Capítulo 25 (Maratón 2/3)
"¡Tobías quiere a matarme!" Pensé, mientras mi cuerpo entraba en transición. No obstante, la metamorfosis no se completó.
—Tranquila, Irupé. No voy a dañarte—prometió el chico, retirando el arma de mi campo de visión y alzando las manos. Podía reconocer el latido irregular de su musculo cardíaco, aunque este no se mostraba tan exaltado como los de otras personas que me habían visto transformarme.
—¿De qué se trata esto entonces?—cuestioné, aún a la defensiva.
—Dos cosas...Primero, quería que vieras una de las armas favoritas de nuestros enemigos, "Los Cazadores", para que te familiarices con ella, y segundo, me gustaría que la pruebes.
Me sentí imbécil con mi reacción, pero ya era tarde para emitir una disculpa y mi enorme orgullo me lo estaba impidiendo.
—Dos cosas. Primero, me tendrías que haber explicado esto antes de apuntarme con un arma letal a la cabeza, y segundo, ¿en serio puedo probar la ballesta?
Ambos rompimos a reír como dos tontos, pero la risa sirvió para aflojar la tensión que se había formado y aportó cierta "normalidad" al asunto.
—Tenés razón, disculpá—profirió, y no pude evitar sentir la ironía en ello pues yo debía ser la de las disculpas—. Se me olvidó por un momento, esa gran capacidad que tenés para transformarte a voluntad—indicó.
Tobías ya había manifestado su admiración ante aquella especie de "don" adicional que poseía, y lo había hecho la noche anterior, durante aquella breve charla informativa que habíamos mantenido mientras me "escoltaba" a mi casa.
En dicha ocasión me había contado además, que el resto de los miembros de la especie eran incapaces de transformarse cada vez que lo desearan. Los licántropos adultos solo podían hacerlo las noches de luna llena, mientras que los integrantes más jóvenes, tenían la facultad de lograr una transfiguración parcial en vísperas de luna llena y una completa cuando aquel satélite estaba en su máximo esplendor. Pero ninguno podía cambiar como lo había yo y menos con tal destreza y rapidez. ¡Jamás me había sentido tan singular como hasta ese momento! Sobre todo porque siempre me había considerado una licántropo inexperta.
También había hecho alegoría a que aquella era una de las razones por las cuales los miembros de las especie necesitábamos rodearnos de Protectores, porque mientras estábamos en nuestra fase "humana" muchos se volvían vulnerables, algo que Los Cazadores tomaban como ventaja, durante su exterminio.
—Sí, bueno...De todas formas me hubieras dado pelea. Vos estabas sosteniendo el arma y estoy segura que sabés usarla bien —sugerí.
—No te quivocás, aunque prefiero las garras. El Cazador al que se la quité podría decir lo mismo, si estuviera con vida, claro—A medida que Tobías hablaba y mientras absorbía un poco más de información sobre las "implicancias de la maldición" me daba cuenta de que aquello cobraba mayor magnitud y seriedad.
Ser Lobizón no era solo lograr una transmutación extraordinaria de la cual cualquier macaón sentiría envidia. Era algo complejo e incluso peligroso. Nuestras vidas estaban en riesgo por ser una especie diferente, poderosa, inteligente, que resultaba una amenaza para "los humanos", o al menos eso creían las personas que nos estaban dando caza. Y por eso debíamos estar resguardados, saber defendernos, e incluso aprender a matar a seres humanos (si la ocasión lo ameritaba) Aunque muchos licántropos dejaban esa tarea a otros individuos que habían entregado sus vidas a la defensa de la especie, de ahí el propósito de Los Protectores.
Tobías me había confesado que él no contaba con ninguno.
—No me parece bien tener que entregarle la tarea de defender mi vida a un tercero, si estoy perfectamente apto para hacerlo yo mismo. No me gusta depender demasiado de nadie y tampoco podría tolerar que otro cargara con la responsabilidad de una muerte a sus espaldas. "Mis enemigos, mis muertos"—arguyó.
Sonaba bastante comprensible, e incluso noble, pero no sabía si yo podría soportar tal peso. No sabía si podría ser capaz de quitarle la vida a otro ser humano, por más que mi propia vida estuviera en riesgo, por lo cual agradecía en el alma que hubiera personas abocadas a la tarea.
—¿Y deseabas enseñarme a usar la ballesta porque pretendés que me cuide a mí misma?—indagué. De pronto, la idea de usar el arma no me parecía tan emocionante.
—No. No te obligaría a que sigas mis pasos. Lo mío fue…—titubeó un poco—fue una decisión personal. Pero noté que últimamente estás lidiando con un gran nivel de estrés—Su interés en mi estado emocional me sorprendió—, por lo que me pareció una gran opción descargar parte de esa tensión disparándole a algunas cosas. Además me intriga saber ¿qué tal están tus reflejos?—me guiñó divertido.
Tomé aquellas palabras como un reto y antes de que pudiera impedírmelo, le arrebaté la ballesta, me puse de pie, examiné el panorama y apunté hacia lo alto, a un ave que transitaba el firmamento, cuando oí un chasquido en el agua y cambié de dirección con brusquedad. Entonces fijé mis ojos en un punto del lago, cerca de la orilla y disparé.
El agua volvió a hacer eclosión y pronto comenzó a formarse una aureola sanguinolenta en el sitio exacto donde había realizado el disparo. Segundos después, la presión hizo emerger al pez que estaba atravesado de lado a lado por la flecha.
—¿Te parece trucha para almorzar?
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