La nieve en el norte
Partes: 1/1
Línea del tiempo: Futuro.
Autor: Len el escritor.
Advertencia: Sangre y guerra.
Disclaimer: Vuelvo a repetir. Esta obra es original, escrita por mi mano. Los derechos de la historia como sus personajes pertenecen a mi nombre.
Nota del autor: Perdí el concurso así que ahora lo publicaré porque los jueces no les gustó que tratará de la guerra. Ellos querían flores y cosas rosadas, ni modo será para la otra.
Desde que tengo uso de la conciencia, sé que las montañas del norte nunca han sido silenciosas, el sonido del viento aullador siempre acompañado del arrasador estruendo de las armas disparándose para tomar la vida de un soldado, y la gente del pueblo ocultándose en sus escondites dejando sus viviendas pausadas en el tiempo, tratando de guardar silencio que se hacía imposible por los niños que rompían en llanto por el miedo de lo que pasaba ahí afuera o los perros que ladraban a causa del ruido que perforaban sus sensibles oídos.
Algunos pasaban inadvertidos por los ojos del enemigo, sin embargo no todos tienen la misma suerte. La rutina nos mantenía con vida, debíamos siempre llenar las chimeneas con madera que traían los leñadores, comer de las escasas exportaciones que llegaban al pueblo acompañada por la nieve que se recogía y se derretía para su consumo, y siempre tener un escondite de emergencia.
La mañana de un domingo, me desperté a los llamados del doctor Mauro, un amable hombre que rozaba la tercera edad, fue el único médico que decidió quedarse en vez de ir a la guerra como el resto, fue la persona que trato de salvar a mis padres de sus graves heridas de bala, sin embargo fue demasiado tarde aun con todas las horas que nos esforzamos, no lo lograron. El doctor que me permitió vivir con el después del deceso de mis padres. Al bajar, me pidió recoger un suministro de medicamentos eso significaba grandes dosis de penicilina, anticoagulante y vendas que por suerte solo estaban a unas pocas calles al sur de donde vivíamos.
Salí a la calle para observar que el cielo era gris por las nubes de tormenta que se negaban a marcharse, el pavimento estaba cubierto de nieve recién caída. Sin ningún problema pude recoger los medicamentos del doctor Mauro, sin embargo el sonido de un disparo anuncio el comienzo de un nuevo enfrentamiento, corrí a una casa abandonada hecha de madera con las ventanas agrietadas y el techo apenas se podía sostener de sus pilares, esa casa era uno de los tantos escondites de emergencia que habían organizado los adultos, abrí lo que quedaba de la puerta. El disparo que sonó me hizo sobresaltar, más no grite al aire, pues era una sentencia de muerte si alguien que no era un aliado alcanzaba a escucharme.
Me refugie debajo de un escritorio cubierto de una manta blanca para evitar que se vea a la persona que trataba de pasar desapercibida, debajo ahí habían mantas junto con algunas latas de comida, deje entre mis piernas el paquete tratando de calmar mi respiración y con suerte también a mi corazón.
Pase media hora escuchando los gritos de dolor y furia de mis aliados y de enemigos, sin embargo no había ninguna señal de que pararía pronto. El azote de la puerta trasera me alarmo y me lleno de miedo, los pasos se acercaban a la esquina donde me ocultaba.
Una mujer se asomó por el marco de la puerta de la habitación, ella vestía un uniforme de la milicia inglesa. Esa chaqueta con las insignias individuales que mostraban el valor de un soldado, esos pantalones azules y esas botas negras eran inconfundibles junto a un abrigo blanco puesto encima del uniforme con la función de mezclarse entre la nieve. Sus ojos cansados se posaron en mí.
– ¿Qué haces aquí afuera? – pregunto la mujer apretando las vendas alrededor de su brazo, aun así eso no impedía que las gotas de sangre mancharan su uniforme.
– Recogía medicamentos para el doctor pero paso esto y me oculte aquí – conteste apretando el paquete de medicamentos contra mi pecho.
Ella se metió dentro del escondite respirando fuertemente agarrando su herida, le pregunte su nombre y lo que le había pasado, así conocí a la señorita Mills, un soldado con una herida de bala en el brazo derecho.
Era muy raro, por no decir anormal que una mujer fuese parte de la milicia, verla solo me confirmo lo que el doctor Mauro llevaba diciendo desde hace unas semanas. El país había caído en la desesperación y el pánico por ganar la guerra, significaba que el número de muerte en sus filas era tan alta que ahora recurrían a las mujeres que estuviesen en condiciones para pelear.
Ambas miramos por la ventana que se podía ver desde nuestro escondite. La soldado superaba los veinte años de edad, y a su lado estaba una niña de ocho años. No compartíamos edad, pero si las circunstancias que nos arrastraban al mismo camino. Ella debe manchar sus manos con sangre de inocentes que solo obedecían ordenes, debía decidir entre disparar y salvar a alguien o no hacerlo para dormir tranquila en las noches a cambio del último aliento de un camarada, la soldado Mills soportaba los helados vientos de estas montañas que son capaces de romper el acero como papel viejo, aguantaba días de hambruna o de culpa y estaba harta de la guerra. Al otro lado consolaba a las madres, hermanos, hijos y viudas cuando llegaba la carta que nadie desea ver, mis días los pasaba oculta y en silencio para estar con vida, limpiaba la nieve roja después de cada enfrentamiento y dedicándome a extrañar el calor de mis padres. No éramos tan diferentes. Ambas estábamos hartas de sufrir por este derramamiento de sangre.
En la tranquilidad que nos ofrecía el pequeño escondite, la mujer comenzó a hablar entre susurros lentos.
– Estoy ardiendo – comento la militar, la mire sin saber a qué se refería.
– No, no es así. Usted está bien.
– Estoy ardiendo, estoy ardiendo. Tengo quemaduras por todos lados, la herida no deja de crecer, estoy ardiendo en el infierno.
Ella alucinaba, comenzaba a delirar por la pérdida de sangre. Saque las vendas limpias para reemplazar las que no podían retener más la hemorragia, la mujer comenzaba a decir más incoherencias con el pasar de los segundos donde lo único que me decía que aún estaba en el mundo de los vivos eran los latidos de su corazón.
– No se duerma, señorita – le suplique inyectándole la penicilina en el brazo cubriéndome de su sangre.
Para nuestra desgracia el sonido de la puerta azotándose reboto entre la casa anunciando que alguien había entrado, una persona que no sabíamos si era amigo o enemigo. Me atragante con mi propia saliva al escuchar la lentitud de los pasos que exploraban la casa. Le tape la boca a la señorita para evitar dar una señal de vida.
– Este es mi fin– pensé alterada. La verdad desde que inicio la guerra no pensé que llegaría a vivir más de seis años, algunos no llegan ni a la mitad. Todos los días me pregunto ¿Cuándo me va a alcanzar? ¿Estará a dos metros detrás de mí? ¿Mientras duerma?
Se escuchaba la estática del radio seguido por una voz masculina hablando en otro dialecto con el que no estaba familiarizada. Lo intuí. Era enemigo. Miré a la militar tratando de mantener la conciencia desvié la mirada hacia el suelo salpicado de sangre.
También me alteraba el estado de la militar, no aguantaría mucho sin una transfusión de sangre, quería creer que se podría salvar de las garras de la muerte que su historia no terminaría como la de mis padres.
Dándolo todo, pero al final no obtenemos nada más que un número más de bajas.
Los pasos se detuvieron abruptamente frente al escritorio, sentí los brazos de la mujer rodearme tratando de protegerme sin embargo a lo único que podía estar atenta era al latir de su corazón desbocado. Casi me echo a llorar cuando el glorioso sonido de la trompeta dio por hecho de que el enfrentamiento había acabado.
El radio sonó otra vez. Ese hombre se fue corriendo de la casa de seguro tratando de buscar a sus compatriotas. Ninguna se movió por el miedo que aún nos mantenía ancladas al escritorio, hasta que la mayor pudo salir de su estupor para arrastrarme con ella.
Salimos del escondite deje que la soldado se apoyase en mi por su tambalear que amenazaba con enviarla al suelo. El frío no era tan abrumador cuando salimos de la destrozada casa, la nieve nos hacía tropezar por lo profunda que se había vuelto. Poco a poco la gente de sus escondites incluso algunos se habían ocultado en cajas que cubrieron de nieve para aparentar solo ser un montículo inofensivo.
Mi gente se acercó a nosotras al lado del doctor Mauro, todos estaban acostumbrados a ver este tipo de situaciones, rápidamente se llevaron a la mujer al consultorio del doctor Mauro, no me separe de ella en ningún momento de su tratamiento, el doctor me dijo que había salvado su vida por lo que había hecho anteriormente. Por el momento esta soldado aun continuaría soportando los helados vientos, los días de hambruna y sed. La soldado volvería a patrullar entre la nieve.
Mire por la ventana del consultorio del doctor Mauro, solo para observar que el Sol iluminaba en lo alto para señalar que habían ganado la batalla, más no la guerra porque la nieve ya no era blanca a causa de la sangre derramada quitando la pureza de las víctimas.
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