CAPÍTULO 03

Perséfone apenas tuvo tiempo de mirar atrás mientras corría hacia el tren con Percy, ambos empujando sus respectivos carritos. Percy solo podía ir considerablemente más lento que ella porque no solo su baúl estaba más pesado si no también porque llevaba la jaula de su lechuza, Hermes, que comenzaba a hacer ruidos escandalosos si sentía el movimiento demasiado brusco.

Hermes era lechuza suya tanto como de su hermano. Desde el momento en que se la habían obsequiado a Percy, él siempre había estado dispuesto a compartirla con ella, e incluso, había sido Perséfone quien eligió su nombre, que se relacionaba con la mitología griega y con el suyo. Hermes, mensajero de los dioses.

De cualquier modo, al pobre Hermes le tocó resignarse a hulular porque si no aceleraban el paso, no llegarían a tiempo.

No era que la familia Weasley fuera la más puntual del mundo, pero jamás habían llegado tan tarde como en esa ocasión, entrando al anden solo cinco minutos antes de que el tren partiera. Y, además, Percy y Perséfone debían reportarse en la cabina de los prefectos apenas comenzara el viaje, para recibir instrucciones.

En palabras más simples, ellos iban a llegar muy, muy, muy tarde.

Se las arreglaron para ignorar los quejidos del ave mientras maniobraban y subían al tren. Después de dejar todas sus cosas en el compartimento de equipaje, ella se prometió dar golosinas extra a Hermes para compensarle, no era su culpa que hubieran tenido que regresar a casa tres veces porque los gemelos olvidaron sus kits de bromas de Zonko's, Ginny olvidó su diario y Ron olvidó su poster de los Chudley Cannons.

Percy y Perséfone entraron al compartimento de prefectos con expresiones igualmente serias, justo en el momento en el que el tren se puso en movimiento. Ambos se sentaron uno junto al otro. Allí estaban también los prefectos de las otras casas: de Slytherin, Gemma Farley y Gale Ollivander; de Ravenclaw, Penélope Clearwater y Robert Hilliard; y de Hufflepuff, Savvanah Scamander y Gabriel Truman.

Perséfone sonrió al notar la forma en que Penélope y Percy se colocaron más erguidos, tensos como la cuerda de un violín, intentando no mirarse entre sí. Ella sabía lo que había entre ellos, por supuesto, pues no era algo que su hermano escondería, no a ella, al menos.

Penélope era amable, pero no tanto como para que fuera extraño o sospechoso. Era inteligente y responsable, aunque un poco tímida para el gusto de Perséfone, aunque eso probablemente solo la hacía más adecuada para su hermano. Era bueno que tuviera alguien más con quien refugiarse entre libros y esconderse de un mundo que no podía apreciarlos como merecían.

—Buenos días —saludó Perséfone, cordial, como si no hubieran llegado elegantemente tarde.

—Buenos días —respondió Savvanah, mientras los demás les dirigían asentamientos de cabeza de cortesía como saludo.

La junta de prefectos terminó con rapidez después de que el premio anual ingresó y les indicó patrullar sectores distintos del tren en caso de que alguno de los estudiantes pudiera necesitar ayuda o simplemente algún tipo de orientación. Perséfone salió del compartimento tan rápido como pudo, tirando del brazo de su hermano, sin embargo, para su desgracia, no fue lo suficientemente rápida.

— ¡Perséfone! —exclamaron a sus espaldas.

Ella se detuvo, resignada, y su hermano frunció el ceño. Ambos se giraron para observar a Gale Ollivander.

Gale Ollivander era el prefecto de Slytherin, un chico delgado y alto, de cabello negro y ojos gricaseos. Si era completamente honesta consigo misma, él le gustaba un poco, y, a juzgar por la cantidad de veces que él le había lanzado indirectas sobre salir juntos, a él también le gustaba ella, y probablemente por eso Perséfone le rehuía como a la peste.

—Gale —saludó Perséfone, sin demasiado entusiasmo.

—Ollivander —saludó también Percy.

—Weasley —saludó Gale—. Quisiera hablar con tu hermana.

—No veo que él te esté cubriendo la boca para que no lo hagas —espetó Perséfone, mordaz. Con disimulo, Percy le dio un codazo que pretendía golpear sus costillas pero le dio en el brazo.

Percy no se molestó en intentar irse para darles algo de privacidad, consciente de que eso solo haría enfadar a Perséfone y que esa breve conversación resultara ser aún más breve.

—Te encanta lo literal, ¿verdad? De acuerdo. Este verano tuve un tutor que me enseñó a realizar el encantamiento patronus —dijo, con una sonrisa astuta que puso ligeramente tensa a Perséfone. Maldita sonrisa, maldito Ollivander, ¿por qué no podía ser feo y tonto?

Antes de que ella pudiera espetarle que si tantas ganas tenía de contarle su vida a alguien, se consiguiera un diario y la dejara a ella en paz, sintió como su hermano se tensaba a su lado. En apenas un segundo, Perséfone entendió la nueva estrategia de Gale, y mierda, era tan buena que por un momento realmente quiso salir con él.

Percy y ella adoraban el conocimiento, pero su hermano no solo lo adoraba, lo codiciaba. La información era como su pequeña droga personal, amaba ser la persona más inteligente de la habitación, y casi siempre lo era.

El encantamiento patronus era un encantamiento extraordinariamente complejo que muchos magos y brujas no podían dominar ni siquiera a lo largo de toda una vida, y aquel chico de sexto año lo había hecho, lo que no solo lo hacía más atractivo a sus ojos, si no también lo hacía útil para su hermano.

Perséfone se esforzó por ablandar su expresión y sonreír un poco.

—Es impresionante —admitió, con honestidad.

Gale sonrió.

—Lo sé —dijo.

Perséfone quiso golpearlo, evidentemente no la iba a invitar a salir, la estaba obligando a hacerlo ella misma si quería el conocimiento que él tenía. Y lo quería, para Percy.

¿Quién diría que sería su hermano el motivo por el que le pediría una cita al chico que le gustaba después de tratarlo mal por años?

— ¿Qué harás el siguiente fin de semana? —preguntó Perséfone, dándole apertura, y era todo lo que haría, si él no tomaba la oportunidad, entonces se las arreglaría para conseguir alguien (cualquier persona) que le enseñara ese hechizo.

—Salir contigo al Lago Negro, y quizá enseñarte el patronus —dijo él, metiendo las manos a sus bolsillos casi con desinterés.

Ella sonrió, sabía que aprovecharía.

—Al Bosque Prohibido. ¿O te da miedo?

—Quiero salir contigo y te lo pido frente a tu hermano, ya podría pedir mi transferencia a Gryffindor.

—Tiene un punto —murmuró Percy, mirando el suelo con aspecto incómodo.

—Bosque Prohibido, sábado, 9 de la mañana —dijo Perséfone.

—Eres mandona —dijo Gale.

—Intenta tener cinco hermanos menores y después dime qué efectos tiene en tu maravillosa personalidad. ¿Entonces?

—Pues resulta que no me molestan las órdenes, te veo ahí.

—De acuerdo.

Gale sonrió y se alejó, trotando por el pasillo del tren para alcanzar a Gemma Farley, que había comenzado su patrullaje sin él. Mientras tanto, Perséfone y Percy avanzaron en la dirección opuesta a la que se habían ido los prefectos de Slytherin. 

—Si te lastima... —dijo Percy, en voz baja.

Perséfone soltó una carcajada.

— ¿Qué harás? —preguntó, desafiante.

Percy la miró con el ceño fruncido, como si no le gustara la insinuación de su hermana.

—Le diré a McGonagall que me copió en su examen de transformaciones —dijo, muy seguro de sí mismo y Perséfone soltó una tos sospechosamente parecida a una risa, que llevó a Percy a balbucear—. Y le diré a Fred y George.

Perséfone se quebró y le pasó el brazo por la cintura, entre risas.

—Te amo, hermano.

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