#19: Mudanza

Antes de una gran mudanza, en especial antes de una tan radical como la que había planeado Nico, teníamos que enfrentar a nuestros padres. Si de Nico hubiera dependido, hubiera tomado todo y se hubiera marchado a París, tan solo dejando una nota avisando de su ida; probablemente su padrino se hubiera enterado semanas después por encontrarse fuera del país en algún congreso sobre la industria hotelera.

   Yo sabía que las intenciones de Nico de no decirle nada a su padrastro no eran malas, pues en el fondo solo quería mantenerlo alejado lo más que pudiera por las malas experiencias que había tenido con su figura paterna pasada; pero, al final, logré convencerlo de que hablara con él, estaba en todo el derecho de saber que su hijo se marchaba. Porque Nico seguía siendo su hijo adoptivo y él su padre ante la ley, aunque él no lo aparentara y Nico no lo considerara como tal.

   Y así llegó el día en el que Nico se enfrentó a su figura paterna. Nico le había llamado para que volviera a la casa que se suponía compartían para darle la noticia y su padrastro volvió sin objetar, directo desde el norte de Dinamarca.

   Nico no se daba cuenta, pero aquel señor de traje y corbata siempre había estado a su completa disposición, posponiendo o cancelando todo cuando Nico lo necesitaba.

   Mi amigo le contó todos sus planes, me pidió que estuviera presente en ese momento y así lo hice. Nico le informó de toda su planificación; no le pedía autorización, más bien lo ponía al día de todo lo que había tramado en su ausencia.

   Él no se dio cuenta, pero fue como si le echara en cara todo lo que se perdió por haber estado ausente en ese tiempo y no dejaba en una situación nada justa a su padrastro, quien lo había dejado mantener el apellido Nowicki de su madre, quien le había proporcionado todos los medios y materiales para que pudiera desarrollar bien su arte, quien le ofreció las paredes de un hogar siempre estable para que tuviera un lugar al cual volver una vez finalizado el día.

   Nico terminó de hablar y el silencio se extendió por unos momentos que parecieron eternos, sin exagerar; me sentía como una niña pequeña otra vez y estaba convencida de que Nico no estaba mucho mejor en su interior.

   Su padrastro se quedó en silencio, observándonos con cuidado, con aire reflexivo, analizando la situación que se le había sido planteada. Finalmente, dio su veredicto.

   Le pidió a Nico que se cuidara y me pidió a mí que siempre le tuviera un ojo encima para alejarlo de los problemas que él siempre se andaba buscando. Él mismo se ofreció a encontrarnos un mejor sitio para quedarnos, le consiguió un estudio a Nico y se encargó incluso de coordinar mi transferencia de estudios. También aseguró que nos haría llegar la mayor parte de nuestras pertenencias para que pudiéramos mantener un poco de confort en aquel nuevo paisaje extranjero, para así tener siempre algo familiar a lo cual aferrarnos cuando nos sintiéramos perdidos y anheláramos la calidez del dulce y lejano hogar.

   El padrastro de Nico fue un apoyo clave para llevar a cabo nuestra mudanza a París y, ciertamente, me sentí agradecida de tener a un tan buen hombre rondando por mi vida.

   Ni siquiera Nico podía negar lo bueno que había sido su padrastro, aunque no estuviera tan agradecido de tenerlo cerca y sólo quisiera marcharse y mudarse a otra ciudad muy lejana.

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