Pisando Fuerte.
Los zapatos son la mejor arma de toda mujer, si tienes el par de zapatos perfectos, puedes conquistar al mundo.
Yo soy una fiel creyente y seguidora de ese pensamiento, pienso que cada par de zapatos que adquiero son un tesoro, un regalo y una buena inversión; de nada me vale gastar dinero en algo que, probablemente, terminará arrinconado en mi guardarropa acumulando polvo.
Escoger un par de zapatos, es todo un ritual, sea cual sea su clase: zapatillas, botas, botines, tacones, con plataformas, abiertos, cerrados, aguja, cono, puntilla o corrido, ¡uff! La relación entre tus zapatos y tú es única, como tu pareja, pero más brillante y costosa.
Para mí, los zapatos fueron mi salvación, y la muestra más clara del conflicto interno que trataba de solucionar durante esos años oscuros a los que normalmente me refiero cuando hablo de mi aspecto físico.
Empecemos, pues, por el principio.
Escarbando en los viejos recuerdos, se me vinieron a la mente un par de botas blancas, que me regaló mi madre cuando tenía alrededor de 6 o 7 años, y que crecieron conmigo hasta que cumplí los 10; mis pobres botas, con el cierre roto, los bordes pelados y siendo más amarillas que blancas acabaron en el basurero habiendo cumplido su misión.
A estas botas blancas les siguieron un par de tenis blancos con rayas fucsias... los asocio con el inicio de mi pubertad (para mí, la pubertad va antes de la adolescencia, no sé cómo irá correctamente), y con el génesis de mis problemas. Estos tenis soportaron largas caminatas, pies hinchados, pies cansados, pies tristes, soportaron un cuerpo que por poco se queda sin alma. Todavía los conservo, pero no los uso, son las reliquia de mi museo de zapatos.
Dicen que la oscuridad es la ausencia de luz, y eso fue exactamente lo que sucedió conmigo, y con mis zapatos: unos tenis negros, de caña hasta los tobillos, con más horma de hombre que de mujer, fueron aquellos que me acompañaron durante la etapa más dura que he vivido hasta ahora y que no menciono porque caería en la redundancia.
Mis zapatos también tuvieron una rehabilitación, y vivieron el proceso con el mismo dolor con el que lo viví yo.
Y aquí es cuando descubro un nuevo mundo: los tacones.
Sonará demasiado a compradicta en rehabilitación, pero obsesionarme con los tacones fue mi salvación; descubrir que tan sólo con usar un par de zapatos estilizados que me hacían crecer apenas unos centímetros hizo que empezara a descubrirme a mí misma debajo de la ropa ancha, de la ojeras y, sobre todo, debajo de los tenis negros que me ahogaban mientras me mantenía a flote.
No digo que los utilice a diario, todavía no me siento con la seguridad suficiente como para hacerlo, pero nunca me privo del privilegio de probarme al menos un par cuando voy de compras con mi familia; ellos lo ven como un chiste, pero yo lo veo como mi terapia interna.
El título de este apartado y el primer párrafo que lo acompaña vienen a colación por algo que me sucedió el domingo, el día de la madre; mi padre decidió regalarle ropa a mi madre, y ahí estaban, escondidos debajo de un perchero atestado de ropa, eran hermosos, altos, pero de taco grueso, de punta triangular, pero sin llegar a lastimar los dedos, no eran negros, ni de color oscuro, pero para mí, simplemente, se sentían como caminar por una pasarela en el cielo.
Grata fue mi sorpresa cuando vi que los habían comprado a mis espaldas, obviamente se concretó la compra debido a que tenían un muy buen descuento, pero no importa, tengo mis zapatos y eso es lo que importa.
Esta semana he de enfrentarme a un reto personal que he evadido demasiado tiempo, explicarlo me tomaría demasiado tiempo y, sinceramente, prefiero mantenerlo en secreto porque incluso a mis ojos, es ridículo.
Necesito seguridad, y construir una pared falsa de confianza, porque no puedo exponerme estando todavía en obra gris por lo que recurro a un diálogo de Carrie Bradshaw en Sex & The City, que no puedo recordar al pie de la letra, pero la idea es bastante sencilla: hasta lo más sencillo se vuelve hermoso si se combina con el par de zapatos indicado.
Tengo los zapatos indicados, los cuales espero haber logrado combinar con el atuendo adecuado; decir que me siento segura sería un error, aún tengo miedo, pero quiero creer que estaré bien.
Emma.
PD: es la hora de dar explicaciones, como dije arriba, he estado preparándome para algo, y si he dormido más de 8 horas en los últimos 3 días, es un milagro. Muchas gracias, saltamontes, por esperarme, y espero que les haya gustado.
PD2: créditos a poetaprohibido en Tumblr, por la frase de arriba.
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