Capítulo 39

Después de hacer alguna que otra travesura a Eric, los chicos se van dispersando, y Sergio entre ellos. Se ha divertido, pero al quedarse solo se da cuenta de que la diversión era superficial y a tiempo parcial. Así que se aleja definitivamente de la carpa con la intención de no volver a verla en el resto de la noche, y empieza a pasear tranquilamente por los alrededores. Vale, si, necesita una copa.

Se da la vuelta, en dirección a la barra libre, pero justo en ese momento Sara pasa a su lado, con el vestido de novia arremangado hasta la cintura. No tiene muy buena pinta y le están dando muchas arcadas. Cuando Sergio intenta salir detrás de ella, aparece Vlad.

—No pasa nada, está bien. — Lo dice más alto de lo normal, y por un momento parece que se lo dice a otro, porque ni siquiera le mira directamente. Con la misma prisa con la que ha aparecido, desaparece detrás de Sara. Sergio solo espera que llegue a sujetarla el pelo y el vestido y que no haya más accidentes por hoy.

Cuando Vlad se aleja de su vista, deja paso a otra visión, no sabe decir si mejor o peor. En los bancos de piedra donde antes había estado sentada con Alba, se encuentra Rocío de nuevo. Tiene una copa en la mano, del mismo color que la mezcla de jugger con zumo de limón. Se la ve bastante triste, e igual que en el resto de día, bastante ausente.

Y además le está mirando, aunque aparta la vista en cuanto sabe que él también le mira a ella. Sergio duda en sí acercarse, pero al final lo hace. Aunque Rocío no le corresponda sentimentalmente, sigue siendo su amiga. Y al igual que Lydia ha seguido a su lado, apoyándole, Rocío se merece que el haga lo mismo, y la apoye.

Camina tranquilo hasta el banco y se sienta despacio.

—Hola, monofrase. —Saluda, con una sonrisilla tímida.

—Hola, amigo que lleva evitándome días. —Sergio alza las cejas, sorprendido. Al ver su cara, Rocío suspira, abatida— perdóname. No se me da bien esto.

—No, perdóname tú. Ha estado fuera de lugar. Además, es cierto. — Sergio apoya las palmas de sus manos en la piedra del banco y se balancea. No se siente preparado para darle explicaciones, así que decide empezar por el principio y preguntarle cómo se encuentra.

—Jodida. —Dice ella, sin vacilar. Le señala la copa que tiene entre las manos y pone una mueca— Y lo suficientemente borracha para confesártelo.

—Tú nunca bebes tanto como para emborracharte.

—Hoy si. —Sergio sabe que debe decir algo. Algo estructurado y con sentido que logre animarla. Un consejo de esos que nadie usa para sí mismo—. ¿Te acuerdas de Luis, mi ex novio? —Sergio agradece que haya echado sus planes del discursito por la borda, pero la pregunta le vuelve a pillar desprevenido.

Claro que se acuerda de Luis. Fue pareja de Rocío durante el instituto y hasta hace dos años. Hasta había vivido en Londres y ambos habían mantenido una relación a distancia, con él allí y Rocío en Madrid. Y sin nadie explicárselo, cuando al fin volvió a España para quedarse, no duraron ni dos semanas. Es lo que tiene la distancia, que te acostumbras a no aguantar a esa persona las 24 horas al día.

Sergio se limita a asentir con la cabeza.

—Cuando nos conocimos, él estaba con otra chica, y tardó bastante tiempo en dejarla por mí. Un día me dijo que me había querido desde el principio, pero que no se había dado cuenta. No le he entendido hasta ahora. —Del rostro de Rocío resbala una lágrima. El chico se la limpia con el pulgar.

—Por favor, Rocío, no llores. Mira, sé que llevas un día de mierda, y que lo de Samuel ha sido un palo muy gordo. Pero tienes que intentar... —Rocío logra que deje de hablar solo con pronunciar su nombre. Luego se gira hacia él con una mirada culpable.

—No estoy hablando de Samuel.

Sergio entiende a lo que se refiere casi al mismo tiempo que la situación se vuelve aún más confusa. Rocío, sin dar ninguna pista sobre sus intenciones, le agarra de la camina y le acerca de sopetón a su boca, plantándole un gran beso en los labios. No hablaba de Samuel, no. Y salvaguardando las distancias, ni siquiera hablaba de Luis. Hablaba de él.

Sergio, una vez se recupera de la sorpresa, empieza a corresponderla, sujetándola por la cintura. No saben quién de los dos es el primero en incluir la lengua en el baile, pero el otro le imita y hacen el beso mucho más apasionado. Ella envuelve el cuello de Sergio con los brazos y...

Se separa de golpe y porrazo.

Parece que va a decir algo, pero en seguida suspira y lo deja en el aire. Cierra los ojos y se frota los ojos con la cara.

—Dios mío, soy idiota. Lo siento Sergio, no puedo. — Deja su cubata en el banco de piedra y se levanta. Las siguientes palabras las dice mientras comienza a andar, y por consiguiente a alejarse—Qué fuerte.

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