Capítulo 3

Estuve lista lo más rápido que pude. Me puse ropa deportiva porque era lo que tenía a la mano, me arreglé un poco la cara con maquillaje y me peiné. No estaba para fotos, pero si pasable. Liv se había ofrecido a comprarme el desayuno en el café de siempre, por supuesto, no me negué.

Salimos de mi apartamento sin mucho preámbulo, el pasillo estaba tranquilo y para mi sorpresa, limpio. No les comenté nada sobre lo de anoche, tampoco indagué en mi mal dormir. Preferí hablar sobre la futura fiesta y el itinerario del día que, según Val, sería sencillo. Nos faltaban unas telas para decorar las paredes y unas velas para las mesas. Esperaba que no camináramos tanto como la otra vez, de ser así podía decir que no tenía que hacer ejercicio por un mes.

La conversación se sintió amena, a pesar de que el cansancio me golpeaba a cada paso que daba. Incluso, no caí en cuenta de que habíamos llegado hasta que Liv nos dijo que nos sentáramos ya que el sitio estaba lleno. Encontramos una mesa en todo el medio, estaba limpia por suerte. Val se sentó en frente de mí y comenzó a revisar su celular. Sabía que estaba revisando las redes de su negocio, era lo único que hacía desde que anunciaron la fiesta. Entendía lo mucho que el evento significaba para ella e incluso para Liv, quién al principio no le llamaba la atención la idea.

Noté que el chico que estaba diagonal a mí sostenía su celular y se reía de lo que veía. Alzó la vista y me miró, enseguida aparté la mirada. De reojo vi que me señaló, alcé una ceja.

—¿Qué pasa, Mara? —preguntó Val.

—El tipo que está allá me señaló —respondí y volví a verlo, me estaba mirando—, ahora me mira.

—Iré a ayudar a Liv y te diré que opino de él —anunció y se levantó sin darme tiempo de reprocharle.

Eso no era lo que quería decirle, pero igual, sabía que se iría por esos lados. Cualquier persona que me miraba era para ella, una oportunidad de buscarme pareja. Hasta se volvió chiste entre las tres, sabía que lo hacía para bien, pero a veces resultaba frustrante. Al rato, Val volvió con Liv y el pedido. Tres cafés, un sándwich y una torta de chocolate.

Se sentaron y agarré el sándwich, era obvio que el dulce era solo para Liv. Según ella, siempre era buena hora para comer chocolate. Aunque estaba en lo cierto, ella sabía que odiaba desayunar algo que se podía catalogar como postre. Tomé un sorbo de la taza que quedó sola en la mesa, necesitaba la cafeína porque, aunque no había bostezado todavía, tenía sueño.

—Bueno, me parece buen chico, aunque no sé. —Hizo una pausa como si estuviera pensando en lo que iba a decir a continuación—. No me gusta para ti, ¿alguien que viene a un café y pide agua? Demasiado raro.

Liv asintió antes de meterse la cuchara en la boca.

—No te comenté por eso, es más ni lo había pensado —dije y miré brevemente al tipo que seguía observándome—, señalar es grosero, ¿tengo monos en la cara?

—No. —Val observó al tipo y este apartó la vista—, se ve que no quería que lo atraparan.

Se echó a reír y yo también, en mi caso para evitar pensar demás ante la situación. Una vez di el primer bocado entendí el hambre que tenía. Me comí el sándwich demasiado rápido. Liv, por su parte, comía su torta de chocolate como si fuera la última, despacio y saboreándola.

Sostuve la taza en mis manos; me quedaba bastante café así que podía disfrutarlo en lo que mi amiga terminaba de comer.

—Vamos primero a la calle de la moda, que seguro en la tienda de liquidación conseguimos algo pasable —dijo Val revisando su celular—, la gente de verdad no lee, he respondido ya cuatro veces lo mismo que escribí en la publicación.

—¡Típico! —se rio Liv—, me pasa con las preguntas sobre las entradas.

Me terminé el café al mismo tiempo que mi amiga se tragó el último pedazo de torta. Salimos del sitio y pedimos un taxi al centro de la ciudad. La calle de la moda quedaba ahí e ir a pie nos cansaría demasiado. Su particular nombre venía de que la mayoría de las tiendas vendían telas y demás cosas para coser, bordar y tejer. Era curioso, pero yo iba mucho sin tan siquiera poder usar una aguja correctamente. Incluso una vez intenté tomar una clase de costura, pero descubrí que lo mío era ir de apoyo y no me volví a preocupar.

Me gustaba perderme mirando la ventana durante el camino, aunque mis amigas no se callaban. El taxi se detuvo y Val se ofreció a pagar. Aunque me sentía mal por dejar que pagasen todo, sabía que si le decía algo me reclamaría. Tras caminar un poco, llegamos a la tienda y nos encontramos con la puerta, abierta de par en par.

Afuera tenían telas de la temporada pasada que nadie con buen gusto se plantearía usar, pero el punto fuerte del establecimiento eran sus precios ridículamente bajos, no su selección. Yo seguí a mis amigas al interior, en donde más diseños feos iban bendiciendo mi vista. Cada uno era más feo que otro; una tenía piñas naranjas y hojas rojas de otoño en un fondo verde fosforescente. Y los que estaban alrededor tampoco se quedaban atrás, pero eso era algo normal en lugares como ese. Nadie que pudiera permitirse pagar más se plantearía siquiera bucear entre esas telas. Cuando la necesidad apretaba, sin embargo, la esperanza de encontrar algo bueno ahí, podía ser lo único que quedaba.

Liv veía y descartaba rápido. Tenía un ojo para comprar en sitios así que hasta a la misma Val se sorprendía. No sabía por qué, pero las que ella se encontraba al final resultaban ser perfectas. Unas risas me distrajeron de mi odio hacia los diseños raros que veía. Eran dos chicas con franelas de la universidad local que además de reírse, me señalaban. Nos acercamos a ellas y entre tanto cuchicheo, capté una cosa que me dejó paralizada.

—¡Es la del meme! —dijo la más alta de las dos y me señaló de nuevo.

La otra repetía lo feliz que estaba de haber conocido al meme. Mis amigas me miraron con confusión, yo las ignoré y me acerqué a las dos chicas para que preguntarle que pasaba. Quizás se habían equivocado.

—¿Cómo que meme? —La pregunta salió de mi boca un poco más alto de lo que quería.

—¡Hasta en la vida real es graciosa! —exclamó la otra.

—¿Cómo que meme? —repetí al ver que no me prestaban atención y me crucé de brazos—, ¡explíquenme!

Ante lo último, ambas apagaron su risa y me miraron a la cara. La chica alta sacó su celular y buscó algo en él, cuando lo encontró me mostró la pantalla.

—Este.

Con tan solo una imagen, mi vida entera se volteó por completo. Éramos Pedro y yo en la fiesta de anoche, me veía horrible. Mi mente viajó a ese momento y recordé el flash que sentí en la fiesta. Creía que eran dos personas tomándose fotos, no apuntando hacia nosotros. Mierda.

—Gracias —dije y me di la vuelta.

Mi cabeza repetía el momento una y otra vez, mientras que mis manos temblaban y comenzaba a sudar. Salí de la tienda intentando no ahogarme. Era mi fin. Por eso el chico del café me miraba y señalaba, me había convertido en un meme. Todo en contra de mi voluntad, ni siquiera sabía de la existencia de la foto. Me latía el corazón demasiado rápido y me abracé a mí misma cuando el cambio de ambiente me golpeó. ¿Qué iba a hacer ahora? Hacerme viral era lo peor que me podía pasar y lo más inesperado. Cerré los ojos y me tambaleé, por suerte tenía la puerta cerca y agarré la manija para no perder el equilibrio.

—¡Mara! —Escuché a Val a mi lado—, ¡estás pálida!

Enseguida sentí como sus brazos me envolvieron, luego otro par más, los de Liv. Me quedé ahí entre los brazos de ambas, como si eso fuera a detener el control que estaba a punto de perder.

—Respira —me dijo Liv a mi espalda—, se solucionará.

Ambas me soltaron, pero Val me agarró del brazo. Aun así, una parte de mi abrazó con gusto al miedo de que, en ese mismo instante, alguien se reía de mí.

—Esto se habla con Pedro y listo, él debe tener una idea sobre quién pudo haber publicado la foto —comentó y asentí, incapaz de comunicarme—, vamos a tomarnos algo y después hablamos con él.

Asentí de nuevo. Liv comentó que podíamos ir a un restaurante que abrieron nuevo cerca de ahí y que seguro tenían la cocina abierta para almorzar. Ella buscó en su teléfono la dirección y activó el GPS sin esperar a que alguna diera su aprobación. Val y yo la seguimos, ella no soltó mi brazo mientras caminábamos hablando sobre las telas feas de la tienda. Nos reímos un rato después de que les conté sobre las piñas naranjas y la posibilidad de hacer un vestido con eso. Aproveché ese momento para dejar de pensar que me había convertido en alguien de internet por culpa de mi vecino, que ahora sí se había ganado mi enemistad. Pero más tarde me encargaría de él, ya que lo que necesitaba en ese momento era calmarme y distraerme.

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