45: Sueños
Despertó en la cama de los dos, desnuda como se había acostado la noche anterior. La recámara estaba decorada con una amigable penumbra; había un aroma especial que se extendía en cada rincón de su nido de amor, un aroma como de flores, definitivamente eran flores y específicamente girasoles. Extendió un brazo para tocarlo, pero el lado de la cama donde él debía estar se encontraba vacío, sin embargo, seguía tibio. Parpadeó. Poco a poco, comenzó a dejar el estado de sueño para ser consciente de que la figura geométrica alargada formada en la pared era la reflexión de una luz amarillenta de otra habitación.
Se levantó y tomó su bata blanca que se hallaba al pie de la cama. La seda reconoció su piel y ahora cubría su desnudez. Pero no ató el cinturón, nunca lo ataba. Con sus pies descalzos, siguió la luz hasta el cuarto. Se paró en el umbral con sus brazos cruzados y sonrió al verlo consolar sobre su pecho a una personita llena de vida.
—Cole —avanzó por el cuarto de bebé.
Colin estaba de espaldas a la puerta, frente a la cuna blanca, volteó lentamente cuando la escuchó. Se sonrieron en ese momento. Caminó despacio hacia ella, sin parar de arrullar al angelito de mameluco amarillo. Le habló susurrando:
—No creo que se duerma.
—Dámela —respondió con el mismo tono, abriendo sus brazos y su corazón para abrigarla en ella. Colin se la dio con cuidado, como si estuviera hecha de cristales de colores—. Podías despertarme antes, ¿sabes? —la acomodó entre sus brazos. La dulce niña no quería dormir, tenía los ojos azules Colin completamente abiertos, pero tampoco estaba inquieta.
—Ese era mi plan B. —Colin rio casi en mudo.
—¿Cuál era tu plan A? —se sentó lentamente en la silla mecedora blanca.
—Encargarme yo solo —sonrió, recostándose contra el cambiador de bebé, que también era blanco, estaba usando un pantalón de algodón sin camiseta porque los bebés necesitan del contacto directo con la piel de sus padres.
—Qué valiente eres, papi —sonrió.
Emma abrió su bata y rozó su pezón contra los labios de la niña, quien en seguida se lo chupó, comenzando alimentarse como en cada madrugada. Emma pudo inclinarse lo suficiente para darle un pequeño beso en la cabecita mientras la bebé chupaba con fuerza manteniendo sus frágiles párpados cerrados. El aroma a girasoles tenía su núcleo en ese pequeño cuarto de paredes amarillas y pinturas de florecitas.
Emma sonrió al sentir cómo la succionaba con vigor, apretó su pecho para darle una mano con esa leche. Colin se puso de cuclillas junto a la mecedora y con su mano secó las gotitas de sudor que nacían entre el cabello rubio de la pequeña.
Entonces, la niña sujetó el dedo índice de su mami con tanta fuerza que su mami se sorprendió.
—No sabes lo increíblemente fuerte que me está agarrando.
—Es que te ama.
—Ama mis pechos.
—Por eso se parece a mí.
Se miraron y rieron en silencio.
—Livvy extraña que mami cante.
—Le canto todos los días.
—Ayer no te escuché.
—Le canté. No estabas, seguramente.
—¡Bah! —se quejó despacio.
—Entonces, es papi el que extraña escuchar a mami.
—Papi necesita escuchar a mami —se sentó en el suelo, al lado de la mecedora, contemplando a sus dos nenas—. Te amo bien.
—Te amo bien —contestó sonriente, después miró a la niña—. Te amo bien, Livvy —susurró con una vocecita y le dio otro besito en la cabecita.
Colin se arrodilló, acercándose a ella.
—Te amamos bien, Olivia. ¿Escuchaste eso, estrellita? —dijo él imitando el mismo susurro tierno de ella mientras admiraba a su semillita—. Mami y papi te aman bien.
Despertó en ese momento.
Todo se derrumbó en ese momento.
El cimiento de su castillo tembló con la tierra y varios ladrillos se partieron cuando tocaron el suelo. Su castillo se debilitó gracias al tornado concentrado en su territorio, la compuerta cayó provocando un estruendo, dándole la bienvenida al ejército de traumas. Se destapó rápidamente, desnuda como se había acostado, tocó el lado de la cama donde se suponía que debía estar él, encontrando un espacio frío como un glaciar. Comenzó a dolerle el pecho de una manera diferente. Se puso de pie como pudo y corrió hasta la puerta del cuarto cerrado. Lo abrió. Era un baño. Un simple baño. Encendió la luz y lo inspeccionó todo con la mirada. La mampara de la ducha aún tenía gotas de agua y todo el cuarto olía a él, a la colonia que usaba a diario. El aroma a girasoles se había quedado atrapado en su sueño al igual que ella.
Rompió en llanto.
¿Qué otra cosa podía hacer?
Llorar no traería a la vida a su Livvy, pero tampoco la traería otra cosa. Se preguntó si de morir la encontraría en la fuente donde las almas se reúnen. Se preguntó si la reconocería a ella porque ella estaba segura de que reconocería esa edición limitada de ojos azules a una distancia kilométrica.
Llorando fuerte, miró sus senos y los tocó, los tenía vacíos como el hueco que se abrió en su corazón cuando se enteró que la tenía y que la perdió. Salió del baño y ubicó con su mirada la camiseta sucia de él que se encontraba tirada en un rincón de la recámara sobre el sillón blanco. La agarró y se sentó ahí, subiendo sus piernas en el asiento que le quedaba grande a su cuerpo, se hizo diminuta sobre el sillón, llorando con la camiseta en manos, la estrujó y la olió, lloró con mayor intensidad cuando el aroma le penetró la mente.
Lo necesitaba como nunca antes lo había hecho.
—Está bien —se consoló a ella misma.
Recordó lo que él le había dicho hacía unos días:
«—¿Alguna vez te has puesto a pensar en dónde estará? Porque yo sí. Me gusta pensar que está en las estrellas. Eso me consuela lo suficiente. O tal vez no está en las estrellas, sino que es una estrella.»
—Estrellita —musitó.
Miró la habitación, supurando desde su sillón. Se secó las lágrimas y se obligó a ponerse de pie de todas las formas en las que una puede hacerlo. Dejó caer la camiseta dentro de la cesta cargada de la lavandería y se dirigió a la mesita de noche donde estaba su celular.
«Estrellita, dale fuerzas a mami».
Se sentó en el borde de la cama y con su celular descubrió que eran las 10 de la mañana. Tenía mensajes de todo un poco. Los abrió uno por uno. Empezando por su wedding planner que le había mandado fotos de las invitaciones hechas.
Dave: Qué te parecen?? Novia mía.
Dave: Quieres verlas antes de que las mande?
Emma: Mándalas ya.
Dave: De acuerdo
Emma: Gracias, Dave
Por otro lado, tenía mensajes de Liz.
Liz: Hola, querida! Espero que estés bien.
Liz: Puedes pasar con Estela esta tarde?
Liz: Su hermoso traje está listo
Y también tenía un mensaje de Anna, bueno, de su asistente.
Anna diseñadora: Buen día, señorita Emma. Le escribo para recordarle que mañana tiene cita con Anna para su primera prueba de vestido, a las 2:00 p.m. Por favor, confirmar asistencia.
Escribió, con las manos temblorosas:
Emma: Hola. Ahí estaré.
Emma: Qué emoción!
Anna diseñadora: Fantástico! Nos vemos, señorita.
Emma inhaló y exhaló hasta que se formó una costra en su herida. Miró la fecha en la pantalla, donde tenía una selfi reciente con él: miércoles, 23 de septiembre. Pensó en qué estaba haciendo hacía un año, por supuesto que no recordaba qué estaba haciendo el 23 de septiembre pasado, pero recordaba, y perfectamente, que a esa altura estaba hundida en depresión; no dormía bien y todo el tiempo estaba de malhumor, además, el proceso de condena a cada uno de los que le habían hecho tanto daño había sido una situación prolongada casi imposible de soportar, sin embargo, lo había superado gracias a él. Colin había sostenido su mano en cada momento, pero casi no se besaban, sin embargo, no había sido hasta mediados de noviembre que ella comenzó a darse cuenta de que no podían tener sexo, tampoco es que lo habían intentado, ni siquiera necesitaron hablarlo, ellos sabían que no iba a pasar en mucho tiempo. Y tal vez la acumulación de todo los llevó al desplomo.
Pero ahora tenía un anillo en su mesita de noche, en su mesita de noche, estaba desnuda en la cama que compartían, y los rastros de él eran huellas profundas en su piel porque no se había bañado a propósito luego de hacer el amor. Las lágrimas bordearon sus mejillas cuando recordó como él le había cantado la noche anterior, toda Drops Of Jupiter de Train, sin saltarse ni un verso, de esa manera ella se dio cuenta de que el ser más grande del Universo dormía con ella, que la besaba haciéndole cosquillitas, que bailaba con ella en la sala y le cocinaba tarta de pollo. Ella llenaba su cuerpo con ese ser, y ese ser había plantado su semilla en ella. Notó que todos los caminos la llevaban a su pérdida, al menos ese día.
Quería esconderse de los monstruos bajo las sábanas durante el resto del día, pero necesitaba actuar como una adulta. Tenía mucho por hacer. Debía enfrentarse a la realidad o los monstruos se harían más grandes. Sollozando, se tapó con una manta y se dirigió a la cocina a beber agua. Había una nota en la puerta del refri.
Si buscas el resto de tarta, te recuerdo que ya es historia.
LA DEVORAMOS ANOCHE DESPUÉS DEL MEJOR SEXO DE MI VIDA.
Cariñosamente y siempre con respeto, tu Cole.
Nada le impidió sonreír. Recordaba perfectamente que la habían devorado. No es que el mejor sexo que había tenido él le haya borrado la memoria a ella. Bebió dos vasos de agua e hizo una marcha atrás hasta la noche anterior, deteniéndose en la parte en la que se habían acostado en la cama. Ese atento y respetuoso hombre de las notas inesperadas no se merecía más que felicidad. Lo amaba y él la amaba, y su amor del bueno les hacía bien en las partes rotas que aún tenían por crecer.
Lloró en la ducha. Su episodio de sufrimiento era una niña en un sube y baja que le permitía dejar de llorar por unos minutos, pero no tardaba en hacerle tocar suelo con los recuerdos. No podía dejar de pensar en su sueño. No entendía cómo un sueño tan hermoso la había vaciado entera antes de despertar. Se hacía la invencible frente a los demás, pero ella sabía perfectamente que, en ese momento, no era más que un saco de tristeza y mocos.
Su útero vacío le preguntaba de seguido qué había pasado y porqué no lo había detenido.
Estaba agrietada en sus partes de mujer.
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Miró la edificación donde él pasaba más tiempo que en cualquier otro lugar.
No pisaba el interior del campus desde que él había presentado su trabajo del posgrado. A medida que se acercaba, comenzó a sentirse más pequeña de lo que en realidad era y eso que había crecido entre rascacielos, pero su sentimiento de pequeñez no tenía nada que ver con el tamaño del edificio, tal vez era el enfrentarse al pasado. Gael la había acompañado la última vez, pero ahora estaba sola, sola con los recuerdos de una supuesta amistad que le partió el alma, le arrancó los sueños y lo que apenas había comenzado a crecer en su adentro.
Lo había esperado por 10 minutos junto a la Benz, en el aparcamiento, pero no llegó, así que fabricó una pócima de valentía y movió sus piernas en búsqueda de su amor, situación que la llevó hasta las escaleras de afuera de la cárcel de Colin conocida como el Departamento de ciencias. En su camino, se topó con demasiadas personas, se había puesto unas anteojeras invisibles para no mirarlas. En todo momento observó al frente, a su destino, no necesitaba ver ni una cara conocida. Estaba ahí porque necesitaba que él le pusiera las tripas en su lugar.
Subió las escaleras corriendo.
—¡Ey! —chistó un tipo.
Emma se detuvo en la cima, a pasos de las puertas. No tenía pensado ingresar al edificio ni de chiste, estaba bien respirando ahí afuera, prefería hacer el papel ridículo de la chica parada cual estatua del fundador de la universidad que meterse a esos pasillos lúgubres.
—¡Oye! —El tipo intentó llamar su atención otra vez.
Y Emma no se hubiese percatado de no haber sido por la altanera Mónica.
—¡Joder, Brice! —lo había regañado y de paso golpeado.
Estaban reunidos a un lado de las escaleras, en la baranda, esperando el almuerzo que habían ordenado de un local dentro del campus. Brice y Kurt habían visualizado a Emma desde que apareció en el horizonte, tenían buena memoria para recordarla, además, Colin tenía una selfi de los dos en la pantalla de su computadora y de su celular y de cualquier aparato que tuviera opción a cambiar el fondo de pantalla predeterminado por una selfi con tu novia.
—Eh... —Emma se ruborizó. No se suponía que los encontraría a ellos. Pero no miró a esos dos, sino que se centró en Mónica, la chica de cabello negro y de cara de enojada que no la estaba mirando a ella, es más, parecía que Mónica estaba evitando respirar mientras ella estuviera cerca—. Hola —decidió saludar con una sonrisa.
—Novia de Oschner. —Kurt se sacó su gorra de los Bulls como reverencia.
Emma juntó sus manos. Pensó que ellos parecían buenas personas, es decir, no necesitaba mirarlos feo porque parecía poco probable que se portaran mal con su amorcito.
—Me llamo Emma.
—Lo sé. Aquí se te conoce como la novia de Oschner.
—Pronto como la esposa de Oschner —dijo Brice.
Emma sonrió.
—No me molesta, en realidad.
—¡Ugh! —Mónica se quejó—. ¿A qué hora llega ese tonto? —se estaba quejando del chico repartidor. Bajó tres escalones. Tenía hambre y la novia de Oschner usaba buzos bobos.
Emma estaba usando un buzo corto rosa con el estampado de un gato adorable en el pecho. No era bobo. Colin no había pensado eso cuando se lo compró en la tienda cerca de su depa donde hacía las compras de víveres.
—Eh...—Emma miró su smartwatch. Estaba evitando tomárselo personal la actitud de Mónica, decidió pensar que la misma era así con todo el mundo—. ¿Ya salió? Colin.
—Creo que se quedó a hablar por teléfono —comentó Kurt.
—Ah, bien —sacó su celular del bolsillo trasero de su mom jean azul. Lo llamó y él le respondió al instante—. ¿Cole?
—Corazón —contestó.
—¿Dónde estás?
—Contemplándote.
Emma miró las puertas y Colin la saludó con una mano mientras se acercaba.
—Pero, amorcito —susurró para que nadie más la escuchara—, te pregunté dónde estás, no qué estás haciendo —se acercó a las puertas, y, cuando él las atravesó, se dieron un abrazo tan fuerte y dulce que ella por poco olvidó que había iniciado el día llorando de dolor.
—¿Qué haces aquí? —guardó su celular en el bolsillo de su jean, sin parar de mirarla con una sonrisa, le dio caricias en la barbilla.
—Eh...—«Soñé algo y ahora quiero pasar el resto del día en tu mochila»—. Vine a buscarte... —juntó sus manos y se puso de puntitas en sus tenis blancos— para comer, sí, además, quería sorprenderte, sorprenderte con mi presencia. Si esperabas flores lo lamento —se sonrieron, ella rio. Tenía dos polos opuestos que convivían armoniosamente en ella. A veces era buena actriz, otras veces era una chica del público que subió al escenario a improvisar.
—Tú eres mi flor —la tomó de la mano.
—Bueno. Tú eres... mi... abejita —caminó al borde de las escaleras, tirándolo de la mano. Colin sonrió. Definitivamente, ella era un arcoíris mágico en ese campus tan grisáceo.
—Oschner. —Kurt solo quería despedirse, ah, y decirle «Mira. Nos encontramos con tu linda novia». Colin los miró antes de bajar las escaleras con Emma—. Buen provecho.
Colin asintió. Nunca se decían buen provecho; claramente, Kurt quería resaltar que se habían encontrado a Emma.
—¡Al fin! —gritó Mónica cuando el repartir apareció—. No tendrás propina, amigo.
—¿Vamos a comer pizza? —Emma le preguntó a Colin mientras bajaban de la mano.
—Lo que tú quieras —contestó.
—Quiero eso.
—Entonces eso será.
—Podemos ir caminando a ese restaurante al que íbamos siempre.
—¿Estás segura? —Él no tenía problemas en comer en la pizzería en la que casi vivían cuando ella estudiaba en la universidad. Ella asintió—. Eh —se arriesgó en decirlo—, pensé que preferías saltar esa parte de nuestras vidas como saltas la intro de una serie.
—Bueno, es que me di cuenta de algo.
—¿Ah, sí? Cuéntame —puso su brazo sobre el hombro de ella, abrazándola, mientras seguían su camino.
Colin aún tenía admiradoras por el campus. Cómo no. Muchos corazones se rompieron cuando vieron que no estaba soltero. Era imposible saber de su estatus si no estaba en redes como una persona normal. Pero sus devotas se habían terminado de enterar que tenía chica.
—Que no quiero saltar esa parte de nuestras vidas, no toda. Aquí nos conocimos y pasamos hermosos recuerdos, aquí conocí a dos de mis grandes amigos.
—Estoy de acuerdo. Hermosos recuerdos —sonrió y le besó la cabeza.
—Comimos mucha pizza en ese lugar —trató de animarse. También había subido de peso demasiado rápido, pero no se acordó de esa parte.
—Toneladas —rio.
—Y comí muchas donas en la cafetería.
—Bebimos mucho té helado.
—Y estudiamos a veces.
—A veces.
Rieron.
El restaurante italiano especializado en pizzas no había cambiado desde la última vez que Emma comió en ese lugar. Los mismos cuadros con fotos de la Torre de Pisa y el Coliseo Romano; las banderitas italianas y las paredes de ladrillos; los empleados con el mismo uniforme blanco con delantal rojo. Sin embargo, Emma encontró un cambio poco significativo. En las mesas había un código QR que dirigía al menú para no tener que esperar al camarero. Y nada más. Pero ella no necesitaba mirar el menú. Sabía lo que quería porque siempre ordenaba lo mismo, una pizza personal de pepperoni con Coca light, también sabía lo que Colin quería, una pizza personal de muzzarella, solo muzzarella porque era un aburrido, y agua con gas.
—En seguida —les dijo la camarera.
—Mira. —Colin agarró la banderita italiana que estaba en la mesa—. Cuando dijiste para venir aquí, en mi mente pasó a toda velocidad la idea de que debemos armar nuestras maletas. ¿Te olvidaste de eso?
—¿Que debemos armar nuestras maletas? No. Por favor, amorcito, en mis sueños me encuentro acostada en una tumbona frente al mar, comiendo pizza y bebiendo San Pellegrino Aranciata, mientras tú bebes vino y comes embutidos.
—Embutidos —rio.
—Y quesos.
—Te amo.
Emma no lo miró, pero sintió cómo él la estaba mirando, no esperando una respuesta, solo mirándola. Entonces, Colin le puso el cabello detrás de la oreja y le dio un beso cerca del labio, en la orilla. Los ojos de ella se quebraron. No soñaba con ellos comiendo, como futuros embutidos, en Italia, soñaba con alguien comiendo de ella.
Decidió mirarlo.
—Cole.
En ese momento, él confirmó que algo estaba pasando.
—Sabía que algo te había llevado a buscarme en el campus —la abrazó, y Emma escondió su rostro contra el pecho de él, resistiéndose para no ponerse a llorar en medio del restaurante. Si había algo que no le gustaba era sacar a pasear a su llanto.
—Me siento muy triste —susurró y sintió ahogarse.
Una soga alrededor de su cuello la estaba estrangulando.
—¿Por qué se siente triste mi nena? —le dio un beso en la cabeza. De pronto, e inevitablemente, él comenzó a sentirse triste también. Sus neuronas se copiaban. No podían eludirlo. Estaban conectados por una red inalámbrica.
Emma respiró hondo contra la sudadera blanca de él, contó hasta tres, y se irguió en el asiento, arreglándose su cabello despeinado. No sabía cómo contárselo. No había palabras para expresar el dolor y la tristeza que sentía en el centro de su existencia.
—Mi nena —insistió él, más preocupado. Se acordó de que le había pedido que le cantara y lo triste que la había hecho sentir por segundos por ese capricho, pero había pensado que consiguió borrar su error cuando le cantó Drops Of Jupiter.
—Soñé algo —Podía empezar por ahí— que no puedo describir. Cole —lo miró, tenía una lágrima en el borde de su lagrimal—, creo que tuve el sueño más hermoso del mundo y cuando desperté me dejó completamente vacía. Soñé que estrellita estaba en la Tierra —Por fin pudo decir— y le di de comer, le di de comer de mí —comenzó a lagrimear en silencio, no quería que nadie más la viera o escuchara—. Tú también estabas ahí. Era hermosa.
—¿Hermosa?
¿Hermosa de niña?
—La llamamos Olivia. Le decíamos Livvy. Y sus ojos eran tan azules como los tuyos, era rubia, no tenía más de cinco meses. En mi sueño, me desperté y caminé hasta el baño que no era un baño, sino el cuarto de ella. Tú la estabas cargando porque se había despertado, luego la pusiste en mis brazos y me senté en una silla a darle de mamar y la besamos y le dijimos que la amamos bien. Yo la besé y todo se sintió real. Ella no olía a bebé, sino a flores, a girasoles, todo olía a girasoles.
»Cuando desperté en la realidad me sentí tan mal que me quise morir —sollozó despacio. Colin tomó una servilleta para limpiarle los mocos que estaban sobre sus labios— y me sentí vacía, quiero decir, no he vuelto a sentirme completa desde ese día, pero, después del sueño, mi hueco se hizo consciente de nuevo.
»Me he obligado a levantarme, sabes, pero las ganas de quedarme en la cama no me faltaron. Me puse a llorar por minutos en la ducha. Esta mañana me escribieron Dave, Liz, y la asistente de Anna, la boda me motivó a no derrumbarme en la cama. Solo quería verte y contártelo y decirte que hacemos los bebés más lindos del mundo.
—Corazón.
Colin sintió una rara mezcla de tristeza y dulzura, no, tristeza y amor, y, pensándolo bien, esa mezcla no tenía nada de rareza. En teoría, el amor no debe producir tristeza, pero ellos tenían una fórmula especial. Pensaban con amor en su estrellita, en su semillita, la pensaban con un amor demasiado grande, demasiado bueno, y siempre terminaban tristes.
Emma lo abrazó, escondiéndose otra vez.
—También he soñado con ella. Ella. Olivia —confesó él.
—Nunca lo mencionaste —lo miró, sujetándolo de la sudadera.
—Porque no quería ponerte triste. En mis sueños también es rubia, pero tiene los ojos de su mami. Mi amor —le acarició al cabello mientras ella se obligaba a calmarse—, quizás por la boda sea normal que tengas esos sueños.
—Pero ¿cuándo la soñaste tú?
—Bueno...
—¿Bueno?
—El año pasado comencé a soñarla, pero no son sueños repetidos, normalmente me pasa cuando me duermo imaginándola. O imaginándolo.
—Nunca lo mencionaste —reiteró.
—No podía hacerlo, corazón —se lamentó.
—¿Siempre se ve igual? —se sintió llena de curiosidad.
—Sí. A veces es una bebé pequeña, otras veces tiene como 3 años.
—Cole —lo tomó de la mano. Le hubiese gustado enterarse de cada uno de esos sueños exactamente en el día en que se produjeron en él, pero, al mismo tiempo, estaba agradecida porque se lo había ocultado. Ella sabía que no debió ser sencillo.
—Está bien —le apretó la mano—. Está bien que todavía duela. Sabemos que no se trata de superarlo, sino de aceptarlo. Pero —miró hacia abajo, a sus marcas de amor infinito, al anillo amarillo—, sé que es doblemente doloroso para ti. Yo también me siento vacío, pero sé que tu vacío es distinto al mío, y, cielos, no sé qué otra cosa decir. Te amo fuerte, te amo bien, te amo infinitamente, y mi amor nunca te va a dejar caer.
—Tu amor del bueno me hace bien.
—¿Sí? —le acarició la mejilla.
—Sí —asintió—. Cuando desperté, solo quería abrazarte.
—Mi nena linda —la abrazó. No había estado con ella en ese momento, en alma sí, pero ahora estaba en cuerpo y alma. Emma se aferró a él, estrujó la sudadera con sus manos, cargándose de él como batería en tomacorrientes.
—Pasa el día conmigo —pidió en el abrazo.
Colin cerró sus ojos, diciendo:
—Mi nena sabe que eso no es posible, aunque yo mismo me muera de ganas. —Con su mano, le dio caricias en la cabeza. Decidió que necesitaba animarla—. No puedo saltarme el día porque resulta que esta semana pienso alargar uno de mis almuerzos para ir a comprarme un traje de esposito.
Emma se apartó para mirarlo a la cara.
—Ya quiero verte con tu traje de esposito.
—Ya quiero verte con tu vestido de esposita.
Se sonrieron.
—El vestido de Esteli está listo, por eso me escribió Liz.
—¡Ge-nial!
—Y las invitaciones ya fueron enviadas.
—Fantástico.
—Y mañana tengo mi primera prueba de vestido.
—¿En serio? Entonces mañana debería comprarme mi traje también, ¿no?
∞
¿Saben a qué capítulo pertenece esta ilustración?
SÍ, AL CAPÍTULO 37 DE EL NOVIO DE EMMA<3<3 <3 LA BODA DE LOS TÍOS DE EMMA EN LOS HAMPTONS. Cuéntenme qué les ha parecido esta dulcísima obra de ilustración. Y... ejem, vengo a quebrarles más el corazón después de este capítulo: en esta ilustración vive nuestra estrellita.
Con respecto al capítulo, quiero que me cuenten cómo quedaron después de este triste actualización</3
Es que yo simplemente amé escribir a mis niños siendo padres, al menos dentro de la cabecita de nuestra Emmy, disfruté cada línea, y muchas de ellas son mis favoritas para toda la vida<3
¡Ya! <3 ¿Les emociona todo lo que está por venir? ¿Acaso pueden dormir?
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