El amor en la Contradicción - 5
-Pequeñín, ¿ya tienes la información que te pedí?
-Claro, señora. -respondió con un tono respetuoso pero con una pizca de nerviosismo, mientras hacía una ligera reverencia-. Al principio me costó un poco encontrar detalles, pero luego hallé lo necesario. Esa mujer... es la expareja del amo bonito.
-¿Ah, sí? ¿Esa misma que fue destinataria de aquella cena sorpresa? -preguntó la mujer, arqueando una ceja mientras cruzaba las manos con elegancia.
-Exacto. -asintió el hombre, inclinando ligeramente la cabeza-. ¿Cómo olvidar aquel error?
-¿Mi error? -replicó ella con una sonrisa sarcástica, señalándolo con un dedo acusador-. Pequeñín, no te equivoques. Fue tuya la torpeza de no verificar todos los detalles.
El sirviente bajó la mirada con una mezcla de vergüenza y resignación.
-Lo admito, señora. Pero al final todo resultó... distinto.
-Distinto, dices. -murmuró ella con una sonrisa que apenas ocultaba su satisfacción-. Aunque debo reconocer que, de aquel caos, salió algo bueno. En su momento pensé que nada positivo ocurriría, pero semanas después recibí la mejor noticia de mi vida: ¡me iba a convertir en abuela!
-Ni me lo recuerde, señora. -replicó él, alarmado-. Aún temo que el amo bonito descubra lo que hicimos con el vino adulterado en esa ocasión.
La mujer dejó escapar una risa baja y seca, su expresión severa suavizada por un destello de diversión.
-Oh, pequeñín, si supiera... Pero eso es algo que jamás saldrá a la luz, ¿verdad?
-Por supuesto que no, señora. -respondió rápidamente, enderezándose con evidente nerviosismo.
-Bien. -dijo ella, cruzando las piernas con elegancia y volviendo su mirada penetrante hacia él-. Entonces, ¿esa mujercita... es la misma que estuvo con mi hijo durante tantos años y con la que pensaba casarse?
-Sí, señora. -confirmó él-. Tengo entendido que la misma noche en la que el amo bonito planeaba proponerle matrimonio, ella se embarcó en un avión hacia Nueva York para asistir a una prestigiosa academia de ballet.
-¡Desgraciada! -exclamó la mujer, golpeando ligeramente el reposabrazos de su sillón-. Qué osadía, abandonar a mi hijo de esa manera.
-Pues bien, señora, le cuento que hace unos meses obtuvo una beca para estudiar actuación en Nueva York, gracias a su desempeño en los teatros de Japón. Sin embargo, hace unas semanas surgió un escándalo que lo cambió todo.
-¿Qué clase de escándalo? -preguntó ella, inclinándose hacia adelante, con los ojos entrecerrados por la sospecha.
-Se comenta que estaba involucrada con uno de los managers de la academia. Hablan de favores, dinero y... otras cosas. -el hombre bajó la voz, como si temiera que las paredes escucharan-. Una compañera de clase la acusó públicamente, lo que desató una disputa explosiva. Al final, ambas fueron expulsadas, y el escándalo llegó tan lejos que dañó su reputación. No tuvo más remedio que regresar a Japón.
La mujer permaneció en silencio por un largo momento, tamborileando los dedos con ritmo calculado sobre el reposabrazos. Su expresión se tornó dura, casi impenetrable, mientras procesaba la información. Finalmente, habló.
-Esa mujercita... no solo destruyó su propia vida, sino que ahora pretende arruinar la de mis nietas. Y si cree que puede separarlo de su esposa, de mi nuera, está muy equivocada.
-¿Qué desea que haga, doñita? -preguntó el hombre, inclinándose ligeramente hacia ella con respeto.
-Encargate de que ella entienda que no debe meterse con mi familia y sigue vigilándola. Quiero saber cada paso que dé, cada palabra que pronuncie. Encuentra más sobre ese escándalo. Y si intenta algo más... avísame de inmediato.
-Entendido. Pero, señora... -titubeó, como si dudara en formular su pregunta-. ¿Qué piensa hacer usted?
La mujer sonrió, una sonrisa fría y peligrosa que hizo que el sirviente sintiera un escalofrío. Su voz, ahora baja pero firme, resonó como una advertencia.
-Esa muchachita va a aprender que con los Sams no se juega. Si pretende interferir en mi familia, se llevará una lección que nunca olvidará.
-Como usted ordene, señora. Me aseguraré de que todo esté bajo control.
La mujer asintió lentamente, ajustándose el chal con un aire de autoridad.
-Perfecto. Ahora ve. No quiero sorpresas desagradables.
El sirviente hizo una reverencia profunda antes de retirarse, dejando a la mujer sola en la habitación. Ella permaneció en su sillón, mirando por la ventana con una mirada implacable. Nadie, pensó, ni siquiera esa joven, se interpondría en su camino.
.-.-.-.-.
Una vez en casa, Rin no tardó en marcar la distancia que había estado construyendo desde hacía tiempo. Con movimientos lentos, cargados de cansancio, colocó sus cosas en la habitación de invitados. Su voz, aunque suave, tenía una firmeza que Sesshomaru no pudo ignorar.
-Dormiré aquí -anunció, mientras con cuidado ajustaba la manta que cubría a los dos pequeños que descansaban en un moisés junto a la cama.
Sesshomaru permaneció en el umbral de la puerta, observando en silencio cómo Rin trataba de organizar el pequeño espacio, acomodando las bolsas con sus pertenencias y revisando a sus bebés. Su fragilidad física, tras el reciente parto por cesárea, contrastaba con la determinación que se reflejaba en su rostro.
-Está bien -respondió Sesshomaru, su voz baja pero serena, aunque por dentro sentía cómo cada palabra de Rin construía un muro entre ellos.
Rin, siempre atenta a los bebés, revisó que estuvieran cómodos en el moisés. Sus movimientos eran torpes, no por falta de experiencia, sino por el agotamiento que aún cargaba desde la cirugía. Su cuerpo aún se recuperaba, pero su espíritu parecía más distante que nunca. Sesshomaru lo notaba en la forma en que evitaba su mirada, en cómo sus respuestas eran breves y cargadas de una frialdad que no era propia de ella.
A pesar de todo, Sesshomaru no se alejó. Con una paciencia que pocos habrían imaginado en alguien tan reservado como él, se dedicó a asegurarse de que Rin tuviera todo lo que necesitara. Durante el resto del día, mientras ella descansaba o atendía a los bebés, él se encargó de organizar el espacio. Colocó almohadas extra en la cama, dejó medicinas y pañales al alcance, y aseguró que el moisés estuviera en una posición cómoda para Rin.
-¿Te falta algo? -preguntó en algún momento, al ver que Rin intentaba alcanzar una manta desde su posición sentada. Ella negó con un leve movimiento de cabeza, pero Sesshomaru, sin decir más, tomó la manta y la colocó cuidadosamente sobre los pequeños.
Rin apenas murmuró un agradecimiento antes de volver a centrarse en los bebés. Sesshomaru no insistió, pero tampoco se apartó. Aunque ella trataba de mantener la distancia, él encontraba maneras de estar presente, de mostrarle que, a pesar de todo, seguía ahí para ella y los niños.
Más tarde, mientras Rin finalmente cedía al cansancio y se tumbaba en la cama, Sesshomaru aprovechó para dejar un plato de sopa caliente y un vaso de agua en la mesita de noche. Era su forma de cuidarla, de hablarle sin palabras.
La casa se llenó de un silencio distinto, no incómodo, pero sí cargado de cosas no dichas. Sesshomaru, desde el pasillo, escuchaba los suaves murmullos de Rin mientras susurraba palabras tranquilizadoras a los bebés. A pesar de la distancia que ella intentaba imponer, Sesshomaru sabía que no se rendiría. Rin podía levantar todos los muros que quisiera; él estaba dispuesto a esperar y derribarlos, uno a uno, con paciencia y constancia.
Ella aún no lo sabía, pero Sesshomaru no estaba allí solo por los bebés. Estaba allí por ella. Porque, aunque Rin intentara ocultarlo detrás de su agotamiento y su distancia, él sabía que su presencia todavía significaba algo y quería esperar a esa segunda oportunidad que aun creia tener.
.-.-.
Los días transcurrían entre evasivas y silencios cargados de incomodidad. Rin hacía todo lo posible por mantenerse ocupada, ya fuera atendiendo a las gemelas o refugiándose en su habitación. Cualquier excusa era válida para evitar los encuentros con Sesshomaru. Cuando su madre llamaba por teléfono, Rin se esforzaba por proyectar una calma que no sentía.
-Sesshomaru está cuidando de nosotras -aseguraba con una voz que, aunque serena, escondía la tensión que la consumía. Sabía que si su madre detectaba alguna fisura en su relato, no dudaría en presentarse en el departamento y desatar un nuevo conflicto.
Por su parte, Sesshomaru mantenía la paciencia, aunque el peso de la culpa lo perseguía día y noche. Decidió no presionarla, darle el espacio que ella necesitaba. Aun así, su preocupación era evidente en cada pequeño gesto: asegurarse de que las comidas estuvieran listas a tiempo, verificar que las gemelas tuvieran todo lo necesario, o dejar pañales y mantas al alcance de Rin. Su forma de estar presente era silenciosa, pero constante, como un faro que permanecía firme en la tormenta.
Una mañana, la rutina se interrumpió con el sonido del timbre. Rin, algo sorprendida, abrió la puerta para encontrarse con su suegra, la señora Irasue, quien cargaba varias bolsas repletas de regalos para su nietas.
-¡Mis nietas! -exclamó irasue con entusiasmo al entrar al departamento. Rin apenas tuvo tiempo de ofrecerle un saludo cuando la mujer se acercó al moisés donde las pequeñas dormían tranquilamente.
-Son hermosas, Rin -dijo con una sonrisa cálida, mientras sus ojos brillaban con ternura. Se inclinó ligeramente para observarlas mejor-. Se parecen tanto a mi hijo... aunque también tienen mucho de ti.
Rin, algo incómoda pero agradecida por la visita, sonrió tímidamente.
-Gracias, señora Sue.
- ¿Señora Sue? Rin, querida, ¿Cuántas veces te he dicho que solo me llames Sue, o mejor aún, madre? Después de todo, eres la mamá de mis dos preciosas nietas. -La mujer le guiñó un ojo antes de volver su atención a las pequeñas-. Dime, ¿estás manejando todo esta temporada posparto bien? - Rin solo asintió.
Si necesitas descansar un poco o algo más de ayuda con las bebés, no dudes en decírmelo.
-No, creo que lo tengo bajo control -respondió Rin, aunque la ligera hesitación en su voz no pasó desapercibida.
Irasuee arqueó una ceja, cruzando los brazos con una expresión que mezclaba incredulidad y diversión.
-¿De verdad? Mira que criar a un bebé ya es complicado, y Sesshomaru, aunque fue tranquilo, también tuvo sus momentos. Pero ahora con dos... no me digas que es fácil.
A pesar de su reticencia inicial, Rin dejó escapar una pequeña risa ante las ocurrencias de su suegra. La calidez que le mostro su suegra desde el primer instante con ella ,había provocado que siempre se sintiera querida por ella aun con su humor negro.
-Espero que Sesshomaru esté haciendo su parte. -El tono de Irasue se volvió un poco más serio mientras miraba a Rin-. Porque estas bebés... bueno, tú no los trajiste sola al mundo, ¿verdad? Los hicieron juntos.
Rin bajó la mirada, incómoda con la conversación, pero antes de que pudiera responder, Irasue Se giró hacia la puerta del pasillo.
-¡Sesshomaru! -llamó con energía a su hijo que debería encontrarse en su oficina, según su mayordomo que no había ido a trabajar estos días-. Ven aquí un momento.
Sesshomaru, quien estaba en la sala revisando algunos documentos, apareció en el marco de la puerta, su expresión tan serena como siempre.
-¿Sí? -preguntó, aunque su mirada se dirigió de inmediato a Rin, buscando alguna señal de incomodidad.
Su madre le señaló con un dedo acusador, aunque con una sonrisa en los labios.
-Solo espero que estés apoyando a tu mujer como es debido. Estos dos angelitos no son solo su responsabilidad, ¿me entiendes?
Sesshomaru inclinó ligeramente la cabeza .
-Estoy haciendo lo necesario.
-"Lo necesario" no siempre es suficiente, Sesshomaru -replicó su madre, con un tono más crítico que afectuoso-. Mi nuera no es una mujer de hierro para cuidarse durante la cuarentena y atender a dos recién nacidas al mismo tiempo.
Sesshomaru no respondió, pero su mirada se desvió hacia Rin, sosteniéndola por un instante con una mezcla de solemnidad y algo que podría interpretarse como arrepentimiento. Sin embargo, Rin evitó ese contacto visual, enfocándose en las gemelas como si fueran su refugio.
La señora Sue, perceptiva como siempre, dejó escapar un suspiro que denotaba insatisfacción. Aquella distancia palpable en el ambiente no le pasó desapercibida.
-Sesshomaru -lo llamó, esta vez con un tono autoritario que no admitía discusión-. Acércate y cámbiale el pañal a una de las gemelas. Vamos, que ellas también son tu responsabilidad.
Sesshomaru no titubeó. Caminó hacia el cambiador con la misma serenidad que lo caracterizaba, pero sus movimientos eran más suaves de lo habitual, casi reverentes. Levantó a una de las pequeñas, cuidando de no incomodarla, mientras comenzaba la tarea con una precisión que solo alguien con experiencia y dedicación podría tener.
Mientras tanto, su madre tomó a Rin del brazo con firmeza, aunque sin perder el gesto amable en su rostro.
-Ven conmigo, querida. Te preparé algo especial. Una de mis empleadas más antiguas me recomendó unas recetas nutritivas que te ayudarán con la leche y las vitaminas. No quiero que me dejes ni una miga en el plato, ¿entendido?
Rin, aunque sorprendida por la iniciativa, no encontró razones para oponerse. Asintió con una leve sonrisa y permitió que su suegra la guiara hacia la cocina. Allí, la señora Irasue colocó frente a ella un plato cuidadosamente preparado con ingredientes frescos y saludables.
-Come tranquila. -menciono mientras se sentaba a su lado, observándola con atención-. No pienso moverme hasta asegurarme de que has comido lo suficiente.
Rin no pudo evitar sentirse un poco abrumada por el cuidado de su suegra, pero había algo reconfortante en su presencia. Durante toda la tarde, su suegra permaneció a su lado, conversando en un tono que oscilaba entre lo maternal y lo protector.
Mientras tanto, en la sala, Sesshomaru continuaba atendiendo a las gemelas. Aunque su rostro no mostraba emoción alguna, había una dedicación palpable en cada movimiento. Los llantos ocasionales de las bebés parecían tener un efecto hipnótico sobre él, como si le recordaran silenciosamente su papel en esta nueva etapa.
Al final del día, cuando su madre se despidió, el departamento se sintió ligeramente más cálido, como si la presencia de la suegra hubiera disipado parte de la tensión acumulada en el ambiente. Rin, agotada pero agradecida por el apoyo, cargaba a una de las gemelas mientras la otra descansaba en la cuna. Sesshomaru, fiel a su carácter reservado, la acompañó hasta la puerta de su habitación, dispuesto a asegurarse de que estuviera cómoda antes de retirarse.
Sin embargo, justo cuando estaba por salir, Rin alzó la voz, lo suficientemente firme como para detenerlo.
-No es necesario que te preocupes por mí, Sesshomaru. Solo por las niñas.
Él se detuvo en seco, girándose lentamente para mirarla. Aquellas palabras eran un golpe sutil pero profundo, como si ella misma construyera una barrera entre ellos. Sesshomaru frunció ligeramente el ceño, pero su tono permaneció calmado.
-Rin, sabes que no es así.
Ella suspiró, ajustando a la pequeña en sus brazos como si quisiera concentrarse solo en ellas.
-No es necesario que finjas, Sesshomaru. -Su voz bajó un poco, pero seguía cargada de firmeza-. Sé que haces esto por las niñas, y te lo agradezco, pero no necesitas preocuparte por mí.
Sesshomaru sintió cómo aquellas palabras lo perforaban. Rin, con su dulzura y obstinación, estaba empujándolo lejos, negándose a aceptar el cuidado que él deseaba darle. Tragó saliva, como si buscara las palabras correctas, algo que nunca había sido su fuerte.
-No hago esto solo por las niñas, Rin. Yo te...
-No sigas. -Lo interrumpió antes de que pudiera terminar, alzando la mano como si quisiera frenar una verdad que no estaba lista para escuchar y que su corazón le decía -. Sesshomaru, en las próximas semanas me recuperaré y retomaré mi trabajo. -Su tono se volvió casi mecánico, como si recitara algo que había practicado en su mente una y otra vez-. Y seguiremos el acuerdo que hicimos antes de casarnos. Nos divorciaremos cuando las niñas cumplan tres años.
Sus palabras cayeron como un balde de agua helada. Sesshomaru se quedó inmóvil, incapaz de procesarlas de inmediato. Ese contrato, aquel acuerdo frío y calculado que en su momento había sido necesario, ahora se sentía como una condena. ¿Divorciarse? Esa idea era intolerable, pero Rin parecía decidida a recordarle aquel pacto como si fuera una barrera infranqueable entre ellos.
-Rin... -Intentó responder, pero su voz quedó atrapada en su garganta.
Ella lo miró por un breve instante, su mirada cargada de algo que él no pudo descifrar. Pero no dijo más. En cambio, se giró hacia la cuna de la otra gemela, depositando con cuidado a la que tenía en brazos y ajustando las pequeñas mantas. Para ella, la conversación había terminado.
Sesshomaru permaneció en la puerta unos segundos más, observándola en silencio. ¿Cómo podían estar tan cerca y al mismo tiempo tan distantes? Finalmente, cerró la puerta con cuidado, dejando a Rin en la privacidad de su habitación.
Mientras caminaba hacia su propio espacio, algo dentro de él se encendió. Las palabras de Rin resonaban una y otra vez en su mente, pero no podía aceptarlas. No quería cumplir ese contrato. No después de lo que había pasado, no cuando su corazón le decía que su lugar estaba allí, junto a Rin y sus hijas, no solo como un padre, sino como alguien que deseaba quedarse para siempre.
Sesshomaru apretó los puños, decidido a encontrar una forma de romper esa distancia. Porque aunque Rin se negara a verlo, él no estaba dispuesto a dejarla ir.
.-.-.-
Las semanas pasaron volando, y las gemelas llenaron el departamento con sus risitas y balbuceos que alegraban cualquier rincón. Rin, aunque todavía lidiaba con altibajos emocionales, empezaba a sentirse más fuerte. Un día, mientras las niñas dormían, sacó el tema con Sesshomaru:
-He estado pensando... Quizá deberíamos buscar una niñera. Quiero volver al trabajo, aunque sea medio turno.
Sesshomaru, con su habitual calma, asintió.
-Tiene sentido. Podemos preguntarle a mi madre si conoce a alguien de confianza.
Y vaya que la señora se movió rápido. Esa misma tarde llamó para sugerir a Kaede, una mujer con años de experiencia como nana y que había trabajado con su familia antes. Rin no estaba muy convencida al principio; después de todo, no quería a una completa desconocida cerca de sus hijas. Pero cambió de opinión en cuanto escuchó el nombre: Kaede.
Kaede no era cualquier persona. Rin la recordaba como su vecina de los primeros años en Tokio, esa mujer amable que siempre estaba ahí cuando la necesitaba. La misma que le ofrecía té caliente y consejos cuando los días se volvían oscuros. Saber que sería ella quien cuidaría de las niñas le dio una tranquilidad que hacía tiempo no sentía.
Cuando Kaede llegó al departamento, con esa sonrisa que parecía decir "todo estará bien", Rin no pudo evitar emocionarse un poco. Kaede tomó el mando enseguida, como si hubiera nacido para eso. Mientras tanto, Rin dio el paso que tanto había pospuesto: regresar al trabajo.
El primer día de vuelta fue todo un evento. Sus compañeras le organizaron una pequeña bienvenida, con pastel, globos y hasta una pancarta que decía: "¡Bienvenida, mamá guerrera!". Rin no sabía si reír o llorar, pero agradeció el gesto. Fue lindo sentirse parte del equipo otra vez, aunque en el fondo no podía ignorar esa sensación de distancia que aún la acompañaba.
En casa, Sesshomaru también hacía lo suyo. Había reducido sus horas en el trabajo para turnarse con Rin y asegurarse de que Kaede tuviera ayuda con las pequeñas. Aunque no decía mucho.
También en esas últimas semanas había intentado acercarse a Rin, con pequeñas acciones que hablaran por él, pero aún así no había un progreso.
Le preparaba el té que le gustaba, ordenaba el departamento cuando podía y, de vez en cuando, se ofrecía a quedarse con las niñas para que ella tuviera un rato para sí misma.
Pero, a pesar de todo, la distancia entre ellos seguía ahí, como una pared invisible. Rin era amable, pero algo en su tono y en su forma de esquivar las conversaciones más profundas dejaba claro que aún había cosas sin resolver.
Una tarde, mientras Kaede alimentaba a una de las gemelas, decidió tantear el terreno.
-Rin, hija, ¿todo bien contigo? -preguntó, sin rodeos, pero con esa calidez que la caracterizaba.
Rin, como siempre, encontró la forma de cambiar el tema.
-Las niñas están creciendo tan rápido, Kaede. No sé qué haríamos sin ti.
Kaede no insistió, pero no se quedó tranquila. Sabía que algo pasaba. Rin siempre había sido risueña sonriente , pero ahora algo parecía diferente en sus ojos que demostraban tristeza. También estaba el hecho en que pudo sentir la tensión que flotaba entre ella y Sesshomaru cada vez que se veían, y aunque no dijo nada más o querían aparentar que todo estaba bien, había una pequeña neblina de tensión que los rodeada.
-.-.-.
Kaede, al notar que pasaban las semanas sin que la pareja lograra entenderse, decidió actuar. Una noche, aprovechando que Rin aún no regresaba del trabajo, fue a hablar con Sesshomaru. Para su sorpresa, él pareció dispuesto a escucharla, algo inusual considerando que Rin siempre esquivaba cualquier intento de conversación seria con él.
-Señor Sesshomaru, si quiere ganarse a Rin, no creo que lo logre con lo que está haciendo hasta ahora. No veo ningún avance -le dijo Kaede con franqueza.
Sesshomaru guardó silencio por un momento, pero su expresión fría mostraba que entendía las palabras de la anciana. Kaede continuó:
-Tal vez lo que necesitan es hablar.
-¿Hablar? -repitió Sesshomaru, casi como si la palabra fuera ajena para él.
-Sí. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? -respondió Kaede casi en un suspiro-. Rin lo evita cada vez que intenta acercarse. Apenas le presta atención, y cuando lo hace, es porque menciona a las gemelas.
Sesshomaru asintió, con su habitual economía de palabras.
-No creo que sea posible -murmuró.
Él no era alguien acostumbrado a expresar sus emociones, mucho menos a entablar conversaciones sobre ellas. Había intentado acercarse a Rin, pero siempre se encontraba con un muro que parecía hacerse más alto con cada intento.
Kaede, entendiendo el desafío, propuso una idea.
-Lo primero sería una cita. Algo que les permita pasar más tiempo juntos.
Sesshomaru la miró, incrédulo.
-Ella lo evitará.
-Entonces, hágalo en familia -sugirió Kaede con calma.
-No aceptará.
Kaede sonrió levemente, como si ya tuviera una solución lista.
-Consiga unos boletos para algo especial. Dígale que planea sacar a las niñas por un día. Pero haga que ese día sea solo para ustedes cuatro, sin mi presencia.
Sesshomaru reflexionó.
-¿No debería ser solo entre Rin y yo?
-Quizá sí, pero con lo mucho que te esquiva, esta podría ser la única manera de comenzar.
La anciana dejó la sugerencia en el aire, con la esperanza de que Sesshomaru entendiera que, a veces, los pasos pequeños eran los más importantes para cruzar grandes distancias.
.-.-
Sesshomaru, inquieto y algo desesperado, había trazado un plan para aquel día. Sabía que Rin estaba molesta, distante, y que los lazos que los unían se habían debilitado con el tiempo. Cuando llegó el momento, y Rin se dio cuenta de que Kaede no aparecería, intentó buscar una excusa para escapar de su compañía. Sin embargo, Sesshomaru se adelantó, bloqueando suavemente su salida con su típica calma calculada.
-Es nuestra primera salida en familia -dijo, con un tono sereno pero firme que escondía su inseguridad-. Quizás deberíamos aprovecharla y tomarnos algunas fotografías para el recuerdo... especialmente por las niñas.
Rin lo miró con desconfianza al principio, preguntándose cuál era su verdadera intención. Quería negarse. El resentimiento aún ardía en su pecho, y la idea de pasar un día juntos le parecía casi insoportable. Sin embargo, cuando miró a sus hijas, sus pequeñas sonrisas llenas de ilusión y curiosidad, recordó lo mucho que deseaba que ellas tuvieran recuerdos felices, una infancia mejor de la que ella misma había tenido. Finalmente, asintió.
-De acuerdo, pero solo por las niñas -respondió Rin, dejando claro que lo hacía por ellas.
El parque de diversiones estaba lleno de risas, colores y bullicio. Sesshomaru, que rara vez se encontraba en lugares tan concurridos, parecía fuera de lugar. Observaba todo con una expresión imperturbable, pero sus ojos dorados traicionaban cierta incertidumbre. Intentó liderar el recorrido, guiando a Rin y a las gemelas hacia un juego mecánico que le había parecido interesante. Sin embargo, sus movimientos eran torpes y no tardó en quedar en evidencia.
-Déjame a mí -dijo Rin con una sonrisa leve, aunque no exenta de ironía.
Ella, más experimentada en ese tipo de salidas, tomó las riendas. Lo primero que hizo fue llevarlos a una gran estatua icónica del parque, sugiriendo que se tomaran una foto familiar ahí. Sesshomaru aceptó, posando con una seriedad solemne que contrastaba con la espontaneidad de Rin y las risas de las niñas. Era una imagen peculiar, pero Rin no pudo evitar pensar que, de algún modo, capturaba la esencia de su relación.
Después de la fotografía, Rin lo guio hacia un puesto de bocadillos. Allí compraron pequeños dulces y aperitivos que el en su vida jamás pensó probar.
Sesshomaru, aunque distante, observaba con atención cada pequeño gesto de sus bebés y de Rin mientras convivían.
Más tarde, mientras paseaban, Rin se detuvo frente a una tienda de kimonos. Sus ojos brillaron al ver unos diseños diminutos, claramente pensados para bebes pequeños. Sin decir palabra, entró en la tienda y comenzó a elegir algunos conjuntos, imaginando lo adorables que se verían las gemelas con ellos. Sesshomaru la siguió, observándola en silencio mientras ella se perdía entre telas y colores.
Cuando las bebes estuvieron vestidas con los pequeños kimonos, Rin no pudo resistirse a tomar otra fotografía. Esta vez, incluso Sesshomaru pareció relajarse ligeramente, permitiendo que la calidez de la escena lo envolviera.
La tarde pasó en un abrir y cerrar de ojos. Entre las pequeñas sonrisas de las gemelas, la atención cuidadosa de Rin y los intentos torpes pero sinceros de Sesshomaru por integrarse, hubo pequeños destellos de algo que hacía tiempo no compartían: felicidad. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que una chispa de unión los envolvía a todos.
Al caer la tarde, mientras las luces del parque comenzaban a iluminar el cielo crepuscular, las niñas se quedaron dormidas en su carriola, abrazadas a pequeños juguetes que habían ganado durante el día. Los murmullos de las familias que aún paseaban y el suave zumbido de los juegos mecánicos creaban una atmósfera tranquila, casi mágica.
Rin caminaba en silencio junto a Sesshomaru, su mirada perdida en el camino frente a ellos. De reojo, no pudo evitar observarlo. Había notado los pequeños gestos que él hacía durante el día: cómo se inclinaba con cuidado para ajustar las mantas de las niñas, la forma en que intentaba anticipar sus necesidades sin imponer su voluntad, y esa rara suavidad en su expresión cuando miraba a las gemelas y la observaba a ella.
Esos detalles, tan poco habituales en alguien como Sesshomaru a quien había estado conociendo y que no coincidían con su personalidad la sorprendían y la confundían.
Durante mucho tiempo había intentado distanciarse de él, desde que decidió darle su espacio y también esos detalles pequeños, no sabía si era lo mejor y si habría una oportunidad, pensando que era lo mejor se alejó convencida de que era lo mejor para ambos. Sin embargo, él parecía incapaz de rendirse. Una y otra vez demostraba, aunque de forma sutil, que estaba dispuesto a luchar por ellos. Por ella.
Rin cerró los ojos un momento, tratando de silenciar el torbellino de emociones que crecía en su interior. Había tantas heridas aún abiertas, tantos momentos que los habían separado. Pero, al mismo tiempo, no podía negar que, al menos por un día, habían logrado construir un recuerdo valioso para sus hijas. Y, quizá, también para ellos mismos.
-Gracias por esto -murmuró finalmente Rin, casi en un susurro que apenas rompió el silencio entre ellos.
Sesshomaru no respondió de inmediato. Sus ojos dorados se posaron en el horizonte, donde las luces del parque competían con las primeras estrellas del cielo nocturno. Su rostro mantenía esa calma imperturbable, pero Rin pudo notar algo más en su mirada: una mezcla de melancolía, esperanza y una determinación inquebrantable.
-Siempre haré lo necesario por nuestra familia -respondió finalmente, con una sinceridad que resonó en el aire, dejando a Rin momentáneamente sin palabras.
Sus palabras se quedaron flotando entre ellos, como un eco que se repetía en el corazón de Rin. Por más que quisiera ignorarlo, sintió cómo algo dentro de ella comenzaba a ceder. Quizá era el cansancio del día, quizá las risas de sus hijas o tal vez la persistencia de Sesshomaru. Pero, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña parte de ella comenzó a considerar la posibilidad de tener una oportunidad.
Una oportunidad que le daba miedo dar.
Rin desvió la mirada, llevando una mano al carrito para ajustar la posición de las niñas dormidas. Su corazón latía con fuerza, lleno de dudas, pero también con una chispa de algo que creía que ya no existía y que no se merecía y que jamás sucedería. Pero deseaba con todo su corazón.
y si le daba una oportunidad.
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Hola, primero que nada decidí darle un cambio a esta historia y se aumentó, como siempre. Ya lo estoy acabando, me faltan aproximadamente 2000 palabras para el siguiente capítulo, que ya es el final. Si les gusta voten, si mañana llegamos a 20 me decido a terminarlo mañana el último, disculpa por desaparecerme, pero estaba entre tareas y ya me estresé, esto me sirvió para desbloquearme. Espero les guste.
Por si acaso, este capítulo todo tranquilo, en el siguiente vienen declaraciones y alguien que no apareció aquí.
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