Capítulo 4.


Pasaron dos semanas y media, y Vania seguía molesta con Eduardo. El plan de Alexandra estaba funcionando a la perfección, faltaban solamente tres días para la boda y ella cada vez estaba más cerca de Santiago, se quedaban solos más tiempo e incluso había conseguido que desayunaran, comieran y cenaran los tres juntos y, cada vez que podía, la rubia susurraba palabras al oído del apuesto príncipe sin que la ingenua de su prometida se diera cuenta.

Julio la cubría y la ayudaba, él era su mesero, no permitía que nadie más los atendiera y le hacía preguntas a Vania como: «¿Está bien la sopa, madame?», o «¿Le gustaría más ensalada, princesa?», así Alexandra aprovechaba esos momentos para coquetear con el príncipe.

Una linda mañana, mientras desayunaban, Vania le dijo a Alexandra:

—Qué tal si vamos a comprar tu vestido de dama de honor, amiga.

—Sería buena idea —musitó Santiago.

—Está bien, querida amiga —dijo Alexandra de mala gana, pero como siempre, le sonrió y no mostró su malhumor. No quería ir con Vania a elegir su atuendo, pensaba mandar a algún sirviente a comprar un vestido muy caro en una boutique de su propio reino, pero no le quedó opción más que aceptar la invitación.

—Solo iremos nosotras dos, ¿eh, Santiago? —Indicó Vania.

—¡¿Por qué?! —Rezongó el joven príncipe—. Yo igual tengo que comprar mi traje para la boda, aún no me he decidido cuál comprar, estoy entre dos.

—Pues irás aparte, nosotras iremos a una tienda de vestidos muy lindos para chicas —dijo la alegre Vania—. Además no tengo que ver tu traje hasta el día de la boda.

—¿Qué? Eso aplica solo para las mujeres —rio Santiago.

—Ya está decidido, iremos nosotras dos solas... Con Julio, claro está.

—¿Y Eduardo? ¿Él no irá con ustedes?

—No, él no.

— ¿Por qué? Tiene mucho tiempo que no le hablas, ¿estás enojada con él?

—Sí, estoy muy molesta por algo que hizo, pero lo perdonaré un día antes de la boda, pues no quiero que se la pierda, es mi mejor amigo.

—¿Y qué fue lo que hizo, que causo que le retiraras la palabra?

—Es una historia muy larga, luego te la platico, ahorita no hay tiempo —diciendo esto le dio un beso en la mejilla y tomó del brazo a Alexandra—. Tenemos que apurarnos.

Alexandra y Vania, en compañía de Julio, se dirigieron hasta una tienda donde vendían vestidos muy hermosos y caros. Vania estaba emocionada, viendo todos los vestidos que había. Alexandra miraba todos con expresión aburrida.

—¿Qué te parece este? —Vania le enseñó un vestido largo de color verde con muchos adornos y encajes.

—Mmmm, yo veré cuál elijo.

Vania sonrió asintiendo con la cabeza. Las chicas estuvieron viendo todos los vestidos mientras Julio las esperaba afuera de la tienda, pero ninguno le parecía adecuado a la caprichosa chica. Vania le mostraba algunos, pero como ya conocemos sus pésimos gustos, a Alexandra le parecieron horribles. Se limitaba a sonreír y decir que no quería opacar a la novia. Vania, con su inocencia infinita, asentía ante las palabras de Alexandra.

La hermosa rubia pensaba que no encontraría un atuendo adecuado, hasta que vio uno muy hermoso de color azul cielo, era de esos vestidos strapless, largo y elegante, alrededor de la cintura tenía un gran listón que estaba amarrado en forma de moño; si se ponía ese vestido con unos zapatos negros que tenía, un collar de zafiros y una pulsera de plata, de seguro que se vería muy hermosa... Mucho más que la novia, claro está.

Alexandra se probó el vestido y le quedó perfecto. Vania le dijo que se veía muy linda con él, así que lo compró.

Después de comprar el vestido, las princesas se fueron a tomar un café al parque —idea de Vania—, mientras Julio regresaba al castillo a buscar otros zapatos más cómodos para Alexandra.


***


Mientras tanto, Eduardo estaba desesperado e intentaba hacer un plan para atrapar a Alexandra y que no tuviera forma de hacerse la inocente. No se le ocurría nada. Quería mucho a Vania y no quería que sufriera; caminaba de un extremo al otro del castillo, agarrándose el cabello y diciéndose en la mente: «Pobre Vania, tan inocente, tan ingenua, no sabe que Alexandra le quiere quitar a su prometido, ¿qué haré para ayudar a mi Vania, mi princesa y mi mejor amiga?».

—¡Ya sé lo que haré! ¿Cómo no se me ocurrió antes? —Exclamó mientras corría a la habitación en donde se hospedaban los sirvientes de Alexandra.

Cuando llegó donde ellos se hallaban, los encontró trabajando. Unos diseñaban vestidos, otros limpiaban y pulían las joyas de la princesa, algunos cosían las prendas, hacían zapatos, y otros más bosquejaban y elaboraban sombreros, todo para la princesa malvada. Ella de por sí tenía todas esas cosas, las compraba en tiendas caras y elegantes, pero la idea de ponerlos a trabajar sin descanso fue de Julio, para que se mataran trabajando y que, en lugar de descansar —que bien merecido se lo tenían, ya que como eran "invitados", Vania no los ponía a hacer nada— se mantuvieran ocupados. La idea le pareció muy divertida al malvado mayordomo. «Para que no se acostumbren a ser flojos» había pensado Julio con diversión.

—Oigan —dijo Eduardo—, ¿por qué trabajan tanto?

—Si no hacemos lo que nos dice Julio, nos irá mal. —Se atrevió a decir la sirvienta Tania, mientras limpiaba las joyas de Alexandra. Los demás permanecieron callados.

—¿Entonces están dispuestos a seguir obedeciendo a ese tal Julio?

—¿Quién eres tú? —Preguntó Tania.

—Mi nombre es Eduardo, ¿y tú cómo te llamas?

—Tania.

— Dime, Tania, ¿piensas seguir dejando que Julio y Alexandra te maltraten?

—¿Quién te dijo eso?

—Yo sé que la princesa es malvada. —Todos lo voltearon a ver sobresaltados—. Y ese sirviente que tiene es igual de monstruoso que ella.

—No, no digas esas cosas...—musitó Tania con tono asustado.

—Digo la verdad. Ese Julio es un inhumano, despiadado, cruel, grosero, vil, igual que su princesa...

—Guarda silencio.

—Son unos monstruos y esa es la verdad.

—Está detrás de ti —susurró Tania al mismo tiempo que se volteaba para seguir limpiando las joyas de Alexandra.

En el momento que Eduardo se volteó, Julio lo agarró del cuello y se lo llevó arrastrando a su cuarto, en donde lo golpeó hasta dejarlo inconsciente y lo encerró ahí.

Después regresó donde estaban los demás sirvientes para buscar los zapatos que quería; los estuvo buscando y, cuando los encontró, se dirigió a la puerta, pero antes de salir se dio la vuelta y se dirigió a todos con una voz amenazante.

—No tienen por qué hablarle a los sirvientes de Vania, y mucho menos a ese sujeto; si los vuelvo a ver hablando con él u otro de sus sirvientes les irá muy mal, sobre todo a ti, Tania —le indicó a la pobre chica, que tenía cara de terror—. Y cuidado con lo que hablan, porque si llegan a decir algo inadecuado, les irá mucho peor. —Les dirigió una mirada aterradora—. ¿Qué esperan? ¡Sigan trabajando! —Ordenó y, después de pronunciar esas palabras, todos los sirvientes se pusieron como locos a seguir haciendo sus actividades.


***


Mientras tanto, las princesas se encontraban platicando.

—Cuando tú te cases, yo quiero ser tu dama de honor —le decía Vania a Alexandra—. Te apoyaré así como tú me estas apoyando.

Alexandra ni le prestaba atención, estaba sumida en sus propios pensamientos. «Santiago se dará cuenta de que estar con Vania es un error, se fijará en mí y se casará conmigo. Vania sufrirá, pero no me importa, o es mi felicidad o es la de ella, y es obvio cuál es mi elección, a veces alguien tiene que sufrir, y no seré yo». Mientras, Vania seguía hablando.

—Y también en tu boda habrá muchas cosas bonitas como en la mía, y te ayudaré en lo que quieras... ¿Me estás oyendo, amiga?

—¿Qué? —Dijo Alexandra—. Ah, sí, te oigo.

—¿Y no estás enamorada de alguien? —Preguntó la castaña.

Alexandra se sorprendió de que Vania le preguntara eso.

—No —respondió con rapidez.

—¿En serio no te gusta nadie?

—Vania, ya te dije que no —sonrió. «Sí, tonta, me gusta tu prometido y te lo voy a quitar, inútil».

—Oh, bueno, cuando encuentres a tu media naranja, yo te apoyaré.

En ese momento llegó Julio y le cambió los zapatos a Alexandra.

—Julio, ¿por qué tienes la mejilla inflamada? —Preguntó Vania.

—No es nada, princesa —se apresuró a decir—, sin querer me golpeé con un adorno que estaba colgado en el pasillo.

—¡Oh, qué mal! —Exclamó la castaña con preocupación—. Esos adornos son un peligro, yo también me he pegado con ellos varias veces, ¡pronto haré que los quiten!

Alexandra levantó una ceja y se quedó viendo con seriedad a su mayordomo, el cual le devolvió una mirada llena de preocupación.

—Lo mejor será que regresemos al castillo, amiga —indicó Alexandra.

—Sí, amiga. Regresemos.


***


Mientras tanto, Tania se quedó preocupada, pues sabía que Julio era terrible y no podría estar tranquila hasta que supiera qué es lo que había hecho con el pobre Eduardo, así que dejó lo que estaba haciendo para buscarlo. Los demás sirvientes ni cuenta se dieron que ella salió de la habitación.

Tania subió unas escaleras, recorrió un pasillo grande y se dirigió con velocidad al cuarto de Julio. No sabía qué hacer, así que tomo una rápida y riesgosa decisión; llena de valor, abrió el seguro de la puerta con un pasador. Cuando entró, se quedó paralizada, ni siquiera pudo gritar.

Encontró a Eduardo todo golpeado y ensangrentado, desmayado y con los ojos morados, la boca rota y respirando con dificultad. «Debemos detener a ese monstruo» pensó preocupada. Después del gran susto que se llevó, suspiró, tomó aire, y corrió junto a Eduardo; con mucha dificultad lo sacó del cuarto de Julio, y lo llevó al bosque.

En ese momento recordó que una mujer, sirvienta de Vania, le comentó un día en que Julio no le dejó trabajo porque estaba muy ocupado, que atrás del castillo había una cabaña oculta en donde la mamá de la princesa iba a jugar con su hermana y que, cuando cumplieron catorce y dieciséis años respectivamente, dejaron de ir a ese lugar, el cual quedó abandonado.

Tania fue a buscar esa cabaña; cuando entró vio dos camas, tendió una y puso ahí a Eduardo, el cual seguía inconsciente. Tania regresó al castillo por comida y agua y se encerró en la cabaña junto con el moribundo, le curó las heridas y le decía: «no te preocupes, todo estará bien»... Y como vio que era lindo se enamoró de él.


***


Al llegar al castillo, Julio fue a su habitación y, al no ver a Eduardo ahí, se llenó de cólera. Fue a ver a los demás sirvientes de Alexandra y les empezó a gritar y a golpear.

—¡¿DÓNDE ESTÁ?! —Preguntaba furioso—. ¡¿DÍGANME DÓNDE LO ESCONDIERON?!

Los pobres sirvientes no sabían de qué estaba hablando, pensaron que se había vuelto loco y que los mataría a todos. De repente Julio se detuvo, con una mirada de odio fija hacia la pared. Posteriormente vio a su alrededor y notó que no estaba Tania.

—¡Tania! —Dijo Julio con voz ronca—. ¡Tania! —repitió—. ¡VOY A MATAR A ESA MUJER! ¡LA MATO! —Gritó Julio, mientras todos los sirvientes se juntaron en un rincón. En ese momento entró Alexandra.

—¿A quién vas a matar? ¿A Vania?

—¡No, a Tania! —Exclamó.

—¿Quién es esa?

—No importa, princesa, debemos apresurarnos —diciendo eso, Julio agarró a Alexandra del brazo, les gritó a los sirvientes que se pusieran a trabajar y, junto con la princesa, salió de allí. Se dirigieron afuera del castillo para evitar que alguien los escuchara.

—¿Qué pasa, Julio? Me estas asustando.

—Esa maldita sirvienta.

—¿Cuál de todas?

Julio miró a su alrededor y le confesó todo a Alexandra.

—Cuando fui a buscar tus zapatos, me encontré a Eduardo diciéndoles a tus sirvientes que no toleraran más nuestros maltratos hacia ellos, entonces lo golpeé... Es más, casi lo mato.

—Bueno, se lo tenía merecido, con razón tienes ese puñetazo marcado en la mejilla. ¿Y dónde está Eduardo?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes, inútil? Si llega a abrir la boca estaremos en grandes problemas, Vania le creerá si ve sus moretones...

—Ya sé, ya sé... Y no sólo le dejé moretones, le saqué sangre, lo desmayé, y encerré en el cuarto... Para mí que esta tonta de Tania lo sacó de ahí y lo debe tener escondido en alguna parte.

—¿Quién es esa Tania...? ¿Sabes qué, Julio? No importa. Solo búscalos y mátalos, ¿qué más da?

—No se preocupe, princesa, me encargaré de eso.

—Espero que no se arruine el plan, Julio, porque si no...

—Espere, deje de hablar. Voltee.

Julio vio que Vania se acercaba a ellos.

—Amiga, Julio, ¿qué hacen aquí?

—Solo estamos admirando tu castillo desde afuera, además queríamos salir a tomar un poco de aire fresco. —Alexandra sonrió.

—¡Qué bien! Por cierto, ¿han visto a Eduardo? —Preguntó inquietada—. Hace una semana que no lo veo y quiero invitarlo formalmente a la boda y decirle que lo quiero mucho, pero que no vuelva a ser malo con ustedes porque...

—Él salió —la interrumpió Julio con rapidez.

—¿A dónde?

—No lo sé, princesa, me dijo que iría a comprar unas cosas y que no lo molestara, que no pensaba quedarse a su boda. Le grité que se detuviera pero él no quiso oír razones, me volteó a ver, me ordenó que me callara y se fue... Sinceramente no creo que regrese.

—Pero... pero... pero... —repitió Vania con voz entrecortada—. Pero... ¿Por qué hizo eso? —Se llevó las manos a su rostro y empezó a llorar—. Creí que estaría aquí conmigo y se ha portado muy mal con todos, no entiendo qué fue lo que pasó, yo quería que él estuviera aquí en mi boda, es mi mejor amigo, no puedo creer que me haga esto.

Alexandra, que tuvo que pensar rápido, fue a abrazar a Vania y la consoló.

—Ya no llores, amiga, si él se fue es porque en verdad no te quiere, no le importa tu felicidad, pero no te preocupes, yo estoy aquí para apoyarte.

—Muchas gracias, Alexandra —dijo Vania intentando no llorar y tallándose los ojos con sus manos—. Eres una gran persona.

Julio le hizo señas a Alexandra y le dijo que se metieran al castillo. La princesa de inmediato obedeció, llevándose a Vania con ella.

Mientras, Julio se puso a recorrer todo el lugar por fuera y por dentro, buscando a Tania y a Eduardo para estrangularlos. Cada minuto que pasaba y no los encontraba se inquietaba más, su mente depravada y maniaca pensaba diferentes formas de torturarlos.

Llegó la noche y Julio no durmió buscando a esos dos sirvientes. En la mañana, cuando fue a despertar a Alexandra, se le notaba la cara de lunático y la chica se llevó un gran susto al verlo.

—Los encontraste y los mataste, ¿no? Digo, por eso traes esa cara de desquiciado.

—No, no los encontré —masculló con tono hosco.

—Julio... ¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé, princesa, no lo sé.

—Espera, Julio —dijo Alexandra después de pensar un momento—, ya no los busques.

—Pero van a arruinar todo el plan.

—No creo, si dices que le pusiste una golpiza tan grande, no creo que se atrevan a regresar por acá —mencionó indiferente—. Ojalá ya se larguen y dejen de molestarnos.

—Sí, tiene razón —suspiró Julio, más tranquilo—. De todas formas si se atrevieran a aparecer mañana en la boda, los mataré ahí mismo.

—Aunque claro, no tendrás necesidad, pues Santiago estará a mi lado mañana. ¿Qué crees que me dijo?

—¿Qué le ha dicho Santiago a mi princesa?

—Que tenía una sorpresa preparada para mí, mañana, en la boda. Y que Vania también se llevará un gran asombro. ¡Lo conseguimos, Julio! ¡Santiago ya es mío!

Y diciendo esto, Alexandra abrazó con fuerza a Julio y le dio un beso en la mejilla. Julio se quedó estupefacto, era la primera vez que Alexandra le demostraba su cariño de esa manera.

—Muchas gracias por tu ayuda, Julio —dijo Alexandra mirándolo a los ojos—, sin ti no hubiera podido lograr mi objetivo.

—Es un placer ayudarla, princesa —respondió, retomando su calma habitual.


***


Mientras tanto, en la cabaña, la asustada Tania sabía que la boda de Vania sería al siguiente día y Eduardo seguía inconsciente; ella quería despertarlo pero no sabía cómo, así que pensó: «Quizás se despierte como en los cuentos de hadas y princesas, con un beso de amor».

Tania se quedó esperando un cuarto de hora más. Entonces se armó de valor, se inclinó hacia Eduardo y le dio un beso. Para su sorpresa, Eduardo abrió los ojos. La chica dio un brinco hacia atrás y recargó su espalda contra la pared. Parecía que había visto un fantasma, se puso pálida. Eduardo apenas se pudo incorporar con mucha dificultad.

—¿Dónde estoy? ¿Qué... qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —Repitió, agarrándose la cabeza.

Tania pasó de pálida a roja y no le pudo responder, ni siquiera prestó atención a la pregunta, estaba tan avergonzada por darle ese beso, aunque en el fondo, además de sorprendida, también estaba muy feliz. «Funcionó, realmente sí funcionan los besos de amor, se lo hubiera dado antes» pensó.

Eduardo se dio cuenta de que estaba todo vendado y la miró con atención.

—¿Tú me has estado cuidando?

—Sí... —respondió con voz temblorosa.

El joven se levantó con mucha dificultad y aún adolorido, se dirigió a donde estaba ella, la abrazó y le susurró al oído: «Gracias, Tania». Esto hizo que ella se pusiera aún más nerviosa y roja, parecía un tomate, así que Eduardo le preguntó si se sentía bien.

—¿Por qué no me voy a sentir bien? —Cuestionó temblando.

—Estás muy roja —expuso preocupado—, y estás temblando... Por cierto, ¿dónde estamos? ¡LA BODA! —Gritó de repente—. ¡TENGO QUE IMPEDIR QUE ALEXANDRA Y JULIO ARRUINEN LA BODA DE VANIA!

—Tranquilo, tranquilo. —Tania abrazó a Eduardo—. El desgraciado de Julio te dejó desmayado durante estos días, ¿te imaginas qué te hará si te ve justo ahora...?

—¡¿DÍAS?! —Exclamó alterado—. ¡¿PERO CUÁNDO ES LA BODA?!

—Mañana.

—¡¿MAÑANA?! ¡NO, NO PUEDE SER, NO PUEDE SER, NO PUEDE SER! —Eduardo empezó a arrancarse los cabellos de la cabeza.

—Oye, tienes que calmarte —lo tranquilizó, agarrándole las maños para evitar que se jalara el pelo—. Yo te ayudaré a que la boda de Vania sea perfecta, ¿sí?, pero tienes que calmarte.

—Tienes razón, lo siento, lo siento. —Eduardo respiró profundamente mientras Tania lo ayudaba a sentarse en la cama—. Muchas gracias, Tania. Eres una gran persona.

Eduardo le sonrió a Tania, y ella se quedó pensando un momento. Se le ocurrió una idea para impedir que Julio y Alexandra estropearan la boda. Le comentó a Eduardo lo que pensó y a él le pareció un plan excelente.

Los dos siguieron comentando los detalles, esperando el amanecer del día siguiente para dar marcha a su proyecto.



Nota: Aquí en México las zapatillas son los zapatos de tacón altos. Sé que en otros países son otro tipo de zapatos, para nosotros esos son los tenis tipo sneakers.

Pero bueno, volviendo a la historia "Como vio que era lindo, se enamoró de él" JAJAJAJJAJAJAJAJ no lo quité porque me dio mucha risa.

Y amo ver a Julio todo desquiciado. Mi psicópata preferido xD

Ya faltan dos capítulos para que termine, ¿qué creen que pase? Los leo.

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