Lonely Heart

«El siglo XX ha sido marcado por la revolución de los Omegas. Hoy, 14 de Febrero de 1919, es un día importante para la ciudadanía porque avanzamos a una sociedad más justa. Se ha aprobado la Ley General de Acceso de los Omegas a una Vida Libre de Marcas.

Artículo 1.- La presente ley lleva como objetivo establecer la coordinación entre la Federación y los municipios para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra los Omegas, así como los principios y modalidades para garantizar su acceso a una vida libre de marcas que favorezca su desarrollo y bienestar conforme a los principios de igualdad y de no discriminación, así como para garantizar la democracia, el desarrollo integral y sustentable que fortalezca la soberanía y el régimen democrático.

Ley de Prevención del Suicidio en Omegas.

Artículo 9.- Todo Omega que haya sido marcado por un Alfa que ya ha hecho un vínculo, tiene derecho a recibir de manera inmediata atención medica profesional por parte de personal calificado de la Secretaria de Salud para Omegas del Gobierno del Estado, o la SSO.

Código Penal Federal. Delito contra la Seguridad de los Omegas.

Artículo 154.- A todo Alfa que prive la libertad de un Omega por medio de una marca en el acto abusivo de poder u omisión intencional, con el propósito de dominar y someter, sin el consentimiento y/o el conocimiento del Omega a los hechos, se le impondrán de tres a diez años de prisión, esta pena se incrementará en un cuarto cuando la persona obre de concierto con otra u otras personas privadas de su libertad y ejerciere violencia o abuso en los Omegas».

Las heridas cicatrizadas no siempre se tratan de marcas de unión. Lo hermoso y lo dulce no es tan agradable como lo es a simple vista. La realidad promete ser un engaño, y la verdad suele ser más falsa en nuestra propia mentalidad. El amor es un arma de doble filo, te hace vivir o te mata con los años, y la fe que muestra la propia motivación y debilidad, usualmente termina en desesperanza y un corazón solitario.






1918, Alemania.

Desde el día en que Levi supo el secreto que desconoció por años, los sueños se volvieron más claros y sencillos de recordar. Tal vez porque era la misma memoria cada noche, que le abrazaba con mentiras piadosas, haciéndole temblar debajo de las sábanas frías, buscando el contacto cálido del cuerpo que le solía acompañar en un colchón desgastado y mugriento al cual se le percibía cada resorte y rechinaba con el más mínimo movimiento.

Fue, quizás, unos nueve años atrás, cuando estaba en un edificio de malas condiciones en los suburbios. Sus vecinos eran emigrantes, pero ellos no. Los Ackerman eran una familia pequeña que siempre vivió en la pobreza, por lo que, cuando los abuelos de Levi fallecieron, lo único que él y su madre encontraron fueron deudas que se les heredaron y los volvieron aún más miserables. Perdieron objetos valiosos que consideraban de su propiedad, se mudaron incontables veces hasta llegar a un lugar donde las condiciones eran deficientes, pero se tenían el uno al otro; y eso era su única y más grande motivación.

Sin embargo, una noche donde la desolación acabó por provocar la desesperación en su madre debido a las palabras de su hijo, sus sentimientos se vieron reflejados en sus actos. Desde el momento en que le gritó, le alzó la mano y le abofeteó tan fuerte al punto de hacerle caer al suelo desforrado y sucio; el niño se asustó y los ojitos se le abrieron mucho a causa de su sorpresa. Los codos se le rasparon con la caída y la mejilla se tornó de un color carmesí en poco tiempo por su blanquecina piel. No tuvo el valor de ver a su mamá ni de encarar la furia en su rostro, pero sí lograba escuchar su ruidosa y acelerada respiración, así como percibir con su inexperto olfato el aroma que delataba la molestia en ella. Levi hubiese llorado con esa reacción inesperada, porque le pareció doloroso como la frágil piel de sus brazos se ensuciaba más con las gotitas rojizas que lo pintaban. Hubiese expulsado montones de lágrimas porque la mejilla le ardía por la bofetada y la sentía punzar. Mas no terminaba por asimilar en su cabecita que su mamá le había golpeado por primera vez por un comentario que hizo con la intención de ayudarla.

Y no la miró porque tuvo miedo de arruinarlo como lo acababa de hacer. Mientras las manitas le temblaban y los dedos cortos se le estremecían encima del suelo helado y manchado, su cara se mantuvo en completo asombro. Siendo un niño de ocho años sin amigos y con la única compañía de su madre, no sabía qué hacer ante eso. Quiso disculparse, pero la voz no salió de su boca por el nudo en su garganta.

Kuchel se acercó arrepentida y Levi se estremeció bajo su toque, asustado. Hundió las manos en los cabellos oscuros del menor y le acarició suavemente, dirigiéndolo a su pecho, como si fuera la primavera abrazando a la naturaleza después de que el invierno acabara con lo que tanto adoraba. Y era un sitio cálido permanecer en los brazos de su madre; sin embargo, sintió que el invierno, que jamás había aparecido en él, inició en su interior.

La campana sonó como todas las mañanas en el hogar de los Reiss, precisamente en el sótano, donde los empleados y sirvientes de la familia tenían sus propios dormitorios.

Levi abrió los ojos con pesadez y percibió la humedad en su cuerpo, sintiéndose a sí mismo desagradable. Odiaba despertar con la espalda, el cuello o el rostro cubiertos por una fina capa de sudor. Aunque su esencia fuese dulzona y aromatizada por sus propias hormonas de Omega, le era chocante ensuciar su cuerpo, las sábanas, las fundas de su almohada y la del colchón.

Se incorporó en la cama para quedar sentado y puso las manos a cada lado de él, haciendo presión en el mueble para oír algún rechinar en los resortes o la base de madera; para experimentar la nostalgia sobre las horas nocturnas de su infancia. Mas no obtuvo lo que quiso, porque no salió ningún sonido del objeto costoso que los Reiss consideraron para sus sirvientes menos recientes. Observó las paredes de piedra de su habitación, viendo los rincones que el candelabro situado en medio del techo no lograba iluminar en su totalidad.

Hubiera preferido tener un cuarto en el primer piso, donde las ventanas y la luz mañanera le hiciesen despertar junto con las melodías de los pajarillos revoloteando en sus nidos enredados entre las ramas de las copas de los árboles que rodeaban la mansión. Tal vez si se lo pedía al señor Reiss, se lo cumpliría en un chasquido de dedos. Ese hombre le cumplía cualquier capricho, y aun así Levi no estaba dispuesto a darle a aquel el gusto de complacerlo.

Era un hombre diferente al resto, pero no en el buen sentido. Le incomodaba en gran medida, y lo hizo aún más cuando eligió a Levi como su sirviente personal meses atrás.

La campana volvió a sonar de nuevo, interrumpiendo los pensamientos de un adormilado Ackerman.

Se metió al cuarto de baño en la esquina izquierda de la habitación, al costado de la cómoda frente a la cama. Tomó una ducha helada y rápida, y una vez que salió correctamente secado, se colocó su ropa interior y enseguida el uniforme que caracterizaban a los servidores de los Reiss. Era blanco y pulcro en su mayoría, excepto por la faldilla que llevaban sujetada con un cinto de cuero marrón, al igual que los demás cinturones rodeando ambas piernas, el que se colocaba en los hombros y pecho, y las botas largas que tenían que portar cada día obligatoriamente.

Se colocó todo aquello abrochándose cada extensa tira a la medida de sus gráciles, finas, y ejercitadas proporciones. Al final agarró dos pañuelos, uno para cubrir su nariz y su boca del polvo y la suciedad, y otro para que no cayera ninguno de estos anteriores en su cabello.

Salió de su sitio, atravesando el umbral de la puerta de madera para empezar a caminar a través del pasillo cubierto por lámparas de focos amarillentos decorando la mitad de la pared de piedra que dividía todas las habitaciones. Aunque su luz era tan nula que daba a todo el lugar un aspecto ennegrecido.

La suela de sus botas resonaba con eco a cada paso, cortando el silencio al ser el primero en terminar de alistarse, como siempre ocurría.

Antes de llegar a las delgadas escaleras para subir al primer piso de la mansión, un chico abrió la puerta de su pieza y ni siquiera tuvo que llamar a Levi. Éste ya se estaba volteando hacia él cuando la mano morena le detuvo con firmeza, deteniéndole el paso de golpe.

El muchacho de los mechones azabaches se mantuvo inexpresivo, analizando el cuerpo del extraño que pareció haber salido a mitad de su ducha. Las gotas tibias le escurrían de su cuerpo, desde el cuello a la clavícula; desde el pecho hasta el abdomen marcado. Su cabello goteante y el charco de agua que se formaba alrededor de sus pies descalzos, hizo que Levi quisiera enarcarle la ceja, confundido ante su rareza.

Se quedó sin palabras, contemplando la belleza del Omega frente a él. El corazón le dio un vuelco dentro de su pecho y bombeó desesperado y nervioso. Levi, con su mirada opaca y su personalidad estoica, vio cómo los ojos del chico brillaban fervientemente.

De repente, como si se hubiese dado cuenta él mismo de su gran entusiasmo, se calmó y dejó ir la emoción en sus expresiones, manteniendo solamente los orbes luminosos con destellos dorados por la luz de las lámparas en ellos, y una sonrisa pequeña asomándose en sus labios.

—Buenos días. Te ves muy bien hoy. —Deslizó su diestra desde la muñeca de Levi hasta su mano helada, recargando su brazo fornido sobre el umbral viejo y regalándole calor con su piel conectada, sin dejar de observarlo con detenimiento.

—No me toques de esa manera. —Separó sus dedos de inmediato y se alejó un poco de él para tomar su espacio, obligándose a no corresponder los ojos de Jaeger por más tiempo.

«Él es una persona de carácter firme y con mucha disciplina. Es serio y se caracteriza por su expresión escéptica, la cual es irremediable. Es alguien estoico, muestra respeto y dominio en cualquier lugar que esté; pero, sin duda alguna, es un chico maravilloso».

Esas fueron las palabras dichas por Hanji, otra trabajadora de los Reiss a la cual Eren catalogaba su amiga. Era quien tocaba la campanilla todos los días para que los demás despertasen de sus sueños. Y es que hace algunos meses no le habría importado lo que ella le dijo: toda esa palabrería referente a la personalidad de Levi. Pero cuando trató de acercarse a él para formar una amistad, lo único que lo recibió fue un rotundo rechazo.

«Él no sabe cómo hacer amigos», le había explicado ella con la seguridad de sus palabras concisas atravesándole.

Eren no se dio por vencido tan rápido. Tal vez eso era lo que le fastidiaba un poco a Levi: el que nunca pareciera estar satisfecho hasta obtener lo que tanto deseaba. Y no le gustaba que fuera él el siguiente objetivo, porque sabía que los chicos como Jaeger tarde o temprano tenían lo que tanto ansiaban.

—Lo siento, fue por instinto —se excusó Eren con un suave gesto de nervios: llevándose una mano a la nuca y la otra a la toalla enrollada en su cintura, pero su movimiento fue torpe y poco delicado.

—¿La próxima vez vas a besarme y decir que fue por instinto? —le reclamó con la voz gruesa y el aura dominante—. Lo que sea que sientas, contrólalo. No quiero verme envuelto en un conflicto contigo.

Unos pasos se hicieron oír cuando una mujer bajó por las escaleras a unos cuantos metros de los chicos. Se detuvo a la mitad y cuando vio a Levi, le dijo:

—Buenos días. El señor Reiss te está esperando en su lecho.

Como respuesta a Hanji, volvió a retomar su camino, sin voltear a ver al chico una vez más.


El aposento de la cabeza familiar o el hombre llamado Rod Reiss, estaba ubicado en la segunda planta de la mansión, siendo el cuarto más grande de la propiedad, y por ende el que más lujos poseía. Desde una cama de enorme tamaño con muros en cada extremo forrados por telas rojizas importadas desde Francia, hasta un balcón que daba una hermosa vista al jardín delantero, rodeado por fuentes funcionales y arbustos completamente verdes, algunos de flores de llamativos colores.

Levi tocó la puerta gruesa y de pesada madera oscura con los nudillos derechos. Su mano izquierda yacía ocupada con la bandeja en la que le llevaba el desayuno al hombre cada día.

—Adelante —escuchó la voz varonil desde adentro. Rodeó el picaporte y lo hizo girar fácilmente.

Entró a pasos firmes, mas no dijo nada hasta que estuvo posicionado frente al Alfa de apariencia marcada por los años.

—Buenos días, señor Reiss —le saludó con una leve reverencia de cabeza, sin sonreírle de vuelta a la persona que se cubría con las costosas y finas telas del edredón.

—Levi, ya te he dicho que no necesitas las formalidades conmigo —le comentó con esa voz típica en un hombre masculino. Un hombre Alfa. Levantó los brazos y aceptó la bandeja de plata que Levi le ofreció, viendo con una sonrisilla el desayuno que el muchacho preparó para él. Siempre tenía ese toque perfecto para lo que hacía, e incluso en la comida se remarcaba, aunque el menor solía afirmar que no era bueno cocinando, a Rod le fascinaban los alimentos preparados por él—. Vamos, toma asiento.

Palmeó a un lado de su cama y Levi lo miró unos segundos. Los sirvientes tenían, como su nombre lo decía, servirle a los otros. En este caso, una de las familias con más riquezas de Alemania. Por eso, cuando un Reiss pedía algo, así fuese en tono de mandato o no, tenían que obedecerlos sin hacer ningún reproche. Esa era una de las reglas no escritas para los empleados, que conforme pasaba el tiempo, iban conociendo más el enorme árbol genealógico, desde hijos de sangre hasta hijastros que vivían en la mansión. Era un lugar enorme y montones de hijos de Rod lo habitaban, pese a que su esposa hubiese muerto hace unos pocos años, él embarazó a diferentes Omegas que mandaban a sus hijos a obtener la aprobación de su padre.

Levi tomó asiento al borde sin hacer ruido, dejando las piernas fuera del colchón y los pies aún incrustados en el piso de mármol blanco que siempre brillaba a manos suyas, pues lo limpiaba con tanta determinación para que lograse diferenciar su propio reflejo.

Las cortinas del balcón ya estaban abiertas, y por supuesto, la hermosa vista le saludaba a la distancia. Vio algunos pájaros colocarse en el barandal dorado al borde del balcón, y por un lado se sintió bien al verlos, pero por el otro estaba nervioso de tener que limpiar los residuos de las aves.

—¿Te gusta mi habitación? —le cuestionó Rod, llevándose un trozo de pan con crema de cacahuate y arándanos frescos a la boca.

—Sí, señor.

—Podría ser tuya.

Levi le dio una ojeada seria, recibiendo la mano con olor al pan integral sobre sus facciones delicadas. Los dedos del hombre se deslizaron por sus mejillas suavemente, para después enredarlos en sus mechones negros brindando caricias, demostrándole amor mediante sus ojos claros, rodeados de bolsas de tonos morados como ojeras que demostraban su cansancio. Los vellos de su bigote tenían restos de crema.

—Eres muy especial, Levi —le comentó—. Muestras respeto y eres inteligente. Tu corazón es fuerte, y a pesar de que eres un Omega, tienes una gran determinación y no te doblegas ante ningún Alfa. Tu madre era así, hasta que...

—Le pido que no hable de mi madre, señor, por favor.

Rod bajó la mirada a su desayuno, atrayendo otro delicioso aperitivo a sus labios.

—Eres la única persona que me escucha —dijo cuando tragó su bocado—, mis hijos no se molestan en gastar su tiempo en mí. Y mi ex esposa, que en paz descanse, no le gustaba oír mis lamentos. Realmente aprecio lo que haces por un viejo como yo. Si hubiera podido, habría estado contigo. Pero ahora has cerrado tu corazón por las desilusiones que te quitaron la fe, porque creemos conocer a las personas y un día ya no nos muestran cariño, nos desprecian y nos abandonan. Creo que tú y yo podemos entendernos de alguna manera, y aunque no permites que la gente reconozca lo que sientes, yo sé cosas sobre ti que los demás desconocen.

—No sé qué debería decirle, señor. —Se concentró en la alfombra debajo del espejo con marco de oro en la esquina del enorme cuarto.

—Tu mera existencia me consuela, Levi. Y el que ahora me acompañes es más que suficiente, pero estoy cansado y viejo, así que está bien si no quieres encariñarte conmigo ahora. Tú lo comprendes, ¿no es así? Que en cualquier momento alguien se va y no regresa. —Una punzada en el pecho le asestó al Omega. Su corazón se detuvo por un instante, y mordió el interior de su labio mientras el mayor le obligaba a mirarlo girándole el rostro desde su mandíbula—. Sólo procura no esconderte, porque así no podrá encontrarte.

Al tiempo que asentía tratando de permanecer tranquilo y no afligido, se llenó de recuerdos de su infancia, y su corazón pareció oprimirse debajo de sus costillas. ¿Rod le decía esas palabras porque sabía que era su única debilidad? Lo vio a los ojos y enseguida los cerró, negando con su cabeza.

—Tranquilo —le pidió en un murmullo—. Shh. No estés triste.

¿Y cómo no hacerlo? Estaba recordándole cosas que aún no había superado ni estaba listo para dejar ir.

Por mantener los párpados unidos, no fue consciente que el Alfa se acercaba a su espacio en la cama. De un momento a otro ya tenía los labios del hombre puestos en su frente.

Se quedó perplejo y tuvo la necesidad de alejarse y salir rápido. Su cuerpo no se movió. La puerta del dormitorio se abrió y una chica de melena de oro se asomó, incrédula de que su propio padre estuviese dando afecto a alguien, sobretodo a su sirviente.

—Padre —le llamó, poniendo la vista juzgadora sobre Levi, indagando en sus pensamientos de la situación que acababa de interrumpir.

La mayoría de los Alfas, tanto como sus hermanos e invitados ajenos, parecían tener cierta fascinación por ese sirviente. Decían que era su personalidad lo que les llamaba la atención, que era diferente a las otras personas que compartían su género sumiso dentro de su sociedad injusta. Tal vez porque creían que el Ackerman tenía personalidad de Alfa, es decir: tenía gran liderazgo, era firme, tenaz, irrompible y dominante; pero, claro, la benevolencia y la docilidad en su persona que mostraba con aquellos que llegaba a apreciar era lo que le hacía aún más interesante. Y aunque sus feromonas fuesen algo dulces, tenía un toque fresco y fuerte.

Era cierto. Historia afirmaba el hecho de que era un hombre que expulsaba finura y no parecía un alemán, sino un chico sacado de la tierra de los sueños. ¡Es que estaba de infarto!

—Voy a salir ahora para dejarlos hablar solos, con permiso —Levi se puso de pie y salió apresuradamente, pasando por un lado de la Omega, quien le despidió con un guiño.

Una vez fuera, se talló la frente con el antebrazo para quitar todo rastro de beso, incómodo e irritado, casi sintiéndose corrompido, muy extrañado. Caminó por la alfombra rojiza que forraba cada pasillo de la gran mansión, con ventanales largos y gigantescos decorados por cortinas con arandelas. Se detuvo a presenciar a Petra que resaltaba por su uniforme en el jardín trasero. Se estaba encargando de regar los rosales que Eren tanto amaba. Los cuidaba como si fueran suyos y cuando él no podía regarlos por las mañanas, solía pedirle un poco de ayuda a ella.

—No lo comprendo. ¿Por qué él ha decidido hacerte su sirviente, cuando ninguno tiene el derecho de elegirlo? —Levi olfateó el aroma de uno de los Reiss, al que ni siquiera recordaba el nombre. Se dio la vuelta para darle la cara, conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco. Tenía el peinado con un apartado en el medio de su cabello, y junto a él, tomado de su mano, estaba el niño de catorce años estudiándolo de un vistazo.

Si hubiese sabido la respuesta, la habría dicho; pero ni siquiera él lo comprendía.

—Ve al comedor, Dirk, voy a bajar en un minuto —aquel le comentó al niño que, sin dudar, se giró sobre sus zapatos pulidos y corrió lejos de ellos para desaparecer en el siguiente corredor—. Ahora, dime, ¿qué servicios haces por él? Sé que los Omegas suelen ser así de descarados, ¿pero no sientes vergüenza de hacerlo cuando ha quedado viudo por la enfermedad de mi madre? ¿Estás aprovechándote de sus riquezas?

Le hubiera partido la cara de una paliza que le rompiera la nariz y le sacara cada uno de sus pulcros dientes, pero si lo hacía, lo echarían y terminaría muerto de hambre en un callejón de los suburbios. Así que decidió apretar los puños e ignorarlo.

—Te estoy pidiendo que lo digas como una orden. Tienes que acatarla.

Chasqueó la lengua, dirigiendo su mirada nuevamente al vergel detrás de los vidrios.

—Los únicos servicios que hago son encargarme de la limpieza y preparar la comida.

—¡Levi, te estaba buscando! —El delicado acento de Jaeger a su espalda, le relajó sus músculos—. Ya es nuestra hora del almuerzo, vamos. Anda.

Ya que Levi no se movió ningún centímetro, lo tomó del brazo y lo comenzó a guiar, no sin antes maldecir en voz baja al hijo de los Reiss. Carla, su madre, era una de las sirvientas más comprometidas y dedicadas a su buen estilo de trabajo, por lo que no la despedirían por un suceso tan sencillo como ese.

—¡Anda, dile a él que te acuestas con mi padre! ¡Díselo! —gritó en medio del pasillo, enfadado y con la cara enrojecida de la furia.

Levi paró en seco y se dispuso a girarse para regresar y darle la paliza que merecía. Eren lo apretó un poco más y liberó sus feromonas, las cuales lo calmaron rápidamente. Abrió la boca para protestar y decirle a Eren que no hiciera algo como eso porque no ocupaba de él para tener un control. Quedó en silencio cuando vislumbró la sonrisa torcida y entristecida de su acompañante. ¿Le creyó...? ¿Eren pensaba que eso era cierto?

—Yo no...

Se obligó a sí mismo a callarse, pues no necesitaba darle ningún tipo de explicación a Jaeger. Si él quería creer las palabras de un imbécil, estaba en su derecho de hacerlo. De todos modos, no era como si le importase lo que los demás pensaran de él. Eso no cambiaba quién era realmente.

—Vamos.

La hora del almuerzo en el comedor de los sirvientes situado en el sótano, no fue la más agradable de todas. Eren solía parlotear de cualquier cosa, reírse y disfrutar de la comida sencilla que usualmente servían para el almuerzo: una porción de avena o sopa. Pero se mostró serio y jugueteó con su comida, pensativo. Aunque no fuesen los alimentos más deliciosos, siempre los recibía con gratitud y entusiasmo.

No tenían las mismas proviciones que los Reiss comían, solamente una ocasión al año se les permitía tener un buen alimento de su preferencia: cuando cumplían años. Levi, sin embargo, nunca pidió su regalo por parte de los Reiss porque no quería celebrar un día como tal. No le hacía feliz como a Eren, Petra, Hanji, Sasha, Armin y los sirvientes restantes; el que le trajeran un postre exquisito a base de sus gustos alimenticios.

Mientras se llevaba una cucharada de avena tibia, recordó que Eren solía decirle a la abuela de los Reiss que cumplía dos veces al año. Una, la real, el treinta de marzo, y la siguiente a inicios de febrero. Fuese alguien amistoso y amable, le gustaba hacer montones de travesuras para disfrutar. Algunos días se le veía divirtiéndose con los más jóvenes de los Reiss, con quienes pasaba el rato en los jardines con juegos que Levi no sabía que existían.

Así ocurrió por la noche, donde algunas ocasiones gozaban de horas libres tras haber terminado sus áreas de limpieza y las tareas que les cambiaba Hanji cada semana en una pequeña lista colgada en la puerta de cada habitación de los empleados.

En el patio trasero, inundado por los troncos de árboles enormes y frondosos, además de los rosales que Eren tanto protegía, se escondían tres niños mientras el Alfa los buscaba. Levi observaba desde un banco de cemento moldeado por figuras hermosas cada uno de los lugares donde se ocultaban, pero cuando sintió los ojos de Eren sobre él, los apartó para no terminar exponiéndolos.

—¿Por qué no te has escondido? —preguntó dudoso el chico, arrastrando sus botas cafés hasta él.

—No sé cómo es el verstecken spielen —respondió con su refinado acento alemán.

—Bueno, es sencillo. Sólo vas y te escondes en cualquier lugar antes que el tiempo termine y esperas la oportunidad perfecta para salir y correr a la base, donde estarás salvado si no te atrapan antes. ¿Quieres jugar?

Levi se negó, mirándole con los ojos plata casi negros por la noche. Eren se acercó demasiado como si tratase de hallar algo, hasta el punto de mezclar ambas respiraciones. Contempló sus pupilas, las estrellas y la luna que se reflejaban alrededor de ellas. Ackerman pasó saliva, notándose incómodo ante la cercanía. Nadie iba por ahí tan confianzudo invadiendo su espacio personal como Eren...

Olisqueó un poquito, tratando de que no se escuchara mucho, pero como Alfa y Omega, ambos tenían mejores sentidos que Betas, así que Eren no tardó en agudizar sus oídos para ser consciente de cómo Levi estaba robando su aroma del ambiente.

—¿Te gusta?

Parpadeó dos veces, las pestañas tupidas sacudiendo las de Eren. Escuchó débilmente los latidos contrarios, tan lejos y tan cercanos a los suyos, casi fusionándose en una sinfonía.

—¿Qué cosa? —inquirió en un hilo de voz, viéndose a sí mismo con ayuda de los ojos verdosos con tonalidades azuladas de Jaeger.

—Mi aroma. Te gusta, ¿no es así?

Le sonrió enseñando las perlas de sus dientes. Levi dejó un poco su inexpresividad y separó los labios para responderle...

—¡Uno, dos, tres por mí! —Gritó Dirk con la mano puesta sobre un grueso tronco como base. Eren se alejó con las cejas pobladas curveadas y le gritó:

—¡Dirk, estaba ocupado! ¡Eso es trampa!

—¡Tú tienes que estar concentrado en el juego!

—¡Tiempo! ¡Tiempo fuera! —alzó la voz para que los otros dos críos lo oyeran desde sus sitios—. Levi va a unirse con nosotros al verstecken spielen. Todos salgan y empecemos de nuevo, ya que Dirk ganó, seré el siguiente en contar.

Un chiquillo saltó de la rama de un árbol y cayó sobre sus débiles pies antes de desvanecerse arrodillado en el piso de piedra del jardín.

—¡Oye! —Eren se quejó, acercándose a él preocupado—. ¿Te lastimaste?

—¡El que sea un Omega no me hace más débil! —chilló apuntando al sirviente con su índice de menor tamaño. Se levantó con las piernas queriendo flaquearle, sin perder ante su orgullo y sus rodillas sucias por la tierra. Levi se posicionó detrás de Eren cruzado de brazos.

—Yo no jugaré. No juego a estas cosas de niños.

—¡Por favor! —suplicó Eren juntando sus manos, casi arrodillándose ante él. El último niño llegó al salir de su escondite y se unió a la presión y al imploro, haciendo ojitos igual que los tres más. Sus facciones tiernas y rogonas provocaron que Levi apretara los dientes y cerrara los párpados con fuerza, marcando una diminuta arruga en medio de sus cejas al no poder contenerse al tonto de Jaeger.

—Bien. —Chasqueó la lengua—. Lo haré, pero no volveré a jugar si pierdo.

La risilla de Eren se oyó, y luego los reproches de los niños que buscaban un juego justo.

—Bueno, hagámoslo esta vez un poco diferente. Ustedes dos —indicó a los Reiss que no contarían ni harían la búsqueda como Dirk—, serán un equipo, y Levi y yo seremos otro. Sólo habrá un equipo ganador, pero tendrán que regresar a la base juntos, ¿de acuerdo?

—¡Sí!

Dirk se puso de espalda a ellos y se tapó a cada costado de su cara. Mientras contaba hasta diez, los otros cuatro buscaban un lugar vacío para ocultarse. Los niños no se complicaron mucho y se escondieron entre los cientos de arbustos que rodeaban el jardín, pero Eren buscó un lugar menos predecible jalando a Levi con la mano en su muñeca, pensando cómo nunca jugó antes a verstecken spielen; cómo no parecía emocionarse; cómo era tan frío e imperturbable. Le era doloroso imaginarse la vida de un niño que nunca jugó y se divirtió.

Levi era un manojo de secretos. Tenía un pasado que lo había hecho llegar hasta la mansión de los Reiss, y nadie sabía porqué. La información de él era escasa y silenciosa. Y suponía que también dolorosa, porque el brillo en sus ojos se desvanecía conforme el tiempo transcurría. No sabía que en su corazón solitario comenzó el invierno y ya no se detuvo.

Todos los días recordaba, y a medida que lo hacía, su corazón más se congelaba. Habían preguntas que jamás podría resolver, así como deseos que nunca podría cumplir. Y vivir con cadenas que le ataban a su pasado era cansado, totalmente agotador; pero lo era aún más el no poder sentir la confianza para contarle a alguien todo lo que llevaba arrastrando con los años.

Se detuvo a mitad del camino de piedra gris, delante de una fuente, y sus ojos se concentraron en un punto fijo a lo lejos. Eren se volteó hacia él, confuso. Sus orbes se abrieron en demasía al percibir el aroma triste de Levi. El gesto serio que solía tener el Ackerman se borró y lo reemplazó por sorpresa e incredulidad.

Eren no sabía cómo explicarlo. Parecía que Levi memorizó algo al divisar en esa dirección, y por eso él escudriñó en la protección de hierro que protegía el terreno completo, solamente encontrando los barrotes negros y la soledad en ellos.

—¿Qué sucede? Parece que has visto un fantasma. ¿Estás bien?

—¡Ocho!

Eren lo empujó detrás de un árbol, entre todos los demás idénticos, recargando la espalda en él y rodeando a Levi con sus fuertes brazos.

—¡Nueve!

—No hagas un rostro tan triste porque me harás llorar —murmuró bajito al Omega, quien se sentía tenso bajo su cuerpo.

—¡Diez!

Levi se resistió a su abrazo y puso las manos en el pecho de Jaeger para separarlo bruscamente.

—No me toques.

Se alejó de él y se encaminó hacia la mansión, exponiéndose ante Dirk.

—¡Te encontré! ¡Perdiste, perdiste! ¡Debiste haberte escondido mejor!

Pasó por su lado, ignorando al niño animoso que dramatizaba haciendo gestos exagerados y movía las manos de aquí a allá.

Tal vez, sin querer, toda su vida había estado jugando a verstecken spielen.

Porque no quería ser encontrado por ella.

Las lágrimas fluyeron por el camino al que estaban acostumbradas surcar por las ahuecadas mejillas en su delicada madre. Sentados en el sillón individual chillante y poco cómodo, meciéndose con su hijo de siete añitos en brazos.

—Mamá tiene un corazón muy solitario, mi niño —había dicho esa noche, desolada y cansada.

—¡Pero yo estoy aquí contigo! —protestó él con los iris luminosos, porque en aquella época aún había esperanza en su mente—. ¡Y no te dejaré nunca, nunca!

—No lo comprenderías ahora, Levi.

—Tú dijiste que estaríamos juntos. Entonces no tienes porqué sentirte sola.

—No puedo evitar sentirlo —susurró, regalándole un beso corto en su coronilla—. Si pudiera, habría mejorado desde hace mucho.

—¡Yo te ayudaré! ¡Levi hará cualquier cosa por mamá! —Levantó sus manitas y se abrazó al cuello de la mujer, sonriendo contra su mejilla humedecida.

—Ouch. Ten cuidado, mi niño.

Asintiendo con la cabeza, aflojó el agarre firme para volverlo ameno. Le acarició el cabello negro a su madre para brindarle consuelo como ella hacía cuando su hijo se lamentaba sobre los sonidos que oía debido al trabajo de Kuchel; pero era torpe y le estiraba los mechones en su intento por peinarlos con sus deditos.

—Yo quiero llenar tu corazón, mamá. No quiero que te sientas sola.

—Cariño, ya te he dicho que no soporto cuando dices cosas que no puedes cumplir.

—No te enojes —le suplicó con su vocecilla aguda—. Yo trataré de ser un niño bueno para que te sientas mejor. Si estás muy débil, yo puedo ir a buscar comida a la calle.

—No, Levi. No insistas. Es peligroso.

—Pero, mamá, tus huesos se notan mucho.

—No es por la falta de alimento. Fue por mi error, el que intento con todas mis fuerzas que no cometas tú también.

Levi dejó de recargar la frente en su hombro y estirarle sin querer sus fibras azabaches, viendo el llanto continuar su recorrido, enrojeciendo los ojos de su madre y volviendo su voz a un tono ronco y quebradizo.

—Ya no llores, mamá. Yo estoy aquí.

Eso sólo provocó que rompiera más en llanto. Levi curveó sus finas cejas, enseñando el desconcierto al inminente cambio producido por la Omega. El labio inferior le tembló, al igual que las manitas que posicionó en ambos lados de la cara de Kuchel, dando un intento por quitarle las lágrimas en vano. Liberaba una tras otra, frías y cálidas, quebrando en sollozos que a Levi le provocaban retorcijones en el estómago.

—No lo entiendes. ¡Nunca vas a entenderlo! ¡Eres un niño, Levi! —escupió sus palabras viéndole enojada. El labio del niño tiritó todavía más, nuevamente asustado y confundido ante los gritos desconsolados de Kuchel. Alejó sus manos inmediatamente, con la boca entreabierta, tratando de comprender lo que ocurría—. ¡Mamá no está bien!

—Lo siento, lo siento, lo siento —repetía en temblores, sintiendo la propia culpabilidad—. No te enojes, por favor. Perdóname, mamá.







—Te tengo un regalo como disculpa por haberte abrazado sin tu consentimiento.

Extendió una rosa de pétalos de rojos profundos, fresca y sin ninguna espina en su tallo. Levi paró de limpiar uno de los adornos arriba de la chimenea en la sala principal, bajándose el pañuelo que le cubría la mitad de la cara para descubrirla. Concentró su mirar en las yemas de los dedos de Eren envueltas en el tallo desnudo, las cuales tenían marcas recientes y rasguños que iniciaban en dicha zona y terminaban en su dorso.

—¿De dónde la sacaste? —habló, dejando el trapo de tela sobre el mueble y quitándose el pañuelo sobre su cabeza para limpiar el poco polvo en sus manos con él.

—De mi rosal —comentó con una media sonrisa, peinando con la mano contraria los hilos oscuros que se levantaron de la melena de Levi.

—¿Quieres decir "el rosal de los Reiss"?

—Pfff. Esos son los rosales marchitos y descuidados. Yo salvé la vida de mi rosal antes de que se marchitara, y siempre le doy felicidad mediante la regada de la mañana o las canciones que le canto por las tardes. Dicen que las plantas crecen mejor si cantas para ellas, y parece estar muy saludable.

—Eres como su papá. —Estiró el brazo para tomar la rosa y oler su aroma, inhalando profundamente con la nariz sumergida entre los pétalos rojizos—. Gracias. Aunque no tenías porqué...

—No —le interrumpió alegre—. Está bien. De todos modos, yo quería que fueses el primero y único en recibir algo de mi hermoso rosal.

—Entiendo —soltó, olisqueando los pétalos y las hojas simuladamente—. Voy a guardarla dentro de un libro para que se mantenga en él. Cuando las colocas en agua se marchitan poco a poco y los pétalos se caen, hasta que termina volviéndose polvo. En cambio, entre las hojas de un libro, se conserva seca, pero completa.

—Es bueno saberlo, aunque nunca me regalen flores.

Se sentó en uno de los anchos sillones de madera y tela de gamuza celeste con grabados de flores para descansar, dejando caer los brazos en sus piernas cubiertas por el pantalón blanco y los cinturones de cuero que las apretaban. La noche anterior, luego de que Levi se fuera echando humos, pasó horas y horas jugando con los niños que no parecían cansarse en lo absoluto. Terminó derrotado a la medianoche cuando los relojes sonaron puntuales y se metió a la cama sintiéndose arrepentido.

—Esta es la primera vez que me regalan a mí.

—¿En serio? —Cruzó una pierna con la otra, o más bien, colocó parte de la bota en su muslo izquierdo, llevando los antebrazos a su nuca para recostarse en ellos—. Y dime, ¿qué se siente?

La ojeada de desaprobación a la manera en la que tomaba asiento no tardó en aparecer en Ackerman, así que Eren se incorporó de un brinco, recargándose con estilo y elegancia en el respaldo del sofá, como lo hacían tan formalmente los Reiss.

—Es un poco... —Agachó la cara y se concentró en el pañuelo entre sus manos, jugueteando con los dedos que no sostenían la rosa—. No lo sé. Las parejas se regalan este tipo de cosas.

—¿Somos una pareja? —Enarcó una ceja, risueño.

—Iluso.

—¿Por qué? —dijo—. ¿Hay algo malo en eso?

—Te lo diré de la forma más honesta —murmulló desde su lugar, apreciando su regalo—. Yo sigo amando a alguien que me abandonó.

Eren se quedó boquiabierto. No sabía si era porque Levi, por fin, le estaba dando la confianza de contarle algo privado. O si se trataba de los celos que le querían asfixiar en ese preciso momento. Hace un tiempo Eren ni siquiera sabía cuál era el nombre de esa extraña sensación que le provocaba Levi cuando veía cómo el señor Rod Reiss le besaba el dorso de la mano frente a sus hijos y lo envolvía en abrazos duraderos, a pesar de que a él le decía que no lo tocase. Pero un día, temeroso por que se tratara de una rareza, acudió a su amiga Hanji, quien le explicó que esas cosas ocurrían cuando se encariñaba con alguien y dicha persona entregaba a otros lo que a él no le brindaba.

—Ah... Lo siento, supongo.

—Sí...

Volvió a retomar su labor, dejando cuidadosamente la rosa sobre una repisa de madera, para terminar de dejar brillantes las decoraciones restantes en la sala. Eren, sin embargo, se mantuvo serio y pensativo, ideando una conclusión para el revoltijo que se le formaba en el vientre. Sostenía la vista en sus botas y luego la cambiaba de lugar para ver cómo Levi se dedicaba a su trabajo, sumido e inexpresivo.

Ya que el pañuelo que se colocaba en su cabeza se había ensuciado al limpiar sus dedos, se quitó el que rodeaba su cuello y se lo puso para cubrir una vez más su cabello; dejando a la vista sus finas y hermosas facciones. Eren dejó de meditar cuando contempló los rasgos de Levi: su pequeña y afilada nariz, sus labios rosados (que Eren se había percatado que el inferior era un poco más grueso que el superior), su mandíbula marcada, sus delgadas cejas, las pestañas largas que adornaban a su increíble par de ojos grises y escépticos. Todo era tan perfecto. Tan prohibido. Tan poco suyo.

Levi, después de unos minutos, se giró sobre sus talones para ver a Eren y decirle que esa noche podría jugar con él y los niños, pero el sofá estaba vacío, solamente con los cojines en él.

Para cuando terminó de asear la sala completa con cada pequeño rincón, la hora de la cena ya había llegado sin que se diese cuenta. Al ingresar al extenso comedor, los sirvientes ya estaban terminando sus platillos con porciones de arroz y carne, pero su silla le esperaba a él, en medio de Eren y Hanji, frente a Petra. No lo habían notado cuando entró, así que pudo tomarse unos segundos para ver cómo Eren sonreía a sus amigos contándoles algo que no lograba escuchar. Dejaba la cuchara llena de arroz en el aire sin percatarse y hablaba con ánimo, a veces escandalosamente. Le era fácil conseguir amigos a base de su sencillez, así como revelarles sobre sus sentimientos sin ningún secreto de por medio. No tenía un corazón solitario. Era enorme y bondadoso, lleno de vida y de color.

Se acercó a ellos y separó la silla de la mesa para sentarse en ella, sin corresponder la mirada de ninguno de los presentes y concentrándose únicamente en la comida ya fría que se le fue servida.

—Parece que hoy lloverá —dijo Hanji a los sirvientes—. Lo escuché en la radio, y las nubes, toda la tarde, estuvieron grises.

—¿Te gustan los días lluviosos, Hanji? —intervino Eren, ignorando la presencia en medio de ellos dos.

—Sí, me gusta cualquier clima, llenarme de conocimiento cuando los veo y los siento en el cuerpo.

—Suena genial. A mí, por alguna razón, me ponen deprimente —Se llevó la cuchara de hierro a la boca—. ¿Y a ti, Levi?

Se encogió de hombros.

—Me da igual.

Y tal como Zoë había dicho, la lluvia les cayó una hora después. Apagaron las fuentes y cerraron algunos ventanales para que no mojaran los muebles. Dejaron la ropa a secar en una habitación vacía del sótano y se abrigaron por el cambio de clima.

Historia, quien solía ser bastante friolenta, prendió la leña en la sala y se sentó en el sofá más proximo al fuego para tener calor mientras se tomaba una taza de té. A su lado, leyendo un libro que sacó de la biblioteca ubicada en el primer piso, se encontraba su padre, Rod Reiss. Y debido a su petición, Levi yacía sentado junto a él, con los pañuelos de su uniforme secándose en otro lugar y la rosa de Eren aguardando por él en su cómoda, dentro de un libro de romance.

Rod le entregó una taza de té negro caliente, pese a que nunca le ofrecía nada a los sirvientes.

Todo su trato era diferente hacia Levi, y sólo aquel que fuese distraído y ciego, no notaría su actitud y lo encariñado que estaba con él. Siempre lo quería cerca suyo, le hablaba muchísimo, le daba caricias en el rostro, las manos y su melena negruzca. Ulklin, su hijo mayor, sentía rabia y envidia al ver ese tipo de actos sentado enfrente de ellos, en otro sillón de flores celestes. Cuando era un niño, su padre era distante con él y apenas le dirigía la palabra. Le decía que era un chico muy avaricioso, mas nunca obtuvo ninguna muestra de afecto de su parte, ni siquiera celebraba su cumpleaños con él.

Levi analizó los candelabros dorados, las figuras costosas que le rodeaban en esa sala elegante; comparándola con su diminuto hogar cuando era un infante. No era ni la tercera parte de espacioso, unos cuantos metros cuadrados, con unos cinco muebles desgastados y mugrientos (la mayoría tomados de la basura de los vecinos), decorándole. No tenían piso, y cuando las noches eran frías, apenas podían cubrirse con una frazada rota y mantenerse unido a su madre para no temblar demasiado. En las nevadas era lo peor.

Levi no odiaba el clima helado por las condiciones en las que vivía, sino los recuerdos que tenía. Sobretodo ese 14 de Febrero de 1911.

—Hueles a tristeza —le hizo saber Rod—. Ven aquí.

Estiró su brazo y rodeó a Levi sin soltar el libro, atrayéndolo a su pecho pese a que no oyó su respuesta afirmativa. El Omega se puso de piedra, incómodo, sintiendo la mirada juzgadora y amenazante de Ulklin en él.

—Estoy bien —le dijo intentando alejarse de él. Historia también dejó su taza para verlos a ambos.

—Estás expulsando bastantes feromonas, probablemente pronto entrarás en celo.

—Debo comprarte un collar —mencionó el hombre de tercera edad—. Así nadie podrá marcarte incluso si te encierras durante tu celo en tu dormitorio.

—No creo que sea necesario —dijo Levi—. Nadie va a entrar mientras esté en celo.

—Los Alfas no nos podemos controlar a nosotros mismos cuando percibimos a un Omega en celo. Así que, por tu bien, mañana por la mañana mandaré a Carla para que vaya a comprártelo.

—¿Por qué? —intervino el mayor de sus hijos, apretando la quijada—. ¿Por qué eres tan bueno con él? A Historia jamás le has comprado un collar para protegerla.

—Eso es porque Levi es un sirviente, duerme cerca de muchos Alfas en el sótano. Historia tiene su habitación separada y pido a algunos Omegas que hagan guardia en la puerta para que nadie tenga acceso a entrar.

—Pero entiende la diferencia, padre: estás tratando a un simple sirviente como alguien especial.

—Eso es porque Levi es especial —afirmó, apretando el brazo del mencionado bajo su mano—. No quiero que me hagas otra pregunta más. Vete a tu habitación.

Historia volvió a su taza y le dio un sorbo, al mismo tiempo que Ulklin se levantaba del sillón apestando, dando zancadas para alejarse.

—Yo también me iré, señor —le avisó Levi al poner la taza de porcelana blanca vacía en una mesa pequeña de madera que dividía los muebles—. Ya es un poco tarde. Le recomiendo que vaya a dormir y descanse.

—Sí, gracias por preocuparte por mí. —El joven se separó de él y se puso de pie, dándole la espalda, con las ganas de sacudirse el aroma de Alfa de encima—. Espera, te daré el beso de buenas noches.

Ackerman apretó su dentadura.

—No hace falta, señor...

Ven. —No fue una opción: fue una orden utilizando su voz de Alfa. Historia sintió una ráfaga de temblor al percibir dicha voz, como si la orden hubiese sido dictada para ella, como Omega, también.

Se volteó hacia él experimentando la amargura en su boca y un nudo en el estómago. Odiaba que le diera órdenes que no quería cumplir.

Las manos viejas, tersas y arrugadas del hombre esperaban por su rostro. Levi tuvo que inclinarse un poco y cuando lo hizo, el Alfa le plantó un beso frío en su mejilla.

—Buenas noches.

No cerró los ojos, en cambio, miró la cara de confusión en Historia. Sintió más amargura e incomodidad. Una vez que se alejó y desapareció del rango de visión de ellos dos, se talló con todas sus fuerzas la piel besada hasta dejarla roja por la fricción.

Se detuvo en el pasillo que dirigía a las escaleras, viendo a través de los vidrios, siendo iluminado por las luces grises del patio. Se olvidó del desagradable beso, dando unos pasos hacia el ventanal sin parpadear, sin dejar de ver, sombrío, aquel sitio vacío detrás de los barrotes negros mojados por la furiosa lluvia.

«Estoy acostumbrado a la espera».

Faltaban unas pocas mañanas para que llegara ese fatídico día en la segunda semana del mes de febrero. Ya se comenzaba a sentir el frío y probablemente ese año también nevaría, tal y como lo hizo esa tarde blanca y nostálgica, donde los copos de nieve le hacían compañía al pequeño Levi, con su nariz y sus mejillas enrojecidas y su cuerpecillo sufriendo de escalofríos por su poca ropa.

—¿Puedes hacer una cosa por mí?

—¡Sí! ¡Sí puedo! —había dicho el niño animado con su brazo alzado.

Ella le puso alrededor de su cuello su bufanda roja y le tendió en su palma un anillo barato que se quitó de su propio dedo.

—Cuida bien de este anillo y recuerda el significado de tu nombre, para que no sufras lo mismo que mamá.

—¡Sí, sí! ¡Lo haré! —Apretó el anillo dentro de su mano—. Yo haré feliz a mamá si soy un buen niño. ¡Yo quiero hacerte muy feliz!

Kuchel sonrió, las mejillas ahuecadas y su figura débil. Le besó la frente a su hijo, enseguida juntando su frente con él.

—Mamá te pedirá una cosa más. Así que escucha atentamente...

Levi sacó el anillo guardado en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón blanco, preguntándose porqué su madre adoraba tanto un anillo barato como si se tratase de una valiosa reliquia.

—Unión... —susurró para sí mismo—. ¿Siquiera me amabas?

¿Alguna vez lo apreció? ¿Hubo arrepentimiento en ella luego de abofetearlo o gritarle por querer ayudarla y hacerla feliz? ¿Existió amor o eran ilusiones difíciles de deshacer?

—Oye —la voz de Hanji lo sacudió por el susto—. Debes ir a dormir. Eres el único que no está en el sótano.

—¿Estás preocupada por mí? —Se guardó el anillo de nuevo, ignorando la mirada curiosa en la Alfa.

—Siempre.

—¿Puedes responderme una pregunta antes?

Se rascó el cabello con una risilla, nerviosa ante la seriedad de su amigo.

—Claro, ¿qué sucede?

—¿La marca es una unión?

Los ojos grisáceos fijos en ella, en las siguientes palabras. Hanji pasó saliva. ¿Por qué le preguntaba algo así tan de repente? ¿Por qué parecía más serio de lo usual?

No sabía si la marca era exactamente una unión, pero era un vínculo entre Alfas y Omegas; la prueba de un amor viviente o un error irremediable. La marca, decían, te juntaba a una persona en cuerpo y alma, más comprometida que el propio matrimonio; sin embargo, eso no aseguraba que estarían juntos por siempre. Se comunicaban sus emociones a través de la mordida, compartían un enlace...

—No creo que sea una unión. La marca es un símbolo impuesto como muestra de un compromiso y una relación perfecta, que la población ha terminado por creérselo. Pero dos personas no necesitan compartir sus emociones a través de una mordida para demostrar que se aman. Aunque siempre enseñan a los Omegas a que tienen que conseguir un Alfa que los marque cuando sean adultos, no como una sugerencia, sino como un propósito y una aspiración, porque la gente cree que ese eso es lo único que puede lograr un género "tan débil y sumiso".

Levi no lo aceptó ni lo negó. Se dispuso a darse la vuelta y continuar con su camino, siendo seguido por su amiga, estresada por si sus palabras fueron las equivocadas.




Tres días después, Levi llevaba un grueso collar de cuero negro. Se sentía la mascota de alguien. Y parecía que realmente era el collar fabricado para un cachorro, porque tenía una argolla grande en medio de él, como si faltase una cadena. Se sentía extraño y le parecía agotador el pensar en tener que llevar esa mierda por una semana entera. Le daba picazón algunas veces y no podía rascarse, además de que sentía que podía ahogarse mientras tragaba la comida.

Eren le había recibido con el gesto fruncido cuando lo vio por primera vez, saliendo de la puerta de su dormitorio al mismo tiempo que Levi para pasar tiempo con él por las mañanas. Él le puso los ojos en blanco cuando le hizo preguntas obvias. ¡Claro que lo traía puesto porque entraría en celo!

—Todavía no me acostumbro a verte así —le confesó sujetando la regadera de cerámica, refrescando los rosales con ayuda de Levi esa fría tarde—. Aunque debo admitir que te queda bien. ¿Qué cosa no te luce bien a ti, Levi Ackerman?

—Regar plantas —respondió, más seco que el tallo de la rosa que le regaló Eren y utilizaba como separador de páginas cuando leía algún libro en las madrugadas de insomnio.

El Alfa se detuvo y entrecerró los ojos, contemplándolo analizador, y a medida que pasaban los segundos, se ensanchaba su sonrisa.

—Te ves perfecto —dijo, volviendo a darle atención a sus rosas. Levi le codeó el brazo.

—Si dices algo así tan serio, terminaré creyéndolo.

—Es porque es cierto. Te ves más hermoso que cualquiera de estas rosas. —Tocó los pétalos rojos, sin corresponder la vista pesada de Levi en él.

—Cállate. Tú les dices a todos que tus rosas son lo más hermoso que tienes.

—Sí —Eren poco a poco fue borrando su sonrisa. Levi sintió la capa de hielo en su corazón crujir—. Porque yo no te tengo a ti.

—No soy alguien que puede ser de tu propiedad.

—No intenté decirlo de esa manera —dijo igual de firme que él, encarando la dominante actitud de Levi—. Pero yo sí podría ser tuyo. Puedo ser el Alfa que deje sus principios y se doblegue ante ti. No me importa si los demás me critican por no seguir sus estereotipos de género.

El Omega tragó saliva, el collar con las mismas medidas que su cuello apretándose a su piel.

—Entonces, hazlo. Demuestra que las palabras que sueltas no son alardeo y arrodíllate.

Eren dejó a un costado la regadera y se puso de rodillas en el piso de piedra sin tomarle relevancia a que su pantalón blanco se ensuciase de tierra. Levi desvió su mirada al jardín envuelto por arbustos, árboles, flores, y luego al cielo azul oscuro, encontrando los mismos colores cuando bajó la cabeza y correspondió la mirada de Eren. Sus ojos tan vibrantes y vivos demostraban cada uno de sus sentimientos. La sensación de estar rompiendo las reglas, de ir en contra de lo que era un Alfa en Alemania, le estaban acelerando el corazón. Le gustaba que los ojos de Levi lo viesen desde arriba, tan oscuros e interesantes.

Levi marcó una sonrisa ladina con sus finos labios. Las palpitaciones de Eren aceleraron incluso más. Botó la regadera hasta estrellarla contra el suelo.

—Escúchame —se inclinó para agarrar el mentón de Eren con fuerza, viéndole fijamente los ojos—. No te atrevas a arrodillarte a ningún otro Omega. Sólo a mí.

Eren mordió su labio.

—Sí —aceptó sin pensar porque, de todos modos, Levi era el único que despertaba esas sensaciones en él.

Olió a más personas y notó que Hanji y Petra le miraban desde el otro extremo del jardín. Las mejillas se le ruborizaron y se levantó rápido. Recogió las regaderas y se dirigieron de regreso a la mansión, sin reparar en que, desde los ventanales, Rod y Ulklin habían visto todo.

—Oye, quería preguntarte... ¿Tú nunca has probado los postres que se nos dan en nuestros cumpleaños?

Le abrió la puerta de madera al Omega y éste soltó un suspiro. No tenía porqué ser tan caballeroso con él.

—No.

—¿Te gustaría probarlo?

—No.

—Te pediré uno.

—Mierda. Haz lo que quieras.

Eren saltó de la felicidad y le entregó su regadera para alejarse de él de un momento a otro, encaminándose a la segunda planta para buscar a la abuela Reiss.

Levi se metió a la cocina para tirar en el fregadero el agua que les sobraba a las regaderas. Vio una grieta en la que él llevaba, supuso que fue cuando la tiró al suelo sin pensar, al estar presenciando un Alfa corromperse frente a él.

Percibió un aroma amargo y enseguida unos dedos se acercaron a su cuello, metiendo dos dedos en la argolla para arrastrar a Levi con brusquedad, como un perro que es manejado y sometido.

Rod Reiss le veía con furia.

—No quiero que te acerques a ese Alfa.

Levi sentía la respiración del hombre sobre su rostro. Lo observó sin expresión, llenándose de enojo por ser tratado como un animal que necesita disciplina.

Eren, mientras tanto, estaba abriendo la puerta del dormitorio de la anciana. Entró con sigilo y la encontró tejiendo en una mecedora de madera frente a un balconcito, concentrada en el jardín delantero.

—Hola, abuela. ¿Qué está haciendo? ¿Vio que las plantas han estado tomando vida de nuevo? Las estoy regando a diario.

—Estoy tejiendo unas ropas gruesas... para mis nietos —le hizo saber con su tono de voz tembloroso, lento. La marca en la parte trasera de su cuello era cubierta por un abrigo de algodón azul—. Me olvidé de ver las plantas. Debes de informarte de ellas... si les das mucha agua, podrían asfixiarse las raíces.

—Entiendo —respondió él, sentándose en la mecedora cercana a la suya—. Quería comentarle que pronto será mi cumpleaños —mintió, sintiendo un poco de pena por eso.

—¿Cuál era tu nombre, muchacho?

—Soy Eren, cumplo años mañana, así que me preguntaba si podía pedir mi postre favorito. Ya sabe, el que tiene queso, crema batida, fresas y chocolate.

—Claro, le diré a Ulklin que lo pida para ti hoy.

—¡No! —escandalizó levantando las manos—. Ulklin va a estar muy ocupado, así que puede pedírselo a alguien más.

Dirk tocó la puerta y llegó al lado de su abuela dando saltitos, confesándole que le encantaba lo que estaba tejiendo. La abuela sonrió y le dijo:

—Dirk, mira, este muchacho... ¿Cuál era tu nombre?

—Eren...

—Eren va a cumplir años mañana, ¿puedes traer el pastel de queso con fresas que tenemos en la cocina?

—Sí, abuela —susurró no muy seguro de que la fecha de cumpleaños de Eren fuese el día siguiente, pero obedeció y se fue dando más brincos. Eren le siguió detrás y ahí afuera, lo detuvo de los hombros y se agachó a su altura.

—Oye, Dirk, la verdad es que mi cumpleaños no es mañana, pero quiero que Levi pruebe el postre. Él nunca lo pide en su cumpleaños, así que se lo merece después de trabajar tantos años aquí, ¿no es así?

El chiquillo asintió.

—Sí. Levi me agrada mucho.

—Bien, pero no le digas a nadie lo que acabo de decirte, ¿sí? Si te preguntan, puedes decirles que es para ti.

—De acuerdo.

Bajaron a la cocina y cuando entraron, encontraron a Rod dándole unas caricias en los hombros a Levi, detrás de la barra de mármol. Ulklin estaba a su lado cruzado de brazos, como si hubiesen estado discutiendo algo entre ellos. Eren fingió no estar acompañando al niño.

—Levi, te estaba buscando.

Eren vio los ojos del Omega, pero él ni siquiera le miró de vuelta. Trató de disimular su confusión y se quedó de pie a unos centímetros de Ackerman, tratando de parecer que esperaba por él y no por el niño que abría la puerta del refrigerador eléctrico.

—¿Qué haces, Dirk? —cuestionó Rod. Eren sintió que a todos ahí lo analizaban con molestia.

—Voy a sacar un postre.

—¿Para qué? —soltó autoritario.

—Para comerlo.

—Tú nunca comes postres en las noches.

—Hoy se me antojó.

Dime la verdad —demandó haciendo uso de su voz de Alfa una vez más. Levi tembló, Eren lo percibió, y quiso tomarle la mano como muestra de apoyo y calma, pero Rod le dio un manotazo para que no lo tocara.

Dirk, nervioso, no tuvo más opción que confesar.

—Eren le dijo a la abuela que mañana era su cumpleaños. Me dijo que se lo daría a Levi porque él nunca ha probado un postre en todos los años que ha estado aquí en casa.

Ulklin lo fulminó con la mirada.

—¿Le mentiste a mi abuela? ¿Te atreviste a mentirle a un Reiss?

—Castígalo —ordenó su padre a Ulklin. Levi por fin se movió para pedirle que no lo hiciera, a lo que Rod le interrumpió—: Es por tu bien.

Eren le dio una ojeada a Dirk para decirle que estaba bien, que no se sintiera culpable por eso; mas el niño, avergonzado, salió corriendo de la cocina.

Ulkin se paró frente a Eren, y éste aguardó por su castigo. El cual no tardó en llegar con el puñetazo a su mejilla. Levi se dispuso a detenerlo, pero los brazos de Rod en sus hombros se lo impidieron.

—Es por tu bien —le repitió—. Vámonos.

Le brindó otro golpe a la cara. Eren gruñó y conectó su vista verdosa con Levi, encontrándolo por primera vez perturbado y angustiado mientras Rod quería llevárselo arrastrando a otro sitio donde no pudiese verlo.

Ulklin paró en seco y volteó a ver a su familiar.

—¿Me vas a utilizar y tú te irás con ese sirviente inútil?

—Retira tus palabras.

—¡No las voy a negar! ¿¡Por qué tendría que hacerlo!? ¡Es un sirviente! —Olvidándose de Eren, caminó detrás de su padre, quien ni se detuvo a escucharlo y continuó hasta las enormes escaleras, emprendiendo el camino hasta su lecho y forzando a Levi a ir con él.

—Levi no es un inútil. Merece respeto. No hables de más si no quieres tener el castigo tú, hijo.

Eren se unió a ellos con el propósito de detenerlo, pero Ulklin fue el primero en tomar la mano libre del Omega.

—¡No me llames tu hijo si ni siquiera me vas a tratar como uno! —estiró a Levi, haciéndole perder el equilibrio en los escalones forrados por una alfombra color vino—. ¡Te importa más este sirviente que tu propia familia!

—Suéltalo, Ulklin —reclamó al ver que lo estaba forcejeando—. Hablaremos sobre esto en otra ocasión.

—¡No! ¿¡Qué vas a hacer con él!? ¿¡Vas a hacerlo tu nueva esposa para olvidar a mamá!? —Rod se mostró asombrado por su pregunta—. ¿¡Vas a marcarlo también, como lo hiciste tantas veces!? ¡Por eso me dijiste hace unas horas, cuando lo viste con Eren, que no dejarías que nadie lo tuviera!

Impartió toda su fuerza en el agarre, atrayendo a Levi hacia él. Rod trató de detenerlo para que Ackerman no rodara por las escaleras al desestabilizarse, pero la mano con la que lo sujetaba, resbaló. Cayó con su propio peso hacia atrás, golpeándose bruscamente la nuca con el borde de un escalón y desmayándose al instante.

Levi se tropezó con las botas y la alfombra se movió bajo sus suelas. Ulklin lo soltó para hacer que cayera sin arrastrarlo con él, pero Eren fue más rápido y se abrazó a su cuerpo para atraparlo con firmeza antes de que se estampara con el suelo y terminase dañado por la altura.

—¿Estás bien? ¿Te golpeaste algo? —Le descubrió un poco el rostro, asustado, alejando las fibras oscuras que se le habían movido de su lugar. Levi negó con la cabeza, rozando su nariz con la de Eren sin querer, sintiendo los brazos de él temblar alrededor de su cintura y espalda.

Ulklin subió unos escalones para llegar hasta donde estaba el cuerpo de Rod.

—Padre...

Le movió un poco el brazo y la cabeza para hacerlo reaccionar, pero cuando puso la mano debajo de su cuello, el líquido caliente de su sangre cubrió por completo su piel. Las lágrimas le brotaron fuera y empezó a gritar en angustia.

—¡Papá! ¡Reacciona! ¡Padre!

Sus hermanos y los sirvientes se asomaron a las escaleras y el pánico abundó. Rod Reiss ya no reaccionaba y Levi empezó a sudar en los brazos de Eren, con su celo haciendo su llegada.

Eren, por supuesto, fue el primero en percibir el aroma salir por los poros de Levi. Fue una oleada fuerte y dulce que se introdujo por sus fosas nasales, casi derribándolo de la sorpresa.

Los Alfas en el lugar se drogaron por sus feromonas. Y mientras unos lloraban y gritaban, otros luchaban ante sus instintos para no irse contra el Omega.

Empujó a Jaeger y chocó con los cuerpos mientras trataba de dirigirse al sótano para encerrarse antes de que otra tragedia sucediera. Su cuerpo se calentaba más a cada paso y estaba jadeando, con sus instintos pidiéndole que regresara para pedirle a ese Alfa que lo hiciera suyo.

Bajó las escaleras con torpeza, sujetándose de la pared de piedra para no irse de bruces al suelo y no poder incorporarse. Cada extremidad le temblaba demasiado y le dolía la tela de su pantalón apretándole. Además del collar que se llenaba de su sudor y le daba picazón. Pero no podía quitárselo porque necesitaba una llave, y esa llave la tenía Rod. Y no sabía si despertaría.

Con la mirada oscurecida llegó hasta su puerta y la cerró detrás de él, creyendo que le había colocado el seguro, se sentó en su cama y empezó a desabrocharse cada cinturón de cuero. El de los muslos, el pecho, cada uno de ellos...

Jadeó cuando escuchó que la perilla estaba siendo girada, y luego Eren entró.

—Tienes muchas agallas para atreverte a entrar a la habitación de un Omega en celo. —Sonrió con desgano, soltando furia con sus iris, sin dejar de mover los dedos en el cinto que le rodeaba el pecho.

Eren lo observó detenidamente.

—Voy a acompañarte, pero no te tocaré. No voy a hacer eso. —Recargó su espalda en la puerta. Las gotas de sudor bajaban de su frente mientras cerraba los ojos para mantener un control, deslizándose hasta caer sentado en el suelo frío—. Cada año, durante estos días, siempre te muestras deprimido por algo. Y no quiero que pases encerrado esta vez, solo y triste.

Levi se levantó y a medida que se acercaba, mayor era su olor. Le estaba torturando.

—Eres un Alfa. Está en tus instintos hacer lo que sea cuando un Omega en celo está enfrente tuyo.

—Yo no soy como los demás Alfas.

Levi se acuclilló, sin el cinturón en su pecho y la camisa media abierta, enseñando parte de su marcado abdomen. Eren le vio el grueso collar y después sus ojos, sufriendo. Su mirada estaba cargada de deseo y su mejilla roja y herida por el anterior castigo.

—Ya no me importa. Haz lo que quieras conmigo. Después de todo, yo también lo he arruinado como ella.

—No digas eso, Levi. Te quiero. Yo quiero que seas feliz.

—Cállate.

—Quiero hacerte muy feliz. Déjame quedarme aquí ahora, a tu lado, para que no vuelvas a estar solo...

—Cierra la...

—...Para poder llenar tu solitario corazón. Y te prometo, Levi, que no me detendré hasta conseguirlo.

—¡¡Cállate de una vez!! —Le dio un empujón que hizo a Eren gemir de dolor cuando fue estampado contra la puerta—. ¡Ya me tienes harto! ¡Tú y tus muestras de afecto, toda esa palabrería que sueltas! —Le agarró el cuello de su camisa y lo apretó, agachando la mirada—. ¡Si quieres hacerme feliz, desaparece de mi vista ahora mismo! Yo no me he equivocado... No puedo cometer los mismos errores que ella. Y aun así... —Una gota cayó en el pecho del uniforme de Eren, Levi levantó la cabeza para verlo con los ojos repletos de lágrimas—... Sólo tengo ganas de elegirte. Por favor... vete.

Eren le puso la mano en su mejilla, las lágrimas resbalando entre sus dedos.

—Si te acepto y te vuelves mi compañero —continuó Ackerman—, me volveré débil y ya no podré protegerme...

—Sí podrás. Porque yo protegeré todo lo que es importante para ti.

Levi movió la cara a los lados con la argolla de su collar haciendo sonidos metálicos y los sollozos quebrados inundando la habitación. Tomó su rostro con ambas manos y unió sus labios en un fino y dulce beso. Y más que sentirse como una equivocación, como siempre pensó que sería, se sentía realmente consolador porque..., ¿cuánto tiempo llevaba deseando a ese Alfa? ¿Cuánto había tratado de suprimir sus sentimientos por miedo de cometer el mismo error de su madre?

—Mi querido Levi, ¿sabes por qué te puse ese nombre?

Las ojeras en su rostro eran dos manchas moradas que marcaban su agotamiento. De su cuerpo delgado y debilitado resaltaban cantidades de huesos, y poco a poco sus mejillas comenzaban a volverse pálidas y ahuecarse. Sus labios usualmente se notaban pálidos y resecos, y sus ojos siempre habían carecido de color, pero con los años se opacaron y fueron perdiendo el brillo que los caracterizaba. Levi aguardó en silencio, esperando a que su madre prosiguiera.

—No tienes que ser silencioso cuando ellos no están, ¿bien?

Alzó su mano temblorosa y la deslizó por la melena oscura del niño, quien la miraba con sus ojos grandes y luminosos. Asintió con su cabecilla, comprendiendo lo que su madre, sentada en la silla frente a él, le decía. Levi meció los pies en el aire –ya que estos no alcanzaban el suelo–, con la madera barata crujiendo debajo suyo, esperando por las palabras de la desgastada mujer frente a él.

—Te puse Levi porque significa "unión". Es una palabra muy hermosa, ¿verdad? —Sonrió para el pequeño, entrecerrando sus hermosos iris opacos—. Pero no te confundas como mamá lo hizo, mi niño; la unión no es una marca. —Eliminó su gesto amable y la sonrisa se desvaneció. Levi la contemplaba con interés y curiosidad—. La marca es peligrosa y puede convertirse en una cadena con la que se manipula con facilidad. No seas como tu mamá y, por favor, cariño, cuando crezcas y seas adulto, no te comprometas de esta manera. Es une enfermedad y dependencia que elegí por la ceguera del amor. Las personas te engañan porque se esconden bajo máscaras, por ello debes ser muy inteligente eligiendo las personas en las que confías. Y si es necesario, usarás un collar para que nadie pueda marcarte. No dejes que nadie firme tu cuerpo como si fuera de su pertenencia como lo hicieron conmigo.

Su hijo de apenas seis años y medio, vió cómo las lágrimas se acumulaban en los orbes de su progenitora. Olfateó el ambiente con mucha delicadeza y olió la tristeza en el aroma de ella.

Extendió sus cortos brazos hacia su madre porque sabía que los abrazos le consolaban. Sus ojitos mostraron preocupación y ella le dio una sonrisa llena de tristeza, tomándolo por debajo de sus hombros para cargarlo y colocarlo en su regazo, rodeándolo con sus cálidos y débiles manos. Levi la abrazó de su cuello, olvidándose de la herida; pero cuando la Omega soltó un quejido, en un instante alejó el brazo que tocó debajo de su nuca, temeroso de causarle daño.

Reparó en la marca de mordida en la parte trasera del cuello de la mujer cuando ella le colocó la mejilla sobre su hombro para que descansara. Habían pequeños hematomas morados y verdosos, pero su tonalidad se veía escasamente por la poca luz de las velas derritiéndose sobre la mesa. Habían más mordidas alrededor de esta y las venas resaltaban en esa zona, ocupando la mitad de su espalda. Cada día que pasaba, parecían expandirse más por su cuerpo, como tal enfermedad que va por fases. Sólo se adueñaba de su mamá y la iba marcando más y más sin saciar.

—Mami, ¿te recuperarás? —dijo Levi en voz baja, sin separarse ningún centímetro del cuerpo que le transmitía calidez cada vez que lo mantenía cerca.

—Claro que sí, Levi. El que te haya puesto un nombre tan precioso como el que tienes, fue porque también hice una promesa para ti y para mí: que no importa lo que suceda, siempre habrá una unión entre nosotros.

Tal vez... Tal vez no estaba tan equivocado en amar a un Alfa, porque Eren era el verano que abrazaba a su congelado corazón y lo derretía cuando le demostraba y le decía cuánto lo quería. Porque sentía que ya no estaba solo cuando lo acariciaba y actuaba simplemente como Eren Jaeger, no como un Alfa que se basaba por estereotipos para crear su personalidad. Y le encantaba ese hecho. Que Eren fuese lo que él admiraba en una persona. Que le hiciera sentir completo con su compañía.


14 de Febrero de 1918.

—¿Por qué siempre miras a esa dirección? —Le preguntó Eren sujetando su mano, con la nieve cayendo en sus cuerpos cubiertos con sus uniformes y chaquetas para el frío. Levi no tenía puesto su collar y el celo ya había acabado.

—Porque en ese lugar, hace años, mi mamá me dejó.

—¿Puedes hacer una cosa por mí?

—¡Sí! ¡Sí puedo! —había dicho el niño animado con su brazo alzado. Ella le puso alrededor de su cuello su bufanda roja y le tendió en su palma un anillo barato que se quitó de su propio dedo.

—Cuida bien de este anillo y recuerda el significado de tu nombre, para que no sufras lo mismo que mamá.

—¡Sí, sí! ¡Lo haré! —apretó el anillo dentro de su mano—. Yo haré feliz a mamá si soy un buen niño. ¡Yo quiero hacerte muy feliz!

Kuchel sonrió, las mejillas ahuecadas y su figura débil. Le besó la frente a su hijo, enseguida juntando su frente con él.

—Mamá te pedirá una cosa más. Así que escucha atentamente... Vas a esperar por mí hasta que regrese, pero no te muevas de aquí, no me sigas. Voy a volver.

—Pensé que no me sentiría solo porque siempre estuve acostumbrado a esperar. Y cada día, incluso estando dentro de la mansión de los Reiss, me acercaba y observaba por horas para su llegada. Hace unos meses supe la verdad, que ella se había marchado para no volver jamás. Me sentí un imbécil por pensar que me buscaría, porque ya estaba muerta a causa de la marca que le hicieron y pensó que era amor, pero resultó ser su maldición eterna. El cuerpo de un Omega que es marcado por un Alfa que tiene más vínculos, se debilita hasta perder todas sus defensas. Nunca supe porqué mamá decidió dejarme justo ahí, pero supongo que no quería que yo la viese morir. Por eso siempre tuve miedo de los Alfas y nunca me atreví a amar a uno. Y la amaba a ella, todavía la amo y sé que la seguiré amando. Sin embargo, ya no seguiré escondiéndome, y dejaré que, desde donde sea que esté, pueda verme y protegerme. No volveré a cerrar mi corazón porque eso era lo que me hacía sentir solo. Así que yo me permitiré amarte y, algún día, cuando me sienta listo, te dejaré marcarme.

—Lo siento por tu pérdida. —Eren le abrazó con cariño. Levi ya no se incomodaba ante su toque, es más; algunos días, él mismo tomaba la iniciativa para las muestras de afecto—. Sé que ella te amó mucho, y ahora a mí me toca amarte con todo lo que soy. Es una pena que tengamos que esperar hasta ser mayores de edad para casarnos. —Levantó la mano de Levi para darle un beso en su dorso blanquecino. El anillo que su mamá le pidió proteger, estaba colocado entre uno de sus delgados dedos—. No tiene que ser enseguida, pero con el tiempo, te haré concluir que la decisión que tomaste en elegirme no fue equivocada. Con este amor en el que tú confiaste, en el que no desaparecerá, te haré sentir completo... Y aun así, si alguna vez llegaras a dudar, tomaré tu mano y te juraré amor las veces que sean necesarias para que no vuelvas a pensar que tienes un corazón solitario.




Rod Reiss murió el 15 de Febrero de 1919 debido a las consecuencias del golpe en su cabeza. Cansado de seguir ocultándose detrás de sus secretos y cumpliendo con su propósito final para poder descansar en paz, escribió una última carta como despedida dirigida para toda su familia, donde pedía disculpas a la mujer que marcó y comprometió; porque ella falleció a causa de su ignorancia. Y como muestra de sus condolencias y su agradecimiento por haber sido su más adorado hijo, todas sus riquezas fueron heredadas a su pequeño Omega...

Levi Reiss Ackerman.

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