Redención
one-shot 5: Redención
El murmullo suave del jazz se mezclaba con risas ahogadas y el chocar de copas, llenando la habitación de una atmósfera engañosa. La casa estaba decorada con lámparas bajas que proyectaban sombras doradas sobre las paredes, mientras los generales brindaban por la reciente victoria. Sesshomaru, sin embargo, mantenía los labios apretados. Tenía una copa en la mano, pero no había probado una gota.
El peso de la última batalla, una masacre brutal que apenas dejaba tiempo para respirar, seguía sobre sus hombros. Los demás celebraban, olvidando momentáneamente el dolor y la sangre que aún se impregnaban en sus recuerdos. Pero él no podía. La guerra no había terminado. No había nada que celebrar.
A su alrededor, el humo del tabaco flotaba pesadamente en el aire, y el sonido de la música no conseguía acallar el eco de sus pensamientos. Los violines, aunque suaves, le hacían recordar los gritos de aquellos que habían caído hace apenas un mes. Cerró los ojos, intentando borrar las imágenes, pero era inútil. Estaba atrapado entre la máscara de indiferencia que mostraba y la tormenta interna que lo asfixiaba.
Entonces, la puerta principal se abrió con un leve chirrido, y una figura femenina entró, perturbando la atmósfera cargada. Llevaba una larga falda que rozaba sus tobillos y una camisa de cuadros abotonada hasta el cuello, completamente fuera de lugar en una escena como aquella. Mientras avanzaba entre los hombres, sus movimientos rápidos y nerviosos llamaron la atención de Sesshomaru. Ella era joven, hermosa, pero su rostro estaba tenso, casi desesperado.
A pesar de que se había prometido no involucrarse, algo en esa mujer lo atrapó. Sus ojos la siguieron instintivamente, incapaz de apartar la mirada. Ella no pertenecía allí, eso estaba claro. No solo por su ropa, sino por el aura de inquietud que irradiaba. Parecía estar buscando algo, o a alguien.
—¿Qué tanto ves, Sesshomaru? —le preguntó uno de sus compañeros, con una risa burda.
Él no respondió de inmediato, mantuvo la mirada fija en la joven mientras se deslizaba entre los hombres como una sombra. Finalmente, murmuró:
—Nada... no es nada.
Pero era una mentira. La incomodidad que ella proyectaba lo había alcanzado, removiendo algo en su interior que no sabía que estaba ahí. Dejó la copa a un lado y, sin pensarlo demasiado, empezó a seguirla desde la distancia. Cada paso de la joven parecía más urgente, como si el tiempo se le estuviera agotando. La vio detenerse frente a un hombre joven, un guardia que claramente la conocía.
—Rin, esto es una locura. Si padre se entera de que has venido, no volverás a salir nunca más —le susurró el hombre, con la mandíbula tensa. Sus palabras eran rápidas, pero cargadas de preocupación.
—¡Pero mamá está muy enferma! —respondió ella, con la voz quebrada y los ojos vidriosos—. Necesito las medicinas, no sé qué más hacer.
Sacó un pequeño reloj de bolsillo, apretándolo contra su pecho, como si ese objeto tuviera el poder de detener la urgencia en su corazón. El guardia, visiblemente molesto, metió la mano en su bolsa y le entregó un puñado de monedas de oro.
—Aquí tienes, pero vete ya. No puedes quedarte en este lugar lleno de hombres borrachos y soldados. Si algo te pasara...
Sesshomaru sintió cómo su corazón daba un vuelco. No sabía por qué, pero algo en esa escena lo perturbaba profundamente. Quería acercarse, ofrecer su ayuda, pero antes de que pudiera hacer algo, una mano fuerte se posó sobre su hombro.
—Sesshomaru, te necesitan adentro. El superior ha pedido que todos estén presentes —dijo un hombre con el uniforme impecable.
Sesshomaru dudó por un segundo, con la mirada fija en la joven, Rin, que ahora tomaba las monedas con manos temblorosas. Su hermano la empujó suavemente hacia la salida, pero sus ojos, llenos de desesperación, se quedaron un momento más en la habitación, como si aún esperaran encontrar algo.
Sin más opción, Sesshomaru se giró y siguió al hombre hacia el interior de la sala. Pero incluso mientras caminaba, sus pensamientos permanecían con ella. Algo le decía que esa joven, Rin, estaba en peligro, y aunque no sabía qué lo impulsaba, supo que no sería la última vez que sus caminos se cruzarían.
El tiempo pasó en medio del caos de la guerra, con Sesshomaru convertido en capitán tras sus innumerables hazañas. Ahora, con cada decisión que tomaba, sentía el peso de la responsabilidad no solo por sus hombres, sino por algo aún más importante: su madre, que había quedado sola en casa, esperando que él regresara con vida. Ella era su único vínculo con el pasado, lo único que mantenía en pie su razón para seguir luchando.
La noche era densa, oscura, y el frío calaba en los huesos mientras Sesshomaru y sus hombres se preparaban para lo inevitable. Sabían que el enemigo estaba cerca, al acecho en algún lugar entre los árboles. Aguardaban, sabiendo que el ataque vendría, pero no cuándo. Sesshomaru sentía en el fondo de su alma que algo no estaba bien. El enemigo parecía saber más de lo que deberían. Era como si alguien hubiera filtrado información, como si los hubieran vendido.
Uno de sus hombres se acercó a él, susurrando nervioso:
—Capitán, algo no cuadra. Este silencio... es demasiado extraño.
Sesshomaru asintió, su mirada fija en el horizonte oscuro. Había aprendido a confiar en sus instintos, y ahora estos le gritaban que algo estaba mal. Su mente no paraba de pensar en su madre, sola en su pequeña casa, aguardando noticias suyas. Sabía que si él caía, ella quedaría desprotegida, sola en un mundo que no tenía piedad. Su madre lo había dado todo por él, y ahora, con cada segundo que pasaba, sentía que le debía su vida.
—Mantente firme —ordenó finalmente—. No dispares hasta que los veas.
El soldado asintió y volvió a su puesto, pero Sesshomaru seguía con la sensación de que estaban caminando hacia una trampa. Algo no iba bien, y lo sabían. Pero no podían retroceder ahora.
De repente, el silbido de las balas rompió el aire como una tempestad violenta. Los disparos comenzaron a resonar entre los árboles, y sus hombres se vieron forzados a reaccionar de inmediato. El ataque había llegado, y parecía que el enemigo lo sabía todo. La emboscada era perfecta. Gritos y caos se mezclaban en el frío de la noche.
Sesshomaru intentó organizar a sus hombres, pero el asalto fue demasiado rápido, demasiado preciso. Los disparos venían desde todas direcciones, como si el enemigo conociera cada uno de sus movimientos. La traición se hacía cada vez más clara. Mientras daba órdenes, trataba de mantenerse enfocado. Su prioridad era sobrevivir, seguir adelante, no solo por sus hombres, sino por su madre. No podía dejarla sola.
Sin pensarlo dos veces, salió de su posición y se lanzó hacia el bosque, tratando de detener el avance enemigo. Las balas volaban a su alrededor, rebotando en los árboles y levantando polvo y tierra a su paso. Derribó a varios enemigos, pero sabía que no era suficiente. No había manera de detener el avance. Aún así, tenía que intentarlo.
Y entonces sucedió.
Sintió un impacto seco en su costado, seguido de un dolor agudo que lo dejó sin aliento. Una bala lo había alcanzado. Su cuerpo cayó pesadamente al suelo, mientras todo a su alrededor parecía girar en una confusa espiral de caos y gritos. Trató de levantarse, de continuar luchando, pero sus fuerzas lo abandonaban.
El frío empezó a instalarse en su piel, y Sesshomaru supo que este podría ser su final. Su mente, ya entumecida por el dolor, voló hacia su madre, sola en casa. ¿Qué sería de ella si él no volvía? No podía morir aquí, no sin intentar vivir por ella. Pero el cansancio era insoportable, y la oscuridad comenzaba a reclamarlo.
De pronto, un toque suave y delicado rozó su rostro. Algo frío, un paño mojado, fue colocado sobre su frente. Apenas consciente, Sesshomaru abrió los ojos lo justo para ver una figura difusa junto a él, alguien que intentaba salvarlo. La voz era suave, casi un susurro, pero él no lograba distinguir las palabras. La visión borrosa no le permitía reconocer al desconocido.
Intentó mantenerse despierto, pero estaba agotado. Demasiado herido para luchar. Su cuerpo, traicionado por la bala, ya no le respondía. Todo lo que quedaba era ese frío paño, ese intento desesperado por mantenerlo con vida. Sesshomaru quiso aferrarse a ese último rayo de esperanza, pero el cansancio lo envolvió completamente. Todo se volvió oscuridad.
Creyó que había muerto. Después de todo, eso era lo que la guerra hacía: te daba solo dos opciones, vivir o morir. Y él lo sabía perfectamente, pues había sido criado bajo esa brutal realidad. Su padre, su abuelo... ambos habían enfrentado la guerra y sobrevivido, convirtiéndose en grandes héroes. Sus nombres quedaron grabados en la historia y elevaron a la familia Taisho entre las más poderosas. Sesshomaru siempre había sabido que el destino de los hombres de su familia era enfrentar la muerte de frente, y algún día, él haría lo mismo.
Cuando abrió los ojos y sintió el calor del sol sobre su rostro, por un instante pensó que había cruzado la línea entre la vida y la muerte. ¿Esto era el más allá? ¿El final de su camino?
Pero entonces, una voz suave lo trajo de vuelta a la realidad.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó con delicadeza.
El sonido lo sobresaltó. No era un sueño ni el mundo de los muertos. Giró su cabeza lentamente y vio a la mujer que estaba de pie junto a él, sosteniendo un cuenco de sopa en sus manos. No tardó en reconocerla. Era aquella misma mujer que había visto tiempo atrás en la fiesta, la que se había escabullido con elegancia entre los hombres.
Sesshomaru, aún aturdido y herido, la miró fijamente. Su instinto le decía que no confiara en ella, ni en nadie. Había sido entrenado desde niño para no dejarse engañar, para mantener la guardia siempre en alto. Él, frío y precavido como siempre, solo observó sus movimientos, sin pronunciar una palabra.
Ella notó su desconfianza, pero no se inmutó. Con una sonrisa tenue, se inclinó hacia él, sosteniendo el cuenco más cerca.
—No tienes que hablar si no quieres, pero necesitas comer algo. Esto te dará fuerzas.
Sesshomaru mantuvo la mirada fija en sus ojos, tratando de discernir si había alguna mala intención detrás de su bondad. Aunque su cuerpo estaba débil y su mente agotada, no podía permitirse bajar la guardia. La guerra le había enseñado que, en un instante de vulnerabilidad, todo podía cambiar. Sin embargo, la mujer no se mostraba intimidante, solo paciente. Con calma, sopló suavemente la sopa para enfriarla y la acercó a él.
Sesshomaru desvió la vista brevemente hacia el cuenco, el aroma suave de la sopa alcanzando sus sentidos. Su estómago vacío gruñó, pero no dio señales de ceder fácilmente. Aún dudaba. ¿Por qué alguien lo ayudaría sin pedir nada a cambio? Todo en la guerra tenía un precio.
—Deberías comer antes de que se enfríe —dijo la mujer con un tono apacible, sin dejar de mirarlo con una mezcla de dulzura y determinación.
Sesshomaru la observó una vez más. Sus recuerdos aún estaban borrosos, y no sabía con certeza cuánto tiempo había pasado desde que cayó inconsciente en medio del bosque. Pero ahora, mientras estaba tendido en ese pequeño refugio, su mente viajaba de nuevo a su madre. Ella, en casa, sola. Si él no sobrevivía, su madre quedaría completamente desprotegida. Ese pensamiento fue lo que finalmente lo empujó a aceptar la ayuda.
Con esfuerzo, se incorporó un poco, su cuerpo todavía resentido por la bala que lo había dejado fuera de combate. Extendió una mano temblorosa hacia el cuenco, pero la mujer, con un gesto suave, le indicó que no se preocupara.
—Déjame ayudarte —dijo mientras se sentaba a su lado y le ofrecía la sopa.
Sesshomaru, aunque seguía sin decir una palabra, aceptó el gesto. Dejó que ella le acercara la cuchara, sintiendo el calor del caldo recorrer su cuerpo. A medida que bebía, una extraña sensación de alivio lo invadió, aunque su mente continuaba alerta.
El silencio se instaló entre ambos por unos minutos, roto solo por el sonido de la cuchara tocando el cuenco. Cuando finalmente terminó de comer, sintió que algunas de sus fuerzas volvían lentamente. No estaba a salvo aún, pero por primera vez desde que lo alcanzó la bala, su cuerpo ya no luchaba desesperadamente por sobrevivir.
La mujer lo observó con una leve sonrisa y recogió el cuenco vacío.
—No te preocupes, aquí estarás bien —dijo, como si pudiera leer sus pensamientos—. Nadie sabe que estás aquí. Puedes descansar.
Sesshomaru no respondió, pero continuó observándola con cautela, tratando de discernir sus intenciones. Sin embargo, algo en su tono de voz lo hacía pensar que, por ahora, estaba fuera de peligro. Quizás no por mucho tiempo, pero lo suficiente para recuperar fuerzas.
Mientras la mujer se alejaba para dejar el cuenco, Sesshomaru cerró los ojos, permitiendo que el cansancio lo invadiera de nuevo, aunque sin bajar del todo su guardia. Sabía que, en cualquier momento, podría volver a caer en las garras de la guerra. Pero por ahora, al menos, tenía un respiro, una segunda oportunidad. Y por su madre, tenía que aprovecharla.
El tiempo pasó, y aunque Sesshomaru no pronunció una sola palabra, se dejó cuidar por la joven. Ella, sin quejarse, lo atendía cada día, como si fuera lo único importante en su vida. Mientras lo ayudaba a curar sus heridas, a veces en silencio, a veces con palabras suaves, le contó su historia. Hablaba con una mezcla de tristeza y esperanza, como si al compartir su dolor, se sintiera un poco menos sola.
—Perdí a mi madre hace un tiempo —le dijo un día, mientras colocaba con cuidado un vendaje en su hombro—. Fue por una enfermedad... y aún no lo supero. Mi padre y mi hermano están en la batalla. No sé si seguirán vivos. Me da miedo pensar que quizá ya no están, o que nadie se compadeció de ellos cuando lo necesitaron. Por eso te ayudé. No podía soportar la idea de que alguien más pasara por lo mismo que yo.
Sesshomaru la escuchaba en silencio, sin interrumpirla. Aunque parecía impasible por fuera, sus palabras despertaban algo en su interior, un eco lejano de empatía que no estaba acostumbrado a sentir. ¿Compasión? No, no podía permitirse eso. La guerra le había enseñado que la bondad era un lujo peligroso. Había lobos vestidos de ovejas en todas partes, personas que fingían ser buenas solo para aprovecharse de los demás. ¿Qué si ella era una de esas personas? Tenía que mantenerse alerta.
Sin embargo, no podía negar que su presencia era reconfortante. Y eso lo inquietaba más que cualquier otra cosa.
En una de esas largas tardes, mientras la joven le hablaba, mencionó que fuera de la habitación había otros soldados y familias escondidas. La casa donde se encontraban no era solo un refugio improvisado; se había convertido en una especie de fortaleza para aquellos que buscaban escapar de la guerra. Sesshomaru, aún recuperándose, escuchaba con atención, pero con la misma desconfianza que siempre lo acompañaba. Sabía que cualquier lugar podía convertirse en una trampa en cuestión de segundos.
Fue en esos días cuando conoció a Kohaku, un joven doctor que parecía estar siempre atento a la salud de los heridos. Sesshomaru notó algo en él que le molestaba, una mirada distinta cuando veía a la joven que lo cuidaba. Kohaku estaba enamorado de ella. Aunque no lo decía, era evidente en la forma en que la seguía con los ojos, en cómo le hablaba con más ternura que a los demás. Sesshomaru lo veía con recelo. Sin saber por qué, algo dentro de él se revolvía cada vez que Kohaku estaba cerca de ella.
Al principio, pensó que era simple irritación. Quizá era la invasión de espacio, o la presencia constante de un extraño, lo que lo molestaba. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que era algo más. Algo que no había sentido antes. Se encontraba a sí mismo esperando sus visitas, deseando que pasara más tiempo con ella. Esa joven, que con tanta ternura había cuidado de él, se había metido bajo su piel de una manera que no podía controlar. Y cuando, un día, ella le confesó que le gustaba estar con él, sintió algo que no había experimentado antes: una chispa de algo parecido al deseo, al afecto.
—Me haces sentir más segura —le dijo con una sonrisa tímida, mientras arreglaba los vendajes de su brazo—. Estar contigo es diferente... me gusta.
Sesshomaru no respondió de inmediato. Se quedó en silencio, observando sus manos moverse con cuidado mientras sentía una mezcla de emociones contradictorias. Él, que había sido entrenado para ser frío y distante, estaba experimentando algo que no entendía del todo. ¿Podía permitirse sentir algo por ella? ¿Podía dejarse llevar por esos sentimientos en medio de la guerra?
Con el tiempo, su herida sanó. Recuperó sus fuerzas y, poco a poco, empezó a moverse con mayor libertad. A medida que se fortalecía, tuvo la oportunidad de ver con sus propios ojos el lugar en el que se encontraba. La mansión donde estaba oculto no era solo un refugio; había sido convertida en una pequeña fortaleza improvisada. Soldados vigilaban desde las ventanas, listos para defenderse de cualquier ataque. Las habitaciones estaban llenas de otros heridos, de familias que buscaban protegerse del caos exterior.
A pesar del ambiente tenso, él ya no solo pensaba en la guerra o en sus deberes. Esa joven había logrado algo que ni él mismo se esperaba: lo había hecho sentir algo más allá de la batalla, algo más allá de la frialdad que lo había acompañado toda su vida.
No obstante, Sesshomaru no podía permitirse olvidar lo que realmente importaba. Sabía que su lugar estaba en el campo de batalla, al frente, cumpliendo su deber, como lo habían hecho su padre y su abuelo antes que él. Tenía que volver a la guerra. Pero cada día que pasaba, el conflicto interno en su pecho se hacía más fuerte.
¿Cómo podría dejar atrás lo que había empezado a sentir por ella?
Sesshomaru ya estaba casi completamente recuperado, y había tomado la decisión de abandonar aquel lugar. Sabía que tenía que regresar al campo de batalla, a la guerra que lo esperaba. No podía permitirse distraerse más. Sin embargo, cierto día, mientras se preparaba mentalmente para irse, la vio. La joven que lo había cuidado con tanta dedicación estaba corriendo por el pasillo, y las lágrimas corrían por su rostro. Algo dentro de él se agitó, y antes de que pudiera detenerse, se encontró corriendo tras ella, como si su cuerpo se moviera por instinto.
—¡Rin! —gritó su nombre, una palabra que nunca antes había pronunciado en voz alta.
Ella se detuvo, sorprendida, y giró para verlo. Sus ojos, grandes y castaños, estaban llenos de tristeza. Sesshomaru la miró en silencio, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero fue ella quien habló primero.
—He recibido una carta de mi hermano —dijo entre sollozos, su voz quebrada por el dolor—. Mi padre ha muerto... y mi hermano aún no puede regresar. Pero al menos está vivo.
Las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas mientras ella hablaba, su cuerpo temblando por el dolor que intentaba contener. Aunque su padre no había sido un hombre especialmente afectuoso, siempre se había asegurado de cuidar de ellos y de darles lo mejor que pudo. Su muerte había dejado un vacío en su corazón, y ahora se encontraba luchando con el duelo que la embargaba.
Sesshomaru se quedó paralizado por un momento, sintiendo algo que no solía permitirse: empatía. El dolor de Rin por la pérdida de su padre le recordó la propia herida que había experimentado con la muerte de su propio padre. Aunque su relación tampoco había sido la más afectuosa, la pérdida le había dejado una marca que aún no se borraba del todo. Y verla a ella, tan vulnerable y rota, le provocaba un dolor que no esperaba.
Él, que siempre había sido frío y distante, sintió una necesidad inesperada de protegerla, de consolarla. No quería verla así. No podía soportar la idea de que ella, la persona que lo había cuidado sin esperar nada a cambio, estuviera sufriendo de esa manera.
Quiso decirle muchas cosas, pero su propia naturaleza reservada lo detuvo. Las palabras se agolpaban en su garganta, luchando por salir. Por primera vez en mucho tiempo, deseaba hablar, expresarse, calmarla de alguna manera. Sin embargo, las palabras no salían. En su lugar, alargó la mano con torpeza, sin estar seguro de cómo actuar. Sus dedos, rudos y acostumbrados a empuñar armas, rozaron con delicadeza la mejilla de Rin, limpiando una lágrima que descendía por su rostro.
Ella levantó la vista, sorprendida por su gesto. Los ojos de Rin, aún llenos de lágrimas, se encontraron con los suyos. Durante un instante, el tiempo pareció detenerse. Ella, pequeña en estatura, lo miraba desde abajo, con esos grandes ojos castaños llenos de tristeza y sorpresa. Sesshomaru, con su imponente figura, se inclinó ligeramente hacia ella, sintiendo cómo algo dentro de él comenzaba a cambiar. Era la primera vez que deseaba consolar a alguien, que anhelaba estar al lado de otra persona por algo más que un deber.
Y fue en ese momento, mientras la miraba con tanta cercanía, que se dio cuenta de lo que sentía. No era solo empatía o gratitud por haberlo cuidado. Había algo más profundo que se agitaba en su pecho, algo que no podía ignorar más. Quería a esa joven a su lado, y no solo porque lo hubiera salvado, sino porque en su presencia, sentía algo que nunca antes había sentido.
Rin seguía mirándolo, sus lágrimas aún presentes, pero con un brillo diferente en sus ojos. Había sorpresa en su expresión, como si no pudiera creer que él, Sesshomaru, el hombre frío y distante que apenas hablaba, hubiera mostrado una mínima señal de afecto.
—Gracias... —murmuró ella, con una pequeña sonrisa temblorosa.
Sesshomaru no respondió. Simplemente la miró, con una mezcla de emociones que aún estaba intentando comprender. Sabía que tenía que irse, que la guerra lo llamaba, pero en ese momento, por primera vez en su vida, dudó si de verdad quería dejar atrás todo lo que había encontrado en ese lugar, y a esa persona en particular.
El ambiente tranquilo y cargado de emociones entre Sesshomaru y Rin se desvaneció rápidamente con la llegada del doctor Kohaku. Este apareció de improviso, buscando a Rin con una evidente preocupación. Sesshomaru, al observar cómo el joven la miraba y cómo ella se alejaba hacia la pequeña habitación donde se encontraba, sintió un pinchazo de incomodidad en su pecho. El gesto amistoso de Kohaku hacia Rin parecía inofensivo, pero a sus ojos se volvía una amenaza.
Sesshomaru regresó a su habitación, cerrando la puerta con fuerza tras de sí. Su mente se llenó de pensamientos confusos, imágenes de Rin sonriendo, su risa, la forma en que había cuidado de él. Sentía que algo en su interior había cambiado desde el momento en que la conoció. Ya no era simplemente el guerrero frío y calculador que había sido antes de la guerra; su corazón se sentía más liviano, y cada vez que pensaba en ella, una calidez lo envolvía.
—Quiero estar con ella —murmuró en voz baja, como si las palabras fueran nuevas para él.
Sesshomaru sabía que Rin le gustaba, y por primera vez en su vida, quería algo más que victorias en el campo de batalla. Quería estar a su lado, quería que ella supiera lo que él sentía. Y si ella lo deseaba, la convertiría en su esposa. El simple pensamiento de esa posibilidad lo llenaba de un extraño y nuevo tipo de alegría.
Pero en cuanto esa idea se formó en su mente, una sombra lo envolvió. Recordó a su prometida, a la mujer con la que había acordado casarse antes de partir a la guerra. Era un acuerdo que había hecho sin pensar demasiado, sin emoción, como un deber más en su vida. Sin embargo, al conocer a Rin, se dio cuenta de que no podía cumplir esa promesa. No podía regresar y casarse con alguien que ya no significaba nada para él. Rin era quien ocupaba su mente y su corazón ahora.
Sesshomaru apretó los puños. Cuando volviera a casa, rompería ese compromiso. Pero antes de que la guerra terminara, necesitaba confesarle sus sentimientos a Rin, decirle lo que realmente sentía, y asegurarse de que ella lo esperara. El pensamiento de que Kohaku, el médico, pudiera acercarse a Rin lo irritaba profundamente. Y sabía que debía advertirle a ese "medicucho" que Rin ya no estaba disponible para él, que ella era suya.
En los días que siguieron, Sesshomaru, incómodo y poco habituado a estos sentimientos, hizo lo posible por acercarse a Rin de una manera que nunca había hecho con nadie. Preguntó a las mujeres y enfermeras del lugar sobre qué podía hacer para cortejarla. Al principio, la idea de pedir consejos sobre asuntos amorosos le parecía absurda, incluso humillante para un guerrero de su calibre. Pero Rin era importante, y decidió dejar de lado su orgullo.
Durante las siguientes dos semanas, la acompañó cada vez que pudo. Se aseguraba de estar cerca de ella, le traía flores que encontraba en los alrededores de la mansión. Aunque a veces se sentía tonto, Rin siempre lo recibía con una sonrisa, lo que hacía que todo valiera la pena. Pero aún no había reunido el valor suficiente para confesarle sus sentimientos. A pesar de ser fuerte en el campo de batalla, frente a Rin, el miedo lo paralizaba. El miedo al rechazo, el miedo a no ser suficiente.
Una mañana, mientras la observaba desde la distancia, vio a Kohaku acercarse a Rin con una expresión seria. Sesshomaru, atento a cada detalle, notó cómo el joven médico se le confesaba, declarando lo que parecía ser su amor. La sangre de Sesshomaru hervía al instante. Quería intervenir, detener aquella escena y apartar a Kohaku de su lado, pero se contuvo. Desde las sombras, observó, esperando la reacción de Rin.
Lo que ocurrió a continuación lo sorprendió. Rin, con suavidad, pero con determinación, rechazó al joven médico. No había duda en sus palabras, y Sesshomaru sintió un alivio profundo al ver que sus sentimientos hacia Kohaku no eran correspondidos. Ahora, más que nunca, sabía que debía confesarse. Ya no podía seguir esperando.
Con una resolución renovada, Sesshomaru se acercó a Rin ese mismo día. Su corazón latía con fuerza mientras sus pasos lo llevaban hacia ella. Cuando finalmente la alcanzó, sus ojos se encontraron, y en ellos pudo ver el reflejo de todos esos días que habían pasado juntos.
—Rin... —su voz era firme, pero cargada de emoción contenida—. Hay algo que debo decirte.
Ella lo miró, con esos grandes ojos castaños llenos de curiosidad y calidez. Sesshomaru, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no podía controlar: vulnerabilidad.
—Tú me gustas —dijo finalmente, soltando las palabras como si llevara toda una vida reteniéndolas—. Quiero que lo sepas. Y si tú lo deseas... cuando esta guerra termine, quiero que seas mi esposa.
Rin lo miró sorprendida, pero no había duda en sus ojos. Con una pequeña sonrisa, llena de ternura, asintió.
—Sí —respondió simplemente.
Sesshomaru, sintiendo una oleada de alivio y felicidad, tomó su rostro entre sus manos con una suavidad que nunca antes había mostrado. Y entonces, sin decir más, se inclinó y la besó. Fue un beso tímido al principio, pero cargado de todo lo que había guardado en su corazón. Rin correspondió al gesto, y en ese momento, Sesshomaru supo que, por primera vez en su vida, había encontrado algo por lo que valía la pena luchar fuera de la guerra.
Los días que siguieron después de su confesión fueron un sueño para Sesshomaru y Rin. Vivieron como una pareja de enamorados, compartiendo sonrisas cómplices y miradas que hablaban más de lo que las palabras podían decir. Paseaban juntos por el lugar, y quienes los veían no podían evitar admirar lo natural que se veían, como si siempre hubieran pertenecido el uno al otro. Sesshomaru, por primera vez en su vida, se sentía feliz, y esa felicidad se reflejaba en cada gesto hacia Rin.
Sin embargo, el tiempo nunca se detiene, y la guerra que aún asolaba los territorios reclamó de nuevo a Sesshomaru. Las cartas del campamento le indicaban que debía reincorporarse a su puesto, que su presencia era necesaria para el ejército. Cuando llegó el momento de despedirse, ambos sabían que no sería fácil. Sesshomaru la vio llorar mientras él, con el corazón apretado, se esforzaba por no perder la compostura.
—Nos encontraremos en la capital —prometió él, con la mano en su mejilla, limpiando suavemente sus lágrimas.
Rin, sollozando, asintió con una mezcla de tristeza y esperanza.
—Te esperaré, Sesshomaru. Prométeme que harás todo para volver sano y salvo.
Sesshomaru la miró con determinación, inclinándose para darle un último beso, lleno de promesas silenciosas.
—Lo haré, Rin. Volveré por ti. Espérame.
Con ese último juramento, Sesshomaru partió hacia el campamento. A su llegada, fue recibido con admiración por sus soldados. Su presencia imponía respeto, y sus hazañas anteriores lo habían convertido en un líder natural. El tiempo comenzó a avanzar una vez más, y aunque la guerra parecía interminable, Sesshomaru no dejaba de pensar en Rin, en el reencuentro que había prometido. Su fuerza en la batalla era alimentada por la esperanza de verla nuevamente.
Pasaron los meses, y la guerra estaba llegando a su fin. Los días se tornaban más intensos, y las batallas eran cada vez más decisivas. Fue entonces cuando uno de sus súbditos más fieles, Jaken, llegó con noticias preocupantes. Parte de la ciudad había sido atacada de manera sorpresiva. La sospecha de una traición rondaba en el ambiente, pero Sesshomaru no podía permitir que eso lo distrajera. Junto con su ejército, lograron repeler el ataque y obtener una importante victoria, asegurando el control sobre el territorio.
La guerra estaba en sus etapas finales. Ya había pasado un año desde la última vez que había visto a Rin. El peso de la distancia se hacía sentir cada vez más, pero Sesshomaru sabía que el fin estaba cerca. Un día, mientras revisaba los últimos informes, uno de sus superiores le entregó una nueva orden: debía regresar a la capital para terminar las últimas misiones y asegurar la paz en el reino. La guerra, por fin, estaba a punto de concluir, y con ella, la promesa de un futuro con Rin parecía más cercana que nunca.
Con renovada esperanza, Sesshomaru se preparó para su regreso, sabiendo que, al terminar sus deberes, finalmente podría reencontrarse con la mujer que había conquistado su corazón.
Cuando Sesshomaru llegó a casa después de la guerra, su madre lo esperaba con la noticia que más temía: su prometida, Sara, hija de uno de sus superiores, estaba ansiosa por casarse con él. Sara había sido la elección de sus padres por su estatus y sus conexiones, una mujer de prestigio que ansiaba unirse a un hombre con tantos logros militares como él. Sin embargo, Sesshomaru, quien había cambiado profundamente durante su tiempo en batalla y, sobre todo, desde que conoció a Rin, ya no deseaba cumplir con esa promesa.
Cuando intentó romper el compromiso, la reacción de Sara fue inmediata. Se sintió traicionada y humillada, e insistió en que él debía cumplir con lo que habían acordado. A pesar de su malestar, Sesshomaru mantuvo su postura. No podía atarse a una vida que no deseaba, y mucho menos cuando su corazón ya pertenecía a alguien más. Pero la situación se complicó cuando uno de sus superiores lo llamó para discutir un asunto urgente.
Le informaron que necesitaban capturar al traidor responsable del reciente ataque que había puesto en peligro la victoria final. Sin pruebas concluyentes, habían decidido inculpar a uno de los soldados para calmar a las autoridades. El nombre del soldado al que querían responsabilizar resonó en la habitación: Akio. Al principio, Sesshomaru no lo reconoció, pero mientras le pedían que se encargara de la situación, Jaken, su fiel mano derecha, intervino con más detalles.
—Akio... perdió a su padre en la batalla, y tiene una hermana a la que ha estado intentando proteger durante todo este tiempo —le explicó Jaken en un tono grave.
Fue entonces cuando Sesshomaru sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Su hermana? —preguntó, ya temiendo la respuesta.
—Se llama Rin —dijo Jaken, observando atentamente la reacción de su maestro.
El mundo de Sesshomaru pareció detenerse por un momento. Rin. No podía creerlo. La hermana del hombre al que querían incriminar y sacrificar para mantener las apariencias era la mujer a quien él amaba, la misma que había jurado proteger.
Sesshomaru sabía que no podía permitir que Akio cargara con una culpa que no le pertenecía, pero también comprendía que desobedecer las órdenes de sus superiores podría ponerlo en una situación extremadamente delicada. Si no actuaba con cautela, tanto él como Rin podrían estar en grave peligro. Debía encontrar una manera de salvar a Akio sin poner en riesgo su posición ni la vida de quienes amaba.
Con la mente nublada por la preocupación, Sesshomaru comenzó a idear un plan. Tendría que usar toda su astucia y estrategia, buscar una salida que mantuviera a salvo a Rin y a su hermano, mientras sorteaba las demandas de sus superiores. No podía arriesgarse a que la verdad saliera a la luz de forma directa, pero tampoco podía seguir adelante con la injusticia que le pedían.
—Jaken —ordenó con firmeza—, asegúrate de que Akio no sea tocado hasta que regrese con una solución. Necesito tiempo.
El pequeño sirviente asintió con lealtad. Sesshomaru sabía que los días que se avecinaban serían difíciles.
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El día de la ejecución de Akio había llegado, y la tensión en la sala era palpable. Sesshomaru, con el corazón en un puño, sabía que debía cumplir con las órdenes, pero su conciencia le gritaba que lo que iba a hacer era un error. La presión de sus superiores era abrumadora, y había un plan en marcha que no podía desobedecer.
De repente, Rin irrumpió en la sala, sus ojos reflejaban una mezcla de determinación y terror. Sesshomaru sintió que el tiempo se detenía al verla entrar, y el horror se adueñó de su ser al darse cuenta de lo que iba a suceder.
—¡Sesshomaru, no! —gritó ella, intentando llegar a él.
Pero la atmósfera se volvió caótica en un instante. Con un movimiento rápido y decidido, Sesshomaru levantó su arma y disparó. El sonido del tiro reverberó en la sala. Akio cayó al suelo, y un silencio aterrador se apoderó del lugar.
Rin se quedó paralizada, sus ojos abiertos de par en par, llenos de horror. El murmullo de los soldados se intensificó, y la realidad de lo ocurrido se hizo palpable.
—Rin, escúchame... yo... —comenzó a hablar Sesshomaru, su voz baja, titubeante. Pero ella no lo dejó terminar, ya estaba rota. El dolor en su rostro decía más que mil palabras, una mezcla de traición y desesperación que lo dejó sin aire.
—¡No! —gritó, su voz quebrada por las lágrimas que caían sin control por sus mejillas. Y antes de que él pudiera reaccionar, Rin se desplomó. El mundo de Sesshomaru pareció detenerse por un segundo, cada cosa en su vida se vino abajo con ella.
Sin pensar, corrió hacia ella, sus manos temblorosas mientras la levantaba con cuidado, como si fuera lo más frágil del universo. El caos que los rodeaba se convirtió en un murmullo lejano cuando la llevó a su habitación. Todo lo que importaba ahora era ella, solo ella. La recostó en la cama con una delicadeza que casi lo hizo olvidar que su corazón latía tan fuerte, tan aterrorizado, como si fuera a salirse de su pecho.
Se quedó ahí, sentado a su lado, observándola, sin despegar los ojos de su rostro pálido. Le secó la frente con una mano temblorosa, notando el calor de su piel. Sesshomaru se sentía un completo desastre por dentro, sus pensamientos chocaban entre sí. Lo que había hecho... era algo que tal vez no podría arreglar nunca, y eso lo estaba matando.
Cada segundo que pasaba lo hacía sentir más culpable, como si el peso de su traición estuviera aplastando su alma. Mientras la miraba dormir, recordó su risa, esa risa que siempre llenaba de luz cualquier lugar. Sus palabras, antes tan llenas de vida, ahora parecían recuerdos lejanos, borrosos. Si ella despertaba y lo miraba con desprecio... si lo odiaba, él no sabría cómo soportarlo. El miedo lo envolvía, como si fuera una sombra que no lo dejaba respirar.
Rin empezó a moverse, y Sesshomaru sintió un destello de esperanza. Quería decirle que lo sentía, que todo lo que había hecho era parte de un plan más grande, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Nada de eso parecía importar ahora. Lo único que necesitaba era que ella abriera los ojos, que lo mirara como antes, con esa ternura que siempre lo hacía sentir menos monstruo.
La habitación estaba sumida en un silencio abrumador, roto solo por la suave respiración de Rin. Sesshomaru se prometió, ahí mismo, que haría lo que fuera necesario para protegerla. No importaba lo que tuviera que cargar sobre sus hombros, si con eso la mantenía a salvo.
Los días se convirtieron en una tortura. Mientras Rin permanecía inconsciente, Sesshomaru se sumergió en una frenética investigación. La culpa lo carcomía cada vez que la veía en esa cama, tan vulnerable. Sabía que la guerra no solo había devastado su vida, sino también la de ella. Y todo lo que había jurado proteger estaba desmoronándose frente a sus ojos.
Con cada documento que encontraba, la podredumbre dentro del ejército se hacía más evidente. Los que debían proteger al país estaban más interesados en sus propios beneficios. Sesshomaru descubrió cartas, pruebas que apuntaban a un círculo de traición mucho más amplio de lo que jamás imaginó. Y en el centro de todo, estaba el nombre del padre de Sara, uno de los principales conspiradores.
El padre de Sara, en su rabia por haber sido rechazado, había movido hilos para destruirlo. Manipuló las situaciones para que Sesshomaru pareciera el villano. Y mientras lidiaba con esta nueva verdad, Rin seguía atrapada en ese limbo. A veces, murmuraba en sueños, su rostro apacible pero marcado por una sombra de dolor, y Sesshomaru sentía que se rompía un poco más.
—Lo siento, Rin... —susurró una noche, acariciando suavemente su cabello. —Nunca quise que esto te pasara.
Cada día que pasaba era como una daga clavándose más profundo en su pecho. La guerra no solo se libraba fuera, entre soldados y generales, sino también dentro de su mente. El peso de sus decisiones pasadas lo sofocaba, y la única persona que de verdad le importaba estaba pagando el precio de su silencio. Sesshomaru sentía que el tiempo se agotaba, como arena escurriéndose entre sus dedos, y no podía dejar que la corrupción que lo rodeaba siguiera destruyendo a Rin.
Sabía que tenía que hacer algo. Y lo haría.
Cada amanecer era una nueva carga que se sumaba a la anterior. Sesshomaru sentía el peso de la presión sobre sus hombros como si el cielo mismo estuviera descendiendo sobre él. No solo era el caos externo de la guerra lo que lo mantenía inquieto; su relación con Rin se veía cada vez más afectada por las sombras del pasado. Aunque a veces, entre los dos, todavía brillaba una chispa de esperanza, otros días esa luz se desvanecía como niebla entre los dedos, dejándolos sumidos en la desconfianza y el dolor.
Una noche, bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, Sesshomaru tomó una decisión que lo cambiaría todo. Al amanecer, le contaría la verdad a Rin. Ya no podía seguir callando, ocultando la maraña de secretos que lo habían mantenido atrapado. Ella merecía saber que, a pesar de todo, a pesar de las mentiras y las decisiones que había tomado, siempre la había amado. Si había una oportunidad de redención, tendría que luchar por ella. Enfrentar el pasado y construir algo distinto, algo real.
Con esa determinación en mente, se sumergió de lleno en su investigación, rastreando cada pista, escarbando en cada documento, buscando el más mínimo rastro que le permitiera desenterrar la podredumbre que los rodeaba. Cada prueba que encontraba lo acercaba un paso más a desmantelar el sistema corrupto que había amenazado su vida y la de Rin. Con cada nuevo descubrimiento, sentía que algo dentro de él se encendía: no solo luchaba por justicia, luchaba por el futuro de la mujer que amaba.
Los días se convirtieron en una carrera desesperada contra el tiempo. Sesshomaru sabía que no podía perder ni un segundo más. Trazó un plan, una emboscada para los traidores, una estrategia para exponerlos ante todos. No había margen para el error, y el riesgo era grande. Pero el peligro no le importaba. Haría lo que fuera necesario para asegurarse de que jamás volvieran a lastimar a Rin. Su amor por ella era lo único que lo mantenía en pie, el único faro que lo guiaba en medio de la tormenta.
Y entonces, un día, mientras revisaba papeles en el silencio de su habitación, llegó una noticia que lo sacudió hasta la médula: Rin había despertado. Una ola de alivio y ansiedad lo recorrió. Corrió hacia su lado, pero al verla, su corazón se encogió. El brillo en sus ojos había cambiado.
—¿Por qué no me dijiste la verdad? —le espetó Rin, con la voz rota por el dolor y la rabia. Sus ojos, llenos de lágrimas, lo miraban con una mezcla de traición y desesperación—. ¿Por qué me hiciste esto?
Sesshomaru se quedó en silencio, congelado. Quería explicarle, quería decirle que todo lo había hecho por protegerla, pero las palabras se le atoraban en la garganta. Cada mirada de Rin era como un puñal que lo atravesaba una y otra vez. La culpa lo consumía.
—Rin... —murmuró, pero antes de que pudiera continuar, ella apartó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
—¡No! —gritó, su voz quebrándose con furia—. ¡No quiero escucharte! No puedo creer que me hayas metido en esto, Sesshomaru.
Sesshomaru la observó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, y sintió un dolor insoportable. No había nada que pudiera decir en ese momento que aliviara su sufrimiento. Sabía que sus decisiones, aunque bien intencionadas, la habían herido de una manera que tal vez nunca podría reparar. El camino hacia su perdón sería largo, arduo, y lleno de obstáculos.
A pesar del dolor, Sesshomaru no podía perder de vista su objetivo. Sabía que la única manera de redimirse era desmantelar la corrupción que los había puesto en esa situación. Cada día, continuaba reuniendo pruebas, aliándose en secreto con aquellos que compartían su deseo de justicia. El plan estaba en marcha. Y cuando llegara el momento, expondría a los traidores, aunque eso le costara todo. Sabía que ya no podía cambiar el pasado, pero lucharía con todas sus fuerzas para salvar el futuro, no solo por él, sino por ella.
No importaba cuánto tiempo llevara; Sesshomaru se lo debía a Rin.
Ese día finalmente llegó. En una reunión tensa, rodeado de líderes y nobles, Sesshomaru presentó las pruebas que había reunido. Con cada documento que mostraba, revelaba más sobre la red de traiciones y mentiras que había corrompido al reino. Los rostros de los presentes cambiaron de incredulidad a horror. Los murmullos crecían mientras él exponía la verdad sin piedad, desnudando los secretos más oscuros de aquellos que habían pretendido ser leales.
Al final, el escándalo estalló y los traidores fueron desenmascarados. Sesshomaru sintió una mezcla de victoria y desesperación. Había logrado cambiar el curso de la historia, pero el costo había sido alto. Sabía que, aunque la corrupción había sido derrotada, la verdadera batalla estaba por comenzar: recuperar la confianza de Rin. Aun con los traidores en el pasado, el dolor que le había causado no desaparecería fácilmente.
Con la guerra terminada y el reino en un nuevo comienzo, Sesshomaru sabía que tendría que enfrentarse a su propio arrepentimiento y demostrarle a Rin que, a pesar de todo, su amor por ella nunca había flaqueado.
Con los ecos de la revuelta aún resonando, Sesshomaru se armó de valor para enfrentar a Rin. Esta vez, no iba a dejar que el miedo lo paralizara. Tenía que ser honesto con ella, y sobre todo, consigo mismo. Era el momento de afrontar la verdad y luchar por el amor que había comenzado a nacer entre ellos, a pesar de la guerra y las traiciones.
Al regresar a su mansión después de que la tormenta política se calmara, el ambiente seguía tenso. Rin lo esperaba, su descontento era palpable. Sesshomaru, sintiendo el peso de sus decisiones, se sentó junto a ella, y después de un profundo suspiro, habló.
—Rin, hay algo que debo contarte. Tu hermano... está vivo.
La sorpresa en los ojos de Rin fue inmediata, y las lágrimas comenzaron a asomarse. Sesshomaru le explicó con calma cómo su hermano había logrado escapar y ahora vivía en un pequeño pueblo lejos de Japón.
—Sé que es difícil de creer —dijo él—, pero era la única manera de mantenerte a salvo.
Rin tragó saliva, todavía luchando con una mezcla de emociones .
Pero, poco a poco, una chispa de luz empezó a iluminar su corazón.
Con el tiempo, Sesshomaru se fue consolidando como una figura importante en Japón, reconocido y respetado por su lucha contra la corrupción. Su relación con Rin también floreció, fortalecida por la verdad que finalmente había salido a la luz y por el vínculo inquebrantable que compartían.
Semanas después, Sesshomaru llevó a Rin a conocer a su hermano. Fue un encuentro cargado de emociones: abrazos, lágrimas y la sensación de que un gran peso se desvanecía del corazón de Rin. Esa reunión les permitió cerrar heridas del pasado y mirar hacia el futuro con más fuerza.
Un tiempo después, en un momento inesperado, Sesshomaru se arrodilló frente a Rin y le pidió que se casara con él. Ella, llena de amor y asombro, aceptó sin dudarlo. Cinco meses más tarde, celebraron su boda rodeados de amigos y familiares, jurándose amor eterno.
Con el paso de los años, la vida los bendijo con dos hijas mellizas que llenaron su hogar de alegría. A medida que los años avanzaban, Sesshomaru y Rin construyeron una vida llena de amor y risas, siempre recordando las batallas que los unieron y el largo camino que recorrieron juntos.
La guerra y las dificultades quedaron en el pasado, y aunque los recuerdos de esos días aún estaban presentes, sabían que, juntos, podían enfrentar cualquier desafío. Así, vivieron el resto de sus vidas, siempre apoyándose el uno en el otro, caminando de la mano en su viaje por la vida.
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