En Otra Vida

Canción :En Otra vida

One -shot -1 : En otra vida

Capitulo Único:

En otra vida, nos casamos y viajamos por el mundo. 

Nos mudamos a un pisito en el segundo , 

y mis padres son amigos de los tuyos.

 Nuestros hijos heredaron mi paciencia y tu sonrisa. 

[...]

Caminamos y leemos poesía 

"Mierda, nos fue genial en esa vida," 

"En esta no",

 "no sé por qué no se nos dio"

Tal vez 

¿Un capricho de Dios? 

¿O el coraje que siempre faltó?

****

Cada vez que escucho esa canción, me duele el alma. Parece contar nuestra historia, como si alguien hubiera estado allí, observándonos y escribiéndola. La escuché por primera vez en TikTok, pero es como si me la hubieran dedicado a mí. Cada nota abre una herida en mi corazón, una que no he sabido cómo curar. "Quizás algún día...", me repito, pero ni yo misma me creo esas palabras.

Quiero dejar de pensar. Quiero arrancar todos los recuerdos de mi mente, sacar de raíz el dolor que me provoca. "¿Por qué me mentiste? ¿Por qué me ilusionaste así?", grito en silencio, mientras mi mente sigue recreando todas esas promesas vacías. "Nos prometiste una vida juntos, ¿y qué pasó?". Pero ya no tengo fuerzas ni para gritar.

Me dejo caer en la cama, con la esperanza de que el sueño me libere de este peso en el pecho. Cierro los ojos, deseando que todo el dolor desvanezca.

*******

Esa canción... aún sigue sonando en mi cabeza, como un eco interminable. "Mis padres son amigos de los tuyos...", la letra parece burlarse de mí, como un recordatorio cruel de lo que no fue. Y entonces, sin querer, comienzo a recordar cómo te conocí.

Tenía 5 años cuando mis padres decidieron que nos mudaríamos a Tokio. Mi papá había sido despedido injustamente de su trabajo, y la idea de empezar de nuevo era aterradora para mí. Dejábamos atrás nuestro pequeño pueblo, mis amigos, todo lo que conocía. "Papá, no quiero irme", le dije un día, con lágrimas en los ojos. "Todo va a estar bien, ya verás. Toga nos ayudará", me respondió con una sonrisa triste.

Y así fue como llegamos a Tokio, cargando nuestras pocas pertenencias y mucha esperanza. Nos quedamos en la casa del señor Toga, un viejo amigo de mi papá. Ellos se conocían de la universidad, y él había insistido en que nos quedáramos con su familia hasta que encontráramos nuestro propio lugar. Recuerdo ese día como si fuera ayer.

Cuando te vi por primera vez, apenas levanté la vista del suelo. "Sesshomaru, ven, saluda", dijo tu mamá, pero tú solo me miraste con una mezcla de indiferencia y fastidio. Eras más alto que yo, con ese cabello plateado que brillaba bajo la luz y esos ojos dorados que parecían ver a través de mí. Me intimidabas, pero, por alguna razón, ese día supe que habías ganado mi corazón. "¿Qué me pasa?", pensé, mientras sentía las mejillas arder.

---

Los primeros meses en Tokio fueron duros. No conocía a nadie y la ciudad me parecía fría, lejana. Me inscribieron en la misma escuela en la que estudiabas tú y tu hermano menor, lo que, para ser honesta, me hacía sentir incómoda. No quería ser la "nueva" que dependía de ustedes, pero tampoco tenía más opciones.

"No te preocupes, te vas a acostumbrar", me dijo tu hermano una vez, con una sonrisa amable. Me presentó a sus amigos y, aunque al principio me sentía fuera de lugar, poco a poco empecé a integrarme. "No es tan malo", me dije, aunque en el fondo, mi corazón latía solo por una razón: .

Mentiría si dijera que no encontraba excusas para ir a tu casa. "Voy a estudiar con Inuyasha", decía, pero en realidad solo quería verte, aunque fuera de lejos. Ver cómo pasabas a mi lado sin siquiera notar mi presencia dolía, pero al mismo tiempo, el simple hecho de verte me hacía el día. "Eres tonta", me repetía una y otra vez, pero no podía evitarlo.

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Los años pasaron, y lo que empezó como un amor infantil se volvió más intenso. Comencé a notar cosas que antes no veía. Cómo me dolía verte hablar con otras chicas. Cómo odiaba cada vez que alguna de ellas te sonreía. "Él nunca te va a ver como algo más que la amiga de su hermano", me decía a mí misma, tratando de convencerme, pero era inútil en ese momento.

"Mi corazón ya no me pertenecía."

A los 17, te habías convertido en el chico guapo de la escuela. Todas querían estar contigo, y tú, como siempre, las ignorabas. "¿Por qué con ellas también eres así?", pensaba, mientras intentaba descifrarte. Parecías más concentrado en tus estudios que en todo lo demás. Pero, ¿por qué entonces también me ignorabas a mí?

. -. -.

El tiempo no trajo alivio, solo más dudas. Cumpliste 18 años, y la universidad ya estaba a la vuelta de la esquina. Sentía pánico, no por tu partida, sino por la posibilidad de que, lejos de mí, encontraras a alguien más. "¿Qué pasará cuando se enamore de una chica en la universidad?", ese pensamiento me perseguía día y noche. Pero, ¿Qué podía hacer? .

 Era solo una niña de 15 años, enamorada sin remedio, perdida en sueños imposibles.

Una tarde, tu hermano, que también era mi mejor amigo, me observó detenidamente. Su mirada escrutadora me inquietaba. "Te veo algo rara últimamente. ¿Te pasa algo?", me preguntó, frunciendo el ceño con curiosidad.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. "No... nada. Solo estoy... cansada", respondí rápidamente, desviando la mirada. Sabía que no podía confesar lo que realmente me estaba carcomiendo por dentro. No podía decirle que el miedo a perderte me estaba consumiendo. No podía decirle que cada día sentía que te alejabas más, y que con cada paso que dabas, algo en mí se rompía.

Días antes de que te fueras, reuní el valor para hacer algo insignificante, pero para mí, fue monumental. Le pedí a tu hermano que te entregara un libro, uno que sabía que te gustaba. "Por favor, no le digas que es de mi parte", le mencione, con la voz temblorosa. El miedo a que supieras mis sentimientos me mantenía paralizada. Pensaba que si supieras que era yo quien te lo enviaba, lo rechazarías sin dudar. Así que escondí mis emociones detrás de pequeños gestos, esperando que, de alguna manera, te llegarían.

El día que te fuiste, te vi desde lejos. Llevabas el libro entre tus manos, y lo que más me sorprendió fue la delicadeza con la que lo sostenías. Tus dedos lo acariciaban como si fuera algo preciado, algo que debías proteger. Mi corazón se aceleró. "¿Sabrá que fui yo?", me pregunté, y por un breve instante, la esperanza floreció en mi pecho. Tal vez, solo tal vez, lo guardabas con el mismo cuidado con el que yo guardaba mis sentimientos por ti.

Los años siguientes pasaron como un borrón. Cada vez que regresabas a casa por las vacaciones, sentía una mezcla de alegría y angustia. Quería hablar contigo, decirte tantas cosas, pero las palabras nunca salían. Me quedaba congelada, incapaz de moverme, incapaz de confesar lo que sentía. "Eres una cobarde", me decía a mí misma cada vez que te veía de lejos y no era capaz de acercarme.

Mis amigas, siempre llenas de consejos, intentaban ayudarme. "Debes olvidarlo", decían con determinación. "Él probablemente ya tiene novia en la universidad", añadían, creyendo que esas palabras me harían abrir los ojos. Pero lo único que lograban era aumentar mi dolor. La idea de verte con otra era insoportable.

"Deberías salir con alguien más", insistieron un día. Al final, cedí. Salí con un chico que había mostrado interés en mí, pero lo único que conseguí fue sentirme vacía. Esa primera cita fue un desastre. "Él no es como tú", me repetía mientras intentaba sonreír. Al final de la noche, no pude soportarlo más y me fui corriendo, huyendo de la realidad que tanto temía: no había lugar en mi corazón para nadie más.

Mi diario se convirtió en mi confidente más fiel. En él, escribía largas fantasías sobre cómo sería nuestro futuro juntos. "Nos casaremos, viajaremos por el mundo, seremos felices", garabateaba en sus páginas, dejando volar mi imaginación. Pero al cerrar el cuaderno, la realidad me golpeaba con fuerza. Sabía que no eran más que sueños, ilusiones de una chica que aún no sabía cómo dejarte ir.

El día que terminé la preparatoria, mis padres me dieron una noticia que no esperaba. "Te pagaremos la universidad en la que tanto deseas", dijeron, con una sonrisa que no correspondía al torbellino de emociones que sentí en ese momento. Mi primer instinto fue el alivio. "Podré estar cerca de ti", pensé, pero pronto el miedo se instaló en mi corazón. "¿Y si las cosas no cambian? ¿Y si sigo siendo esa niña tonta que te observa desde lejos?".

La idea de verte cada día, pero seguir siendo invisible para ti, era más aterradora que nunca.

La universidad comenzó como un soplo de aire fresco. Me matriculé en lenguas extranjeras, una carrera que me apasionaba. Mis amigos de la preparatoria seguían a mi lado, y poco a poco la vida empezó a tomar un giro más hermoso. Las clases, las nuevas experiencias, las risas compartidas entre los pasillos... por un tiempo, logré distraerme de los pensamientos que siempre giraban en torno a ti. Me convencí de que, tal vez, esta nueva etapa sería el comienzo de una vida diferente, una en la que no te observaría desde la distancia.

Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.

Era un día cualquiera, un día en el que pensé que el pasado ya no tendría poder sobre mí. Estaba saliendo de la biblioteca, apurada por llegar a la siguiente clase, cuando te vi. Al principio, no supe qué hacer, el corazón me dio un vuelco al reconocerte entre la multitud. Estabas justo ahí, saliendo de una de tus clases. Pero no estabas solo.

Ella estaba contigo. Una chica de cabello castaño, larga y brillante, que caía en ondas suaves alrededor de su rostro. Parecía una modelo, con su andar seguro y esa sonrisa que te lanzaba, una sonrisa que no podía soportar ver.

Mis pies se detuvieron, incapaces de moverse. Sentí como si el aire se hubiera vuelto denso, como si cada respiración doliera. "Ahí está", pensé. "La chica que me temía encontrar". Era hermosa, todo lo que yo nunca me atreví a ser.

Intenté convencerme de que era solo una amiga, tal vez una compañera de clase. Pero la forma en que hablaban, la forma en que te reías de algo que ella dijo, me dejó claro que no lo era. "¿Qué estoy haciendo?", pensé con el corazón en un puño. "No puedo seguir así, esperando que las cosas cambien. Él tiene su vida. Y yo...".

En ese instante, algo dentro de mí se rompió.

Cerré los ojos por un momento, tratando de calmar el torrente de emociones que amenazaba con desbordarse. "Ya es suficiente", me dije, como si eso pudiera ser una verdad absoluta. "Es hora de dejar de soñar. Es hora de aceptar que lo que siempre fue un amor platónico debe llegar a su fin".

Al abrir los ojos, te vi alejarte junto a ella, y mi corazón dio un último latido doloroso antes de resignarse. "Debo seguir adelante. Debo hacer mi vida", pensé con determinación, aunque cada palabra que me repetía a mí misma parecía frágil, como si fuera a desmoronarse en cualquier momento.

Volví a caminar, esta vez con pasos más pesados, sintiendo el vacío que dejabas tras de ti, como si te estuviera diciendo adiós, aunque nunca supiste cuánto te amé.

El tiempo siguió su curso mientras continuaba con mis estudios. En una ocasión, un chico me invitó a salir. Pensé que sería una buena oportunidad para distraerme y divertirme con mis amigos, pero la situación tomó un giro incómodo. Él se molestó cuando rechacé sus avances y, en un momento de tensión, intentó forzar algo que no quería. El miedo me paralizó, pero apareciste de repente, como si hubieras sabido que te necesitaba. Me defendiste, sin dudarlo, y me cuidaste mientras intentaba calmarme. 

Sabía que no eras de muchas palabras ni de mostrar tus emociones, pero en ese momento simplemente te quedaste a mi lado, ofreciéndome consuelo.

No fue la única vez. Desde ese día, comenzaste a preocuparte más por mí, y esa atención abrió una herida que pensé que ya había sanado. Los sentimientos que había intentado enterrar volvieron a surgir con más fuerza, recordándome cuánto te amaba.

Pasamos ese tiempo como amigos, mientras tú cursabas el último año de la universidad. Pero el final se acercaba, y una semana antes de tu graduación, me enteré de algo que desgarró mi corazón: tenías novia. Era aquella chica de tu carrera, la que todos decían que era tu pareja ideal. En ese momento, comprendí que, a pesar de todo, siempre seríamos solo amigos. Decidí alejarme, tratando de protegerme de mis propios sentimientos.

Sin embargo, empezaste a notarlo. Me llamabas constantemente, preguntando por qué te ignoraba, buscando una explicación. Pero yo sabía que era la única forma de no caer más profundamente en el amor que sentía por ti.

El día de tu graduación llegó, y pensé que sería la última vez que te vería. Sin embargo, esa noche, te presentaste en mi departamento. Estabas vestido con tu toga, tu cabello un poco desordenado, como si hubieras estado pensando en mil cosas antes de llegar. Me mirabas con esos ojos que siempre habían sido mi perdición.

"Aquel dorado"

Sin decir una palabra, te acercaste a mí, y cuando estaba en el marco de la puerta, me diste el que sería el primer beso de mi vida. Fue el comienzo de algo nuevo entre nosotros, algo que nunca imaginé que sucedería.

Después, me enteré de la conversación que tuviste con tu hermano. Le preguntaste por qué te evitaba, y él, con toda su sinceridad, te dijo que eras un tonto por no haberte dado cuenta de que siempre habías sido el único que me importaba. Me sorprendió que lo supiera, cuando yo había hecho tanto por ocultar mis sentimientos.

Así comenzó una etapa que nunca olvidaré. Mientras tú empezabas a trabajar y yo seguía estudiando, nuestra relación floreció. Te convertiste en lo más importante de mi vida, en mi primer y único amor. 

Me amaste como habías prometido, y yo te amé con todo mi ser.

La vida a tu lado fue algo tan hermoso, algo que jamás imaginé que podría vivir. Durante esos años, empezamos a compartir mi departamento, creciendo juntos y madurando en cada paso que dábamos. Había días en los que nos sentábamos a hablar sobre el futuro, imaginando una vida juntos, soñando con envejecer el uno al lado del otro. Solíamos bromear sobre cómo serían nuestros hijos si algún día los tuviéramos. "Ojalá tengan tu personalidad," te decía entre risas, y tú siempre respondías con ese brillo en los ojos, diciendo que esperabas que heredaran mi paciencia. "Y, por supuesto, tu sonrisa," agregaba yo, mientras tú reías puesto que era un pequeño gesto que solo me mostrabas a mi, mientras negabas con la cabeza pero sin poder esconder el orgullo que te daba la idea y el pensar en un futuro juntos.

Hablábamos de nuestras metas, de lo que haríamos cuando tuviéramos más estabilidad. Viajar por el mundo era uno de nuestros sueños más grandes: queríamos conocer China, pasear por las calles de España, y hasta explorar las misteriosas tierras de Rusia. A veces me decía que vivir en Estados Unidos también sería increíble, y juntos imaginábamos una vida en Nueva York, en uno de esos grandes apartamentos con vista a la ciudad. Incluso fantaseábamos con la idea de casarnos en Texas, como un capricho que seguramente volvería locos a nuestros padres. Nos reíamos al recordar cómo se habían burlado cuando les contamos sobre nuestra relación, diciéndonos que había sido evidente desde siempre. "¿De verdad pensaban que no sabíamos que tus excusas de hacer la tarea en la casa de Inuyasha eran para verse?", nos decían entre risas. "O el hecho de que siempre volvieras a casa en las festividades, aunque odiaras celebrarlas."

A pesar de sus bromas, se notaba que estaban felices por nosotros, aunque no dejaban de insinuar que deberíamos esperar a casarnos antes de vivir juntos. Pero pronto entendieron que nuestra decisión era firme, y, aunque al principio fue difícil para ellos aceptarlo, terminaron apoyándonos.

Dos años pasaron desde que comenzamos a compartir nuestras vidas de una manera tan profunda. Fueron dos años llenos de amor y de momentos que atesoro. Aun me faltaba un año para terminar mi carrera, pero entonces empezaste a actuar de manera extraña. Al principio pensé que solo era estrés, que quizás el trabajo te estaba afectando. Pero conforme pasaban los días, esa distancia que antes no existía comenzó a crecer. Te notaba más ausente, más silencioso, como si hubiera algo que no querías o no podías decirme.

Esa incertidumbre empezó a pesar sobre nuestra relación, a crear una tensión que nunca antes había sentido contigo. Quería preguntarte, pero algo en tu mirada me detenía. ¿Qué estaba pasando?, me preguntaba una y otra vez. Sabía que algo estaba mal, pero no encontraba el valor para enfrentarlo.

Quise convencerme de que no era nada, de que tal vez estaba exagerando, pero la verdad que me ocultabas llegó tarde y me tomó completamente por sorpresa. Ahora, mirando hacia atrás, no sé si debería haber hecho algo diferente...

Esa mujer, aquella con la que te vi más de una vez, se acercó a mí una noche y me dijo algo que me rompió el corazón en mil pedazos. "Quizás no eres lo suficientemente madura para entender lo que significa," me dijo, y esas palabras resonaron en mi mente como un eco cruel. Tal vez tenía razón; tal vez mis inseguridades y mis miedos de perderte eran más grandes de lo que podía controlar. Esa misma noche, sin pensarlo, te armé una escena. Me consumía la angustia y te enfrenté, exigiendo saber qué era lo que estaba pasando. Fue entonces cuando me confesaste lo que tanto habías guardado: te irías a Nueva York, habías recibido una oferta de trabajo y eso significaba que tal vez no nos veríamos por dos años.

El dolor que sentí al escuchar esas palabras fue insoportable. Saber que te irías, que nuestros caminos se separarían, era demasiado para mí. Mis inseguridades florecieron, mis miedos me abrumaron, y aunque ahora lo veo claro, en ese momento no pude evitarlo. Lo siento... sé que no debí reaccionar de esa forma, sé que no me diste ninguna razón para dudar de ti. Pero aun así, no pude evitar pensar que me dejarías atrás.

Después de esa noche, no te hablé por semanas. Estaba tan confundida, tan herida, que me convencí a mí misma de que tal vez me habías mentido, de que había algo más detrás de todo. Me odio por haber desperdiciado ese tiempo contigo, por haber dejado que el orgullo y el miedo se interpusieran entre nosotros. Pero un día, mientras seguía sumida en mi enojo, te acercaste, me miraste con esa calma que siempre tenías y me pediste que me sentara a tu lado. A pesar de que aún estaba molesta, accedí.

Con paciencia, me pediste tiempo. Me explicaste que, si yo lo deseaba, podríamos irnos juntos, y que quizás no sería necesario que nos separáramos, ya que habíamos enviado una solicitud para una beca que podría ayudarnos a cumplir uno de nuestros sueños más grandes: mudarnos a Nueva York, tal como lo habíamos imaginado una y otra vez en nuestras conversaciones. Nunca me hubiera pasado por la mente que todo ese tiempo habías estado planeando y pensando en nuestro futuro, en los pasos que podríamos dar para hacerlo realidad.

Al escucharte, una mezcla de emociones me invadió. Sentí una culpa profunda y un remordimiento en el pecho. "He sido una idiota", pensé, mientras me tomabas de la mano con ternura, mostrándome, sin palabras, que siempre habías estado a mi lado, que a pesar de mis dudas y miedos, nunca habías dejado de creer en nosotros.

En ese momento, te miré y supe que para ti, yo siempre sería lo más importante. Tus ojos lo decían, pero fue tu beso suave el que lo confirmó. Esa noche, entre besos, caricias y palabras llenas de amor, me recordaste una y otra vez lo mucho que significaba para ti. En ese espacio compartido, las dudas se desvanecieron y lo único que quedó fue la certeza de que estábamos juntos, planeando un futuro que ambos deseábamos con todo el corazón.

***

Al día siguiente, te fuiste. Recuerdo ese día como si fuera ayer; el vacío que dejaste fue abrumador, y las semanas que siguieron parecieron una eternidad. La espera por la respuesta de esa beca era angustiante, tanto que incluso había perdido el apetito, contando los días, las horas... Y entonces, finalmente, después de semanas de incertidumbre, llegó el correo. Con el corazón acelerado, lo abrí, y ahí estaba la respuesta que tanto había esperado: me aceptaban.

Aquella tarde te llamé como loca, con el corazón en la garganta, esperando que contestaras. El teléfono sonaba una y otra vez, pero nunca obtuve respuesta. Una sensación extraña se apoderaba de mí, esa mezcla amarga de felicidad por la beca y preocupación por no saber nada de ti. Los días empezaron a alargarse, como si el tiempo se hubiera detenido.

Pasaron dos días cuando recibí una llamada de tu padre. No sé por qué, pero en cuanto vi su nombre en la pantalla, sentí un vacío en el estómago. Su voz, aunque tranquila, me rompió por dentro. Me dijo que estabas en Nueva York, pero lo que vino después me dejó helada. Habías tenido un accidente. En ese momento, dejé de pensar, todo fue un torbellino en mi mente. Solo sabía que tenía que ir a verte.

Sin dudarlo, comencé a empacar. Mis padres intentaron detenerme, diciendo que debía tomarlo con calma, que esperara. Pero no pude. Les dije, con el corazón en la mano y lágrimas en los ojos, que no había nada más que pensar, que tú me necesitabas y no iba a dejarte solo. Sabían que no podían detenerme.

Cuando subí al avión, las palabras de tu padre resonaban una y otra vez en mi cabeza: accidente automovilístico. Estabas de camino al aeropuerto para volver a Japón, para venir por mí... y todo había cambiado en un instante. El dolor se instaló en mi pecho, y por más que intentaba respirar, el miedo no me dejaba. Cada minuto en el aire se sentía eterno.

Al llegar al hospital, corrí como nunca, con el corazón a mil, buscando tu habitación sin detenerme ni un segundo. Ni siquiera saludé a tus padres, que estaban ahí, esperándome. Te vi a través de una ventana. Estabas ahí, en esa cama, conectado a máquinas que no paraban de hacer ruido. Mi corazón se rompió al verte así. Te veías tan frágil, tan vulnerable... Y todo lo que quería era entrar, tomarte la mano y decirte que estaba ahí, que no iba a dejarte.

Pedía al cielo que te devolviera, que abrieras esos hermosos ojos y me dijeras que todo estaría bien. Quería sentir tus labios de nuevo, mientras mis lágrimas caían sin control. Tus padres se acercaron entonces, con una expresión que no olvidaré jamás. Las palabras que me dijeron me rompieron el alma. Todo lo que decían me hacía sentir más vacía, mientras me aferraba a mis padres y repetía "no" una y otra vez.

Decían que no despertarías, que el dolor no se iría. Los doctores sugerían desconectarte, que lo más justo era dejarte ir, evitarte más sufrimiento. Pero yo no quería. No podía. Tú me habías prometido que vivirías conmigo, que siempre me amarías. ¿Cómo podía soltarte cuando aún te sentía tan cerca? Era como si una parte de mí hubiera muerto contigo en ese momento.

Las semanas siguientes fueron una sombra. Fui a ver el lugar donde viviríamos, aquel segundo piso en el centro de Nueva York, como alguna vez soñamos. Todo se sentía irreal, como si estuviera caminando dentro de un sueño roto. La policía me devolvió tus pertenencias del accidente, y mientras intentaba darle sentido a todo, entre tus cosas encontré algo que nunca esperé: un anillo y una carta.

La carta era una poesía, escrita por ti:

"Hace tiempo, en un rincón del destino,

te encontré, amor mío, luz de mi camino. 

Desde el primer instante, mi corazón vibró, pero el miedo me ató y el amor no brotó.

 cuidé en silencio, soñando un hogar, aventuras y risas que no supe forjar.

Te vi reír y llorar, en días de sol, y aunque no te amé como debí, eres mi farol.

Hoy confieso mi amor en esta unión sincera;

aunque el pasado pesa, mi alma te espera.

En cada latido, siempre serás tú, mi amor eterno, mi sueño azul."

TE CASARIAS CONMIGO

Atte.Sesshomaru

Las lágrimas no dejaban de caer. Esa confesión que tanto había esperado... Y al final, un mensaje que lo dejaba todo claro. Querías casarte conmigo. Sabias que mis padres nunca me lo hubieran permitido hasta que fuera oficial, hasta que estuviéramos casados. 

Y tú, mi amor, ya lo tenías planeado todo. 

Eso me destrozó.

Te habías ido, y con esa carta comprendí lo que habríamos sido.

Los días siguientes tuve que regresar a Japón, con el corazón hecho pedazos. Mis padres sabían que seguía mal, así que me llevaron a casa, aunque todo se sentía como una nube espesa de la que no podía escapar. Me encerré sin ganas de nada, perdida en ese trance, hasta que una mañana escuché esa canción...

Aquella misma que parecía contar nuestra historia y  que me rompió el alma.

Parecía una cruel broma que algo tan simple me trajera tantos recuerdos.

Recordé cómo contábamos planeábamos entre risas una vida juntos.

Sentía como me rompía el alma y que ya no podía más. 

Me sentía fatal, y las lágrimas no dejaban de caer.

Ni siquiera recuerdo bien qué pasó después, solo sé que desperté en un hospital. Mis padres estaban ahí, junto a los tuyos y tu hermano como mi mejor amigo, todos con miedo de perderme. 

La doctora, alguien que apenas recordaba en medio de todo el caos, se acercó con una mirada preocupada, pero al mismo tiempo llena de compasión. Su voz era suave, casi tranquilizadora, cuando me dijo: "Tienes que cuidarte. No puedes seguir arriesgándote así. Sé que estás pasando por mucho, pero necesitas ser fuerte."

Sentí una presión en el pecho, pero lo que dijo después me dejó sin aire.

"Y más ahora, por la pequeña vida que llevas dentro."

Esas palabras me destrozaron por completo. Era como si hasta ese momento no lo hubiera entendido, como si de repente me cayera encima toda la responsabilidad. La idea de tener que enfrentar esto sola me aplastaba. No lo vi venir, y ahora lo único en lo que podía pensar era en cómo iba a salir adelante sin él.

Las lágrimas ya comenzaban a llenarme los ojos cuando sentí los brazos de mis padres alrededor de mí. No tuve que decir nada, ellos simplemente lo sabían. Sabían que estaba a punto de derrumbarme. Me abrazaron fuerte, como si con eso pudieran evitar que me rompiera en mil pedazos. Mi madre susurró: "No estás sola, hija. No vas a hacerlo sola." Y mi padre me apretaba más fuerte, sin decir nada, pero su abrazo lo decía todo.

Ahí fue cuando no pude más. Me quebré. Todo lo que estaba conteniendo salió en un torrente de lágrimas, permitiendo que todos vieran lo rota que estaba por dentro. Me sentí tan vulnerable, tan desbordada, pero al mismo tiempo rodeada de un amor que me sostenía.

Mis suegros también estaban allí, y aunque sabía que ellos también sufrían, no me dejaron sola ni un segundo. Mi suegra, con esa ternura que nunca había mostrado antes, se acercó y me tomó de la mano. "Él no va a estar conmigo, papá," logré murmurar entre lágrimas, con la voz rota por el dolor. Mi padre me abrazó aún más fuerte, intentando consolarme de una manera que sabía no podía hacer completamente. "Lo sé, cariño. Sé que te duele, pero no te dejaremos sola."

Sollozando, apenas pude decir: "Tengo miedo... miedo de no poder quererlo como él lo hubiera hecho."

Mi suegra, con una sonrisa triste, me acarició la mejilla y dijo: "No llores, hija. Todos vamos a cuidar de ese bebé. Lo vamos a amar, como él te habría amado a ti y a ese niño." Sus palabras eran como una promesa que me llenaba de un poco de paz, aunque el dolor seguía presente.

Inuyasha, que había estado en silencio, trató de sonreír a través de sus lágrimas. Su voz, aunque temblorosa, era firme cuando dijo: "Claro que sí, lo vamos a cuidar. Como mi hermano hubiera querido."

Aunque esas palabras me dolían, también me dieron algo a lo que aferrarme. En medio de tanto dolor, de tanto miedo, me dieron una pequeña esperanza de que, de alguna manera, iba a poder seguir adelante.

*****

El tiempo siguió su curso, y un 19 de septiembre, el día que tuve a Kaito, fue como si de alguna manera estuvieras allí conmigo. Lo sentí en cada latido, en cada respiración. Era imposible ignorarlo, más aún cuando lo vi por primera vez y me di cuenta de lo mucho que se parecía a ti. Sus pequeños rasgos me recordaban a los tuyos de una forma tan vívida que me hizo estremecer. Tenía tu sonrisa, esa que siempre guardabas solo para mí, la misma que iluminaba cualquier lugar por más oscuro que fuera. En ese momento, fue como si todo cobrara sentido, como si la vida me diera un pedazo de ti para llevarlo conmigo siempre.

Los años pasaron tan rápido que apenas tuve tiempo de procesar cómo todo había cambiado. Kaito crecía fuerte y lleno de vida, y cada día que lo miraba veía un poco más de ti en él. Se convirtió en un reflejo de lo mejor de nosotros dos, de lo que fuimos juntos. A veces, cuando sonreía o hacía algún gesto, era como verte a ti, y eso me llenaba de una mezcla de alegría y nostalgia.

Gracias a mi trabajo con los idiomas, nos ofrecieron la oportunidad de viajar por el mundo, algo que siempre había soñado. Fue como si de algún modo estuvieras guiando mi camino. Un día, llegó un contrato inesperado para mudarnos a Nueva York, una oportunidad que no pensé dos veces en aceptar. Kaito y yo nos lanzamos a la aventura, a construir una nueva vida en una ciudad donde todo parecía posible. Sabía que de haber estado aquí, habrías estado tan emocionado como yo. Siempre soñaste con que nuestro hijo tuviera lo mejor de ambos mundos, y así fue. Kaito heredó mi paciencia, pero también esos ojos tuyos, intensos y llenos de vida. Cada vez que me mira, siento que me está mirando con tus mismos ojos, esos que me dieron tanto amor.

Esa tarde, como tantas otras veces, fuimos a visitarte. Mientras caminábamos hacia tu lugar de descanso, el aire se sentía más ligero, como si algo invisible nos acompañara. Kaito caminaba a mi lado, con la seriedad que solo un niño puede tener en esos momentos importantes. "Esta tarde venimos a visitarte, mi amor," susurré, mientras él me tomaba de la mano. Juntos, nos arrodillamos y rezamos por ti. A veces pienso que Kaito te siente tan cerca como yo lo hago, porque sin que se lo pida, siempre quiere venir conmigo.

Han pasado siete largos años desde que te fuiste. Siete años que, aunque llenos de alegrías, siguen guardando ese rincón del dolor que nunca desaparece. A veces, cuando todo está en silencio y me quedo sola con mis pensamientos, siento que el vacío de tu ausencia sigue tan presente como el primer día. No hay día en que no te extrañe, en que no desee poder verte una vez más, aunque sea solo por un instante. Me pregunto cómo habrías sido como padre, qué habrías pensado de las decisiones que he tomado. Pero aunque ya no estás aquí, sigo hablando contigo, contándote lo que hemos hecho.

Te cuento que cumplí la mayoría de los sueños que alguna vez compartimos. Nos mudamos a Nueva York, tal como lo imaginamos, y nuestro hijo crece sano y feliz, con lo mejor de ambos. Y sigo escribiendo. La poesía, esa pasión que nos unió tantas veces, sigue viva en mí, y ahora también en Kaito. A él también le gusta escribir, y cuando lo hace, siento que, de alguna manera, estás involucrado en cada palabra que plasma en el papel.

Y aunque el dolor de haberte perdido no desaparece, lo llevo conmigo como parte de este amor inmenso que nos unió. Quizá, en otra vida, nos volvamos a encontrar. Tal vez, entonces, podamos amarnos como lo hicimos en esta, pero sin despedidas.

"En otra vida" susurré, mirando al cielo, con la esperanza de que en algún rincón del universo me estés escuchando.

Fin

Hola se que muchos no se esperaron este final y que las cosas pasaran de esa manera, pero a pesar de todo voy a decir que al terminar esta historia termine con un sentimiento agridulce por lo bonita que es ,pero lo triste que termine esto. Hace tiempo que no pongo uno de estos finales 

Esto viene a hacer el primer one-shot de mi regalo para ustedes en esta historia se inspiro en una canción de YAMIE Stefie ,por lo que escuche en tiktok es una composición que solo fue pensando un día ,pero era tan hermosa que me llevo a escribirla .Solo espero que realmente la saque completa y junto a Lasso ,para darle mas significado a esta hermosa historia.

Si por ahí quieren escucharla para sentir lo que sentí a escribirla ,pueden buscar en Tik Tok , en otra vida.

Posdata: Se viene redención y continuamos con la segunda parte de amor en su contradicción.

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