía dejar de pensar lo que hice. Primero, porque 5 dólares es realmente mucha plata. Segundo, porque confié en lo que un señor desconocido me dijo y entonces le di 5 dólares. Tercero...los 5 dólares no eran del todo míos. No sabía que mala palabra decir o que pensar porque no quería criticar la situación como buena o mala porque dependiendo de en que posición me paraba, era una cosa u otra. Decidí entonces optar solo por seguir sorprendida.
Seguía sin los auriculares puestos, pero mientras me los ponía escuche que el señor les quería hablar a las dos mujeres que seguían hablando de lo mismo y al mismo ritmo que antes para contarles su relato. No giré la cabeza pero pude ver en el reflejo de la ventana que ellas, aunque perfectamente podían escucharlo, optaban por no hacerlo. El señor volvió a insistir. Nada.
Dió media vuelta y de fue. Creo que pasaron dos minutos y yo seguía pensando en paraguas, en perspectivas y en trajes de basquet. Pensé en deseos, pensé en un sistema que los crea para aplastarlos y planteé esto una y otra vez mientras sus voces decoraban con frialdad todo lo que estaba pensando.
Ojalá costase solo 5 dólares hacerles entender que los paraguas pueden lastimar y que la calle está repleta.
Pero eso sí, mojarse puede ser un tanto incómodo.
-Vamonos- dijo la primera
-Okay- respondió la segunda.
Ojalá fuese tan fácil irse.
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