Aparentemente son pequeñas

En cuanto Eliana, su madre, salió de la habitación, Amely se dispuso a arreglarse para ir a la escuela. Se duchó, lavando con su cabello y utilizando jabón con olor a vainilla. Su madre había dado por sentado que ella se había perforado las orejas, con una aguja que apareció de la nada en el mesón del baño y la había dejado sola de nuevo, sin notar su estado.

¿Qué había sucedido? 

¿Habría tenido Amely algún comportamiento inconsciente? 

Se puso su informe, tomó la mochila llena de cuadernos y libros y la colgó en su hombro izquierdo, Y en cuanto iba a salir de la habitación se percató de la casa de muñecas. Era imposible decir que no era hermosa, cada detalle podía ser apreciado y fue delicadamente diseñado. 

Amely se encaminó en dirección a la casa, puesta sobre la cómoda bajo la ventana. Parecía inofensiva como cualquier juguete infantil; Eliana nunca asimiló el crecimiento de Amely, aún la veía como una niña pequeña y parecía ciega ante la realidad de una adolescente de quince años, al ser la hija menor siempre había sido consentida y Amely creía que se debía a que Eliana no quería perderla, ni enfrentar la verdad de que algún día debía irse de la casa para vivir su vida, le aterraba la idea. 

Ella abrió la casa por el costado con unas ranuras que tenía diseñadas para eso, dividiéndola en dos para apreciar el interior. Estaba bien equipada, tenía una hermosa cocina con muebles de madera tallada a mano, pequeños electrodomésticos y cubiertos en miniatura, no podía imaginar a una niña jugando con aquellas piezas diminutas, en un instante podría tragarse una sin querer.

Había tres baños, uno en la primera planta y dos en la segunda. Y también habían seis habitaciones, dos de ellas ocupadas por una muñeca pelirroja y una de cabello castaño. Exactamente iguales a las que se presentaron en su sueño, aquello heló la sangre en la venas de Amely, pero lo que más la espantó fue ver la habitación de su sueño... El tapiz oscuro, la cama con dosel y la muñeca rubia sentada, inmóvil y con la mirada perdida en el vacío, sobre el tendido, con el cuchillo en su regazo. 

Delia, recordó.

Otra de las muñecas estaba parada ante un espejo ovalado de cuerpo completo, que se sostenía en patas curvas y parecía estarse admirando con esmero. No obstante, la última estaba acurrucada en un rincón, los brazos alrededor de las largas piernas y el rostro oculto, tenía los bazos llenos de cortadas con líneas de sangre pintada que le recorrían las extremidades.

Aquella visión dejó a Amely perturbada. 

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