II


Ethan amaba todo lo que su hermano amaba. Si a Julián le gustaban las empanadas de queso y jamón, a Ethan también. Si a Julián le gustaban los Artilleros— el equipo de fútbol local— entonces Ethan también era hincha de ellos. Es más, sus padres estaban seguros de que si a Julián le hubiese dado el arrebato por gustarle los helados de la abuela, los que por cierto nadie podía ingerir sin posteriormente pasar saludando al Doctor Suárez, él también los hubiese amado.

         Así era Ethan, para él, Julián era su héroe, su ideal, su modelo a seguir. Por lo mismo, para Ethan no había mejor época que el otoño, cuando Julián no tenía practicas con su banda, y podían salir a algún centro comercial a matar el tiempo, aunque la mayoría de las veces se les pegaba como sanguijuela la molestia que llamaban vecina.

         Elizabeth era la única excepción de la regla, a pesar de a que Julián parecía agradarle su presencia, Ethan no se la tragaba. Detestaba la cercanía que había entre su hermano y ella, y lo sencillo que era para Julián olvidarse de él cuando Lizzie estaba cerca.
En los ojos de Ethan, Elizabeth no era más que una niña terca tratando de conseguir la atención que en casa no tenía. Pero por alguna razón Julián insistía en cumplir con sus caprichos, como si de un perrito abandonado se tratase.

         — ¿Ñaño, jugamos en la play?— preguntó Ethan al escuchar abrirse la puerta principal.

         Detrás de la madera se dio paso un joven quien a pesar de estar a punto de cumplir diecisiete y era el más alto de su clase, mantenía la carita de un niño de catorce años. Pequeños rastros de la nevada afuera de su casa se albergaban en su castaño cabello, parecía un nevado de chocolate por el contraste de colores. Su mejillas tenían la impresión de gritar algún tipo de auxilio porque nunca estuvieron de un tono tan rojo. Ethan supuso que afuera debía estar por lo menos a dos centigrados por debajo de cero, pero ese no era el justificativo exacto para el color que vestían las mejillas de su hermano.

         Julián seguía perdido, así que Ethan decidió hacer otra pregunta, usualmente no se rendía hasta tener toda su atención.

         —¿Está nevando afuera?¿En Octubre?

Ethan curioso por lo raro que estaba clima últimamente, dejó el control de la consola sobre el sofá y de un salto se asomó por la ventana.La nieve caía delicadamente sobre la acera, como pequeñas pinceladas blancas. Ver la nieve caer, le recordaba a una canción de cuna. Suave y relajante. Sonrió.

         —Supongo que el invierno se adelantó.—contestó interrumpiendo el pequeño trance en el que Ethan se había quedado atrapado, este parpadeó y con una sonrisa aún entres sus labios comentó.

         —¿Crees que mamá venga temprano por la nevada?

         Él espero una respuesta pero nadie respondió, se giró solo para darse cuenta de que su hermano ya había abandonado la habitación dejando un pequeño sendero de humedad por donde había pasado.

         — Adolescentes.— murmuró disgustado ignorando el hecho de él también era un adolescente. Restándole importancia al comportamiento de su hermano, regresó su atención al peculiar baile de gotas blancas que se presentaba aquella tarde en su ventana.

         Algunas personas del pueblo creían que las nevadas en Octubre eran buenos augurios, garantizaban un blanca navidad y más tiempo en familia; por ende la familia de Ethan solían ser fieles seguidores de está creencia.

         Las nevadas en Octubre habían traído tanta buenas cosas que no podía ser una simple coincidencia. Pero se olvidaron de un simple principio de la vida, todo lo que una vez te trae alegría es probable de que te destroce el alma en fragmentaciones de las que nunca te puedes recuperar; al menos no por completo.

         El blanco adornar de la calles definitivamente era un augurio, un presagio del que hasta el mismo cielo quería ser parte, era una señal que todos pasaron por alto, todos menos Julián.

         Una que otra vez estamos tan absortos en nuestros sentimientos que ignoramos los pequeños grandes cambios, o preferimos vivir en ignorancia, a veces esta bien ser ignorantes, el conocimiento puede ser doloroso y punzante.

         Tres noches después, todo el barrio se unía a la nieve y vestían de negro, dejando caer rosas blancas como finas pinceladas. Ese día, dos amantes se negaron, tres cuentos se contaron pero todos ignoraron la verdad, porque como dije antes, el conocimiento es la muerte de la felicidad y ya tenían suficiente luto en sus platos, como para pedir un postre para llevar.

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