17: Niña y niño
Empujó el carrito lentamente junto a las neveras de lácteos. Frenó y agarró una botella de leche, la colocó en el carrito exactamente cuando su celular comenzó a sonar en el bolsillo de su short Nike blanco.
—Perro —dijo, empujando el carrito al caminar.
—¿Dónde estás? —preguntó Eugene.
—Haciendo compras. Emma va mucho a mi departamento últimamente.
—¿Y se come toda tu comida? —rio.
—No, solo que ahora debo comprar para dos.
—Dile que se mude contigo.
Colin se quedó callado, mientras se metía al pasillo de Chocolate y mermeladas.
—¿Fuiste a una aventura extrema? —preguntó.
—Sí, con los muchachos —sus otros amigos de la universidad—. Pensé en ti.
—Qué dulce —tomó un frasco de mermelada de fresas y la miró.
—Lo sé. Me dije «A Cole le vendría bien un poco de adrenalina». De verdad. La naturaleza, el senderismo, la escalada, el paracaidismo. Sentir que vas a morir te hace sentir vivo.
—No hiciste ninguna de esas cosas, ¿cierto? —rio.
—Puro show para Instagram, perro, pero sí hice senderismo. Pagué todos mis pecados con eso.
—Vaya. Regresaste como un hombre nuevo.
—Exacto. Ahora estoy en Los Ángeles, pero mañana regreso a San Francisco, aunque volveré el próximo fin de semana para el cumpleaños de Emma que es en 8 días y no tengo la menor idea de qué regalarle, así que sé bueno conmigo y dame una descripción detallada del regalo perfecto y cuánto tengo que viajar para encontrarlo.
—Te lo daría si lo supiera.
—¿En serio? ¿No sabes cuál es el regalo perfecto para Emma?
—Es que no es materialista. Le gusta recibir regalos como a todo el mundo, pero cuando le dice a alguien que con su presencia basta es porque con su presencia basta, pero, si no quieres llegar con las manos vacías, con un cuaderno de dibujo que le regales ya la harás la persona más feliz del mundo. En serio.
—Gracias por la sugerencia. ¿Tú ya sabes que regalarle?
—Sí. Algo más que mi presencia.
—Muy bien. Entonces, hablamos luego.
—Sí. Tengo que terminar aquí —bajó la mermelada de fresas en el carrito, y guardó su celular en su bolsillo, luego, buscó la Nutella y el sirope para wafles el cual tenía poco sentido en su refri porque no desayunaba en su departamento, pero por supuesto que no estaba pensando en él.
—Mierda. ¡Disculpa! —le dijo una chica de cabello corto cuando chocó el frente de su carrito con el de él.
—No es nada —respondió sin mirarla. Estaba ocupado decidiéndose entre dos marcas de sirope de choco.
—Lo sé... Es una decisión importante —le bromeó la chica, señalando los siropes.
Colin enarcó una ceja lentamente, y la miró, la chica le estaba sonriendo, no, le estaba coqueteando, y él le estaba comprando sirope a su nena. Colocó una de las botellas en su carrito y devolvió la otra en la estantería. La chica se balanceó hacia delante, lo cierto es que sintió ese encuentro como un abrazo de Dios, cruzó miradas con su amiga, quien se encontraba al otro lado del pasillo de Chocolates y mermeladas, y lanzó su red.
—Te conozco —le dijo.
Él quiso arrancarse las pestañas porque había hecho mucho para que la gente se olvidara de su cara como el hijo de Theresa McClain. Había borrado su Instagram público, y había desaparecido de la ciudad de Nueva York, usaba el apellido Oschner para todo, y su madre ya no publicaba fotos con él a pedido suyo. Tal vez necesitaba más de un año para que la gente se olvidara de su cara o tal vez necesitaba fingir su muerte y mudarse a Dinamarca.
—De la universidad —añadió ella.
Tal vez no necesitaba fingir su muerte después de todo.
—Ah, sí, ahí vivo —respondió.
Practicar la cordialidad en todo momento era una de sus tareas diarias desde hacía meses. La reacción de la chica a esa broma amable fue el recordatorio de porqué le gustaba mantener distancia y tener una cara de mierda. La chica soltó una carcajada como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo, después, se acercó, le atrapó el brazo de forma coqueta para seguir hablando, entonces, él apartó su brazo, con el ceño fruncido. Ella lo miró como si el que acababa de cometer el delito era él por apartarse, y no ella por tocarlo. No notó su manera de reaccionar hasta un par de segundos después, se sintió agitado, miró los ojos negros de la chica, y la esquivó con su carrito, yéndose al pasillo de al lado. Se suponía que estaba sanando, se suponía que llevaba 12 meses trabajando en ello, se suponía que se encontraba estable, pero el contacto con esa extraña, que definitivamente había sido con esas intenciones, se sintió como si le hubiesen volcado un balde de arena en la boca. Una persona le apretó el brazo coquetamente y él se apartó. Como debía ser, ¿cierto? Pero si estaba bien defender su burbuja, ¿por qué se sentía tan mal consigo mismo? A continuación, todo se puso más turbio al oír el comentario de la chica con su amiga,
—No me imagine que fuera un loco.
—Ya no te dejes llevar por las apariencias, Mía.
Recostó sus brazos en el asa del carrito y tomó aire. Una anciana lo miró fijamente y fue gracias a eso que se percató de que su celular estaba insistiendo en su bolsillo.
Se tomó de la frente, cerrando sus ojos, y colocó el celular en su oreja.
—Hola.
—Cole.
Era su nena.
—Hola —repitió, mirando el carrito—. Estoy comprando sirope.
Emma sonrió, diciendo:
—Me encanta el sirope.
—Eh, quiero verte.
—¡Te llamaba para eso! ¡Yo quiero verte! —Emma habló tan llena de viveza que para él se sintió como un abrazo. Sonrió, mirando hacia abajo, podían llamarlo loco, pero ella lo amaba con toda y su locura—. ¿Qué hacemos este domingo? Podemos, no sé, ir al cine. Podemos probar todo el menú de postres de un restaurante. Podemos recorrer galerías de arte en Santa Mónica. Podemos adoptar una gata y ponerle el nombre de un color.
—Podemos... ir a escalar.
—¿Escalar? ¿Un muro? —rio—. Nunca he escalado muros. Creo que no sé hacerlo.
—Vaya. Entonces sí hay algo en lo que no seas buena —sonrió mucho.
—Tú tampoco sabes escalar, Oschner...
—Lo he hecho una vez. Hace años. No me divertí.
—¿Entonces por qué lo quieres repetir? —rio.
—Porque todo tiene un sabor distinto contigo.
—De acuerdo. Vayamos a escalar un muro. Me gusta. Un domingo de aventuras.
—Te paso a buscar en la tarde. Te llamo después.
—Está bien. Pero Cole...
—¿Sí? —frotó su barba, esperando en suspenso.
—No te olvides de comprar espárragos y zanahorias.
Colin sonrió, se rio mucho.
—No te preocupes. Estoy comprando unas bolsas de más para ti.
—Qué considerado eres, amorcito.
Cuando colgaron, siguió caminando por el gran almacén. No es que ella fuera medicina, ninguna persona lo es, pero sí que le producía bienestar en momentos donde algo iba mal. Ella era el recordatorio de porqué estaba bien estar mal. Ella era su rayo de luz cuando se encerraba a sí mismo en una habitación oscura. Si ella estaba bien, él también podía estar bien. Habían pasado por vivencias distintas, pero ambos tenían en común que habían sobrevivido. Ella era más fuerte que él, él lo afirmaba, ese era el don de ella, por eso, y mucho más, eran uno, se equilibraban. Con su don resiliente ella le enseñaba diariamente que está bien caerse, rasparse y sangrar, porque, al final, todas las heridas sanan, y tú eliges cómo contarle al mundo la historia detrás de la cicatriz. Es válido tener una burbuja personal sensible a lo extraño si en el pasado han abusado tantas veces de ella.
No era su culpa reaccionar distinto.
Frenó y retrocedió, metiéndose a un pasillo del almacén.
Miró y miró los estantes, y colocó un nuevo juego de sábanas en su carrito.
—¡Hagas lo que hagas no mires abajo! —gritó Emma.
—¿Me lo estás diciendo a mí o...? —Colin rio, sujetándose de una presa lila con su mano derecha para seguir avanzando hacia arriba en el muro grisáceo. Ambos estaban casi uno al lado del otro. Ella se encontraba unas presas más arriba porque estaba comprobado, desde el Twister, que era mucho más ágil que su amorcito.
—Ja. ¿Crees que tengo plumas? —giró el cuello para verlo.
—Plumas de gallina no. Plumas de ángel sí —hizo máximo esfuerzo para alcanzarla, y le dio una nalgadita de ánimos que dejó sus huellas dactilares en los leggins negros gracias al polvo de escalada blanco—. Oh, lo siento...
—Ahora usaré mis leggins para desbloquear tus secretos.
—Lo siento. Uso reconocimiento facial.
—De todas formas, conozco cada uno de tus secretos —le guiñó un ojo, y continuó avanzando arriba.
Colin sonrió, y la siguió.
Cuando se iban a marchar, durante la puesta de sol, camino a la camioneta blanca, Emma descubrió su paraíso. Había un parque de trampolines y cubos de espuma al lado del rocódromo. ¿Cómo no lo había notado antes? Colin desbloqueó las puertas de la Benz, y alzó su mirada hasta su nena, Emma esbozó una media sonrisita con la que esperaba comprarlo, y lo consiguió. Se tomaron de las manos, y caminaron a la enorme instalación de al lado.
Subieron por unos escalones cuadrados y acolchonados hasta la cima, seguidamente, ella trepó por una fina red vertical para llegar al otro lado sin caer sobre la piscina de espuma.
Pero lo cierto es que ella sí quería caer en esa piscina.
—¡Cole, hazlo! —pidió cuando llegó al otro lado.
Había pagado sus mayores pecados en el rocódromo.
Esa red se llevó el último, y ahora era un hombre nuevo como Eugene.
Se acostó en el suelo cuando llegó al otro lado, y suspiró.
—¡Ahora las camas elásticas! —exclamó Emma, abandonándolo en el suelo para bajar las escaleras.
—¿Emmy? —levantó su cabeza, pero ella ya no estaba a su lado.
Cómo no. Colin abrazó a Emma por detrás mientras ella miraba cómo las personas saltaban.
Niños, adolescentes, adultos con espaldas sólidas, de todo un poco.
—Subamos. —Colin la estiró de la mano.
—¿En serio? —sonrió.
—Sí —respondió.
Subieron a dos camas rectangulares. Una al lado de otra.
—¡Pero tienes que saltar! —Ella ya lo estaba haciendo, pero él se estaba resistiendo como si se encontrara bloqueado contra la diversión que implicara dejarse llevar como un niño. Emma saltó lo más alto que pudo, y luego se dejó caer, revotando alto mientras reía demasiado—. ¡Esto es lo más genial! Me siento en las benditas nubes.
—Puedo ver a tu niña interior —sonrió.
Emma se puso de pie, diciendo:
—Mi niña interior quiere que tu niño interior salga a jugar con ella.
—Mi niño interior está castigado desde que nació.
—¡Oh no! —trató de ignorar todo el mal que escondía esa broma, y saltó hasta la cama de él para empujarlo. Colin cayó de espaldas en el trampolín, y Emma siguió saltando con fuerza para hacerlo revotar hasta que por fin escuchó una risa de parte de él porque no era capaz de levantarse por los revotes.
—Siento que tu niña le mordería el brazo a mi niño —rio.
Emma soltó una carcajada, y se dejó caer sobre el cuerpo de él.
—Creo que tu niño le robaría un beso a mi niña, entonces, ella lo mordería.
—Porque los varones dan asco y huelen feo.
—¡Exactamente! —rio.
Se levantaron y saltaron juntos en la misma cama. Había algo de verdad en toda esa broma tonta, y es que sus niños interiores se sentían cómodos y felices uno con el otro. La de ella había encontrado un mejor amigo, y el de él había encontrado un escape en esa hermosa amistad. Ya saben lo que dicen. Diviértete como un niño.
—¡Tú no puedes hacer esto! —dijo Emma, segundos antes de hacer una voltereta lateral en la cama.
—¿Me crees tan poco ágil? —colocó sus manos en sus caderas.
—En realidad, me sorprendiste en el rocódromo. Eso fue tan sexi, Oschner.
—Sabía que me estabas mirando.
—Y desde cada ángulo.
Se miraron a los ojos, y sonrieron un poco.
—De acuerdo. Te enseñaré cómo se hace —habló él.
—¿Me enseñarás? —llevó una mano a su pecho.
—Exacto —afirmó, haciendo una especie de voltereta lateral.
—¡Sí! —Ella lo celebró, lanzándose sobre el cuerpo de él.
Colin exageró un quejido por la caía de ella sobre su cuerpo. Sin embargo, soltó una carcajada inmediata porque su nena lo hacía feliz. Su amor del bueno lo hacía feliz, su amor del bueno rejuvenecía su alma y le daba un cálido abrazo a su niño interior porque tenía una mejor amiga con quien pasar el resto de su vida jugando.
Se dieron un par de besos en los labios, y volvieron a ponerse de pie juntos.
Fueron a comer salchichas al aire libre, se sentaron en una mesa de picnic del restaurante con ruedas que se ubicaba en el césped de un parque en West Hollywood. Ella tenía puesta una sudadera blanca de él, sentada en la tabla, con las piernas abiertas, mirando hacia él, comiendo, escuchando viejas historias que a veces él recordaba de aquella parte de su infancia donde había colores. Resulta que su abuela Beatrice una vez lo había llevado a un parque donde también había 6 camas elásticas como aquellas en las que habían saltado esa noche, y no lo había recordado precisamente hasta esa noche, recordaba su edad, tenía 8 años.
—En mi cumpleaños número 8 mi papá me llevó a Disney World en Orlando —dijo ella—. Fuimos toda la familia. Es uno de los momentos más lindos que conserva mi memoria. No tenía un diente de adelante... O varios.
—Necesito esas fotos en mi vida —la tomó de la mano, soltando un «¡Aah!» por lo adorable que se veía en su cabeza. Emma le prometió que las buscaría—. No recuerdo mi primera vez en Disney porque era muy niño, pero nunca se trató de mí. Era el tiempo en que mi papá quería demostrarle a mi mamá que era el mejor padre.
Emma lo tomó de las manos y se las besó.
—Me divertí mucho contigo esta tarde-noche.
No quería que él se autosaboteara recordando al donador de esperma.
—Yo también. Contigo —respondió. No pensó más en el donador de esperma, más bien, se acordó de los segundos antes de que ella lo llamara cuando él estaba en el supermercado. La soltó de las manos y bebió su lata de gaseosa—. Hoy en la tienda se acercó una chica. Intentó flirtear conmigo. Me agarró del brazo así —la tomó del brazo— y me aparté así —le enseñó de qué manera se había apartado—. Me marché rápidamente, pero no fui del todo consciente hasta que sentí un dolor en mi pecho, y después escuché cómo se refirió a mí como un loco.
—Cole —Emma se acercó hasta que sus rodillas chocaron—, ¿por qué no me lo contaste antes, mi amor?
—Ni siquiera iba a contártelo. ¿Crees que estoy loco? —frunció su ceño, mirando hacia abajo.
—¿Cómo te atreves a preguntarme eso? Por supuesto que no. Las personas deberían aprender a respetar el espacio de los demás. Tú no tienes la culpa de reaccionar así, además, no reaccionaste mal, la apartaste pidiendo tu espacio a quien es una completa extraña. Tal vez heriste su ego, así que tuvo que llamarte de esa manera para consolarse. Tal vez no está acostumbrada a que la rechacen. Imagino un montón de tal vez, y en ninguno tú tienes la culpa, mi amor. Hasta me siento mal por ella, es que no vio que ya estás comprometido —alzó su muñeca derecha, subiendo la manga de la sudadera.
Colin esbozó una media sonrisa, levantando su muñeca derecha también.
—No dejo de pensar en que solo debía ignorarla.
—No, no. Deja de torturarte —le besó las manos—. ¿Sabes qué? Yo reaccionaría exactamente igual que tú si un extraño me agarra del brazo en el supermercado. Lo apartaría, maldita sea, quién se cree que es para tocarme. No exageres tu reacción ni minimices tus emociones. Está bien defenderte.
—Es que me tomó desprevenido.
—Lo sé, lo sé, lo sé. Eres la persona más linda del mundo, y lo que menos quieres hacer es clavarle el ego a los demás cuando estás comprando sirope para tu nena, pero te asustó, ella te asustó. No es tu culpa, mi amor —se levantó, colocando una rodilla sobre la tabla, y se acercó por completo para protegerlo entre sus brazos, mientras en la cabeza de él se repitió la frase «Ella te asustó». No, Kayce Hard lo había asustado, y Mikayla también—. Colin.
—¿Sí? —preguntó, abrazándola fuerte.
—Yo te cuido —le dio un beso en la mejilla.
La había dejado en casa, y condujo a su departamento.
En el pequeño vestíbulo del condominio se encontró con nada menos que...
—¿Al? —frunció su ceño.
—¡Cole! —se levantó del sofá, soltando una revista de modas.
—¿Qué pasa? —se intrigó de alguna manera porque verlo por ahí no pasaba con frecuencia.
—¿Qué pasa? Pues vine a visitarte —le estrechó la mano, y después le dio un breve abrazo.
—Eh —tardó un segundo en reaccionar. No creía que esa fuera una visita nada más—, sígueme. Acabo de dejar a Emma en Beverly Hills. Salimos toda la tarde. Me hubieses llamado. Pude haberte dejado esperando toda la noche —subieron al elevador.
—Pues, sí te mandé un mensaje.
—¿Qué?
—Sí, lo hice.
Colin sacó su celular de su bolsillo.
Sí lo había hecho.
—Lo siento. No lo vi.
—No te preocupes. Llegué hace 10 minutos. ¿Cómo está Emma?
—Bien. Emocionada por su cumpleaños.
—De eso quería hablarte también. —¿También? —. Tienes que decirme qué regalarle.
—No necesitas regalarle nada.
—Pero lo haré. Le regalaré algo. Es Emma.
—Entonces, regálale arte.
—¿Me ves con cara de cargar 10.000 dólares?
—No me refiero a esa clase de arte, sino a música, libros, imitaciones de pinturas de 10.000 dólares.
—Anotado —tocó su frente como si hubiese presionado el botón de Guardar de su cerebro. La compuerta se abrió en el piso 3, y dejó que Colin saliera primero, lo siguió—. El año pasado le regalé un vestido con Eugene.
—Lo recuerdo —buscó la llave del departamento, en su bolsillo, mientras se acercaban a la puerta.
—¿Qué sabes de él? —Por fin preguntó.
Entraron al departamento que se había quedado con el desastre de la noche de sábado. Colin había tocado los papeles tiempo antes de buscar a Emma para ir al rocódromo, pero su desastre seguía intacto, no lo recogió porque se suponía que se incorporaría al trabajo esa noche, pero Alan estaba ahí, y para hablar sobre...
—¿Eugene? Hablamos esta mañana. Fue a hacer senderismo con sus amigos.
—No le hablo desde el lunes. No nos hablamos desde el lunes.
—Al, personalmente, creo es una estupidez lo que está pasando. Siempre pelean, pero nunca pasan ni una semana sin hablarse. Y es probable que Eugene no lo haya hecho porque estaba de viaje. Tal vez tú lo malinterpretaste. No te dejó de hablar por lo del lunes. Ni siquiera me ha hablado a mí. Dijo que estaba pagando sus pecados en el sendero del infierno. No alarguen esto innecesariamente. El próximo lunes es el cumpleaños de Emma, más vale que estén en paz para eso, aunque extenderlo una semana más ya sería demasiado.
—Es que no lo entiendes, Cole —se sacó los tenis junto a la puerta cerrada.
—¿Qué no entiendo? —se sentó en el reposabrazos del sofá.
—Siento que finalmente la gente se está hartando de mí —soltó.
—Al, tú nunca me caíste tan bien como ahora.
—Ehm.
—No quise decirlo así —se tomó de su frente, suspirando.
—Oh no —avanzó despacio, adentrándose en la sala con sus calcetines de Hey Arnold—. Está bien. Tú debiste haberte alejado de mí apenas me conociste. He sido una persona intolerable por demasiado tiempo, y siempre me he excusado con mis traumas, pero, mírate a ti, también tienes tus traumas y no eres un maldito idiota.
—No te compares, Al.
—No me comparo, solo digo que mis excusas no pueden validar la persona que soy.
—Yo creo que ya no eres esa persona. Y Eugene no se hartó de ti, Alan.
El Universo obra de una manera especial que muchos no entenderán. El celular de Colin anunció una llamada entrante de Perro. Le enseñó la pantalla a Alan, quien alzó sus cejas, asombrado. Colin contestó de inmediato, con ganas de decirle «Al está en mi departamento porque cree que te hartaste de él. ¿Puedes aclarar esta situación?», sin embargo, Eugene los sorprendió a los dos, diciendo primero:
—Perro, estoy afuera de tu departamento.
Colin se levantó.
—¿Afuera? ¿En la calle?
Alan abrió sus ojos de par en par.
—No —dijo Eugene—. En la puerta.
Colin no respondió, se limitó a abrirle la puerta.
—Hola —se saludaron con un breve abrazo.
Eugene entró y se topó con la mirada endeble de Alan. Hubiese agradecido que Colin le dijera algo como «Qué coincidencia. Alan también está aquí» antes de abrirle la puerta, pero algunas veces Colin Oschner no pensaba correctamente. En serio que no. O es que quizás pensaba demasiado bien, y no decírselo siempre había formado parte del plan que ideó en menos de los 10 segundos que pasaron entre atender la llamada y abrir la puerta.
—Con Al estábamos hablando de ti —comentó como si nada.
Los dos lo miraron.
Hijo de... Theresa.
—¿En serio? —se sacó los tenis.
Alan cruzó sus brazos, y dijo:
—Sí.
—Al cree que te hartaste de él —añadió Colin.
Era un asunto entre ese par, cierto, pero estaban en su departamento.
—Alan —Eugene suspiró, frotándose la frente—, no me harté de ti.
—¿Pero te enfadaste? Por lo de Carla —soltó sus brazos a los costados, más abierto a la situación.
—Al principio sí, pero ya hasta lo olvidé. Olvídalo tú también —sugirió.
Colin se sentó en su sofá para escucharlos en el medio de la escena.
—Quiero pedirles disculpas a ambos —soltó Alan de una vez por todas.
—Al, por favor, no —dijo Colin.
Claro que recordaba absolutamente toda la mierda que Alan había hecho y dicho en los últimos años, desde que se conocieron, cada una de las idioteces que había hecho, y los malos momentos que le había hecho pasar gracias a todas las malas decisiones que siempre terminaban afectándole tanto a Eugene como a Colin, pero, en ese momento, Alan se miraba tan sinceramente arrepentido que Colin no podía escucharlo pedir disculpas. Era mucho más de lo que podía procesar. Además, Colin ya lo había perdonado hacía mucho tiempo. Como había dicho, Alan ya no era la misma persona, quizás no era la mejor, pero era mucho mejor.
—Sí. Perdón por ser un amigo de mierda —habló impaciente.
—Te perdono —dijo Eugene.
—Gracias —respondió.
—Yo también te perdono, Alan. —Colin lo dijo porque era lo que el otro necesitaba escuchar.
—No quiero que dejen de ser mis amigos —añadió—. Estaré solo si eso pasa.
—No estarás solo porque eso no pasará. —Eugene se le acercó, y la apretó el hombro amistosamente.
—Y puedes escribirle a esa chica si eso es lo que quieres —lo miró a los ojos.
—Nah. Ya no quiero —negó con su cabeza.
—¿Pueden darse un abrazo y terminar con eso? —les preguntó Colin.
—Solo si tú te unes al abrazo. —Alan lo miró con una sonrisa cerrada, bromista, pesada.
—Ay Dios mío. —Colin se puso de pie, los abrazó por un par de segundos, dándole golpecitos secos, lo soltó, quiso marcharse a la cocina, pero Alan lo estiró con fuerza, metiéndolo en medio de los dos como la carne del emparedado, la cremita de la Oreo, el Colin de ellos—. Ya basta —dijo, todo apretujado.
—Solo un rato más —dijo Alan.
∞
¡Holaaaaa!
Acaban de leer lo que sin dudas es uno de mis capítulos favoritos de toda la saga<3 Simplemente disfruté escribirlo de inicio a fin, pero muy especialmente la parte en la que sacan a la luz a sus niños interiores. Emmy niña y Cole niño son amiguitos de juego<3 AAA.
Por otro lado, tal vez pocxs se han detenido a pensar en lo que los eventos pasados pudieron haber generado en Colin, tal vez se debe a que hasta ahora el foco ha estado más bien en Emma, y eso no tiene que ver con minimizarlo a él, sino que hasta el momento no había tenido un detonador del trauma. (En palabras muy Ani: los detonadores pueden ser sonidos, olores, personas, situaciones, colores, canciones, ¡cualquier cosa! que el cerebro relacione con el trauma y diga: ¡estás en peligro!) Ejemplo: Emma con las piezas de Chopin. En este caso, a Colin le afectó que la chica del supermercado, una completa desconocida, lo tomara del brazo sin su consentimiento, tal como Kayce en el baño del club. Además, Colin siempre ha sido delicado con respecto a su burbuja personal gracias al abuso físico que le ha tocado vivir por tantos años, creo que eso está de más decirlo. Bien. Solo quería dedicarle unas palabras a ese tema porque de ninguna manera quiero que piensen que lo que vivió Colin no tiene suficiente importancia. Todo estaba perfectamente planeado para sacar el tema en el momento correcto.
Al está cambiando<3 O NOS ESTÁ ENGAÑANDO A TODXS. No es cierto. Sí quiere cambiar. Lo está intentando de verdad. Soy fan de ese abrazo final. El Colin de ellos. Aaaj. Mi chiquito sí tiene buenos amigos.
Volviendo a mis bebés. Esos tatuajes<3 Es que yo los amo. Detalle irrelevante, pero que dice tanto: Colin comprando sábanas nuevas a a a aaaa. Y el sirope favorito de Emma.
Cuéntame cuál ha sido tu parte favorita<3
¿Les digo algo sobre el próximo capítulo? JAMÁS en su vida lo olvidarán. Es otro nivel, uno completamente superior.
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