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Sirius se arrepintió de hacerle caso a James cuando le pidió instalar un teléfono muggle en su habitación, ahora que su molesto timbre lo había despertado en plena madrugada.

— "Si tenemos una emergencia, sería incómodo ponerse a gritar en una chimenea", decías —arremedó su tono sabihondo mientras se levantaba a alcanzarlo —. ¿Hola?


— ¡Sirius, gracias al cielo —se escuchó la voz desesperada de James al otro lado de la línea, preocupando de inmediato al animago— ! ¡Harry no... no... no puede dejar de llorar!

Sirius resopló de alivio, había temido algo grave.


— Lleva así más de una hora, estoy empezando a asustarme de mi mismo, pensando que simplemente debería hacerle un encantamiento silenciador, ¿cómo puedo pensar en hacerle eso a mi propio hijo?

— Por más que lo pienses, no vas a hacerlo —Sirius se frotó la frente— . ¿Cómo se supone que yo te ayude? Si no lo has logrado tú que eres su padre, y no sé nada de niños.

— ¡Canuto, eres su padrino! ¡Debes hacer algo! ¡Ayúdame por una vez!


Ese argumento era imbatible, y su amigo debía estar completamente desesperado, así que simplemente aceptó y se puso un abrigo sobre la pijama para salir de inmediato a su encuentro.


Escuchó el llanto del bebé desde la calle, y la puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre dos veces.


Desde que Lily había fallecido, James lucía constantemente vacío y cansado, sonriendo solamente cuando miraba a su pequeño hijo. Cuando miraba a los ojos de Lily...

Pero no pudo evitar abrir los ojos espantado, al notar que tenía un aspecto peor que nunca: su cabello normalmente rebelde ahora estaba hecho un caos que parecía tener vida propia, unas ojeras enormes enmarcaban sus ojos agotados que parecían a punto de echarse a llorar, y estaba más delgado de lo usual.


— Hola... eh... llegué... ¿qué... qué pasa? —preguntó Sirius torpemente, encontrar a James en ese estado le había roto el corazón. Él seguía pasándosela bien en sus ratos libres, ahora que la Guerra Mágica había terminado, mientras James estaba atado a ser padre soltero, una tarea sin lugar a descanso; con el duelo del asesinato de Lily a cuestas.

— NO-LO-SÉ —se quejó fúrico, mientras sus gafas se deslizaban por su nariz y le pasaba al pequeño Harry, que increíblemente aumentó el volumen del llanto.


Sirius lo recibió, y comenzó a hablarle bajito— ¿Qué pasa, amiguito? ¿Algo te duele? ¿Tienes hambre? Todo está bien, estamos aquí —No, no podía estar todo bien: no estaba su madre, que seguro habría sabido qué hacer de inmediato. Ahora eran solo dos tipos tratando de calmar a un bebé y su inexplicable llanto.


Lo meció, lo levantó y bajó repetidamente haciendo ruido de un hipogrifo volando, lo acostó boca arriba, boca abajo acariciando su espalda y siseando consoladoramente, lo volvió a cargar caminando alrededor de la habitación. Incluso le cantó alguna cancioncilla insulsa, a pesar de que su voz era una desafinación total.

Nada. El llanto no cedía. ¿De dónde sacaban tanta fuerza sus pequeños pulmones?


— Sosténlo —pidió finalmente, regresándoselo a su padre, nada contento de que no hubiera conseguido nada —. Anda, por favor, no quieres que se caiga, ¿o sí?

Los ojos de James mostraron curiosidad ante la petición de que lo sentara en el suelo, sin tener más ideas aceptó, sentándose con las piernas cruzadas y el pequeño junto a él.


Sirius suspiró— Aquí vamos, como si fuera a servir de algo —sin ningún entusiasmo, se convirtió en perro.


Harry ni lo notó, estaba llorando con los ojos cerrados aún más fuerte ahora que nadie lo sostenía en brazos, hasta que la nariz del enorme perro negro se frotó en su pancita.


Y el milagro sucedió: el niño abrió los ojos, y el llanto se convirtió en curiosidad. Harry pasó sus manitas por el hocico de Canuto, respingó un poco con la humedad de su nariz en sus deditos y parecía que el llanto volvería pero un gemido sumiso del perro lo calmó. Agarró sus orejas y comenzó a subirlas y bajarlas, sonriendo.


James no lo podía creer, en un segundo se había solucionado— No me digas que tendré que comprar un perro, porque apenas puedo cuidarlo a él.


El perro pareció reírse, mientras Harry se enderezaba para echarse sobre su espalda, acariciando el pelaje bajo sus manitas. En unos minutos sus ojos empezaron a cerrarse, y esperaron a que se quedara dormido para intentar moverlo.


— Dios, ¿qué estoy haciendo? — se derrumbó James en la mecedora del cuarto de bebé, después de dejar a su hijo en la cuna.

Sirius ya no era un perro — ¿Qué quieres decir? Estás siendo un padre.

— Lo estoy haciendo de la mierda —continuó su reclamo— no pude hacer que dejara de llorar en más de una hora, y tú en dos segundos.

— ¡Oye, no digas eso! Me tardé más de dos segundos antes de ser perro... como unos... dos eternos minutos —trató de bromear, pero estaba devastado.


En ese par de eternos minutos, había entendido que se había portado de lo más egoísta, y ahora no sabía cómo disculparse.


James se frotaba el cabello, frustrado, con los ojos llenos de rabia e impotencia —Un niño puede vivir sin su padre, pero necesita una madre. Debí ser yo, Sirius: Lily nos protegió y Voldemort la mató, yo reaccioné tan tarde, ¡tan tarde! Fui un inútil protegiendo a mi familia, y ahora soy un inútil como padre.

Los pensamientos en la cabeza de Black formaron un huracán en su mente al verlo en tal estado, revolviéndose y chocando unos contra otros sin control.


— ¡No eres un inútil —bramó— ! ¡Harry está bien! ¡Saludable! ¡Y normalmente feliz! Los bebés lloran, Prongs, no será el primer bebé ni el último que entre en un ataque de llanto inexplicable. No te hace un asco de padre.

James lo miró con cierto resentimiento.


— Sé porqué me miras así, porque yo sí soy un asco de padrino —bajó la voz, mirando hacia el vacío al no poder soportar ese reproche silencioso—. Éstos meses me he alejado de ustedes, y no tengo excusa. Hay una razón, pero ahora veo que es una razón estúpida y egoísta. No tengo perdón, James.


— No tendrías perdón si después de reconocerlo vuelves a alejarte —le reclamó con clara furia contenida —. Acaba de pasar Luna Llena, por eso no pude llamarle a Remus. No iba a molestarlo con mi ineptitud paterna después de sus noches difíciles, por eso te llamé a ti. Pero es él quien ha estado conmigo, quien se ha ocupado de cosas sobre Harry, ¿sabes lo bien que cocina? Me ha estado enseñando. ¿Y tú? Claro, eres El Genial Canuto, que no tiene lazos ni responsabilidades, y disfruta de su vida de soltero ahora que ya no corremos peligro de morir. ¿Porqué iba a molestarse en atarse a un bebé?

A Sirius le dolió cada palabra, sabiendo que era todo cierto.


—¿No piensas decir nada? —la interrogación le cayó como un balde de agua helada.

Negó con la cabeza, apretando los labios, causando que James bufara de frustración y se cubriera el rostro con las manos.


No podía decir nada. Decir algo lo arruinaría todo. ¿Tal vez debía mentir? ¿Decirle lo que esperaba escuchar? "Sí, James, soy un idiota, lo siento" eso a fin de cuentas no era una mentira.


— Puedes irte —indicó sin moverse, con una voz tan fría y seca que apenas y pudo reconocer— . Lamento interrumpir tu sueño, ¿crees que podría llamarte si vuelve a llo-

— No me iré —interrumpió—. No volveré a irme, no volveré a ser imbécil.

Los ojos verdes de James lo miraron por fin, bien abiertos y confundidos.


— Me alejé porque... porque... ¡demonios, no vas a creerlo! ¡Pensarás que no tiene ningún sentido —se inclinó recargando las manos en los brazos de la mecedora, con su rostro a unos centímetros de los del otro — ! ¡Y obviamente, no lo tiene!

James tragó saliva, nervioso. No era un comportamiento normal de su amigo.


— Siempre he querido lo mejor para ti, James —continuó su explicación, tratando de sonar firme —. Y lo mejor para ti era Lily. Tenían mi bendición, acepté ser el padrino de Harry, pero cuando ella murió... Dios... me destrozaba verte. No sólo por el dolor que reflejabas, si no porque... mi lado cínico e imbécil me decía que... ahora tenía una oportunidad.

—Una... ¡¿qué?! —exclamó James, sin poder siquiera levantar la voz.


—No podía soportarlo, y tampoco podía decirte nada porque parecería oportunista y no cambiaría nada, por eso me alejé. Fue estúpido, fue egoísta, lo sé, pero es lo que decidí entonces.

—Sirius... ¡Sirius! ¿Qué estás diciendo? —balbuceó James, sin poder creerlo.

— Que te amo desde hace tantos años, tonto —sonrió tristemente—. Tal vez desde siempre, pero elegiste a Lily, y de todo corazón te aseguro que me hacía tan feliz que fueras feliz con ella. Traté de olvidarme de ésto, de verdad traté, y alejarme cuando murió fue mi último intento. Pero mírame, no lo logré, ¿quién es el inepto? Tú no, definitivamente.


James abrió la boca y movió los labios tratando de decir algo, pero no consiguió generar ningún sonido.


En un movimiento más suave y delicado de lo que se hubiera imaginado nunca, Sirius puso un dedo sobre sus labios, susurrando un dulce Shhhh, que de alguna manera lo tranquilizó, tal y como el pelambre lanudo de su versión canina lo acababa de hacer con su hijo momentos atrás.


— Merecías una explicación, James —susurró, bajando la mano hasta su rodilla— . He actuado mal contigo y, lo que es mil veces peor, con Harry. No debes preocuparte, es solo eso: una explicación del porqué me he portado tan estúpidamente. No es una petición de que me tengas consideraciones especiales, o que me correspondas. Amarte es mi problema, tú ya tienes demasiados de los qué ocuparte.


— Lo siento —dijo James, dejando escapar un par de lágrimas.

— Ajá, por eso nunca dije nada —suspiró Sirius, sonriendo y acariciando su mejilla —. Sabía que eso dirías: "lo siento", cuando no es tu culpa. Cuando soy yo quien debe disculparse. Eso es lo único que quiero escuchar, si no es demasiado pedir: "Te perdono por ser un imbécil, Canuto. Por favor ya no lo seas".


James soltó una corta risa entre dientes —Te perdono por ser el más grande de los imbéciles, Canuto. ¿Podrías, por favor, dejar de ser el más grande de los imbéciles?

— Seguro que sí, gracias —sonrió Sirius.


James cerró los ojos, dejando caer el rostro en el pecho de su amigo. No quería pensar en lo que le acababa de decir, habría mucho tiempo para ello. Ahora sólo le importaba que había regresado, se había disculpado, y no volvería a irse. Al sentirse rodeado por sus brazos, asimiló cuánto lo había extrañado, y cuánto lo necesitaba. Siempre lo había necesitado.


— Bienvenido a casa, gran imbécil— musitó.

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