32: Al estilo Oschner

Emma nunca antes había deseado que el celular de Colin nadara por el escusado hasta que sonó el despertador ese domingo en la mañana. ¡Qué manera de interrumpir su sueño! La peor parte fue la de él dando un brinco en medio del abrazo que se estaban dando. Entonces, la soltó para apagar la alarma, que se oía en cada rincón del depa, a continuación, se sentó, con su espalda recostada en la cabecera de la cama, largó un suspiro profundo, frotándose la cara con sus manos. Trató de ignorarlo y seguir durmiendo, pero no pudo, abrió sus ojos y le pasó una mano.

Colin la miró a los ojos, tomándola de la mano.

—Vuelve a dormir. Es muy temprano.

—¿Qué hora es? —Quiso saber.

—Son las 7 —tosió, tratando de aclarar su voz ronca—. Antes de dormir... —dudó—antes de dormir decidí que quiero ir a la iglesia. Bueno. Aún no estaba completamente decidido por eso no lo mencioné. —Emma se recostó sobre uno de sus codos, mirándolo con sorpresa—. Iré un rato, y después paso al yoga, entraré a la siguiente clase si no llego para el horario.

—Suena bien, bebé —sonrió, sentándose al lado de él. Lo agarró de la mano y se la besó. Le hacía feliz la decisión de él. Que intentara reconectarse con esa parte tan importante para él, y antes de su boda, solo podía significar algo bueno.

—Vuelve a dormir —insistió. Le acomodó las almohadas, golpeándolas y moviéndolas, para que ella volviera a acostarse. Y Emma se acostó, sonriéndole a los ojos, y él le dio un beso en los labios, luego se dedicó a acariciarle el cabello—. ¿Cómo van esos ovarios?

Emma rio un poco; levantó su barbilla, viendo el techo, ganándose un beso en el cuello.

—Bien —contestó, besándolo con un piquito—. Requetebién.

—Esa es mi nena —sonrió, ahora besándola él.

—Oye... —lo agarró de los brazos, sintiendo sus no grandes bíceps.

—Sí —asintió.

—¿Sí? —rio, ganándose más besos en el cuello que le hicieron cosquillas por las que acabó riendo más. Cuando se calmó después del ataque de besos, lo agarró del mentón con sus manos, y se miraron.

—La respuesta siempre será —dijo él.

—¿Estás seguro? —cerró un ojo.

—Sí —confirmó, asintiendo con su cabeza.

—Entonces... ¿Te tatúas mi cara?

—En una de mis nalgas.

Emma procuró no reír, y siguió diciendo:

—Y luego nos mudamos a Italia.

—Compraremos una pizzería.

—Adoptamos otra gata.

—Y le ponemos el nombre que tú quieras.

—¿Siempre sí?

—Mientras pueda.

—Me gusta ser la nena mimada de Cole.

—Pues a mí me gusta mimar a mi nena —le dio un beso en la boca que terminó en un fogoso roce de lenguas. La sujetó de la cabeza, acomodándose entre las piernas de ella, y frotó su erección matutina contra la braga.

Emma gimió despacio, clavándolo con sus dedos en el brazo.

—Almorzaré con mi familia —dijo, y cerró sus ojos con fuerza, oyendo los gemidos de él en su oído, mientras seguía frotándose contra ella. Emma abrió su boca cuando se despertó su centro, sintió cosquilleos en su pulpa, pero no los necesarios para llegar. Miró el techo, pensando en que no necesitaba ir a la iglesia para oír un coro celestial. Sin embargo, los gemidos y jadeos de Colin eran el calor del inframundo disfrazado de ángelus—. Colin.

Él se detuvo, escondió su rostro entre el cuello y la clavícula de su nena. No había pensado mucho cuando se metió entre las piernas de ella. Sucedió. La besó en el cuello, la besó fuerte, como si quisiera distraerla de lo que acababa de pasar.

—Cole —hundió sus dedos entre los mechones de él.

—Almorzarás con tu familia. Lo escuché —levantó su cabeza, y su cabello le cubrió los ojos, ella le apartó los mechones para destaparlo. Se miraron—. Te amo bien, Emmy.

—Debes salir, no me siento limpia, creo que uno de mis ovarios estalló mientras te frotabas. —Él sonrió por lo último, mirando hacia abajo. Ella estaba usando una de las camisetas de él como camisón—. Me encanta despertar contigo. Y definitivamente te amo más, Cole.

—Amo despertar contigo —se apartó, sentándose al lado—. Iré a la tienda después.

—Yo quiero verte después —se inclinó, recostándose sobre las piernas de él.

Colin le acarició el cabello, cerca de la oreja.

—Te prepararé una rica cena.

—Eso suena bien —sonrió, besándole la pierna una vez—. ¡Ay! Casi se me olvida. Hoy podemos llamar a Esme para decirle que queremos que sea nuestra bella testigo, pero debemos llamarla como a las 10, sé que despierta temprano para hacer ejercicio.

—De acuerdo. ¿Tienes un pedido especial de la tienda?

—No. ¡Espera! Sí. Postre. Helado.

—¿De qué sabor?

—Sorpréndeme —sonrió.

Bloqueó su Benz, y caminó de prisa a las escaleras frente a la entrada de la iglesia católica que no visitaba hacía más de un año. La última vez que había pisado ese templo fue mucho antes del verano del horror. Estaba ansioso. Llegaban otros fieles como él, aunque él no estaba seguro de si llamarse fiel era lo más correcto. Probablemente no. Miró el altar iluminado sin detenerse demasiado y se sentó alejado de los demás, hacia atrás, como una oveja descarrilada, una oveja que se sentía incómoda entre su rebaño. Juntó sus manos y entrelazó sus dedos, entonces, se acordó de silenciar su celular. Hizo todo eso mientras más fieles llegaban a la celebración del domingo. Encontró un mensaje reciente de ella.

Emmy: Te amo mucho <3

Él le mandó un emoji de corazón amarillo.

Colin: Te amo mi nena linda

Y una persona de la comunidad habló a través de unos parlantes.

Guardó su celular en su bolsillo y miró al frente.

No era una persona distraída a pesar de cargar su ansiedad sobre sus hombros cada día. Es que simplemente no podía permitirse distraerse. Su futuro siempre había dependido que qué tan enfocado estaba en las acciones que realizaba. Sin embargo, pudo haber bajado el mismísimo Jesús de aquella cruz; la estatua de María pudo haberse movido; y el Espíritu Santo pudo haber volado encima de su cabeza, y, aun así, no hubiese logrado enfocarse. Pasó toda la misa pensando en que debía contarles a sus hermanos que no se casaría religiosamente, luego pensó en su hermosa prometida y en qué podía prepararle para la cena. Pensó en que no necesitaba comprar orégano de la tienda. Pensó en muchas cosas mientras pasaba de todo fuera de su cabeza. El sacerdote hablaba, el coro cantaba, y él no estaba en ese momento. Por mucho que intentara prestar atención en seguida se perdía en su cabeza y en los cien pensamientos importantes y otros que carecían de sentido. Comulgó, eso sí. Pero cuando llegó para recibir la eucaristía se llamó pecador a sí mismo. Luego, regresó a su lugar y oró en su cabeza.

«Yo sé que no he sido el cristiano del año y que debería darme vergüenza pedirte cosas, por eso primero te agradeceré. Gracias porque la fortaleza de Emma crece cada día más, gracias por haber iluminado su camino a la felicidad, gracias por permitirme ser su prometido. Y lo que vengo a pedirte tiene todo que ver con ella. Aún no acepto lo que pasó hace un año, y es probable que nunca lo haga. Estoy enojado y a veces siento que nunca dejaré de estarlo, pero necesito que dejes de lado nuestra relación complicada, y que te enfoques en Emma. Ella se merece únicamente todo lo bueno de este mundo. Te prometo que pondré de mi parte para hacerla la mujer más feliz que ha pisado la Tierra. Si realmente me escuchas, necesito que lo pruebes y que la protejas cuando yo no puedo hacerlo o donde yo no puedo hacerlo... ¿Amén?»

Levantó su cabeza lentamente, dándose cuenta de que el sacerdote había comenzado a hablar hacía al menos un minuto atrás. Trató de escucharlo en los minutos finales. Sacudía sus piernas inconscientemente mientras se preguntaba si sus plegarias iban a quedar en buzón de espera como siempre. Sin embargo, trató de ser justo o racional. No todo era oscuridad. Tenía a Emma, y ella estaba bien, estaban comprometidos y se iban a casar en tres semanas. Había bastante de aleluya en su vida. Con Emma bastaba; con Emma tenía más felicidad de lo que alguna vez había pensado que merecía; con Emma lo que abundaba era amor.

Al terminar la misa, ocurrió lo que muchos llaman coincidencia. El sacerdote mencionó el reciente matrimonio de una pareja joven presente, hizo comentarios alegres, los demás aplaudieron celebrando la unión de un par de desconocidos. Colin aplaudió tres veces, y bajó sus manos. La respuesta era no. No iba a convertir a Emma. No había posibilidad.

Se quedó sentado hasta que la mayoría de los fieles se retiraron, luego, miró la hora en su reloj. Estaba a tiempo de llegar a otra clase. Caminó, adentrándose más al templo, por el costado de los bancos, a continuación, llamó a una puerta de madera gruesa con picaporte de hierro. Le abrió una señora.

—¿En qué te puedo ayudar, hijo?

—Eh. —La señora era bajita, así que pudo ver por encima de su cabeza.

—¡Colin! —dijo el sacerdote, quien tenía de nombre Jim. La señora bajita se hizo a un lado, y el hombre salió del cuarto—. Mira qué sorpresa más bonita. ¿Cuánto tiempo?

—Mucho —le estrechó la mano.

—¿Cómo estás? —acomodó sus gafas.

—Bien. Me comprometí con mi novia.

—No me digas que con. . .

—Emma, sí —le fue imposible no sonreír.

—¡Muchas felicidades! —le dio golpecitos en el brazo de manera fraternal.

—Gracias. De verdad.

—¿Te casarás aquí? En la iglesia.

—Eh, Emma no es católica.

El sacerdote se quedó callado un segundo, pareció detenerse a procesarlo.

A Colin se le ocurrieron muchas cosas que pudo haber pensado el hombre.

—Entiendo —dijo.

—Cuando la conocí era agnóstica.

—Ah.

—Hoy quiere una boda espiritual.

—Una boda espiritual, ¿eh? Hablan mucho sobre eso.

—Sí. No sé cómo le contaré a mi familia que no me casaré por iglesia, en especial a mis hermanos, bueno, contárselo a mi madre también será un problema. Toda mi familia se sentirá decepcionada. Saben perfectamente que Emma no es religiosa, pero mi padre se volvió católico por mi madre, sabes. Deben pensar que la historia se repetirá.

—¿Emma no quiere casarse por iglesia?

—Yo no quiero. Yo no quiero que ella cambie por mí.

—Entiendo. Entonces tu familia deberá aceptar tu decisión.

«Deberá».

Colin miró sus tenis, y dijo:

—Solo quería saludarte.

—Me ha encantado volver a verte, Colin —sonrió. Colin no supo qué decirle en ese momento; se dio cuenta de que había movido sus piernas hasta él de una manera maquinal—. Bendiciones para ti y tu futura esposa. ¡Oh! —lo apuntó—. ¿Planes de niños o todavía no?

—Planes futuros.

—Muy bien —le apretó la mano con alegría—. Que Dios los bendiga y los proteja.

Emma abrió la puerta del depa canturreando.

—¡Ya llegué! ¡Ya llegué! ¡Ya llegué!

Colin, quien estaba en la cocina, se derritió como mantequilla en sartén prendida.

—¿Quién eres? —jugueteó.

—¡Tu prometida! ¡Dah! —dejó sus sandalias en un rinconcito.

Él paró de revolver la salsa de tomate que estaba terminando de preparar en una olla. De inmediato, sintió un cosquilleo cuando ella lo abrazó por detrás, como si la misma se hubiese teletransportado desde la sala hasta la cocina a la velocidad de un chasquido de dedos.

—¿Cómo estuvo tu día, amorcito? —le besó la espalda—. Yo te extrañé mucho.

—Bien. —Aburrido. Se había dedicado a la universidad después de almorzar.

—¡Mm! Espaguetis al Cole. —Emma se paró al lado, frotando sus manos mientras miraba lo que su amorcito había cocinado esa noche.

Colin rio, terminando con la salsa. Entonces, Emma tomó la olla, que expedía mucho vapor, con intenciones de volcar los espaguetis en el colador que se hallaba en el fregadero.

—¡Eh! —Él soltó la cuchara, haciendo lo posible para devolver la olla en su lugar sin quemarse. Ella lo miró confundida, alzando sus manos en señal de paz. No quiso alterar la armonía del reino de la pasta—. ¿Se puede saber qué intentas hacer?

—Quiero ayudarte.

—Tú no ayudas. Tú miras. Hemos hablado de eso tantas veces —agarró la olla para encargarse de colar los espaguetis; cuando terminó, volteó, encontrándola con los brazos cruzados—. No me mires de esa manera —sonrió, y se acercó, la sujetó de la cintura con sus manos sin borrar su sonrisa—. De acuerdo. Puedes ayudarme.

—Somos un equipo.

—Sí —afirmó.

—Tengo que aprender a cocinar. Es cuestión de supervivencia —posó sus manos sobre las que la sujetaban. Él rio y ella puso su frente contra al pecho de él, diciendo—: Me gusta ser la nena mimada de Cole, pero déjame darte una mano de vez en cuando.

—Está bien —le acarició la parte de atrás de su cabeza, entre el cabello.

No se daba cuenta de que la bandeja de oro no necesitaba que la pulieran más. En su mente, deseaba tratarla como a una princesa, y tal vez sí era una princesa, pero una al estilo de Diana de Gales.

Emma se apartó, contenta por haberle hecho entender.

—¿En qué puedo ayudar?

—Pon los espaguetis en los platos.

—Como usted ordene, chef Colin.

—¿Chef? —rio—. ¿Entonces quién eres tú?

—Tu aprendiz y lavaplatos. Como Linguini —se puso de puntitas para sacar dos platos de la alacena. Colin se acercó para bajárselos, aunque ella pudo haberlo hecho sola, pero, ya saben, se estaba acostumbrando a dejarla ayudar.

—Sabía que dirías eso —rio.

—Pero hoy no podré lavar platos porque me pinté las uñas antes de venir —le enseñó sus uñas pintadas en azul fantasía, después se dispuso a hacer su tarea.

—Me encantan —se dirigió al refri para agarrar dos latas de soda de naranja—. Podemos dejar los cubiertos en el fregadero. Mañana viene el de la limpieza.

Emma sirvió los platos y en seguida se sentaron en el comedor.

—Esto está deli deli —dijo ella.

—Gracias. No sabía qué cocinar —enrolló su tenedor en los espaguetis.

—Espaguetis siempre es un para mí.

—Lo sé —sonrió, tomándola de la barbilla con dulzura.

—Ehm, me llamó nuestro atento wedding planner —comentó, y ambos se sonrieron. Emma miró su plato, continuando—: Quiere que mañana me reúna con él por asuntos de la comida, bebidas, pastel, todo eso.

—Mi amor —sacudió su cabeza—, yo. . .

—Tranquilo. Te mantendré al tanto. Sé lo mucho que te gustaría acompañarme.

—Sí —suspiró, medio estresado por no poder acompañarla, medio tranquilo porque ella era la más comprensiva—. Me pasaré el día pensado en ti.

Emma se inclinó y le dio un besito en los labios.

—Serviremos pasta —dijo más animosa.

—Yo quería pizza —bromeó.

—¡Podemos servir pizcitas entre esas cosas que llaman canapés! —lo sujetó de una mano con fuerza porque su mente explotó por tan buena idea.

—Me gusta —rio y sonrió.

—¿De verdad? —arrugó su nariz—. Tendrán que ser de pepperoni.

—Me encanta —la tomó de la mano y se la besó. Le encantaba que ella pusiera toda su esencia mágica en la boda—. La boda será al estilo Emma Miller. Me encanta.

—No. Al estilo Oschner. Colin Oschner. Emma Oschner —sonrió.

Colin rio, limpiándole los labios con una servilleta.

—¿Emma Oschner? Pensé que seguirías los pasos de tu mamá.

—O de la tuya —sonrió, tomándolo de la mano. No quería que él se olvidara de su mamá. Dios. Sabía cuánto le lastimaba que Theresa no estuviera más presente que eso en su vida. Sabía cuánto podía echarla de menos.

—Claro —se acordó.

—La respuesta es no. No seguiré sus pasos.

—Entonces seremos los Oschner.

—Reivindicaremos el apellido Oschner —sonrió alegremente, después se dio cuenta de lo que acababa de decir sin el más mínimo tacto. Se ruborizó—. En mi cabeza sonó mejor.

—Está bien —le restó importancia porque hasta él pensaba lo mismo—. Dependerá de nosotros reivindicar el apellido Oschner. No pensemos en mis hermanos todavía. Quién sabe si algún día, cuando crezcan, se hartan y se cambian oficialmente de apellido a McClain. Mi papá se moriría. En sus fantasías, Thomas es abogado.

—Ojalá fantaseara con que una de tus hermanas lo es.

—Le tiene esperanza a Cate.

—Pero Cate es como tú —sonrió—. Nacieron con un papelito bajo el bracito que decía medicina. En mis sueños, Cate es directora de la OMS. No es por presionarla, es solo que espero todo lo grandioso de ella. Hasta me la imagino como presidenta. Tiene un perfil de... líder.

Colin sonrió, y dijo:

—Lo sé —y en seguida se puso serio—. Espero que mi papá no la presione a hacer algo que no quiere, a ninguno de mis hermanos, pero pedírselo sería demasiado.

—Está bien —quiso calmarlo—. Tu mamá los apoyará de la misma manera que a ti.

Colin asintió con su cabeza.

«Eso espero».

Siguieron comiendo tranquilamente, hablando sobre la comida, la bebida y el pastel de la boda, llegando a un acuerdo sobre lo que más o menos querían, pues a Emma le iba a tocar hacer una degustación con Bianca. Lamentaba que Colin no pudiese acompañarla, le hubiese encantado que él degustara los vinos, pero iban a tener que confiar en el paladar de Bianca, menos mal que ella era una fanática del buen vino.

Los dos se encargaron a levantar los platos sucios y los dejaron en el fregadero.

—Necesitamos un depa con lavaplatos —pensó él, abriendo el refri para guardar lo poco que había sobrado de la cena. Ella se limitó a escucharlo. Colin cerró la puerta del refri y la miró—. ¿Postre? Eh, hablo del helado...—sus ojos se entrecerraron en medio de su risita.

Emma se acercó a él.

—Postre siempre es un para mí —cerró su puño y con él le dio un golpecito cómplice en el pecho.

Colin soltó un «Ja, ja, ja» al techo que a Emma le dio mucha risa. Seguidamente, él la atrapó, inmovilizándola, dándole besos en la cara y en el cuello mientras ella seguía riendo.

—Ya, ya, ya —luchó contra él juguetonamente, y él se dejó vencer, porque no había forma de que ella le ganara de manera justa. La diferencia entre ambos era abismal—. ¿De qué es el helado? Ibas a sorprenderme. ¿Recuerdas? —lo miró a la cara, él seguía rodeándola en un abrazo, pero la soltó en ese momento.

—Sí, y espero sorprenderte realmente —sacó del congelador una caja que contenía tres helados en barras de Häagen-Dazs de vainilla y almendras—. Lanzaremos una moneda al aire para ver quién se queda con la tercera barra —bromeó, porque la verdad es que no podría comer dos barras.

—¡Hace tiempo que no como helado en barras! —dio un brinquito. Sí la sorprendió. Normalmente comían helado en botes—. Amorcito —colocó sus manos en su cadera, hablando seriamente—, no puedes comer dos barras. No puedes enfermarte si mañana tienes cosas que hacer. No te preocupes. Yo la comeré por ti —le robó la caja, y se fue corriendo a la sala.

Colin rio, cerrando el congelador.

—Gracias por cuidarme.

—¡De nada! Son los sacrificios que debe hacer una enamorada.

Él caminó hasta la sala, donde ella estaba sentada en el sofá abriendo la caja.

—No sabía de qué sabor traerte —se sentó al lado de Emma.

—Vainilla y almendras siempre es un para mí —agarró una barra y la mordió con el costado de su dentadura.

Colin sacó otra barra para él, y dijo:

—Aaj. ¿Me traes mi laptop? Llamaremos a Esme, ¿cierto?

—¡Sí, sí! Debemos llamarla...—miró su smartwatch— como en una hora.

—¿Me traes mi laptop? —repitió—. Está en la cómoda de la recámara.

—¿Puedo traerla después? —hizo una mueca en la que expresaba lo holgazana que estaba en ese preciso momento. Colin rio, negando con su cabeza. Ella se quejó exageradamente—. ¡Las cosas que hago por amor! —se levantó con su barra de helado y caminó al cuarto.

—¡Está en la cómoda! —reiteró.

Emma volteó a verlo desde el final del pasillo, ambos se miraron, él estaba sonriéndole, y ella, con una cara seria, empujó la puerta con su cadera en forma de berrinche. La luz estaba apagada, estuvo a punto de encenderla cuando se dio cuenta del brillo que se concentraba en un extremo de la cómoda. Era una lámpara de lava. Una lámpara de lava azul. Un poco más y se le caía la barra de helado de la mano. «Cole...». Encendió la luz y se acercó a la cómoda. Junto a la lámpara estaba la laptop cerrada, tenía una nota escrita en post-it amarillo.

«No te preocupes que la próxima yo voy por mi laptop».

Rio, sacando el post-it, había otro en la lámpara.

«Extraño Neptuno».

Tardó un instante más en darse cuenta de que la lámpara tenía forma de nave espacial.

—Cole —regresó a la sala abrazando la laptop.

—¿Te gusta nuestra lámpara de lava? Es azul. —Colin estaba comiendo su barra. Le tomó desprevenido que ella se arrodillara en el sofá, besándolo en la boca, cuando él no había terminado de tragar su barra. Tragó. La sujetó del cuello con una mano, deleitándose, tocando la lengua de ella con la suya en la más fina degustación de sabores.

Entre besos y caricias, la barra de Emma se derritió y goteó sobre la camiseta blanca de él. El helado derretido recorrió la mano de ella. Ladeó su cabeza y chupó la barra en un intento por detener el chorreo. Iba a ponerse de pie para limpiarse en el fregadero, pero, entonces, Colin la sujetó de la muñeca y pasó su lengua por la vainilla y el toque de almendras.

—No recuerdo haberme lavado las manos hoy —dijo ella, viendo cómo él le daba lametazos. Colin rio con la lengua afuera, cerró su boca, y se miraron a los ojos, hipnotizados, al mismo tiempo que el helado no paraba de derretirse en sus manos—. Lamento lo de tu ropa.

Él miró su camisera manchada, y dijo:

—Está bien. —Rápidamente, pasó su barra por la barbilla de ella para ensuciarla.

—Ya —rio, limpiándose con su mano—. Por eso comemos helado en botes.

—Chicos —dijo Esmeralda, colocando una mano sobre su pecho lleno de emoción por ese par, por su mejor amiga, por la boda de su mejor amiga. No hacía más de cinco minutos que había aceptado la videollamada de Emma—, déjenme despertar a Sid.

—Es que te llamamos a ti. —Emma sonrió, sujetando la mano de Colin. Estaban sentados en el sofá, la laptop estaba encima de la mesita. Esmeralda rio pensando que se trataba de una broma contra Sid—. Queremos preguntarte algo.

—Hermosa. —Sídney habló desde la puerta de la recámara de Esmeralda.

Bueno. Intentaron hablar con ella en privado.

—Tengo a los novios al otro lado. —Esmeralda sonrió, apuntando su computadora, mientras veía a Sid con unos ojos brillantes.

—¿Emma y Colin? —Sídney tomó la portátil de Esmeralda entre sus manos y gritó como si no tuviera vecinos y como si no fuesen las 6 A.M. en Oxford—: ¡Que vivan los novios!

Emma rio, apretando más la mano de su amorcito.

Colin sonrió, pero por la risa de su nena.

—¡Gra-cias! —exclamó Emma—. Están cordialmente invitados a nuestra pequeña boda. Imagino que no me fallarán. —Era la primera vez que hablaba con Sid, con Esme ya había cuchicheado con respecto a todo—. ¡Tienen que venir o no tendremos testigo!

—¿Me estás pidiendo que sea el testigo? —Sídney llevó una mano a su pecho.

—Incómodo —dijo Colin, mirando a otro lado.

—¡Queremos que Esme sea nuestra testigo! —Emma trató de mantener su sonrisa. Pobre Sid, pero nadie le había mandado a meterse—. Esme..., ¿serás nuestra linda testigo?

—¡¿Hablas en serio?! —Esmeralda le sacó la computadora a su novio. Sus ojos resplandecieron hasta el llanto.

—¿Hablas en serio? —preguntó Sídney. Está bien. La próxima dejaría que hablaran antes de ilusionarse. Acogió el abrazo de Esmeralda, quien seguía llorando y con más intensidad—. Acaban de hacerla la chica más feliz del mundo.

—¿Que no haces bien tu trabajo? —Colin tenía ese problema y es que a veces era un poco difícil notar cuando estaba bromeando. Emma tuvo que reírse. «Cole, no seas payaso», dijo, para que su primo entendiera que no iba en serio.

—Claro que sí. —Sid infló su pecho—. ¿Y tú?

—Te doy una pista —agarró la mano de Emma, enseñando el anillo a la cámara.

—¡Es hermoso! —dijo Esmeralda.

—Entonces, Esme...—habló Colin—, ¿sí serás testigo o tendremos que pedírselo a Sid?

—¿Soy la segunda opción? —Sid soltó un Ja—. Me aseguraré de que alguien no llegue al aeropuerto.

—¡Por supuesto que sí seré la testigo! —Esmeralda terminó de secarse las lágrimas, y empujó a su novio por aquella broma tonta—. Dios mío, chicos, no puedo creer que estén pidiéndome esto. ¡Sí me hicieron la chica más feliz del mundo! Alguien tiene que esforzarse más.

—Vaya —dijo Colin.

—Mejor me voy a dormir. —Sid se fue. En realidad, ya debía comenzar su día.

—¡Esme! —Emma omitió cualquier comentario extra a la boda—, no imagino a otra persona que no seas tú. Eres mi mejor amiga... —Colin pensó que su nena ya iba a ponerse emocional: «Joder. Cómo te amo, Emma Miller»—, más que eso, eres la hermana que siempre quise tener. Ahora quiero que formes parte de esto, del día más feliz de mi vida.

—Del día más feliz de nuestra vida —le corrigió Colin.

—Emmy —Esmeralda suspiró encantada—, tú eres mi hermana mayor. Me siento honrada porque me elegiste a mí teniendo tantas personas que quisieran ser tu testigo.

—Empezando por Sid —habló Colin. Sabía que estaba siendo secundario en ese encuentro de mejores amigas.

—¡Pero nosotros te queremos a ti! —continuó Emma.

—Gracias... ¡A los dos! —dijo Esmeralda, mirando la imagen de Colin también.

—Gracias a ti —contestó Colin—. Por todo.

Por demasiado.

Por ser la primera mejor amiga de su nena.

Por preocuparse tanto, por cuidarla, por nunca abandonarla.


HOLA, HOLA, HOLA<3

Espero que les haya gustado el especial de semana santa. Es broma. No es un especial de semana santa, es que les cuento que andaba bromeando en Instagram con que la semana es santa, pero nosotrxs no, luego, me puse a editar este capítulo y mi cerebro explotó al darme cuenta de que, casualmente, en semana santa he publicado el capítulo donde Colin va a la iglesia después de más de 1 año. Por supuesto que no lo planeé. AMAMOS LA PRECISIÓN DEL UNIVERSO. Además, ¿les digo o no? Bueno. Sí. Este capítulo tiene un egg easter (huevo de pascua. vaya con las precisiones), o sea, un mensaje oculto muy especial!!! Obviamente, no les diré nada, algún día se darán cuenta y dirán: AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH! ERA ESO, y yo me reiré en modo: jijiji. 

En fin, ¿QUÉ LES HA PARECIDO EL CAPÍTULO? 

BUENO, PERO COLE COMPRÓ LA LÁMPARA DE LAVA QUE SE MENCIONÓ EN EL CAPÍTULO  22!<3 (qué hermoso número. universo, por favor). De nave espacial y azul porque no podía ser distinta. Ahora necesito una lámpara de lava como esa en mi recámara, hablo en serio.

Ugh, pero los futuros espositos planeando su boda es todo lo que mi corazón siempre había necesitado para seguir latiendo. AH, AH, AH, Y MI REINA ESME NO PUDO QUEDARSE ATRÁS.

Cuéntame cuál es tu parte favorita del capítulo<3

Nos leemos en el capítulo 33 ;) ;) 

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