De Abuelas y Memorias.
En un principio quería escribir acerca de la muerte, desde un punto de vista diferente al que usé la última vez, pero preferí no caer en la repetición y escribir sobre algunas de mis personas favoritas en el mundo: mis abuelas. Aclaro, sólo mis abuelas, no por feminismo ni porque crea que ellas son mejores (aunque lo son), sino porque ellas me han enseñado más cosas en un minuto, que mis abuelos en toda mi vida.
Empezaré diciendo que son las mujeres más hermosas, valientes y extraordinarias que hayan pisado alguna vez este planeta (aunque todos piensen lo mismo de sus propias abuelas, creo), por lo que les explicaré un poco de la vida de mis tres mujeres favoritas: de mi abuela materna no puedo decir mucho al respecto debido a que ella falleció muchos años antes de que yo naciera, y mi madre sólo me cuenta de cómo fue con ella, es decir, desde la perspectiva madre-hija, pero eso no es lo que yo quiero recordar aquí, por lo que dejaré las cosas con ella diciendo que fue una guerrera al tener 19 embarazos, haber perdido 5 y dar a luz a 14 hijos, aparte de criarlos, mantenerlos y educarlos a todos en el seno de una familia en la cual ninguno fue dejado de lado y en la que cada hijo recibió la atención necesaria.
Seguiré con mi abuela paterna, quien todavía vive y por la cual siento un cariño y un amor absoluto a pesar de que muchos de sus consejos y comentarios sean algo hirientes en su debido momento. Esta mujer es mi ejemplo a seguir en lo que a templanza respecta, sé que suena raro, y que muchos de ustedes no le encontrarán sentido, pero mi abuela siempre tuvo que ser la fuerte de la familia; desde pequeña, siendo la mayor de cuatro hermanos, fue el ejemplo a seguir, la responsable, la que no podía fallar ni cometer errores porque de otra mi bisabuela la castigaba. Cuando se casó con mi abuelo, creería yo que ella pensó que las cosas mejorarían así fuera un poco, pero se vio obligada a seguir llevando la batuta de la casa ella sola, porque mi abuelo estaba trabajando todo el tiempo (lo que no era raro para la época, realmente). Crió a mi papá y a mis tíos en una soledad admirable, nunca le pidió ayuda a mi abuelo, él se encargaba de «orientar» a los tres mayores. ¿Por qué admiro su templanza? Porque soportó todas las desfachateces de mi abuelo sin rechistar, aguantando todo por sus hijos y dando lo mejor de ella en todo momento, porque tuvo que enterrar a un hijo cuando se sabe que el derecho de las cosas no es ese y, porque a pesar de todo, siempre me recibe con una sonrisa cuando la visito, se sienta a hablar conmigo de todas las cosas que aprendió a lo largo de toda su vida; porque todavía puede SENTIR las cosas, incluso cuando sus impedimentos físicos la detienen; porque no le teme al recuerdo de mi abuelo pero se mantiene alejada de él ya que no merece sufrir por alguien tan bajo como él; porque siempre sabe qué decir en el momento correcto en la llamada indicada, incluso cuando lo que dice duele como nunca y pareciera que te está criticando. Y la admiro sobre todo porque, desde que soy pequeña, se ha encargado de enseñarme a quererla hasta el último día de su vida, a poder soportar el dolor de perderla cuando llegue la hora, y atesorar su recuerdo para no sentir su ausencia.
Después de tomar un respiro para poder calmarme, les voy a explicar el por qué tengo tres abuelas: están mis dos abuelas de sangre, materna y paterna; pero existe otra mujer, con quien los lazos sanguíneos son inexistentes pero los afectivos los superan, la considero mi tercera abuela, y la segunda que aún vive, porque conoce a mi familia desde que mi papá tenía casi seis años y ha estado con nosotros a través del tiempo hasta ahora.
Recuerdo que de pequeña me daba mucho miedo ir a visitarla porque no entendía lo que hablaba, su casa era muy silenciosa y siempre debía quedarme sentada sin hacer desorden y callada. A medida que crecía entendí que esta mujer superaba a mis otras dos abuelas con creces, sus escasos abrazos siempre me llenan de tranquilidad, cuando me mira a los ojos parece entender el revoltijo de mente que tengo y sus palabras son la solución a mis problemas. Perderla a ella sería perder a mi mentora, a mi guía, mi norte; vivo con el miedo de que se vaya sin poder despedirme, sin decirle cuánto la quiero y sin recibir un último abrazo, pero sé que ella en ningún momento me va a dejar sola, eso es lo único que me tranquiliza...
Me niego a creer que exista un Cielo y un Infierno, como lo dicta la religión, pero quiero creer que, llegado el momento, tendré a tres maravillosos ángeles acompañándome toda la vida. Guardaré en el cajón de los recuerdos cada instante que viví con ellas, almacenaré sus consejos en el disco duro de mi mente, y fijaré sus sonrisas dentro de mi corazón.
Emma.
PD: vaya que el tiempo pasa rápido... ¡casi un mes sin actualizar! Pero ya saben cómo es esto, saltamontes, las cosas no fluyen tan fácil y mucho menos cuando se desea hacer un buen trabajo. De todas formas, gracias por seguir leyendo y no irse <3.
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