12: Lista de pros

Jake abrió la puerta del estudio, y dijo:

—Florecita, ya llegué —avanzó hasta la mesa larga donde ella estaba sentada, y le dio un beso en la cabeza. Emma lo saludó con un «Hola, pa». Después, él se fijó en lo que ella estaba haciendo—. ¿Y eso? ¿Para qué?

—Es una maceta. ¿No ves? —habló sin dejar de pintar la maceta marrón con la técnica del puntillismo, estaba usando muchos colores de pintura acrílica—. He leído mucho sobre puntillismo, he mirado demasiados vídeos en línea, pero esto no me está gustando tanto, pero sabes que no dejo las cosas sin terminar.

—Sí...—miró a su alrededor. Había tantas pinturas y tantos dibujos esparcidos hasta en el suelo, que con las luces apagadas y una música idónea podría ser el escenario de una película titulada «La artista atormentada».

—Quizá pueda arreglarlo —pensó, concentrada en su maceta.

—No se ve mal, en realidad. Me gusta —le tocó el hombro—. Vamos a preparar la cena.

—¿Ahora? —lo miró.

—Puedes terminar esto en otro momento, ¿o no?

—Sí, pero... Está bien. —Sentía esa obligación cuando sabía que su papá estaba solo—. Déjame limpiar este desastre, y te alcanzo en la cocina, pero, te lo advierto, solo te haré compañía —sonrió, bajando el pincel sobre la mesa, después, tomó un trapo para limpiarse las manos manchadas, aunque luego debía pasar por el lavabo.

—¿Cuándo has cocinado tú? Cuando digo «Vamos a preparar la cena» jamás espero que hagas nada.

—Aprenderé a cocinar —se levantó de la silla.

—¿Ah, sí? —colocó una mano en su cintura.

—Para Oschner —lo vio, con una sonrisa.

—Me-dueles. 22 años cocinando para ti, Emma, y has decidido apuñalarme de la peor manera —la apuntó con su índice, y caminó hacia la puerta. Traicionado con lo más sagrado que conocía—. Te espero en la cocina, niña.

—No es personal —rio—. Él siempre cocina para mí, para los dos.

Jake abrió su boca con dramatismo, y protestó:

—¿Y yo qué?

—Tú tienes a Bianca.

—A Bianca no le gusta cocinar. Tengo la desgracia de enamorarme de esa clase de mujeres.

—Escuché que Hol cocina para Steve.

—Ah —cruzó la puerta, desapareciendo—. ¡Qué interesante!

Emma soltó una carcajada.

Era verdad. Lo vio en Instagram.

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—¿Qué cocinarás esta noche? —Emma subió a la butaca alta ubicada frente a la barra de la cocina, en sus brazos tenía a Estela, colocó a la gata sobre la barra, sin dejar de acariciarla suavemente. A continuación, Jake soltó con fuerza su biblia sobre la barra, es decir, su libro favorito de cocina, y Estela brincó asustada—. Pa, la asustaste.

—Perdón. Estoy concentrado, florecita —hojeó el libro.

—¿Cenaremos solos? ¿Y Bia? —apoyó sus codos sobre la barra.

—Vendrá para la hora de cenar. Tus hermanos regresan mañana, me dijeron —comentó sin dejar de mirar el libro que le había regalado Sid en su último cumpleaños—. ¿Viste las fotos que mandaron esta mañana? Parece que se están divirtiendo mucho. Te hubieses ido con ellos. Yo hubiese cuidado de Oschner por ti.

Emma soltó una carcajada, y dijo:

—No me quedé por Cole. Simplemente no quería ir. Yo me divertí mucho con mis amigas ayer.

—De acuerdo. Comeremos esto —tocó una página del libro con su índice.

Ella trepó un poco sobre la barra para leerlo:

—¿Canelones de pollo?

—Exactamente.

—En la foto no luce mal si se supone que tu producto quedará igual.

—Quedará mejor.

—No lo dudo.

En ese momento, alguien interrumpió con el timbre de la casa, pero ninguno de los dos hizo caso. Ella se apoyó en la barra para mirar el libro que se encontraba al otro lado, y él estaba ocupado reuniendo todos los ingredientes. Fue entonces que ambos los oyeron caminar hasta ellos, fue entonces que los oyeron hablar sobre el viaje.

—¡Sorpresa! —Vanessa gritó frente a la mirada atónita de Emma.

—¿Qué carajos? —Jake alzó sus manos como si quisiera protegerse de los clones malvados de sus mejores amigos. Tardó un par de segundos en reconectar su cerebro. Vio a Arthur abrir sus brazos y soltar unas risas por la reacción de Jake—. ¿Qué está pasando? ¿Me quedan dos días de vida y no me enteré? ¡Qué está pasando!

—¿Qué? —habló Arthur—. ¿No podemos volar 16 horas por el mero placer de ver tu cara?

—Pa, tienen una pantalla alucinante en su sala...—Mateo llegó hasta ellos, apuntando hacia atrás con su pulgar, miró a su tío, miró a Emma—. Parece que no están felices de vernos. Les dije que volar 16 horas de sorpresa puede ser muy arriesgado.

—Tú viniste con nosotros de sorpresa, y eso sí no fue agradable —le dijo Arthur.

—Ay, por favor. —Vanessa sacudió todo el ambiente, y le dio un abrazo a Emma, quien la correspondió en silencio, con el corazón latiendo más rápido de lo normal—. ¿Verdad que están felices de vernos? Estábamos aburridos... —explicó, dando un paso hacia atrás, hablándole a Emma, y a todos— y Arthur me dijo «Vámonos de viaje», y empezamos a ver vuelos a Grecia, y terminamos comprando un vuelo a Los Ángeles a las tres de la mañana porque realmente los extrañamos mucho. ¡Hace tanto que no nos vemos!

—Los vieron en Año Nuevo —le recordó Mateo.

Jake miró de reojo a Emma, y después dijo con energía:

—Claro que estamos felices de verlos. Es que esta que es una verdadera sorpresa —se acercó a darle un abrazo a Arthur, y todos comenzaron a decirse que se extrañaron, lo típico, menos Emma, quien comenzó a sudar, y muy especialmente cuando su papá dijo—: Dudo que tú hayas querido acompañarlos porque eres un hijo ejemplar.

—Estás en lo correcto —habló Vanessa por Mateo—. Hay un recital en el Staples Center, y alguien compró boletos sin avisar, y luego añadió otro asiento detrás de nosotros, y aquí está.

—Compré boletos para ustedes también —le recordó Mateo.

—Qué considerado eres, hijo. —Arthur tocó el hombro de Mateo—. ¿Cómo estás Emmy? —preguntó, pero no dejó que respondiera, inmediatamente pasó al tema que perturbó cada esquina del interior de ella—. Luego de enterarnos de que este viaje pasó de ser una luna de miel a una luna de mierda, le preguntamos a Bruno si quería unirse al viaje familiar, pero, ya saben, está ocupado con la universidad.

—No, no sabemos —respondió Jake.

—Está estudiando ingeniería civil en la universidad de Sâo Paulo —comentó Vanessa con una gran sonrisa de mamá orgullosa, después miró a Emma—. Le hubiese encantado venir de no haber sido por eso. Te extraña.

—Y mucho —añadió Arthur como si fuese necesario.

Emma entreabrió su boca, metiéndose aire. Sus axilas eran la representación poco poética de la playa que de seguro visitaba Bruno los fines de semana. Estaba sudando demasiado.

—Iré al depa de Cole —miró inmediatamente a su papá.

Jake se recostó por la barra, entendiendo todo, y dijo:

—Bueno. ¿Te quedarás a dormir ahí?

—Te avisaré. —Ahora miró a sus tres sorpresas—. Lo siento. Quedamos en vernos, y ojalá hubiese sabido que ustedes vendrían, pero tendrá que ser otro día —se abrazó a sí misma, en medio de una sonrisita fingida, y se fue, con la cabeza abajo, cruzó la puerta de la cocina, entonces, escuchó a su tío hablar, y se detuvo sin que la vieran.

—¿Volvió con ése? ¿Cuándo volvió con ése?

—Respeta..., Arthur —dijo Jake, y se suponía que lo había tomado bien.

Nadie apuñala a su otro hijo, y en su cocina.

—Joder. Pensé que Bruno finalmente jugaría de titular.

—Por favor. Tu hijo no está a la altura de mi hija. Lleva 22 años demostrándolo. Olvídalo ya.

—De pelos —se metió Mateo, dando una risita en el medio.

—Dios Santo. ¿Hasta cuándo seguirán con eso? —Vanessa suspiró, subiendo a la butaca que había estado ocupada por Emma hace rato—. Supérenlo. —«Arthur, supéralo, nunca serás consuegro de tu mejor amigo»—. Emmita se está por casar, y ustedes siguen con ese puto pacto de borrachos de hace 22 años. Hablo en serio, bas-ta.

—¿Quién se está por casar? —Jake miró a Vanessa, y levantó una cuchara de madera para apuntarla.

Emma vio el techo, y cerró sus ojos, mientras respiraba agitadamente.

—Tú con Bianca —respondió Vanessa.

—Bueno...—Jake bajó la cuchara lentamente—. Te salvaste de ser echada de mi cocina.

—¿Cómo está Emma? En serio. —Arthur cambió su tono de voz por uno serio, preocupado.

Emma se tapó las orejas, y siguió caminando, ya no quería escuchar.

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Colin sostenía su comida en una mano, también sostenía sobre su espalda muchas ganas de acostarse a dormir hasta el fin de semana. Recostó su costado en la pared mientras observaba al tablero que se detuvo en el 3. La compuerta se abrió, y sus ojos se expandieron de tamaño cuando la vio sentada en el suelo, frente a la puerta de su departamento, caminó rápidamente, a pasos amplios. Se miraron a los ojos. Emma no tenía ni un aspecto que lo hiciera preocuparse, pero, de igual manera, ¿qué estaba pasando?

—Hola —le dijo ella como si nada.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? Dios, Emma —buscó en su bolsillo la llave del departamento. Tenía la vaga sospecha de que llevaba al menos media hora, por eso estaba sentada—. Debiste haberme llamado. Hubiese venido antes o te hubiese pasado a buscar, no sé, pero no tienes que esperarme en el pasillo —metió la llave en la puerta.

Wow. Te enfadaste —se puso de pie.

—No —esperó a que ella entrara primero, y cerró la puerta tras él—, solo... ¿qué hubiese pasado si se me antojaba ir a otra parte?, ¿ibas a esperarme hasta la medianoche?, ¿ahí?

—Sí —soltó su bolso en el sillón cercano a la puerta.

Colin no lo dudaba.

—¿Qué pasa? —se tranquilizó, dejó su comida, y el resto de sus cosas, en la mesita de la sala.

—Tengo otro lugar a dónde ir, pero no tengo otro lugar donde quisiera estar —usó sus pies para sacarse sus sandalias, y fue al sofá a tomar asiento—. No te avisé porque no espero que abandones tus ocupaciones por mí. Ibas a llegar en algún momento, ¿no?

—No esperas que abandone mis ocupaciones por ti. ¿Qué es eso? —fue a sentarse con ella, con el entrecejo arrugado—. Debiste haberme llamado, y yo hubiese venido sin pensarlo dos veces. Detesto que pienses que mis ocupaciones son más importantes que tú, porque no es así. ¿Qué pasó? Dime qué pasó.

—No te enfades conmigo —se tomó de la frente con sus dos manos. Estaba sensible y, por ende, susceptible, y tenía un novio que a veces no medía la asperidad de sus palabras, aunque éstas no salieran con la intensión de irritar, así era él.

—No me enfado. Me preocupo —la tomó de una mano. Se dio cuenta de que le estaba hablando como le hablaba a todo el mundo, y Emma no era todo el mundo, Emma era su mundo. Lijó sus palabras—. Tú odiarías que me quedara a esperarte frente a la puerta de tu casa por horas en lugar de llamarte, ¿cierto? Es lo mismo. La próxima tienes que llamarme. No importa qué tan ocupado crees que esté, jamás estoy lo suficiente para ti, corazón.

Emma se quedó callada. Le daba la razón. Odiaría con toda su alma que se quedara a esperarla en lugar de llamarla. Le daba el honor de verla asentir con su cabeza, aunque ambos esperaban que no existiera una próxima.

—Dime qué pasó —insistió.

Ella tomó aire, y lo soltó de una vez:

—Mi tío Arthur llegó completamente de sorpresa, y también mi tía, y Mateo.

—Ajá.

—Y tú y yo nunca hemos hablado debidamente sobre lo que pasó con Bruno.

—Creí que sí —se atontó. Se besaron aquella noche, Bruno se fue a Brasil, regresó para dar su testimonio de lo que había ocurrido esa noche, y finalmente se marchó a sus tierras para ya no regresar. Fin. Había besado a Bruno por impulsividad, y Colin no le había dado la misma importancia que Emma, quien por un tiempo se había sentido mal por «Haber traicionado su amor de mil formas distintas», aunque ya lo había superado, se suponía que ya lo había superado, evidentemente no lo hizo, ¿cómo que no habían hablado debidamente?

—Fui demasiado estúpida —colocó sus manos sobre sus mejillas, encastrando sus dedos en su cara. Colin la miró en silencio, pensando en que al menos el soy fue reemplazado por el fui—. Tengo muchos temas prohibidos, y también tengo personas prohibidas, y entre ellas se encuentra Bruno. No puedo escuchar hablar de él, no quiero saber nada que tenga que ver con él, ni siquiera puedo ver a su familia que también es mi familia, porque automáticamente me acuerdo de lo estúpida que fui, porque él fue la última persona con la que estuve esa noche —cubrió su cara por un segundo, después, golpeó sus piernas una vez, y siguió mirando al frente para no chocar con la mirada de él, iba a ponerse a llorar desconsoladamente si se encontraba con esos ojos pintados con el azul más triste.

»Supe que iba a vomitar una sobredosis de errores cuando sentí náuseas al besarlo. Lo supe. Debí haberme desaparecido en ese momento, eso era lo que quería hacer antes de recibir ese maldito mensaje. Desaparecer. Soy una tonta impulsiva, pero no pude tomar mis cosas en ese momento y marcharme con mi vergüenza. Hubiese huido de mis dramas como una cobarde, pero al menos lo hubiese mantenido a salvo.

Colin sintió como si una espada le hubiese atravesado el corazón. Era el instante en el que la herida sangraba a chorros. ¿También era el momento en el que hablaban sobre lo que perdieron? Porque no se había preparado, no tenía ni una caja de Kleenex cerca.

—Emma, yo no sé qué decir.

¿Por fin pasó? ¿Colin Oschner se quedó sin saber qué decir?

Emma lo miró a los ojos, hallando lo que sabía que hallaría. Una mirada lacrimosa.

—Perdón —dijo.

—Ya nos pedimos perdón muchas veces, y ya dejamos de pedirnos perdón por cosas que no son nuestra culpa. Ya no quiero escuchar esa palabra de tu parte en este contexto —observó cómo la mirada de ella comenzó a nublarse como un cielo. Entonces, se dio cuenta de que acababa de invalidarla, aunque ella no lo haya visto de esa manera—. Mi nena, ¿por qué me estás pidiendo perdón ahora? —le tocó el cabello.

Emma se arrodilló en el sofá para llegar hasta él, lo tomó de la cara con una mano, luego, recostó su cabeza en el hombro de él, le dio caricias en el cuello, haciendo que la mirada de él también se nublara... hasta el llanto.

—Porque no conozco alguien más que con todas sus fuerzas quiera ser papá —escuchó un sollozo, y se apartó de él, lo agarró del mentón con sus dos manos, y Colin cerró sus ojos, llorando desconsoladamente—. Cole...

—Pero eso no es tu culpa. Nada lo es —abrió sus ojos, y se inclinó para presionar sus labios contra los de ella, y se besaron, por al menos tres segundos, luego, él siguió sollozando, como un niño que acababa de perder a su peluche favorito—. Nada es tu culpa —hundió sus dedos entre el cabello de ella, quien tampoco pudo seguir sosteniendo sus lágrimas, también lloró, ambos lloraron... juntos—. Siempre pienso en todo lo que pudo ser —confesó.

—Lo sé. —Lo sabía porque lo conocía—. Yo también pienso mucho en lo que pudo ser. Pienso mucho en cómo hubiese sido si nada hubiese pasado, si nos mudábamos como lo habíamos planeado, en que seguramente no hubiésemos tardado mucho tiempo más en saber que estábamos embarazados.

—Estábamos embarazados —tomó suavemente esos mechones que estaba acariciando, e hizo una mueca donde mezclaba una extraña sonrisa con una cara de llanto, y acabó llorando más—. Me gustaba estar embarazado contigo, solo que no lo sabía.

Emma rio un poco entre sollozos.

—Hubiésemos sido los padres más torpes.

—Hablas por ti.

Emma abrió su boca, y Colin le sonrió, empujándola despacio.

—Pero tienes razón. Tú tienes experiencia con cuatro niños —dijo ella.

—Estoy seguro de que me hubiese olvidado de todo. Hubiese sido el más torpe entre los dos —se secó las lágrimas con sus muñecas, y la vio, con todo su amor reflejado en sus ojos—. Llevo mucho tiempo queriendo tener esta conversación contigo, pero ninguno de los dos estaba preparado, la verdad es que siento que ni ahora mismo lo estamos, pero todo es menos doloroso contigo a mi lado.

—Siento lo mismo. También he querido hablar contigo, pero no sabía cómo hacerlo porque no sabía cómo ibas a reaccionar, ni cómo iba a reaccionar yo misma, ni qué palabras usar, ni siquiera ahora sé lo que estoy diciendo —pausó un segundo, había hablado demasiado rápido—. No quiero que llores más, quiero decir, puedes llorar todo lo que quieras, mi Cole, pero quiero que estés bien después de hacerlo porque si tú estás triste yo también.

Colin se obligó a dejar de llorar porque, si dependía de él, lloraría hasta el día siguiente. Secó los últimos rastros que quedaban sobre la mejilla de Emma. Tenía sentido que ella se sintiera triste cuando él lo estaba. Hace tiempo que él había descubierto que eran como un espejo, y, como eran un espejo, sus cerebros copiaban las emociones del otro. No solo sentían sus tristezas, sino también sus alegrías, y esas las vivían con mayor intensidad.

—Vamos a estar bien —le afirmó.

Emma asintió con su cabeza, y contestó:

—Sí, vamos a estar bien.

Se sintió como una declaración seria, fuerte, e inquebrantable.

—¿Hay... hay algo más que quieras decirme? —Colin hizo un sonido con su nariz por la cantidad de mocos que había segregado. Necesitaba pañuelos, y Emma se estiró para buscarlos en su bolso—. Gracias, mi vida.

—Creo que no hay algo más que quisiera decirte ahora —respondió mientras él se limpiaba la nariz—. Yo te amo mucho. Eso lo sabes, ¿cierto? —vio hacia abajo, a sus uñas pintadas en azul Colin. Sus cejas se levantaron cuando él la agarró de las manos tan de repente, se miraron a los ojos, diciéndose mucho. Se amaban, y no cabía duda—. Colin —apartó sus manos para moverlo, lo sacudió un poco del hombro.

—Es que yo te amo mucho más, mi nena linda —le tocó la rodilla descubierta, presionándola despacio.

—¿Hay algo que tú quieras decirme? —colocó su mano sobre la de él, en la rodilla de ella.

—No —respondió sin dejar de mirarla—. Podemos ponerle un punto esta noche.

—De acuerdo —asintió.

Colin terminó de limpiarse la nariz, y Emma le preguntó, mirando la bolsa sobre la mesita:

—¿Qué cenarás?

—Eh, compré una hamburguesa. Puedes comerla. Tengo comida en el refri.

—¿Qué? No, no. Come tu hamburguesa. Yo comeré lo que haya en el refri.

—Hay mucho en el refri. No sé qué quieres que te prepare.

—Tú no me prepararás nada —sonrió porque se acordó de la conversación que había tenido con su pa, y, porque, una vez más, estaba clarito que tenía el novio más atento del mundo... gracias a sus ángeles... o a quienes al final del día se apiadaban de su alma luchadora—. Tú te irás a bañar.

Colin estiró el cuello de su camiseta blanca y se olió.

—¡No! —Emma soltó una carcajada exagerada, y se lanzó sobre el cuerpo de él, haciendo que él cayera en el sofá, haciendo que ella cayera en él. Colin fingió una dolencia física por la caída, soltó un «Ufff» que provocó que Emma se riera más—. Me refiero a que es lo primero que te gusta hacer cuando llegas a tu depa. Si alguien huele mal, esa soy yo, porque sudé como si hubiese corrido una maratón de primavera cuando vi a mis tíos en mi cocina.

—Hueles rico.

—Gracias.

Se miraron bien, con unos ojos enormes, y rieron.

Después, Colin fue a bañarse, y Emma fue a explorar el refri.

Deslizó su mirada desde el apetitoso emparedado de carne y pan baguette hasta los aburridos vegetales, se puso de cuclillas para abrir el cajón transparente donde había bolsas de espárragos y zanahorias bebés. Él podía sobrevivir a base de espárragos y zanahorias bebés por el tiempo que fuese necesario, pero ella comenzó a desesperarse al asumir que no había otra cosa. Entonces, halló lechugas y tomates, y respiró. Dios. Había esperanza. Los llevó hasta el fregadero para lavarlos. Segundos después, sus tripas comenzaron a sonar en sinfonía, y se dio cuenta de que necesitaba más comida que lechugas y tomates, siempre necesitaba más. Abrió una puerta, y encontró latas de atún. Miró el refri por encima de su hombro. «Pero el emparedado ya está preparado...» Buscó un abre latas, y se dio cuenta de otra cosa, una pequeña, no tenía idea de cómo abrir latas. Vio el techo y gruñó con frustración. Le tocaba esperar o podía guardar todo y comer el emparedado. Dejó los vegetales en el fregadero, y fue a sentarse en la sala a esperar, y esperar, y esperar. Tomó su celular para verificar la ubicación de Estela, luego miró Instagram, y se enteró que Escarlata estaba comiendo sushi en un restaurante elegante, Gen estaba leyendo un libro de poesía, y Alicia estaba preparando postres, y Esme... Sonrió. Esme había estado desayunando con Sid en una Inglaterra gris.

Le escribió.

Eso se ve ge-nial! Espero que siempre tengan sus meñiques arriba.

Bloqueó su celular en medio de una sonrisa.

Miró al frente, hacia el pasillo de la recámara. No estaba bebiendo té o comiendo dulces en Europa, estaba debatiendo entre comer atún o un emparedado de carne, pero, sin dudas, estaba donde quería, y, definitivamente, no habría otro lugar donde quisiera estar. Giró la cabeza para mirar el ventanal que se hallaba junto al comedor. La noche era perfecta porque era de los dos. O quizás no solo de los dos. El celular de él comenzó a sonar en la mesita de enfrente, era Cohen, claro, porque, ese hombre, en definitiva, nunca se detenía a apreciar las pequeñas maravillas de la vida. La llamada se cortó, pero Cohen volvió a insistir, entonces, Emma le dio el gusto. Recogió el celular y se fue a la recámara, abrió la puerta, y, vaya, el pene de Colin le dio una bofetada. Ambos se miraron a la cara, a los ojos. Emma gritó «¡Oh Dios!» y cerró la puerta, tardó un segundo en reaccionar, en medio de una cara más roja que el tomate que pensaba reemplazar por pan baguette, golpeó la puerta con su palma, dos veces.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Es tu celular! —gritó.

Colin entreabrió la puerta, y tomó su celular.

—Gracias —dijo, y volvió a cerrar.

Emma se tomó de su frente con una mano, y caminó marcha atrás hasta el baño, donde se encerró. Pegó su espalda a la puerta, mirando el techo, mientras sentía como toda su cara ardía. Cerro sus ojos, respiró hondo, y... ¡suplicó dejar de sudar! ¡Aaah! Eso había sido tres veces más intenso que su sueño húmedo. Por todos los ángeles y arcángeles del cielo. Si ahora él tocaba la puerta con esas intenciones, ella se arrodillaría en el umbral antes de que él pudiera terminar de pronunciar pi=3.14, y se lo tragaría entero.

Ni emparedado ni ensalada. El pene de su amorcito.

Mojó su cara en el lavabo, y se obligó a salir del baño. Descubrió que él seguía al teléfono. Fue a la cocina a cortar tomates sobre una tabla. Dejó el cuchillo y suspiró. Se permitió revivir la imagen en su cabeza... una vez más.

Colin Oschner jamás se había visto tan... brillante.

Ya. Debía pasar de párrafo porque ni siquiera sabía cómo él había tomado el pequeño accidente.

«Aprende a abrir latas de atún, Emma, ah, y a tocar antes de entrar».

Siguió con lo suyo lo más natural que pudo. Minutos después, sintió la presencia de él.

—Dame eso... —Colin le sacó el cuchillo, miró la lata de atún sin abrir—. Ve a sentarte, corazón.

—No tienes que hacerlo —respondió, tratando de que su voz saliera lo más normal posible.

—Pero quiero prepararle la cena a mi nena linda —insistió, y ella accedió, iba a irse a la mesa cuando él la detuvo, colocó su brazo frente al abdomen de ella, y se agachó para susurrarle al oído—: No actúes como si no nos conociéramos de memoria.

Se miraron a los ojos, los de Emma aumentaron de tamaño, se sonrojó, y su mandíbula tembló sin poder articular ni una oración. Él la soltó lentamente, sin dejar de mirarla, hasta que volvió a centrarse en la ensalada, claro, centrarse, porque su cabeza definitivamente no estaba entre las piernas de ella, ¿cierto? Escuchó cómo su nena movió la silla del comedor para tomar asiento. Colin no había pensado en que lo vio desnudo, sino en la reacción que ella tuvo, aunque, la verdad, había sido muy ella. No hubiese esperado una reacción distinta.

—Aprenderé a cocinar —dijo Emma.

Tenía que aplastar la tensión.

¿Por qué? Porque Colin debía comer su cena.

O esa solo era la excusa para no tener que decirle que ella deseaba ser la cena de él.

—¿En serio? —habló él, dándole la espalda mientras preparaba la ensalada.

—Sí, y esta vez lo digo de verdad —colocó sus brazos sobre la mesa.

—Muy bien —contestó.

—Quiero cocinar para ti al menos una vez. —Vio que la bolsa de comida de él seguía en la sala, se levantó para buscarla. Colin sonrió al escuchar que aprendería a cocinar para él. Emma volvió a la cocina, y calentó la hamburguesa en el horno microondas, cuando el horno se detuvo en 30 segundos, ella sacó la hamburguesa—. ¡Ta-rán!

—Alucinante. —Él rio por esa muestra de talento culinario.

—¿Por qué no me dejas preparar mi ensalada de atún? —lo empujó, usando su cadera, pero no consiguió moverlo ni un paso—. ¿Temes que me envenene a mí misma? Aquí no tienes nada tóxico que pueda confundir con sal. ¿O es que intentas comprar mi mano? —levantó su mano izquierda de manera cómica, payasa, tonta, y él se rio.

—Ambas cosas —le bromeó.

—¿Cómo que ambas cosas? —abrió su boca, estaba actuando.

—Quiero que comas bien, y también quiero añadas esto a tu lista de pros de casarte conmigo —se detuvo a verla.

—¿Mi lista de pros de casarme contigo? —estalló de risa.

¿Riendo para ocultar lo increíblemente loca de emoción que le puso esa hipotética situación?

—Sí. Pros y contras. «Pro: Colin cocinaría para mí cada noche».

Emma sonrió mucho, sin mostrar sus dientes, pero en seguida se puso seria.

—¿Contra? —enarcó una ceja.

«Contra: escuché que su despertador suena a las 5 a.m.».

—¿Pro? —cruzó sus brazos. Eso se había convertido en una prueba de respuesta rápida.

«Estaría casada con el amor de mi vida. Contra: a veces no lo soporto».

—¿Qué dices? —rio—. Yo te soporto siempre.

«Pro de casarme con Emmy: me soporta siempre» —sonrió, arrugando su nariz.

«Contra: odia los espárragos».

—Diría que ése es un contra en color rojo, pero siempre puedo hacer dos menús.

Ella sonrió, y se puso de puntitas para llegar a los labios de él. Se besaron.

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—Hoy comencé a pintar una maceta... —Emma comentó mientras comían en la mesa del comedor—. Es la primera vez que utilizo la técnica del puntillismo. Todo el tiempo me aparecen anuncios sobre talleres, pero aprendí sola, bueno, tal vez no aprendí nada, o no sé, se ve tan mal que al final me gusta —rio de ella misma, llevando un bocado a su boca—. Tal vez —habló con la boca llena, masticando—, tal vez hasta plante algo en ella, una florecita.

—¿Cómo es? —le tocó la rodilla bajo la mesa.

—¿Qué? —lo miró a los ojos.

—La maceta —agarró su lata de gaseosa.

—Ah, claro —rio. ¿De qué estaban hablando? —. Es marrón, y utilicé el blanco y el amarillo para crear una especie de mandala mal hecha, y es como de este tamaño —usó sus manos para indicarle lo mediana que era—. Tal vez la termine mañana. Te mandaré una foto para que la veas —esbozó una sonrisa cerrada.

Colin le dio un sorbo a su bebida, y dijo:

—Quiero colgar una de tus pinturas sobre mi cama.

—Ufff. ¡En mi estudio tengo miles! Tienes que elegir una y ya.

—Lo que me hace pensar que nunca he pisado tu estudio.

—Tienes razón —terminó de clavar con su tenedor lo último que quedaba de la ensalada, y la comió—. Te debo un recorrido por el museo de Emmy. La entrada es gratis para ti, y el recuerdo que lleves también será gratis.

—¿Aún tienes nuestras pinturas? —preguntó sin rodeos.

Emma tragó su ensalada, y bebió de la lata que tenía en frente.

El arte abstracto de él, y la Vía Láctea de ella.

—Las tengo guardadas y protegidas. Deberíamos tener otro momento de arteterapia —sonrió, tomándolo del brazo con entusiasmo. Colin esbozó una media sonrisa, se quedó pensando en la noche en la que muy posiblemente habían concebido a no ser que la ducha del Hamilton haya sido la principal testigo—. ¿Te gusta la idea?

—Sí —asintió, y la miró, sonriéndole.

Emma le devolvió la sonrisa, regresando a mirar su plato vacío.

—Te amo, Cole.

Colin la miró, y se inclinó, tomándola de la cabeza con una mano, para darle un beso en los labios.

—Mi nena linda —susurró, y le dio un beso en la mejilla, después, frotó la punta de su nariz en la mejilla.

—¡Excelente cena! —Lo descolocó completamente con ese comentario lleno de energía, agarró los cubiertos que había usado, pero Colin se los sacó de las manos—. Al menos déjame lavarlos —se puso de pie, y colocó sus manos en sus caderas—. Si Hol te viera así, diría que no debería ilusionarme porque las personas cambian cuando se casan. ¿Tú cambiarás cuando te cases conmigo? —sonrió mucho, inclinando su cabeza a un lado.

—No. Y tu mamá es pesimista —se levantó también, recogiendo las latas vacías—. ¿Tú cambiarás cuando te cases conmigo? —preguntó sin verla, razón por la que no pudo ver cómo los ojos de Emma se hicieron estrellas.

—Algo así. Seré más feliz porque seré tu esposita —se recostó en la mesa, colocando sus brazos sobre ella.

Colin sonrió frente a Emma, y se dirigió a la cocina con los cubiertos y los residuos.

—Dejaré que el de la limpieza se encargue de todo mañana —dejó los cubiertos en el fregadero.

Caminó hasta la sala, distraído por un hilo que colgaba de su short negro de Nike.

—Amor... —dijo Emma.

Colin estiró el hilo, y alzó su mirada, hallándola tumbada en el sofá... con las piernas ligeramente abiertas. No dudó, mucho menos pensó en frío, se acomodó en medio de las piernas de ella, uniendo sus labios en una llama que los consumió de la manera más exquisita. Emma levantó su cadera, queriendo sentirlo, y lo hizo, o es que traía una roca en el short. Gimió suavemente cuando los besos de él se trasladador a su cuello, pero terminó enloquecida cuando Colin metió una mano bajo su vestido, subiendo caricias desde su pierna hasta su abdomen y cintura.

—Cole... —susurró.

Colin le dio besos en la punta de su nariz, sin detener las caricias bajo el vestido de ella.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Me tomé el tiempo de descubrir que podemos hacer el amor —comunicó.

—¿En serio? —pasó su pulgar alrededor del ombligo de ella.

—Sí. Fue como una introspección —aseguró.

No mintió. Solo que primero vino la masturbación, después la introspección.

El orden no altera el producto.

—Bien. —Él sonrió, y le regaló un pequeño beso en los labios—. Entonces, ¿qué hago?

—Continúa con lo que estabas haciendo. —En sus ojos se reflejó la impaciencia de su entrepierna. Él dejó escapar una risita, porque qué nena más graciosa le tocó, y juntó sus labios de nuevo, entonces, se frotó una vez en ella, y gruñó, y ella gimió, y toda la sala chispeó—. Eso... eso está bien —habló con su alma en la garganta, viendo el techo mientras recibía besos en su cuello, un apretón en su cintura, ah, y un bulto contra su braga.

Colin se frotó contra ella, y le chupó el lóbulo de la oreja, humedeciéndola entera.

—Quiero que mojes mi cama —le dijo.

—Llévame —pidió, sonando a súplica.

Pero lo cierto es que ella jamás necesitaba suplicar.

La sentó para cargarla. Entonces, el celular de él, el bendito celular de él.

—Lo apagaré, lo apagaré. —Colin se escuchó malditamente desesperado, incluso aparentó que se pondría a llorar, y cómo no, era un maldito descuidado. Por fin iban a hacer el amor, y él tenía que arruinarlo con sus cosas. Se levantó del sofá, y recogió su celular de la mesita, pero en esa pantalla no apareció el nombre de Cohen.

—¿Quién es, Cole? —Emma se sentó con sus pies en el suelo.

—Alan —suspiró hondo, estresado, frustrado.

La llamada se colgó, pero Alan la regresó de inmediato.

—Atiende —le pidió.

—Espérame en el cuarto —su-pli-có.

Emma asintió, yendo a la recámara. Y Colin contestó la llamada:

—Hola.

—¿Estás ocupado? —Alan habló medio inseguro.

—Justamente sí —miró hacia el pasillo donde Emma había desaparecido.

—Solo será un minuto. Un minuto para preguntarte si puedes prestarme dinero. 120.

—Sí, te lo transfiero mañana, Al —dijo, esperando deshacerse de él.

—Gracias —contestó, y Colin quiso decir «Cuando quieras. Adiós», pero Alan continuó—: ¿Sabes, Cole? —Colin cubrió su cara con una mano, ahora sí quería llorar de la frustración. Nada que empezara con «¿Sabes, Cole?» podía durar un minuto. Alan decía mucho «¿Sabes, Cole?» desde que empezó la terapia—. Estuve pensando bastante sobre lo que pasó ayer en el restaurante, y me di cuenta de que estuve mal.

—Olvídalo, Al —vio el techo.

—No. —Alan hizo una pausa, la más larga pausa que Colin el caliente había presenciado—. No quiero que Eugene hable con Carla, eso sí que no, pero tal vez no me expresé de la mejor manera al decirlo. Noté que a veces puedo ser un pesado, igual que tú.

Colin frunció su ceño, y dijo:

—Sí, igual que yo, por eso estamos a mano. Olvídalo.

—Pero el drama no es contigo, sino con Eugene.

—Entonces, llámalo a él.

—No quiero perderlo. A ninguno de los dos, Cole.

Colin suspiró, y cerró sus ojos.

—Al, no perderás a nadie.

Mientras tanto, Emma se encontraba parada frente a un espejo de la recámara, acomodando sus senos en su sostén de encajes, y, cuando terminó, se dirigió a la cama, donde se sentó en el lado de él, y miró a su alrededor. Estuvo uno, dos, tres minutos imaginando escenarios. Probablemente le haría una mamada, sí, se la haría, porque nunca antes había fantaseado tanto con hacérsela como en los últimos cuatro días. Verlo desnudo con anticipación había encendido más que una fantasía en su interior. Pero los minutos siguieron pasando, y él no cruzaba esa puerta. Entonces, Emma se acostó de lado, acurrucada, mirando hacia la mesa de noche, y le llamó la atención una libreta amarilla, probablemente por el color, se recostó sobre su codo, y estiró un brazo para agarrarla. La abrió al azar, en el medio. Todo estaba escrito con esa caligrafía que solo ella entendía.

A veces sigo esperando que me ame,

y que lo haga tan fuerte que me repare por los 25 años que me rompió.

Cerró la libreta, y la colocó en su lugar. Era la libreta terapéutica de Colin.

Se acostó boca arriba, mirando el techo, y no lo culpaba por a veces esperar algo de su propio padre, al fin y al cabo, era el sujeto que supuestamente lo crió, pero estaba enfermo, enfermo de la mente, enfermo de maldad. A veces uno espera cosas que sabe que nunca pasarán, pero la ciega esperanza siempre encuentra un lugar, incluso cuando no está invitada al funeral. Colin había enterrado la relación con su padre, le lloró, y le lanzó flores, pero ahí estaba la esperanza, incluso cuando ya declararon el deceso del muerto. Ahora Emma le pedía al cielo, a las nubes, y a las estrellas que algún día él pudiera escribir en esa libreta:

«Hoy me di cuenta de que nunca me amará,

pero también me di cuenta de que no necesito que lo haga».

Salió de la recámara, y en la sala se encontró con los ojos de Colin.

—Al, Al, te llamo luego. Estoy en medio de algo. Te llamo luego —colgó.

—¿Le pasa algo? —Emma señaló el celular.

Colin sacudió su cabeza por lo atontado que se puso.

Acababa de enfriarla haciéndola esperar, ¿cierto?

Que alguien le dijera que no era cierto. ¡Por favor!

—Eh, sí, no, sí. Emmy... —se puso de pie desde el sofá.

—Me iré a casa —avisó.

—Pero Emma... —se acercó.

—No te preocupes. Tal vez no era el momento —sonrió un poco, dirigiéndose a su bolso.

—Bien. Está bien —asintió, no tuvo de otra.

—Mañana nos vemos —su sonrisa se amplió.

—Sí..., sí —caminó hasta ella, y sujetó el bolso que ésta estaba sosteniendo—. Déjame llevarte a tu casa.

—No es necesario. De seguro tienes cosas que hacer, por eso Cohen te llamó hace rato.

Colin soltó el bolso, y dijo:

—Deja de ponerte en segundo lugar. Tú estás por encima de todo.

Emma miró la camiseta gris, y deslizó su mirada hasta los ojos azules.

—Llévame a casa —pidió.


¡Hola! ¡Hola! Feliz sábado (o el día, mes y año que leas esto)  <3

¿Qué les ha parecido? Siento que ya hacía falta un nuevo capítulo montaña rusa, y es que aquí se experimentó de todo. Desde llanto hasta risas hasta puro fuego, ¿sí o no? Alan no solo tiene la distinción de empleado del mes en su trabajo, hoy también lo condecoramos como el arruina momentos calientes desde Al Estilo Emma <3 APLAUSOS *lo abuchean fuerte*.

Ya hacía falta la conversación sobre el pedacito de semilla que perdieron. Es evidente que en el pasado habrán tocado el tema, pero es la primera vez que lo hacen estado ambos en su mejor momento, y sigue doliendo..., y ninguno parece tener suficiente fuerza para aceptarlo todavía. ¿Qué piensan sobre todo eso? Además, hablaron sobre Bruno. *No se habla de Bruno*. Realmente, me duele un montón que él haya sido la última persona con la que Emma estuvo esa noche estando embarazada, quiero decir, que haya sido él y no Colin. Bueno. A Emma también le duele, y mucho más.

Bueno, bueno, bueno. Pongámonos felices de nuevo. Embobada por esa lista de pros (y contras), pero más embobada estoy por la escena en la que Emma abre la puerta. Discúlpenme. Es un capítulo importantísimo, donde hablan sobre temas importantísimos, es extremadamente dulce y emocional, pero mi escena favorita es la de Emma abriendo la puerta al paraíso JAJAJA. Doy la cara, no me avergüenzo. Es que es épico.

¡Cuéntame cuál es tu escena favorita!

Y nos leemos en el capítulo 13<3

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