5: Un 8 volcado

—¡Qué mañana! —dijo Emma, adentrándose a la habitación.

En la mesa del comedor, Gael estaba almorzando en la cabecera. Solo. La habitación tenía un enorme ventanal, al costado de la mesa, con vista directa al gran jardín, donde se hallaba desde una hermosa piscina hasta una cancha de baloncesto. Emma dejó su bolsa blanca de compras en una silla y echó su bolso gris de gimnasia en el suelo, a continuación, se sacó la sudadera negra que vestía, quedándose en su ultra top de gimnasia.

—Casi me aso bajo el sol, Gael —contó, pero no dejó que su hermano preguntara «¿Para qué llevaste una sudadera?». Entre paréntesis, Emma no usaba nada arriba de su top durante la clase privada de pilates reformer a la que asistía dos veces por semana, pero siempre se ponía ropa encima a la hora de salir del centro, para que ningún desconocido la mirara. Siguió hablando—: Es que fui a Rodeo después de mi clase.

—No lo noté, Emmy —clavó el salmón con su tenedor.

—¿Y ese humor? —se acercó a la mesa, robó una galleta sin sal, y la comió con una salsa para untar. Gael no respondió. Entonces, ella tapó su boca mientras masticaba, diciéndole—: Deberías ir a París luego de la semana de la moda. Estás así porque te gustaría ir, pero te aterra conocer la cultura que parió a Gillou.

—También me aterra conocer al sujeto que hizo que Bianca pariera a Gillou —admitió.

—Lo entiendo. He estado en tu lugar alguna vez —se sentó en la silla, al lado de la cabecera.

—Señorita Emma, ¿va a almorzar? —preguntó una mucama.

—Por favor —contestó, acomodándose mejor en el asiento, sentada sobre una de sus piernas.

—No quiero minimizar lo que pudiste haber sentido antes de conocer a los padres de Colin, Emmy, pero... —suspiró hondo. Emma lo miró con los ojos bien abiertos, expectante a lo que seguía a continuación. Gael se quedó boquiabierto, viéndola, antes de decir—: Esto es distinto en muchas formas.

—Bueno. Lo es —observó sus uñas pintadas en rojo, después regresó a mirarlo—. Pero no tiene que salir mal, Gael. Es el ex esposo de Bianca, y se divorciaron porque se acabó el amor, pero aún se llevan bien, y Gi lo ama. Dudo que sea una mala persona. ¿Sí entiendes? Ellos no lo tendrían cerca si no fuese así. Gi lo tiene presente, sería sencillo para él ignorarlo teniéndose a un continente de distancia.

—Supongo —movió sus vegetales con su tenedor.

—Aún tienes suficiente tiempo para pensarlo, pero sería bueno para ti que te atrevas —sacó sus manos de la mesa cuando la mucama le trajo un plato hondo de ensalada de pollo—. Muchas gracias —dijo antes de seguir con la charla—: Espero que Gillou tenga en claro que no le daré la bienvenida si regresa sin macarrones para mí.

—Emmy, él actúa como si comprarte macarrones fuese su única misión en París —se echó a reír.

Emma sonrió de costado. Iba a comer su primer bocado, entonces, soltó sus cubiertos, brincando en su asiento, para seguidamente agarrar la bolsa de compras de dónde sacó zapatos. Tacones de 8 centímetros específicamente. Un par de abiertos y blancos tacones, el cordón se ajustaba por encima de los tobillos. Emma los sacudió con emoción, como si quisiera sacudirle precisamente la emoción a Gael, quien no había movido ningún músculo.

—¿No te gustan? —los bajó lentamente sobre su regazo.

—Son zapatos —contestó neutralmente.

—Hice sauna en mi sudadera, recorriendo Rodeo para hallarlos, ¿sabes? —regresó a ponerlos en la caja.

—No están mal —opinó.

—¿Y tu novio es Gillou? —tomó sus cubiertos, disponiéndose a comer.

—No hablamos sobre ropa. Ni zapatos —miró su plato.

—Los compré a propósito —mordió su labio inferior, viéndolo a la cara.

—Bueno. Dudo que los hayas comprado en contra de tu voluntad, Emmy.

—No. Me refiero a que son altos por si quiero besarlo y estamos de pie. —Al fin llevó un bocado a su boca. Gael soltó una carcajada. ¿Quién piensa en esas cosas? —. No pude dormir. Carla creyó que me despertó cuando me movió para decirme que tenía que irse. Me quedé viendo el techo después de que ambas se marcharan. Me levanté reluciente para ir a mi clase, y ahora es mediodía y no siento ni un gramo de cansancio. ¿Eso es normal?

—Tú sabes que no. Entonces, ¿qué mencionó Colin sobre su show de anoche?

—Aún no hablamos.

—Pensé que sí. Fuiste a comprar escaleras para besarlo.

Emma se rio, ruborizada, y respondió:

—Bueno. No debe estar teniendo un buen día, dado su estado en la madrugada. Me llamará cuando salga a almorzar, espero. Siempre lo hace a esa hora.

—Dado su estado en la madrugada —se rio—. Emma, pa jamás en la vida se olvidará de cómo lo halló tirando en su jardín. Bueno. Nadie se olvidará de eso. Sinceramente, fue épico. No te ama, lo tienes loquísimo. Haría cualquier cosa por ti, y me parece que ni siquiera necesita estar borracho.

—Pues —lo agarró de la mano con fuerza, sonriendo demasiado—, él me tiene loquísima a mí.

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Colin se sobresaltó en su cama, y miró la luz del día que se metía gracias a la cortina desacomodada.

—¡No! —alargó la o, y agarró una almohada para taparse la cara.

Uno, dos, tres segundos de rabieta después, se dio cuenta de lo mucho que le ardía el estómago, de cuánto quería orinar, y del martillo neumático que estaba trabajando en su cabeza. Dios mío. No se bañaba hace más de 24 horas, y su ropa olía a bar de mala muerte. Se percató que aún tenía sus zapatos, así que usó sus pies para sacárselos. Dios mío. Apartó la almohada de su cara. En la madrugada se había tirado en el césped del jardín de Emma, no, más que eso, le había cantado a Emma una dramática de Bon Jovi, y había perdido las monedas para el parquímetro. Se pasó, cruzó la línea. Ni siquiera recordaba exactamente cómo había llegado hasta su cama, solo recordaba a Eugene conduciendo, y eso; para más, todo recuerdo se le prestaba borroso.

Se sentó lentamente, quiso tomar su celular, pero no había forma de que su vejiga aguantara más. Primero se ocupó de esa parte, después se mojó la cara y parte del cabello. Regresó a sentarse en el borde de su cama.

Mónica: Enfermo? Nos quieres tomar el pelo?

Mierda. Le había mandado un mensaje a Cohen cuando su despertador sonó a las 4:50 de la mañana.

Colin: Estoy enfermo

Y el profesor no respondió. ¿Demasiado cabreado para decirle algo?

Colin suspiró, odiándose. Ocultó la conversación de Mónica para no verla por el resto del día. También tenía mensajes de Eugene y de Alan, pero, en primer lugar, estaba la única persona que le importaba en ese día, y en su día a día. Había recibido su mensaje hace dos horas, a las 12:43 p.m.

Emmy: Hola

Colin escribió hola, pero lo borró.

La llamó.

—Es mi Colin con resaca —respondió.

Dios mío, sí. Era su Colin.

—Así que no bloqueaste a este loco. —Colin se tumbó de lado, luego se acomodó viendo el techo blanco. Sonrió demasiado cuando la escuchó fingir dudas: «Mmm».

—¿Bloquearte? ¿Para que regreses en la madrugada a cantarme una de Queen?

—Love of my life, don't leave me... —cantó.

Emma ardió de rubor al otro lado.

—¿Tienes una canción para cada ocasión?

—No, pero tengo una nena linda que ama la música, y tengo que tratar de estar a la altura siempre.

Nena linda. ¿Ya regresó ese apodo a su vocabulario diario? Ella se esforzó por dejarlo de lado, porque aún no habían hablado sobre su estatus amoroso. Esperaba que lo hicieran esa noche.

—¿Estás bien? ¿Estás comiendo?

—Estoy acostado en mi cama, pensando en que me pasé de la raya anoche.

—¿Qué? ¿No fuiste a la uni? —levantó sus cejas, asombrada. Pero ¿por qué diantres estaba sorprendida? Se había marchado literalmente arrastrado de su casa. Contuvo su suspiro preocupado—. Colin...

—Le dije a Cohen que enfermé —contó—. Pero no premedité la situación. Acabo de encontrar el mensaje en mi celular, y me encuentro tan sorprendido como tú. Da igual. Tengo derecho a enfermarme una vez al año, ¿no?

Hubo un silencio.

—No te pasaste de la raya —respondió.

—¿Ah, no? —rio.

Emma sonrió demasiado.

Adoraba la risa de él. Mucho.

—No en ese sentido.

—Pero sí me pasé —rio más. De pronto, ya no se sentía angustiado por eso.

—Bueno. Lloraste porque no querías levantarte del césped...

Colin cubrió sus ojos con una mano, diciendo:

—No recuerdo esa parte.

—Entonces, tampoco recuerdas que quedamos en salir esta noche —se mordió el labio al terminar de decirlo. Miró el vestido que estaba tendido en su cama junto a un pañuelo de la misma tela.

Colin entreabrió su boca.

Tampoco recordaba cómo Alan lo dejó caer al suelo.

—N-no..., pero ahora que lo dices estoy emocionadísimo por verte esta noche —le dijo, y Emma se derritió como helado bajo un cálido sol llamado Colin—. Es más, cuando cuelgue esta llamada, me bañaré en agua bendita para sacarme la resaca más rápido. A ver si funciona.

Emma se rio, sentándose en su cama.

Tenía su corazón en la mano, latiendo en armonía.

—Quiero verte —añadió Colin, poniéndose serio.

—Yo también quiero verte, Cole —habló con una vocecita tímida.

—Buscaré un restaurante que pueda gustarte, y pasaré a recogerte a las ocho. ¿Te parece bien? Es un plan decente —cerró sus ojos. Lo estaba haciendo todo como si fuese la primera vez, hasta su cuerpo reaccionaba de esa manera, poniendo su rostro caliente.

—Es un plan perfecto —sonrió.

⠀⠀⠀⠀

Eran las 8:03 p.m. de una cálida noche del 18 de agosto del 2020. Había registrado la fecha mentalmente, y cada uno de los acontecimientos.

Colin cantante había llamado a su celular luego de más de un año de ausencia.

¡Le cantó Always de Bon Jovi! E hizo una performance algo espontánea.

Ella añadió esa canción a su playlist.

Love Of My Life de Queen podría sonar más seguido en su habitación.

Y esa noche era su primera cita. Él estaba emocionadísimo, y ella más.

La Benz se acercó a la casa frenando lentamente, y Emma se cubrió rápido con la cortina. Observó a Estela con unos ojos impresionados, y la dejó en el suelo, a continuación, acomodó la correa larga de su bolso rojo, en el momento que recibió una llamada de Colin. Su celular estaba guardado. Entreabrió su boca. Estaba parcialmente perdida porque el amor, y todas las emociones que conlleva, se apoderaron de ella como si fuera la primera vez.

—¡Pa, ya me voy! —gritó en cuanto reaccionó.

—¿Necesito recordarte que mataré al chico si bebe y conduce? Sobre todo, si bebe y conduce contigo en la misma camioneta. —Jake se asomó al cuarto, mirándola con el ceño fruncido. Digamos que, en la madrugada, Colin le había dado suficientes motivos para imaginar escenarios indeseables. Emma suspiró, cruzando a su lado, irritada por el comentario. Jake la vio caminar hacia la puerta, cruzó sus brazos, recostándose en la pared—. Pásenla bien.

—Gracias. —No lo miró, se fue, con una copia de la llave de la entrada.

Atravesó el jardín por el caminero de piedras, llamándose «Estúpida» porque estaba temblando. Entonces, abrió la puerta de la camioneta, hallándolo con la cara que ponía cuando estaba superado y no quería que nadie lo notara. Ella siempre lo notaba. La cara era algo así como una expresión de susto, faltándole poco para que goteara sudor sobre su frente. Si existiera una categoría de premio al peor actor, él se lo llevaría.

—Eh, hola —dijo.

Estaba sudando bajo su camisa blanca desde que salió de su departamento. Su mente había tomado lo de «primera vez» de forma literal. Estaba nervioso porque se trataba de ella, de la mejor parte de su vida. Su ansiedad lo había hecho cruzar la calle, y ahora no quería contar una historia aburrida cuando sus hijos le preguntaran cómo fue su primera cita con su madre. ¡Ah! ¡Que no era una primera cita! ¡Hasta se conocían desnudos!

Emma trepó al asiento.

—Hola —respondió, y cerró la puerta.

Colin se inclinó a besarle la mejilla, en eso no había dudado, seguidamente, Emma lo tomó del mentón con una mano, antes de que regresara a poner sus manos en el volante y todo se camuflara en una conversación trivial camino al restaurante. Ahí mismo, se contemplaron a los ojos. Verdes, azules, formaban un paisaje. Las copas de los árboles tratando de alcanzar el cielo. Estaban cerca, pero, de forma espiritual, se sentían más cerca que durante un abrazo. No podrían explicarlo, solo... lo sentían.

—¿Qué sucede? —Emma le acarició la frente. Moría de ganas de desordenarle el cabello, pero él se había peinado hacia atrás y para ella, incluso seguía medio húmedo.

Colin abrió su boca, pero no dijo nada. Se le aguaron los ojos, diciéndoselo todo.

—Quiero... —miró hacia abajo, mojando sus labios con su lengua—. Emma —regresó a mirarla, se había tragado sus lágrimas. Emma lo estaba viendo con el ceño ligeramente fruncido y, claramente, también tenía los ojos aguados. Colin suspiró, y lo pronunció—: Sé mi nena de nuevo.

—Jamás dejé de serlo, Cole —le acarició la mejilla con su pulgar, mirándolo fijamente.

—Muchas veces pensé que te iba a perder —enterró sus dedos en el cabello de ella, en el costado, y lloró. Emma abrió su boca, pero él no le dejó hablar. Continuó, mientras echaba lágrimas—: No soy el mismo que hace un año atrás, soy mejor, pero, definitivamente, todavía no soy mi mejor versión, sin embargo, me siento... bien—se quedó boquiabierto, tardó un segundo en decirlo—. Emma, no quiero compartirlo con nadie más.

Ella dejó que sus ojos se expresaran, permitiendo caer una lágrima que contenía todo lo que sentía.

—Estoy tan orgullosa de ti —le secó las lágrimas con sus pulgares. No se sentía en esa camioneta, ni en el planeta—. Te amé en tus días más oscuros, y ahora solo quiero que te quedes quieto para retratar tu sonrisa en un papel porque jamás se vio más hermosa. Te amo, te amo, Cole.

Colin se acercó sin vacilar, y Emma lo besó. En los labios. Cerraron sus ojos al mismo tiempo, dejando que sus labios se distinguieran bajo la luz del faro sobre la calle Canon. Tenían un sabor distinto, y no eran fríos como la tristeza de diciembre, sin embargo, eran conscientes de que se trataba de ellos dos, porque los besos sabían a una auténtica experiencia mística. Colin desabrochó su cinturón de seguridad, lo que provocó que Emma sonriera en el medio, lo agarró del cuello con sus dos manos, y se metió al interior de él. Colin abrió su boca, y su lengua no fue la única en responder a los toques de su diosa. Tuvo una erección. Un enorme bulto entre sus piernas amenazaba con arruinarle el inicio de la noche, y, consecuentemente, el resto.

Colin se alejó con suficiente disimulo. Como si no pasara nada cuando en realidad tenía toda la energía del universo concentrada en su entrepierna, y dolía. Emma se rio, limpiándole con un pulgar el labial rojo de sus labios.

—Lindo —dijo.

No, no estaba hablando de la erección, porque no la notó.

Colin metió aire por su boca. Le vio el vestido blanco tiza con estampado de corazoncitos rojos, era de tirantes finos. Todo en ella se veía cuidadosamente tallado, ni hablar de lo bien que le olía la piel. Era majestuosa. De pronto, su erección disminuyó, por el simple hecho de recordar la antigua versión de ella, no la del verano anterior, sino la que había quedado de ella antes de empezar a reconstruirse de nuevo. Iba a hacer lo necesario para que la torre de ambos no cayera nunca jamás. De acuerdo. No tenía la obligación de sostenerla entera, pero tenía ganas de ser su dragón, iba a escupirle fuego a quien amenazara a la estabilidad de la torre.

—Me gusta tu camisa —añadió ella.

La camisa era blanca, la tenía remangada por debajo de los codos, y, si alguien se acercaba a él a la misma distancia donde estaba ella, notaría que los puntitos negros en realidad eran florecitas.

—La compré por ti, ni siquiera necesito decirlo —se sentó mirando al frente, y estiró el cinturón de seguridad, abrochándolo de nuevo—. Y es la primera vez que la uso.

—¿Es tu ocasión especial? —bromeó, abrochándose el de ella.

—Sí —chequeó el retrovisor, y pisó el acelerador—. Te ves divina esta noche. Bueno. Siempre.

Emma esbozó una sonrisa, mirándolo mientras conducía.

—¿Adónde me llevas?

—A un restaurante que hallé en Google, y rezo porque te guste. Queda Beverly Drive.

—Cerca.

—Sí. Tal vez lo conozcas.

Pues, no lo conocía.

Era un restaurante fino con fachada de piedras. Tuvieron suerte encontrando un parquímetro en la acera del lugar. Colin posó su mano detrás de la espalda de Emma, y ella se le acercó más, mientras caminaban hacia una mesa para dos personas, que se encontraba casi arrinconada a la pared. Emma miró de reojo al piano blanco que tenía las teclas tapadas, y se sentó en una silla a espaldas del instrumento, quiso colgar su bolso en el respaldo, y se le cayó, sus manos no le respondieron correctamente. Cuando se irguió en la silla, Colin la estaba mirando con el ceño ligeramente fruncido, iba a decirle algo, pero el camarero se acercó, y Emma le habló rápido:

—Quiero un agua —pidió en tono exigente, alto. Miró los cubiertos, los movió.

Colin abrió su boca, y se dirigió al camarero.

—Que sean dos. Por favor.

—En seguida —contestó el hombre, y se marchó, dejándoles la carta del menú.

Emma recogió la carta, diciendo:

—Me acordé de algo que me puso rabiosa esta mañana —fijó su mirada en las letras, pero no las leyó.

—Ah. —Y no le iba a preguntar porque ese algo nunca ocurrió—. Vi que Gillou se fue en la mañana.

—Sí. Gael no está de buen humor —dejó el menú, y pasó a arreglarse con sus manos el pañuelo que ató en su media cola de caballo, aunque no era necesario porque estaba perfecto—. Olvidé contarte que Mer me escribió hoy. En realidad, me mandó su último trabajo con una fotógrafa. Me parece que está muy orgullosa.

—Qué bien. A mí no me ha mandado nada... —desvió su mirada de ella por un segundo.

Emma lo tomó de la mano, diciendo:

—No te quiere molestar.

—Me jode que piensen así gracias a él —se tensó. Muy bien. Respira, Colin, respira. Regresó a su estado cuando Emma ya lo estaba mirando con pesar. Sin embargo, no se aguantó las ganas de decir—: Es un miserable.

—Un malnacido —añadió con confianza.

Colin llevaba desde de abril sin ver a sus hermanos, específicamente desde spring break, lo que la familia Oschner llamaba semana santa. Desde que abandonó Nueva York en septiembre, los había visto esa única vez, en la que su madre, su nana, y los cuatro adolescentes, viajaron a Los Ángeles para visitarlo por tres días. Gracias a Heidi, a quien se le escapaba información todo el tiempo, en medio de una videollamada a mitad de mayo, Colin se enteró que Bradley les había prohibido viajar a visitarlo porque «Si les importaran, él vendría a verlos». Por esa razón, no lo habían visitado ese verano. Era la tortura perfecta para Colin ahora que mantenía contacto cero con Bradley desde hacía un año. Les lavaba el cerebro de forma continua a los cuatro. ¿Cómo no iba a tener tiempo para ellos?, ¿para contestar un mensaje de su hermana compartiendo alegría? ¿De dónde más Mercy pudo haber sacado esa idea?

—Tal vez te visiten en tu cumpleaños —lo animó.

—Lo dudo. Será un lunes, además —sacudió su cabeza levemente.

—Y habrá eclipse prenumbral. El último del año —comentó, esbozando una media sonrisa.

Colin le apretó la mano con suavidad. No tenía mucho que decir.

—Y ya sé lo que quiero hacer en el mío. —Emma sonrió más, tratando de crear firmeza en el terreno.

Y Colin sonrió, finalmente, levantó las manos de ambos para darle un beso a la de ella.

—¿Estoy invitado?

—Por supuesto que sí.

—¿Qué quieres hacer, corazón?

—Quiero cenar en mi casa con mi familia y mis amigas. Será un lunes también. —Emma movió sus manos con entusiasmo. Le gustaba lo alineados que estaban hasta en el calendario—. Espero que ese día te dejen salir más temprano, pero también quisiera que salieras temprano en tu cumpleaños, y Cohen no da cupones de seguido, peor teniendo en cuenta que faltaste hoy totalmente imprevisto.

—Me arrepiento de eso, quiero decir, de haber faltado —inhaló y exhaló hondo, viendo cómo el camarero traía el agua—. Me hubiese levantado antes, y llegar por la tarde, pero, en su lugar, me quedé mirando The Big Bang Theory, bebiendo té helado, y quedándome dormido cada cinco minutos.

Emma sonrió de costado, mirando hacia abajo, entonces, Colin fingió sacarle su nariz con una mano, hizo un ruido con la boca que sonó como «Puj». Emma se rio despacio mientras el camarero les dejaba agua, cuando éste se marchó, regresaron a mirarse fijamente.

—Saldré temprano en tu cumpleaños así tenga que escaparme.

Ella asintió con su cabeza en silencio, y regresó a mirar la mesa.

—Quiero hablarte sobre algo —dijo, y, en aquel preciso instante, el pianista que acababa de llegar empezó a tocar un Nocturno del maestro Chopin. La reacción de Emma fue inmediata, como cuando ves un insecto feo en una habitación y te vas rápidamente, sin pensarlo dos veces, por puro instinto.

Se puso de pie con una cara de espanto. Colin se levantó también, preguntándole qué pasaba, pero Emma lo abandonó, caminando rápidamente en dirección a la puerta de salida. Él soltó una grosería mientras buscaba con qué pagar la bendita agua, después tomó una botella, y el bolso que Emma había dejado. La siguió, esquivando a un camarero, en tanto el talento del pianista era admirado por otros clientes.

—Emma —la alcanzó cerca de la camioneta.

Emma se tomó de la frente, inhalando y exhalando una y otra vez.

—No quiero estar aquí —habló entrecortado.

—Bien. De acuerdo. —Colin puso el dorso de su palma sobre la mejilla de ella como si se le hubiese subido la temperatura corporal. No sabía qué decirle—. Estás a salvo.

—Esa estúpida música —alzó su brazo, apuntando el restaurante con su dedo índice.

Colin entreabrió su boca. Era desgarrador escucharla sufrir, escucharla odiar aquello que alguna vez amó. Ese hombre le había arrebatado tantas cosas, y, entre ellas, su amor por el ballet y por el arte romántico expresado en melodías clásicas. Al menos su amor por el resto de la música sobrevivió. Su alma, en proceso de recuperación, no podría renacer sin ella. Sin embargo, su familia sabía que jamás debían pedirle que cantara algo para ellos.

—Vamos —posó su mano detrás de la espalda de Emma, dirigiéndola a la camioneta.

Subieron. Emma inhaló y exhaló otra vez, cubriéndose los ojos con la parte inferior de sus palmas. En ese momento, le pareció como si el mundo no quisiera verla feliz al lado de él, pero se sacudió la idea cuando Colin se le acercó, doblándose hacia ella, y le sacó las manos de encima.

—¿Eres mi nena linda?

Se miraron a los ojos. Los de ella brillaban como el verde del césped después del rocío de la madrugada.

—Sí —musitó.

Colin le dio un beso en la mejilla, y le preguntó:

—¿Quieres que te lleve a tu casa?

Emma se sobresaltó en el asiento, diciendo:

—No, no. Quiero estar contigo.

—Puedes estar conmigo en tu casa si quieres. Yo también quiero estar contigo.

—Quiero ir a tu departamento —miró hacia abajo un segundo, luego regresó a mirarlo a la cara.

—Genial. Vamos —posó una mano sobre la pierna descubierta de ella y se la apretó con cariño—. Hay un restaurante cerca de mi departamento donde sirven muy buen sushi. Siempre quise que lo probaras. ¿Te gustaría?

Ella asintió con su cabeza, y él le sonrió un poco.

Condujo un largo trayecto tomándola de la mano. Hablaron poco. Dejaron que Imagine Dragons lo hiciera por ellos. Emma repitió en su mente las palabras de él, una y otra vez; «Estás a salvo». Estaba a salvo, pero, cuando se topaba con detonantes del recuerdo, a su cerebro se le olvidaba que la noche del horror estaba en el pasado. Pero la agitación no le duraba mucho, bueno, la duración dependía del impacto, sin embargo, el lapso era corto en comparación a meses atrás. Sus doctores le decían que estaba sanando, y ella les cría porque así se sentía, hasta que oía un Nocturno en un restaurante con Colin, y todo le parecía caerse a pedazos. ¿Eso era sanar? ¿Huir literalmente de una pieza musical? A veces empujaba a su paciencia, sacándola del camino. A veces quería despertar con un papel en su mano que dijera «Felicidades. Estás curada».

Cuando faltaba quince minutos para llegar al departamento, Colin llamó a ordenar la comida a domicilio. Pensó mucho durante el camino en que debió haber anticipado que un restaurante como ése terminaría poniendo una de Chopin, sin embargo, rebobinó. No era su culpa. Culparse había pasado de moda, ¿no sabían? Ojalá tuviera la habilidad de predecir para ahorrarles malestares a los dos, pero su cerebro se limitaba a la de un mortal tratando de superar sus traumas mientras intenta segregar hormonas del bienestar.

Entraron al edificio por la puerta trasera que se hallaba en el aparcamiento de inquilinos.

—Vamos —dejó que ella subiera primero al ascensor.

En el piso 3, caminaron por un pasillo hasta el departamento L3. Emma se paró detrás de Colin mientras éste abría la puerta blanca. Otra vez, dejó que ella entrara primero. Emma dio unos cuantos pasos hasta el sofá, y se sentó, a continuación, comenzó a desajustar los cordones blancos de sus tacones.

—Obviamente, no sabía que acabaríamos en mi cueva. —Colin recogió papeles desordenados de la mesita de centro, y también un par de libros gruesos, se fue a su recámara con ellos.

Emma dejó sus tacones a un lado, en el suelo, y, encorvada, alzó su mirada hasta el tablero de ajedrez que se encontraba sobre la mesita. Se irguió, viendo los peones posicionados en un juego abandonado, seguidamente, se bajó al suelo, frente al tablero, y levantó un caballo negro. Entonces, llamaron al departamento, y Colin regresó en calcetines negros. Habló con el repartidor a través del intercomunicador que se encontraba en la cocina. Con las bolsas de comida en sus manos, Colin empujó la puerta con su pie. Vio a Emma, vio a su tablero ordenado.

—Quiero jugar —dijo ella.

—Yo también —bajó la cena sobre la mesita, pero, antes de sentarse al otro lado, y en el piso, fue a buscar dos latas de Dr. Pepper. Cuando regresó, Emma ya había movido una pieza blanca a la cuarta fila—. Dios— se sentó frente al tablero, hizo un sonido con la boca de pura satisfacción solamente para molestarla—. Extrañaba ganarte.

Emma se esforzó para no sonreír, acabando en una mueca rara.

—Aún no ganaste —señaló.

—Aún. Estás a tiempo de decir que mejor miremos una película que no conozcamos el final.

Emma abrió su boca en una mueca de asombro.

—Esa es nueva, engreído.

—Pero tu derrota no.

—¿Sabes? —enarcó una ceja. Colin selló sus labios, esperando el contraataque—. Puede que seas el mejor en el ajedrez, pero soy mejor que tú en el Pictionary, ah, y ni siquiera se necesita estudiar para eso.

Colin se echó a reír. Demasiado.

—Bien. Eso me dolió —miró el techo, mientras seguía riendo. Emma deseaba sacar su teléfono y grabar lo bello que se veía teniendo un ataque de risa—. Discúlpame por no saber dibujar.

—¿Vas a mover o no? —apuntó el tablero.

—Sí, mi reina —respondió sumiso, pero actuado.

Jugaron al menos cinco partidas mientras comían, hablaban y se reían. En todas ganó él.

—Deberías terminar a lo Thomas Oschner. —Colin rio, mirándola a la cara.

El pintalabios de Emma estaba claro, casi había desaparecido entre comida y bebida, acababa de pronunciar «Me rindo» porque no quería proporcionarle a Colin la satisfacción de decir jaque mate.

—Adivino. Lanza una pieza al aire —cerró un ojo.

—Mmm, casi —tomó su lata semivacía, y la bebió despacio—. Terminar a lo Thomas es volcar todas las piezas, incluso los de tu oponente. Menos mal que no tiene esas conductas antideportivas en el tenis. ¿Sabes por qué no las tiene? Porque es un niño educado cuando sale a la calle, pero... tampoco tiene necesidad de frustrarse porque es bueno en eso —hizo una pausa. Sufría un golpe cada vez que hablaba de sus hermanos—. Y yo no estoy con él, así que espero que mi mamá y Shizu siempre lo alienten desde ahí.

—Tommy tendrá éxito en lo que se proponga, al igual que Di, Mer, y Cate. Yo solo... lo sé.

—Necesito que estén bien.

—Tu mamá y Shizu no permitirán que les pase algo.

—Lo sé —suspiró. Lo sabía porque nadie quiere cometer el mismo error dos veces. Quiso beber más, pero había acabado su lata. En ese segundo de distracción, Emma volcó todas las piezas, y Colin la miró, se sonrieron—. Quedas descalificada para mí. Nadie vuelca mis piezas —agarró la reina negra, y la levantó frente a los ojos de ella.

—Yo sí —se la sacó, riendo.

Dios. Solo quería besarla.

—Emmy.

—¿Sí? —encerró a la reina en su puño.

—¿Qué me ibas a decir en el restaurante?

Emma abrió su boca, al parecer, metiéndose aire. Miró hacia abajo, a la pieza, y la colocó de pie en el lugar donde le correspondía en el tablero. Seguidamente, se perdió en los ojos azules, que la estaban estudiando como un estudiante de arte que aprecia cuidadosamente los detalles de una pintura famosa. Quiso hablar, pero él la detuvo.

—Espera —le dijo, y rodeó la mesita para sentarse al lado de ella.

Emma lo tomó de la mano, colocando la palma sobre su mejilla.

—Intenté decir que cuando hablamos en las escaleras de la casa de Gen, tú describiste tu miedo y el mío.

—¿Tenías miedo de que ya no te amara?

—Peor. De que me amaras como a una amiga con quien pasaste muchas cosas —le soltó la mano. Colin se agachó para verla a los ojos, y ella siguió hablando con la mirada baja—: Te amo mucho, y me hirió fuerte creer que tú ya no lo hacías de esa manera. En todo este tiempo, anduve distraída conmigo, pero había veces en las que arañaba mis sábanas para no llamarte en medio de la madrugada para pedirte que regresaras conmigo.

Colin la tomó de la barbilla, y le dio un besito en los labios.

—Ser tu amigo es genial, pero ser tu novio es la gloria.

—Ser tu amiga no es divertido porque no te puedo besar.

Él rio un poco, después la agarró de las manos.

—Te amo, y eso no va a cambiar ni en 8 meses ni en 8 años. Mi amor por ti es un 8 volcado.

Emma se arrodilló en su mismo lugar, riendo.

—Qué ingenioso. Podemos tatuarnos un 8 volcado.

—Mejor no. Me frustrará explicarle a todo el mundo porqué no lo llamo infinito.

—Como si te importara darle explicaciones a todo el mundo, Colin Oschner —rio, empujándole el hombro con suavidad. Colin sonrió con sus dientes. Entonces, Emma le rodeó el cuello con sus brazos, y presionó sus labios contra los de él por cuatro segundos. Cuando se separó, sin dejar de abrazarlo, él le acarició el cabello—. No quiero irme a mi casa.

—No te vayas.


¡Hola! ¡Hola!

Escucha Style de Taylor Swift para más placerrrrrrrr. De verdad. Es mi canción más reproducida en Spotify 2021. Para mí, es como el himno de Emma <3 especialmente en este libro, específicamente en este capítulo. ¡Solo busquen la letra! Hasta describe al bebé Colin peinado hacia atrás con su camiseta blanca asdjsdj. Bueno. Me calmo. Necesitaba decirlo. NUESTROS BEBÉS NO PASAN DE MODA. Ya. Pasemos nosotrxs a otra cosa.

Al fin, al fin juntitos <3 como muchxs lo estaban esperando. Colin no se aguantó mucho más. ¡Qué inesperado! (sabemos que no). Tarde o temprano iba a pasar (más temprano que tarde). ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Cuéntenme su parte favorita. Yo tengo muchas, pero en verdad amé la manera en la que Emmy le cerró el pico a Cole engreído. AAA. Se entienden tan bien. 

Aún les falta mucho por sanar individualmente, porque las heridas no sanan de la noche a la mañana, pero ambos siempre han demostrado que, a pesar de muchas veces sentirse superados, no tienen pensado rendirse a la vida, y ese es un mensaje muy importante.

Espero que este abrazo tan esperado de las almas de Emma y Colin les haya gustado<3 No se olviden de votar y comentar, y nos leemos en el capítulo 6.

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