63: Sr. & Sra. Oschner

Colin se terminó de acomodar su camisa blanca dentro de su pantalón negro, frente al espejo de su recámara, a continuación, giró para recoger su moño negro que estaba sobre la cama.

En ese momento, Eugene llamó a la puerta, y, cuando la abrió sin esperar autorización para hacerlo, sus ojos se encandilaron con la verdad: su mejor amigo se estaba a punto de casar. Hizo lo necesario para que ni una lágrima se asomara a su mirada, sabía perfectamente que Colin se pondría más nervioso al verlo llorar, y, como caballero de honor no designado, debía hacer lo necesario para que el novio se sintiera tranquilo.

—Te ayudo —le dijo.

—No. —Colin regresó frente al espejo para ponerse ese moño.

Eugene se adentró al círculo de sal.

—Vaya —dijo con un tono exagerado.

—¿Qué? —sonaba malhumorado, no estaba malhumorado, estaba desproporcionadamente nervioso, y tenía muchas ganas de llorar porque, en el pasado, jamás se hubiese imaginado estar vistiéndose para su boda.

Su. Boda.

—Que te afeitaste.

—Ja —trató de reír.

—¿Por qué lo hiciste? Te veías más auténtico con la barba de vago —se acercó, decidido—. Déjame ayudarte con tu moño. Se supone que eso es lo que los hermanos hacen en un día tan especial como este.

Colin accedió al final, bajó sus manos para que Eugene le colocara el moño, pues tenerlo así de frente iba a evitarle cualquier llanto, no quería llorar como un bebé delante de nadie. Eugene se concentró en ese moño.

—Entonces. —dijo Colin, mirando al frente. La diferencia de estatura entre los dos era bastante notable en ese momento.

—Entonces.

—Tuve que haberme dejado la barba de vago.

—Me pregunto si en unos años pasarás de barba de vago a barba de Santa. Ya sabes, como hombre casado que serás, deberás cambiar de estilo. ¿Tu cabello crecerá más o pasarás a cortarlo? —terminó con ese moño.

Colin volteó a verse en el espejo.

—Podría adoptar otro estilo.

—Bueno. Espero que jamás me cambies por un Wilson, Chuck Noland.

Colin rio, mirándose todavía. Se había quitado la barba, pero jamás se le ocurrió cortarse el cabello. Se había peinado completamente hacia atrás, tenía el cabello casi por debajo de las orejas. Seguía sin que se le ocurriera cortárselo. No podía pensar en el futuro, en otro estilo, aún no, si estaba viviendo el presente como nunca antes lo había hecho. No podía evitar imaginársela a ella frente a un espejo, luciendo su vestido blanco cuya textura él se moría por conocer. No habían hablado más allá que cuando ella le agradeció por las flores y por las fresas, sobre todo por las fresas. Pero él no esperaba que ella le escribiera esa tarde, si sabía que ella misma, sola, iba a arreglarse para su pequeña boda, no es como si ella tuviese una tercera mano con la que escribirle. Dios. Se le aguaban los ojos cada vez que se repetía que iba a ser esposo de la mujer más dulce y sencilla.

—Amigos. —Alan entró a la recámara y soltó un chillido, acto seguido, se tapó la boca—. Colin...

Colin agarró su chaqueta de la cama.

—Al.

—Pareces un hombre de la realeza. O algo así.

—Gracias.

Alan sintió un nudo en su garganta.... Era un verdadero emocional.

—Bueno —tosió una vez en un intento por aflojar ese nudo—. 5 minutos y estaremos atrasados, así que ¿por qué no me hacen el favor de moverse? ¿No deberías tener una flor en tu solapa? —apuntó con su dedo cuando Colin terminó de ponerse la chaqueta negra.

Un poco más y le robaba el puesto de dirigente a Dave.

—El wedding planner me la pondrá cuando lleguemos —contestó.

—Cuando lleguemos pasado mañana. —Alan suspiró estresado, saliendo del cuarto—. ¡Apúrense!

—Creo que está nervioso —dijo Eugene.

—Sí, y me dan ganas de golpearlo —se abotonó su chaqueta—. Nadie más tiene derecho a estar nervioso.

Eugene lo detuvo cuando Colin quiso seguir a Alan.

—Perro —lo agarró de los brazos, mirándose cara a cara—, tus nervios no tienen derecho. Escucha, vas a casarte con Emma. Por fin. Deberías sentirte en paz, ¿no? —sus ojos se aguaron. Demonios—. Colin, nada más importa, perro. Encontraste a tu esposa, a la mujer con la que te pondrás viejo, con o sin estilo Chuck Noland. Solo... quiero recordarte que te quiero, que los nervios no tienen sentido ahora porque estás rodeado de personas que quieren verte siendo feliz al lado de ella. Además, me enorgulleces, perro.

Colin tragó saliva. Basta. ¿No se daban cuenta que no quería llorar? Necesitaba pensar en algo, algo que le cortara lo emocional, debía pensar en... en... Cohen... En seguida sintió secarse.

—También te quiero —le dijo.

—¡Vámonos! —gritó Alan desde la sala.

—Al tiene razón. —Eugene caminó con él, apretándole un hombro con fuerza—. Debemos apurarnos un poco más. Pero llegaremos a tiempo.

Theresa había insistido en mandarle un auto porque le parecía inaceptable que llegara en un Uber a su boda. Así que le mandó un Roll-Royce blanco de cuatro asientos traseros y un chofer, claro.

De esa manera se dirigieron a Beverly Hills.

Cuando se detuvieron frente a la casa de los Miller, había un fotógrafo contratado en la acera, esperando al novio. Eugene intentó abrir la puerta de la Roll-Royce y acabó con una golpiza en la mano.

—No abras. —Alan lo regañó—. El chofer debe hacerlo, ¿no ves que para eso se bajó primero? Ese tipo —apuntó al fotógrafo— está esperando captar una foto épica de cómo baja el novio del auto. Esta noche no tendré paciencia contigo, Eugene.

—¿Qué? —Eugene arrugó desde su ceño hasta su nariz.

El chofer les abrió puerta, y Alan bajó primero, comunicándole al inexperto en bodas Eugene:

—El novio baja último, tonto.

El novio estaba casi hiperventilado. Casi.

—Perdón —dijo Eugene, bajando detrás del experto en bodas Alan—. No sabía que en tu tiempo libre te dedicas a organizar bodas.

—Una vez miré Mi boda soñada en Home & Health.

—¿Una vez?

—Cállense ya —dijo Colin, desde el interior del auto. Observó cómo Dave trotaba desde la puerta de la casa hasta la acera con un impecable traje color carmesí. Supuso que era hora de bajar.

—Buenas tardes. —Alan saludó a Dave con mucha formalidad—. Somos los caballeros de honor no designados y nos aseguramos de que el novio llegue sano y salvo a su encuentro con la bella novia.

Dave rio amablemente, y se acercó a la puerta del Rolls-Royce cuando Colin puso un zapato en la acera.

—Novio —dijo, en su mano sostenía la rosa blanca que Emma había elegido para la solapa de Colin—, llegas puntualmente. ¿Cómo te sientes?

Colin se bajó en silencio, y continuó en silencio mientras Dave le ponía la rosa en la chaqueta. El fotógrafo disparó varias con su cámara profesional.

—Ya. Para, para, para. —Colin se aturdió por el sonido de la cámara.

El fotógrafo bajó la cámara.

—Gracias, Martin. Suficiente. —Dave le comunicó al fotógrafo.

En la recámara de la novia, Esme recibió un mensaje en su celular.

—¡Sid dice que el novio llegó!

Emma abrió sus ojos de par en par, salió rápidamente de su guardarropa, donde Bianca le estaba tratando de abotonar el vestido. Emma se abrazó a ella misma, para que el vestido no cayera al suelo, y corrió en sus Jimmy Choo nupciales hasta su ventana. Entonces, lo vio, justo antes de que desapareciera de su vista. Por amor al cielo. Era una obra de arte de carne y hueso. La razón por la cual Neptuno es azul acababa de entrar a su casa para casarse con ella. Dio un brinco mientras Bianca le terminaba de abotonar.

—¡Quiero llorar! —les advirtió a todas.

—No, no. —Faith le suplicó. Ese maquillaje sutil podía ser a prueba de agua, pero estaba segura de que no era a prueba de Emma—. Cariño.

Emma se sopló la cara con sus manos en el instante en que la asistente del wedding planner abrió la puerta.

—Permiso. Emma, es hora, linda —le dijo.

—¡¿Ya?! —De soplarse la cara, pasó a soplarse las axilas. Sus ojos estaban al borde de trazar un camino de lágrimas sobre sus mejillas rosaditas.

—¿Y la testigo? ¡Esme, te quiero abajo, nena! —Dave llegó subiendo las escaleras de a dos. Se quedó helado al ver a Emma—. Oh, hermosa... Luces tan... —suspiró encantado—. Eres la novia más linda que se casará hoy.

Holly, Bianca, Faith, todas se marcharon.

—¡Nada que temer, mi bella Emmy! —le gritó Bianca mientras la asistente por poco las empujaba para que se movieran.

—¡Pero si quieres huir...! ¡Yo te apoyo! —añadió Hol.

—¿Cómo puedes decirle eso? —le dijo Faith.

—Alguien tiene que hacerlo, Faith —le contestó Hol.

Emma sacudió sus piernas, sus brazos, todo su torso, como un perrito sacudiéndose después de haberse empapado con la manguera del jardín.

—¡Estoy sudando demasiado! —se lamentó con desesperación.

Dios mío. Iba a llorar. Iba a llorar.

Dave agarró el antitranspirante con desodorante en aerosol con aroma a Emmy, y se lo colocó bajo sus brazos como haciendo un grafiti rápido, a continuación, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Era necesario.

—Emma, caminarás sobre esos pétalos amarillos, mirando fijamente a tu objetivo —le indicó con su mano—. Un tipo guapo te está esperando allá abajo. No quiero tener que decirle que necesitas un minuto más. Él llegó tan puntual, parece que no puede esperar ni un minuto más.

Emma rio con los ojos aguados. Ella no podía esperar ni un segundo.

—Vamos, querida —apuntó la puerta—. Démosle lugar al mejor día de tu vida. Los invitados no pueden parar de sonreír. Todos quieren verte dando el sí. Selene tiene preparada una ceremonia inolvidable. Vamos, anda.

Emma bajó las escaleras de la casa sosteniéndose del brazo de su querido wedding planner. Tenía el corazón en la garganta y seguía sudando en muchas partes. Entonces, frente a la gran puerta que dirigía a su jardín encantado, se encontró con él, su pa, luciendo un adecuado traje negro. Se miraron y sonrieron. Dave la dejó frente a él.

El hombre de ojos verdes aceituna puso una mano sobre la mejilla de la noviecita, quien cerró los ojos, sintiendo el suave tacto de esa gran mano protectora.

—Eres la más bella entre todas las florecitas del jardín. —Estaba bajo el efecto de un ansiolítico. Estaba... de lo más químicamente tranquilo, aunque muy emocional, aún podía llorar—. Un sujeto se encuentra allá afuera, esperándote, me dijeron que no podía echarlo.

Emma sonrió, mirándolo a los ojos.

—Es el amor de mi vida.

—Lo sé —le sonrió—. ¿Qué te parece si te casamos con él ahora?

—No puedo esperar un después.

Se sonrieron y se abrazaron. Jake cerró sus ojos con fuerza, abrazando a su princesita artista, aquella que le gustaba usar tutús encima de su ropa y dibujar con crayones en la pared del ático. Había pasado demasiado tiempo tratando de convertirla en una promesa de la ciencia que no había notado que había criado a una colorida estrella del arte.

Su más grande orgullo como padre. No es que sintiera preferencia por sus hijos o los logros de sus hijos, sino que solo uno de los seres que cuidó y protegió había muerto y regresado a la vida por voluntad propia.

—Muy bien. —Dave reapareció—. Novia mía, Colin está listo.

—Yo también estoy lista —declaró con seguridad.

—De acuerdo —apretó el comunicador que tenía en su oreja. Otro asistente vino a entregarle el ramo a Emma, que estaba hecho de girasoles y rosas blancas—. Jazmín, novia lista por aquí —informó, saliendo al jardín. A continuación, giró hacia Emma, y asintió con la cabeza—. Brilla —le dijo.

Y la música comenzó a sonar. Las tres violinistas y la violonchelista comenzaron a ejecutar una melodía al altar. Emma se llenó de aire y se prendió con fuerza del brazo izquierdo de su pa, acto seguido, Colin sintió un temblor bajo sus pies. No, no era la falla de San Andrés. Era su mundo temblando debajo de él. La vio, ahí, luciendo tan radiante como siempre, pero con ese vestido parecía un cuerpo celeste, no, un rayo de luz, un destello cegador como la explosión del Sol. Primera lágrima. Dios mío, si lo estás viendo, su fe se volvió a restaurar. Podría arrodillarse en ese momento solamente para decir gracias. Gracias por la vida de ella, de su amada nena. Sus miradas se conectaron. Emma sonrió demasiado cuando él pronunció:

—Te amo. —a la distancia.

Muchos de los invitados, que se encontraban a ambos lados, estaban llorando. Emma lucía divina con ese vestido completamente blanco, de falda por encima de sus tobillos, medio acampanada, y hombros caídos. Era una reina con esa vincha azul y sus ondas naturales. Era ella. Toda la boda era ella. Esa pared de girasoles detrás de Colin era lo más Emma Miller del mundo, bueno, más bien, Emma Oschner.

Un juez se encontraba junto a Colin, tras una clase de atril marrón. Emma dio sus últimos pasos en el camino de pétalos, se dio el espacio de mirar a sus dos hermanos, quienes estaban llorando, y después miró a su amorcito. Cuando ella llegó al final del camino, Colin se acercó y recibió un abrazo de parte de su suegro.

—Te quiero mucho, hijo —dijo Jake en medio del abrazo—. Cuídala como siempre lo has hecho.

Colin cerró sus ojos, y, por un segundo, solo por un segundo, sintió cómo rozaba una rara clase de amor que nunca antes había experimentado.

Amor paternal.

—Lo prometo —contestó, apartándose.

Jake fue a sentarse al lado de Bianca y J.J.

Emma le sonrió a Colin, acercándose con timidez.

—Hola —susurró.

—Te ves... hermosa —respiró hondo, puso una mano en la cintura de ella, su tacto ansiaba conocer ese vestido—. Mejor que en mis sueños —se refirió al vestido. En realidad, mil veces mejor.

Inimaginable. Superior. Sublime. Un diseño de Emma Miller.

—Pues, tú luces como en mis sueños más inalcanzables —sonrió.

—Casémonos ya —le dio un toquecito a la punta de la nariz de ella.

—¡Por favor! —juntó sus manos en el tallo del ramo dando un brinco.

Dave le hizo una seña a la banda para que desvanecieran la melodía. Entonces, el juez tosió en su puño para llamar la atención de todos los presentes. Los novios les dieron la espalda a los invitados, decidieron que querían tomarse de las manos en un apretón que encajaba mejor que una llave en la cerradura correcta.

—Buenas tardes —les dijo el juez a todos cuando el sol todavía iluminaba el más bello día—. Estamos aquí para unir en matrimonio a Colin Oschner y Emma Miller. Procederé a leer la lectura del acta matrimonial...

Emma giró la cabeza hacia Colin, quien le sonrió, mirándola de costado. Emma le dio un breve beso en el brazo mientras el juez leía códigos civiles. Entonces, llegó el momento de la testigo, Esme, el juez le preguntó si ese par no tenía ni una clase de impedimento para unirse en matrimonio, la respuesta fue un sincero no. A continuación, el juez levantó un bolígrafo.

—¿Quién va primero? —preguntó agradablemente.

—Yo —dijo Emma.

Emma firmó el acta, después Colin, al final la testigo y el juez, mientras las lágrimas de los invitados caían por doquier. Un momento. Emma miró a Colin con el ceño ligeramente fruncido, es que acababa de darse cuenta que ya eran espositos ante la ley. Colin la miró también, entonces..., ¿ya eran los Oschner? ¿Así de pronto? El juez impidió cualquier intercambio de palabras entre ellos, al decir satisfactoriamente:

—Por la facultad que me confiere la ley, yo los declaro marido y mujer.

Emma entreabrió su boca, mirando atontada a su esposo.

—¡Beso! —susurró Dave a un lado como si fuese el director de la obra.

Colin le sonrió a Emma, y dijo:

—¿Qué? ¿Te diste cuenta que no releíste bien tu lista de contras? —rio.

Emma rio, saltando para rodearlo del cuello con sus brazos.

—¡No hay contras! —exclamó.

Se dieron un besito. Uno pequeño.

Y sus invitados se pusieron de pie para aplaudir.

Ambos sonrieron, mirándose, también les dieron una mirada rápida a los invitados. Cielos. Todos parecían desmoronados, hasta Hol estaba llorando mientras abrazaba el brazo de Steve. Cuando el equipo de organización sacó el atril del juez, Selene se paró en su lugar, luciendo un vestido túnica celeste y un collar de girasol, lo segundo era su amuleto del día.

—Felicidades por ser marido y mujer frente a los mortales, pero el cielo no puede seguir esperando mucho más. Los quiere juntos ya —sonrió.

—No tenemos porqué hacerlo esperar —dijo Emma.

—Sería de muy mala educación —añadió Colin.

—Así se habla. —Selene sonrió para los dos, a continuación, se dirigió a todos los presentes—. Damos por iniciada esta hermosa ceremonia en la que nuestros tan apreciados Colin y Emma oficializarán su amor frente al Universo. Miren, está comenzando el atardecer —alzó ligeramente sus manos—. Esto es magnífico, sin dudas, magnífico. Cuando Eugene me habló sobre oficiar esta ceremonia, no dudé ni un segundo en contestar que sí. Me sentí dichosa por haber sido llamada para ser parte de esta maravillosa historia de amor. Estoy feliz. Emma es una mujer encantadora y Colin es uno de los hombres más gentiles que conozco, juntos forman una energía que sobrepasa el cerebro humano, y no me lo estoy inventado, sentí esa energía el día en que los conocí. Juntos desafían las leyes naturales. Juntos son invencibles. Juntos crean un nuevo color. —Emma sonrió. Selene había tomado lo que sabía de ellos—. Juntos crearán un mañana del que se sentirán orgullosos.

»Son un ejemplo de amor y de lucha, la más sincera expresión de cariño. Aunque perdieron mucho en el pasado, están aquí porque creen en un futuro, en un futuro juntos. Ya son marido y mujer delante de la ley, pero ambos no están satisfechos con eso, por esa razón estamos aquí, porque algo dentro de los dos les pide más. Quieren que el cielo, que este hermoso atardecer, que las estrellas ocultas por la luz del día, sean testigos de su sello de amor eterno, de amor infinito. El Universo los quiere juntos, vamos a darle lo que quiere, también agradezcámosle su tan gentil acto de unir sus caminos en el momento exacto.

»Por favor, niños de los anillos —pidió.

Ambos voltearon, los invitados también, solo para ver cómo Heidi cargaba a Estela entre sus brazos, al lado de ella caminaba Thomas, acercándose a ellos dos desde el otro extremo del camino de pétalos. Los invitaron rieron de encanto al ver a Estela vestida con su vestido amarillo y su listón del mismo color en su cabecita. La gatita fue el centro de atención por esos segundos. El par de fotógrafos disparaban flashes. Emma sonrió, apretando el brazo de Colin con fuerza. Su niña. Su hermosa niña de los anillos.

Colin sonrió, tomó a Estela entre sus brazos, y les dio un beso en la cabeza a sus hermanos. Thomas era un niño llanto más que un niño de los anillos. Emma les dio un beso a sus cuñados y después se enfocó en Estela, quien tenía una almohadita en su espalda con los anillos matrimoniales y el de compromiso. Besó a su niña en su cabecita mientras Colin le quitaba la almohadita. Seguidamente, Estela se dirigió a los brazos de Gael.

—Los animales —dijo Selene mientras tomaba la almohadita de las manos de Colin—. Le decía a Emma en una ocasión que las mascotas están aquí cumpliendo una misión en nuestras vidas. Miren nada más qué misión le encargaron a Estela. —Los invitaron rieron alegremente—. Muy bien. Los anillos están aquí. Sabemos qué viene a continuación. —Colin tomó aire—. ¿Quién de los dos desea comenzar? A ver.

—Yo —dijo Emma.

Esme se puso de pie para sostener el ramo mientras tanto, de esa manera, Emma pudo agarrar el anillo. Hubo un gran silencio. Emma observó esos ojos azules cielo que la miraban como si fuese la única persona en ese jardín. Ella tenía escritos sus votos en un papel, pero los recordaba de memoria. Quería recitarlos mientras observaba esos océanos donde ella podía zambullirse sin ropa cada vez que él la miraba de esa manera.

—Cole —Su corazón empezó a latir de prisa, al mismo ritmo que el de él—, cuando te conocí, no supe que serías para mí —apretó el anillo con fuerza entre sus dedos—. Lo cierto es que no hubiese creído que serías para mí ni si un ángel aparecía para contármelo. Me enamoré de ti en un segundo, pero ser correspondida nunca atravesó mi mente, porque, cielos, simplemente no tenía sentido ni en mis más grandes fantasías, porque... —sus lágrimas llegaron al instante, y lloró, lloró fuerte. Colin la tomó del mentón, echando lágrimas silenciosas, sutiles, llenas de cariño— yo me consideraba un desastre, pero tú te enamoraste de este desastre, y de esa manera me inspiraste a amarme a mí misma, porque, vaya —hizo una pausa— muchas veces pensé: «Él ve en mí cosas que yo no puedo ver». Y de eso se trata el amor, ¿no? De hacernos mejor en cada dimensión. Y necesitaba agradecértelo hoy. Porque tu amor del bueno me ha despertado del más largo sueño. Y no te confundas... Yo amo dormir —los dos rieron llorando—, pero dormir mucho hace que te pierdas demasiado. Gracias por despertarme, Colin.

—De nada —susurró muy despacio, solo para ella.

—Y pasamos mucho, demasiado, más de lo que deberíamos, para llegar hasta aquí, y, cuando hace dos meses me dijiste que estabas en tu mejor versión, y que no querías compartirlo con nadie más, yo sentí lo mismo. Tengo 22, sé que ni siquiera me encuentro a la mitad de mi vida, sé que seguiré evolucionando a un ser mejor y no quiero compartirlo con nadie más.

»Eres el amor de mi vida, y, te prometo que mientras yo viva, tendrás amor de sobra, tanto que ni siquiera sabrás donde ponerlo. —Colin rio entre lágrimas—. Te prometo que no faltarán galletitas en nuestra casita, ni los bailes en nuestra salita, ni las risas —se quedó callada—. Lo siento. Olvidé lo que venía después. El resumen de las tres páginas que escribí es que te amo bien, Colin. Y que estoy disfrutando de este capítulo de nuestra historia de amor, pero estoy segura de que los siguientes serán incluso más espectaculares, lo sé porque en ellos estarás tú.

Emma tomó la mano derecha de él y le colocó el anillo matrimonial en el anular. Antes de soltarlo, le dio un enorme beso en la mano.

—Te amo —le dijo Colin.

—Ahora quiero escucharte —sonrió.

Colin llenó de aire sus pulmones, y, del interior de su chaqueta, sacó un papel doblado en cuatro. Sus manos estaban sudando. En su vida había estado parado delante de cientos de personas, exponiéndose con palabras en los auditorios más grandes de la universidad, pero, joder, estaba mil por ciento seguro de que nunca, en serio, nunca, había sentido tantos nervios como en ese preciso momento. Se sentía completamente superado por todo.

—Las mejores cosas vienen en amarillo —comenzó a decir, aferrando al papel—. Los girasoles, el helado de vainilla, la miel, unas cuantas obras de Van Gogh. El vestido que Emma usó la primera vez que hablamos era amarillo. —Ella sonrió mientras lloraba. Colin tenía los ojos clavados en su hoja—. Había pasado 22 años viendo la vida en un solo color. Ni negro ni gris. Todo era blanco, como un lienzo en blanco, hasta que llegó ella a lanzarme pintura en globos de agua. Me sentí atacado, no, me sentí vulnerado. Emma agarró mi vida como si fuese una arcilla y le dio formas específicas. No me sentí cómodo al principio, porque, sencillamente, es duro darse cuenta del desperdicio de vida que tienes, de que estás perdiéndote de cosas increíbles como la música de Taylor Swift o paseos en Venice Beach. Pero Emma tuvo paciencia conmigo. Emma es la persona más paciente conmigo. Me enseñó todo. Desde lo necesarios que son los postres de choco después de la comida o lo benditamente divertido que es saltar en un trampolín.

»Ah, hace poco también nos hicimos un tatuaje sin pensarlo demasiado, eso también fue increíble. Emma también me devolvió la esperanza en los gatos. —Emma rio—. Es que, si me pusiera a hablar de todo lo que Emma ha hecho por mí, escribiría unos votos sinfín.

»Emma —por fin la miró—, mi nena linda, mi princesa guerrera, la niña de mi niño: Il mio cuore e la mia anima ti appartengono, que en italiano significa: mi corazón y mi alma te pertenecen. —Emma tembló por completo—. No eres la única que se descargó una App de idiomas, corazón. Descubrí que no existen palabras en mi idioma ni en ningún otro que describan lo que siento por ti, pero lo que siento por ti suena incluso mejor en italiano. Si me permites —dobló el papel y lo guardó dentro de su chaqueta—, ahora le pondré los anillos a mi esposita. Por fin, mi esposita —tomó los anillos y, delicadamente, los deslizó en el anular de Emma—. Te amo bien, te amo fuerte. . .

—Te amo infinitamente —terminó por él.

Y se besaron. Por fin. Los invitados se pusieron de pie, una vez más, para aplaudir. Selene sonrió, viendo amor, pasión y cuidado en esos besos.

—Los votos más bellos —susurró Emma.

—Claro que no. —Colin le restó valor.

—Eres mi poeta —asintió, y le dio otro beso.

—A continuación —dijo Selene, señalando una mesa a un lado, donde se encontraba un pequeño lienzo en un pequeño caballete con dos frascos de pintura y dos brochas—, como acto simbólico de su amor, ambos crearán un hermoso recuerdo, una obra de arte hecha con amor del bueno.

Ambos se sonrieron y se acercaron a la mesa. Tomaron las brochas. Él agarró el frasco azul y ella el frasco amarillo, hundieron sus brochas en los frascos y pintaron en el lienzo al mismo tiempo. Un enorme corazón en el centro. Mitad azul. Mitad amarillo. A continuación, Emma agarró un Sharpie negro de punta fina.

—Quiero que tú firmes por los dos —le dijo.

—Porque mi caligrafía es la mejor —rio.

—Exactamente —sonrió.

Colin firmó por los dos:

Sr. & Sra. Oschner.

08/10/2020

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