Epílogo
https://youtu.be/OtuJHYbXBEs
El aroma fresco de la pintura me saca una sonrisa. Muevo mi pincel por el lienzo y pinto aquello que ha estado en mi mente por días. Es solo un paisaje, nada especial, pero sentí que necesitaba pintarlo. Mezclo colores y mientras voy pintando la idea original de la pintura queda en el olvido mientras una nueva idea aparece en mi mente. Usualmente me sucede siempre lo mismo. Me encierro en mi estudio a pintar algo y termino pintando algo totalmente diferente.
La puerta de mi estudio suena tres veces y escucho unas suaves risas desde el otro lado de la puerta. Ellas saben que no deben molestarme mientras estoy en mi estudio a menos que sea una emergencia. Pero para ellas todo suele ser una emergencia. Dejo el lienzo a un lado y me limpio las manos antes de quitarme el plástico sobre mi ropa que utilizo para no mancharme. Camino hasta la puerta y al abrirla me encuentro a mis dos hijas de pie con una sonrisa.
Valentina, mi hija mayor tiene esa mirada que me dice que algo ha tramado. Ella es como yo, muy impulsiva, vivaz y siempre se está metiendo en problemas. Amy, mi hija menor es todo lo contrario. Ella es dulce, tímida, le gusta estar en su habitación leyendo o armando rompecabezas.
—¿Cuál es la emergencia? —les pregunto tratando de mantenerme seria.
Valentina es la que me responde.
—Galletas. —dice ella a modo de explicación y le hago una seña para que siga hablando. —Tratamos de hacer galletas.
Cierro los ojos al imaginarme lo que sucedió al escucharla decir eso. Me puedo hacer una idea de cómo quedó la cocina. Esto no puede ser bueno.
—Valentina, Amelia ustedes saben que tienen prohibido ir a la cocina. ¿Dónde está Dana?
—Salió a comprar comida para preparar la cena. Y estamos en la cocina porque, Amy quería galletas.
Amy mira confundida a su hermana y Valentina le da un leve golpe en la pierna mientras le guiña un ojo.
—Lo siento, mami. —me dice Amy.
Le pusimos Amy por la madre de Santiago. Amy Rachel. Y Valentina se llama así porque nació un catorce de febrero. Valentina Rose, Rose es por mi difunta abuela.
—Valentina, ya hablamos sobre mentir. —le digo. —Una mentira no es bueno.
—Papá y tú se casaron por una mentira que tú dijiste, mami. —me dice algo divertida Valentina.
¿Pero quién le dijo eso? Varios nombres vienen a mi mente, pero estoy segura que fue Peyton.
—Papá y yo nos casamos porque nos amamos. —estiro mis manos para que ellas me den sus manos y las llevó de camino hasta la casa.
El desastre en la cocina es peor de lo que yo imagine. Hay harina por todas partes, mucha, pero mucha harina. ¿De dónde sacaron tanta harina? Hay huevos quebrados en el suelo y polvo de hornear y chocolate. Si Santiago ve esto...
—¿Dónde está su papá? —les pregunto.
—Salió. —responden las dos al mismo tiempo.
Asiento con la cabeza mientras pienso en como limpiar todo esto antes que Santiago lo vea. Le doy indicaciones a Valentina y Amy para que me ayuden y empezamos a limpiar. Cuando Dana regresa de hacer las compras se ríe y nos ayuda a terminar de limpiar. No sé cuánto tiempo tardamos en limpiar todo, pero cuando por fin terminamos me siento agotada. Llevo a las niñas a tomar una ducha y luego las dejo con Dana mientras yo me voy a bañar.
Después de bañarme y vestirme, busco una de las cadenas que me ha regalado Santiago y al abrir uno de los cajones de mi tocador sonrió al ver la carta de Rachel. Esta carta va dirigida a mí o, mejor dicho, a la futura esposa de Santiago. Él me la dio después de nuestra luna de miel en Grecia. La leí sola, en la madrugada mientras la luna llena iluminaba el jardín. Lloré al final, lloré por ella y por lo injusta que puede ser a veces la vida. Guardo la carta en el primer cajón de mi tocador porque suelo leerla a veces. Tomo la carta y la abro con cuidado. Paso mis dedos por la letra antes de leerla.
Querida futura esposa de Santiago, no tienes idea la suerte que tienes por tenerlo a él a tu lado. Desearía ser yo, poder estar en tu lugar, pero no será así, él siempre fue demasiado bueno para mí. Siempre me dio la mano y me sacó de la miseria en la que estaba, con su luz trataba de ayudarme a encontrar el camino. Pero iluminar a otro hace que a veces te sumerjas en aquella oscuridad, yo no quería eso para él. No quería absorber toda su luz, así que decidí alejarme y verlo brillar, pero Santiago tiene un corazón tan grande que me encontró y me volvió ayudar. Nunca fuimos nada más que amigos, pero él siempre será el amor de mi vida y la persona más importante para mí. Me alegra que te tenga a su lado y espero que lo hagas muy feliz, él se lo merece, él merece toda la felicidad del mundo y es algo que yo jamás le hubiera podido dar porque uno da lo que tiene y yo solo tenía lágrimas y sonrisas falsas, él no se merece eso. Hazlo feliz, por favor, hazlo feliz por las dos, dale aquella felicidad que yo no le pude dar, aquellos besos que siempre soñé con darle y los abrazos que no le alcancé a dar. Dile que lo amas todos los días, por favor, dile un te amo de mi parte alguna vez, solo si crees que está bien, no quiero molestarte. Sé que me hubieras agrandado, tal vez incluso pudimos haber sido amigas. Juntas pudimos molestar a Santiago hasta hacerlo murmurar cosas sin sentido, pudimos haber salido a comer y sentarnos en la acera hablar de la vida, pudimos haber hecho muchas cosas porque por el simple hecho de hacer feliz a Santi ya me haces feliz a mí. Pero nada de eso pudo ser, lamento que sea así, pero tal vez es lo mejor, las cosas pasan por algo... Querida futura esposa de Santiago, gracias por hacer feliz al hombre que yo más amo.
Con amor, Rachel.
Termino de leer la carta y la guardo con cuidado de nuevo en el cajón mientras tomo la cadena que estaba buscando y me la pongo. Cuando salgo de mi habitación todo está en silencio, eso sería bueno si no conociera a mis hijas como las conozco. Valentina y Amy son muy unidas, Valentina siempre consigue que Amy le siga en sus travesuras. Valentina prefiere correr y jugar en el jardín, Amy le gusta pasar tiempo leyendo o tocando el piano. Ambas se equilibran y logran sacar lo mejor de la otra o en el caso de Valentina, logra sacar a su hermana de su zona de confort.
Entro en sus habitaciones y no las veo. ¿Dónde pueden estar? Tal vez y convencieron a Dana que les prepare galletas, ellas adoran las galletas. Bajo las escaleras hasta la cocina y para mi sorpresa tampoco están ahí. Las busco en la sala, e incluso en la oficina de Santiago, pero no las veo por ningún lado.
—Amy, Valentina. —las llamo.
Sus risas me dicen que están aquí.
—Aquí estamos mami. —me dicen las dos—Ven.
Sus voces vienen del jardín. Camino hasta el jardín y todo está a oscuras. ¿Dónde están ellas? Seguro quieren jugar. Sonrió y antes que pueda encender una luz. Escucho un piano, me detengo en el marco de la puerta que da al jardín. La voz de Santiago se escucha en medio del jardín. Está cantando Make you feel my love. Sonrió. Pequeñas luces blancas se encienden simulando ser estrellas. Miro los árboles y todo el jardín, luce irreal y mágico, como un sueño. En el piso hay lámparas iluminan un camino de pétalos azules. Santiago sigue cantando. Nuestros familiares salen detrás de los árboles con globos de cantoya blancos. Todos están aquí. Santiago deja de cantar y nuestra familia sigue con la canción. Él se acerca a mí y yo contengo el aliento.
—Hope, con solo mirarte a los ojos puedo sentir como tu vida vibra con la vida mía. Te he visto feliz, enojada, triste, decepcionada, estresada, te he visto de todas las maneras posibles y amo cada una de ellas. Amo lo impulsiva que eres y como te apasionas por algo, amo lo emotiva y dulce que sueles estar y también amo cada una de las locuras que haces. Yo no creo en dioses o en el destino, pero creo en nosotros y en este amor que nos tenemos. Creo que te amo más y más cada día, creo y deseo pasar junto a ti el resto de mi vida y cuando aquellos dioses de los que la gente tanto hablan decidan que nos ha llegado el momento de partir con gusto te seguiré en la oscuridad y te amaré a donde sea que vayamos. Te amaré por toda la eternidad y un poco más.
Él se arrodilla frente a mí y me muestra un hermoso anillo, más hermoso que aquel anillo que me pidió matrimonio la primera vez. Pero ahora es diferente, esto es real y a pesar que ya estamos casados no puedo evitar sonreír emocionada.
—Hope Evans. ¿Te casarías conmigo?
Todos guardan silencio esperando mi respuesta.
—Creo que ya es tarde para decir que no. —escucho sus risas. Tomo las manos de Santiago. —Si, amor, me casaré contigo. Nada me haría más feliz que volverme a casar contigo.
Él pone el anillo en mi dedo y se levanta para darme un beso.
—¡Por fin! —grita la abuela de Santiago. —Solo tuvieron que pasar seis años para esto.
Todos sueltan los globos de cantoya y los veo elevarse en el cielo como miles de estrellas.
—Amor mío. —le digo a Santiago. —Yo también prometo seguirte en la oscuridad.
Nuestras hijas corren hacía nosotros, feliz porque sus papás se van a volver a casar. Daniel, el hermano de Santiago abre una botella de champán y Alexa reparte las copas para brindar y celebrar nuestra boda. Los veo a todos aquí junto a mí, reunidos y sonriendo, hablando y emanando buenos deseos. No podría sentirme más dichosa en este momento y mientras Santiago me abraza y mis hijas ríen entiendo que este es mi final feliz. Cada lágrima, cada decepción, cada enojo e incluso cada mentira me trajo a este momento. Todo valió la pena y salió bien al final.
—Ya no quiero regresar a la noche que nos conocimos. —le digo a Santiago. —Esta noche es todo lo que importa.
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