El Gran Maestro - Parte 1
—Te dije que iba a funcionar —dijo Miranda riéndose de Gabriel.
—Para suerte nuestra, mi casa no quedaba muy lejos así que esta alfombra voladora no volará mucho —dijo Gabriel, un poco disgustado al ver que la idea de Miranda de convertir la manta en una manta voladora funcionó.
—Por poco y te atrapan Cerati —dijo el mayor García al pobre joven que estaba recostado en la suave manta.
—Se lo agradezco —respondió Cerati—, solo quería ganar tiempo para que puedan huir con JoJo.
—Él estará bien —mencionó Gabriel aunque el estado de JoJo empeoraba.
Unos segundos después, la manta descendió hasta llegar al patio del interior de la casa de Gabriel.
—Tu casa es muy grande, demasiado para ti solo —dijo Miranda viendo las escaleras y vigas.
—Lo compré al llegar a Buenos Aires, si voy a quedarme bastante tiempo, debía estar lo más cómodo posible, ¿no crees?
El mayor y Cerati tomaron a JoJo y, con indicaciones de Gabriel, lo llevaron hasta una habitación donde una cama lo esperaba. Una vez que lo recostaron, Gabriel se acercó al desmayado JoJo.
—Torre de Babel... —Gabriel llamó a su pequeño stand quien se manifestó a su lado viendo el mismo punto que su usuario.
—¿Puedes reconstruirle otro brazo a JoJo? —preguntó Cerati.
—No, es imposible para mi, pero haré que vuelva usar su mismo brazo.
Torre de Babel levantó su dedo índice y con un rápido movimiento, abrió una gran herida en el brazo sano de JoJo.
—¡Aaaahhhh! —gritó.
—¡¿Qué hacés?! —reclamó Miranda.
—Solo con la sangre de JoJo puedo revitalizar su brazo, sino sería inservible. Entiendan esta operación como si pegáramos dos pedazos de velas, para hacer tal cosa necesitas derretir un poco la cera de los extremos y pegarlos hasta que seque —dijo Gabriel—. Ese mismo principio haré con el brazo y hombro de JoJo.
—¿Convertirás a JoJo en cera? —preguntó Miranda inocentemente.
—No, no puedo cambiar la materia, pero puedo dar órdenes a todas las células del brazo y del hombro. Pero como las células del brazo de JoJo estaban entrando en el proceso de descomposición, debó regenerar los tejidos con su sangre.
—¿Células? —dijo el mayor García—. Siento que lo que dices es muy avanzado.
—En efecto, en mis viajes alrededor del mundo he conocido a mentes brillantes que han hecho investigaciones muy sorprendentes. Y con ese conocimiento que tengo puedo salvar el brazo de JoJo.
Torre de Babel movió todos sus dedos, escribiendo comandos en cada célula del brazo de JoJo.
—Gracias a la velocidad y precisión de Torre de Babel, puedo hacer que ambas partes vuelvan a unirse —mencionó Gabriel, viendo fijamente las zonas por donde los rápidos bolígrafos de su stand pasaban—. Como esto tomará un poco más de tiempo, vayan a la habitación contigua, en la despensa encontrarán mucha comida y agua.
El estómago de Cerati comenzó a crujir.
—Apenas te conozco Gabriel —dijo Cerati—, pero por lo que hiciste por nosotros, puedo confiar en ti y creer en que mantendrás a salvo a JoJo.
—En realidad, fue JoJo quien nos salvó a todos, pero de eso seguiremos hablando después.
Miranda y el mayor García salieron primeros, seguidos por Cerati y al llegar a la habitación contigua, fueron hacia la despensa viendo abundantes panes, jamón, queso y cantimploras con agua, además de dulces bañados en miel, rosquitas de leche y más delicias que les hicieron agua el paladar.
—¡A comer! —exclamó Miranda muy emocionada.
Mientras los tres comían, Gabriel y su stand seguían trabajando sobre JoJo. Al percatarse que JoJo estaba totalmente inconsciente, Gabriel junto a su stand levantaron el torso izquierdo. La mano de Gabriel bajó un poco la camisa y vio lo que tanto buscaba.
—No puede ser... —dijo Gabriel, conmocionado al ver la marca de nacimiento de JoJo. Lo acomodó nuevamente y siguió escribiendo comandos en el brazo de JoJo y en su hombro. Unos minutos después, los tejidos de ambas partes empezaron a moverse y cambiar de tonalidad— ¡Torre de Babel!
Con ayuda de su stand, empalmó el brazo en su lugar y escribió comandos.
"Pegado el mayor tiempo posible"
"Flujo de sangre por las venas"
"Células, únanse"
Al terminar, cogió una extensa venda y la amarró en el brazo de JoJo para que ejerza presión.
Antes de salir de la habitación, Gabriel miró a JoJo para luego seguir su camino a la habitación contigua.
—Se supone que yo también debo comer —dijo Gabriel al ver que ya no había comida.
—No fui yo quien lo acabó todo —mencionó el mayor García y señalando con el mentón a Miranda quien se estaba comiendo una enorme ración de jamón, queso y panes a una velocidad sorprendente.
—Me intriga saber cómo está tan delgada si come de esa manera —dijo Cerati.
—¡Ño me mirem! —exclamó Miranda con la boca llena.
—Muchas gracias por la comida, Gabriel —dijo Cerati. El mayor García sonrió y asintió con la cabeza—. Siento que no he parado de correr desde hace meses y fue ayer en la tarde que comenzó todo esto.
—Mucha comilona, mucha cháchara —El mayor García dejó a un lado el plato donde comía el dulce de miel—. Queremos respuestas, hombrecito. Al parecer tu sabes mucho sobre Cars y sus compañeros secretos. ¿Quién carajos es el Gran Maestro? ¿Qué son los stands? ¿Por qué es tan importante esta maldita estrella de plata?
En su mano izquierda sostenía la estrella por la cual ahora eran perseguidos.
—Es cierto, tú pareces saber más sobre lo que sucede. Contános —dijo Cerati.
—Muchachos, calma —dijo Gabriel—. Todas sus preguntas tendrán respuesta. Aunque no suelo decirlas a muchas personas, la situación en la que nos encontramos es muy grave y los considero mis aliados para acabar con los planes del Gran Maestro.
—¿Qué quiere exactamente ese hombre? En la plaza lo vimos, pero en lugar de matarnos, él desapareció —dijo el mayor.
—Es cierto, JoJo empezó a tener dolores de cabeza cuando él apareció —mencionó Cerati.
—¿Dices que JoJo presentó molestias cuando él apareció? —preguntó Gabriel. Cerati asintió.
—Además, el chabón gritó que odiaba que lo llamaran JoJo, es como si se hubiera puesto a recordar cosas en ese preciso momento.
—Es muy curioso lo que pasó —dijo Gabriel, analizando lo que decían los caballeros.
—Entonces, ¿todo lo que ha pasado tiene relación con el Gran Maestro?
Gabriel tomó asiento y suspiró profundamente.
—Hace cinco mil años, existió una civilización que fue la primera en toda la historia universal. De esta fue que aparecieron todos los pueblos que se conocen hasta hoy, sin embargo, esta primera civilización llegó a la cumbre de su evolución al crear 8 artefactos que les permitieron obtener diversas habilidades. Es lo que hoy conocemos como "stands", ellos fueron los primeros en tener stands. ¿Pero, cómo lo hicieron?
—Cierto, ¿cómo lo hicieron? —dijo Cerati.
—¿Me dejas continuar? —preguntó Gabriel de forma irónica.
—Claro que sí —respondió Cerati.
—Pues bien, estos ocho artefactos provinieron de una roca que encontraron en un continente que hoy está bajo el océano Atlántico...
—Un momento —intervino el mayor García—, ¿fue una estrella que cayó del cielo? ¿Hablas de eso que cayó hace miles de años y que otorga stands a la gente?
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Gabriel bastante intrigado.
—Hace años, mi hijo y Dio Brando encontraron un libro donde relataban la caída de una estrella hace miles de años y la cual daba stands cuando la tocaban. Hoy fui testigo de ellos y esa estrella proviene de esa estrella que cayó hace miles de años.
—¿Un libro? No puede ser, debió ser el diario de Alecto Bunbury.
—¿Alecto Bunbury? —preguntó Cerati. Miranda comía y escuchaba la conversación atentamente.
—¡Paraparaparapara! —exclamó Gabriel—. Comenzaré desde el principio.
»Hace miles de años, esta civilización encontró una roca y de esa roca crearon ocho artefactos que daban habilidades extraordinarias a aquel que tocase uno de esos artefactos. Pues bien, tres de esos ocho artefactos están en Buenos Aires y son nada más y nada menos que las estrellas de plata.
—¡¿Tres?! —exclamaron Cerati y el mayor.
—Como lo escuchan, esas tres estrellas están en esta ciudad. Por descarte, dos estrellas están en poder del Gran Maestro, mientras que la tercera está con nosotros.
El mayor cogió a la estrella por la punta y la puso sobre la mesa con mucha firmeza en sus manos.
—¿Qué es lo que quiere esa sábana andante? —preguntó el mayor.
—Pues esto tiene que ver con la civilización del principio.
»Con el pasar de los años, investigaron el origen de la roca y su propósito en el mundo. Pero no tuvieron éxito hasta que dos hombres de familias distintas tuvieron una revelación en sueños. Dicha roca que cayó mucho antes del origen de la humanidad, vino con un propósito y es la de mantener a Astaroth en la Tierra.
—Suena como un demonio —mencionó Cerati.
—No estás tan equivocado, Cerati —dijo Gabriel.
»Ellos determinaron el punto de llegada de Astaroth y cuando estos dos hombres lo encontraron, este ser los dotó con un gran poder y los marcó para diferenciarlos del resto de la humanidad. En agradecimiento, estos dos hombres le obsequiaron los artefactos más preciados para ellos. Estos fueron las tres estrellas. Astaroth las aceptó y se apropió de ellas. Cuando los dos hombres llegaron a la metrópolis donde vivían, los recibieron con miedo ya que sus habilidades eran extraordinarias y junto a Astaroth, lograron someter a esta primera gran civilización. Es entonces que Astaroth decidió eternizarse, por lo que dio órdenes explícitas a estos dos hombres: cada cierto tiempo debían bañar su cuerpo con la sangre de la gente que ellos marquen como los elegidos para ser sacrificados, los artefactos que no fueran las tres estrellas debían ser enviados a todos los rincones del mundo para conseguir aliados y ejercer poder sobre todo el mundo y su última orden fue la de traerlo a la vida en mil años usando a las tres estrellas como llaves para despertarlo y hacer que sus descendientes tengan la misma habilidad que ambos hombres tuvieron. Estos aceptaron y Astaroth comenzó a secarse y ponerse en posición fetal, alrededor de su cuerpo se formó una masa dura que luego se petrificó hasta volverse en una roca que no alcanzaría más de metro y medio. Los dos hombres elegidos llamaron al ataúd de Astaroth como la Piedra Eterna.
—¡¿Estás hablando en serio?! —exclamó Miranda, haciendo sobresaltar a los tres hombres—. ¿Decís que hay un poderoso demonio durmiendo en esa piedra que está en poder del Gran Maestro?
—¿El Gran Maestro tiene la Piedra Eterna? Es por eso que Cars lo mencionó, ya que él está bajo las órdenes de su maestro —mencionó Cerati.
—No puede ser, no puede ser, no puede ser —dijo el mayor García.
—¡Es por eso que les dije que el mundo depende de nosotros! ¡Si el Gran Maestro obtiene las tres estrellas, tendrá acceso al enorme poder de Astaroth y dominará el mundo entero! —exclamó Gabriel.
—Recordar que Cars tenía la estrella, me escarapela la piel.
—Caballeros y dama, no tengan miedo de lo que les estoy contando, podemos derrotar al Gran Maestro y sus seguidores —comenzó Gabriel—. Es por ello que tenemos stands, ya que estos son la manifestación física de nuestras almas que están llenas de un valor vital y que se expresan a través de nuestras habilidades. Si no tuvieran ese espíritu de lucha, hubieran muerto al no poder soportar a sus stands. Muchas personas han muerto debido a eso.
—La estrella nos pinchó a mí, al mayor y a JoJo —dijo Cerati—. Pudimos haber muerto debido a la estrella.
—No solo eso, sino también sentir una agonía tan cruda que tú mismo te hubieras asesinado —respondió Gabriel señalándolos.
—Yo no tuve contacto con esa estrella hasta hoy día —comenzó Miranda con una mirada triste—. Tuve a Mariposa Tecknicolor desde que era niña y era algo difícil que nadie te crea, felizmente nadie lo hizo y pude vivir sin problemas hasta hace un tiempo cuando empezaron a seguirme esos encapuchados.
—¿Te seguían desde hace tiempo? —preguntó Gabriel más intrigado.
—Sí, hace un año empezaron a seguirme. Sin embargo, dejaron de hacerlo hasta anoche, cuando aparecieron en el club donde trabajaba y quemaron todo. Gracias a JoJo pude salir con vida.
—Miranda —Gabriel miró fijamente a la mujer que tenía delante—. ¿Tienes alguna extraña marca de nacimiento? ¿Algo como una constelación?
Miranda se sorprendió al escuchar esas palabras.
—¡Sí! —Levantó la parte de su falda que escondía su muslo—. ¡Tengo la constelación de Orión! ¡La he tenido desde siempre!
—¡Todo tiene sentido! —exclamó Gabriel mientras que Cerati y el mayor veían de reojo la pierna de Miranda—. ¡Eres descendiente de la raza de los Marcados!
—¿Marcados? —preguntó Miranda con incredulidad, volviendo la falda a su lugar.
—¿Marcados? —dijeron Cerati y el mayor García.
Gabriel suspiró y dejó a un lado su sombrero bombín verde.
»Luego de que Astaroth haya dejado órdenes a los dos hombres del principio del relato. Estos se autodenominaron como los Elegidos, a los aliados que tuvieron en el camino los denominaron como los Ungidos y todas las demás personas de aquella civilización fueron denominados como los Marcados, quienes servían como sacrificio para Astaroth. Tanto los Ungidos como los Marcados tenían una marca en alguna zona del cuerpo. Los Ungidos fueron marcados con una marca de un polígono en forma de arena del tiempo, mientras que los Marcados obtuvieron como marcas las constelaciones que se veían en el cielo. Todos los descendientes de las tres clases sociales heredarían las marcas de sus ancestros hasta la eternidad.
—Eso quiere decir que esos dos hombres también tenían marcas —acotó Miranda, horrorizada por el relato de Gabriel.
—Sí, ambos tenían diferentes marcas que los identificaban como los patriarcas de esa civilización. Uno de esos hombres llamado Buun-Bury tenía una marca de un triángulo convexo a la altura de su omóplato derecho. Mientras que su compañero, Joo-Staar fue marcado con una estrella de cinco puntas en el omóplato izquierdo. Tales marcas fueron hechas por el mismo Astaroth cuando hicieron el pacto.
Los tres fugitivos escuchaban atentamente la historia de Gabriel, sin embargo, fue el mayor García quien comenzó a cuestionar lo que el hombrecito decía.
—¿Cómo podemos creer todo lo que dices?
—Tenemos unos espíritus que sacan burbujas del cuerpo y que sacan agua de cualquier lado y te ponés a cuestionar lo que dice él —increpó Miranda.
—Descuida —dijo Gabriel—. Todo lo que les he dicho fue escrito por uno de los descendientes de uno de los Elegidos. Todo está aquí —Gabriel sacó un libro de su bolsillo y lo puso sobre la mesa—. ¡El diario de George Joestar! ¡Descendiente del Elegido Joo-Staar!
El mayor García tomó el libro, imaginando que su hijo hizo lo mismo con aquel diario que encontró aquella vez.
—¡Eso quiere decir que Alecto Bunbury y George Joestar son descendientes de esos Elegidos! ¡Ellos saben toda la verdad! —exclamó el mayor.
—¿Y si uno de ellos es el Gran Maestro? —dijo Cerati—. Suena lógico ya que el Gran Maestro parece saber la utilidad de esas estrellas y de la Piedra Eterna.
—No —dijo Gabriel fulminantemente—. Ninguno de ellos lo son. Alecto Bunbury desapareció sin dejar rastro hace más de cuarenta años. Lo último que se supo de él fue que compró un barco y navegó sin un destino fijado.
—¿Qué hay de George Joestar? —preguntó García, aunque ya sabía la respuesta.
Gabriel volvió a tomar aire y puso su pierna sobre la otra.
»En 1864, luego de reunir algunas pistas sobre la historia de la Piedra Eterna, estas me llevaron hasta Inglaterra, en el condado de Yorkshire donde residía un linaje de aristócratas que habían tenido participación en varios eventos importantes de ese país. Al llegar, esperaba encontrarme con el patriarca de la familia, George Joestar, pero al llegar solo vi ruinas de lo que había sido una gran mansión inglesa. Fue el mayordomo de la familia Joestar, un viejo hombre de 90 años llamado Robert EO. Speedwagon quien tenía lagunas mentales y alucinaciones propias de la edad. Este vivía a 50 metros de las ruinas de la mansión y cuidaba el diario de su patrón. Fue Speedwagon quien me dio el diario y me contó sobre el trágico final de los últimos Joestars.
—¿Descendientes? —interrumpió Cerati.
—Sí. George Joestar no era el último. Este tenía un hijo llamado Jonathan B. Joestar. Ambos murieron en un incendio hace cuarenta años exactamente. Speedwagon no recordaba cómo es que se ocasionó tal incendio, pero lo único en lo que estaba seguro era que ninguno de los dos se salvó.
—Qué pena por ellos —comenzó el mayor García, con la mirada acongojada—. Seguramente trató de salvar a su hijo y no lo logró. Es lo que hubiera hecho si hubiera tenido la oportunidad aquella vez.
Cerati puso su mano sobre el hombro del mayor, calmando la pena que sentía.
—Hmmm. Es extraño —dijo Miranda.
—¿Qué?
—Solo piénsenlo. ¿Por qué un hombre rico salvaría un viejo diario si pudo haberlo quemado en el mismo incendio? No les parece raro.
—¿Qué tratas de decir, Miranda? —preguntó Gabriel, sintiendo que estaba llegando a la misma idea que ella.
—Si yo hago que mi mayordomo esconda algo valioso para mí, es porque lo estaba ocultando de algo o de alguien.
Cerati, García y Gabriel miraban atentamente a la mujer.
—¿Piensas que fue un ataque? —dijo Cerati.
—Sí. No mantuvo a salvo a su mayordomo y al libro porque sí, sino que trataba de que alguien no ponga las garras sobre él. Tal vez, George y Jonathan Joestar se unieron para derrotar a ese alguien que entró a su mansión por el libro. Tengan en cuenta que ambos Joestars pudieron ser usuarios de stands, así que por ende, esa persona que invadió su casa...
—¡También era un usuario de stand! —gritaron los tres hombres.
—¡Exacto! —exclamó Miranda—. Así que para acabar con él, se inmolaron y lo mataron definitivamente.
—Lo que dices suena lógico, Miranda —comenzó Gabriel—. Pero hay algo de lo que no saben de su amigo JoJo.
Miranda y Cerati se tensaron. No querían creer que haya una relación con el relato de Gabriel y JoJo.
—¡JoJo también tiene la marca de los Joestar!
—¡No es cierto! —exclamaron Cerati y Miranda.
—Cuando estaba sanando su brazo, revisé su hombro y encontré la marca de la estrella a la altura de su hombro izquierdo. ¡Eso indica que es un Joestar!
—¿Tendrá alguna relación con el Gran Maestro? —preguntó el mayor.
—Si sus pilares o alguno de sus discípulos lo sabe, el Gran Maestro levantará cada piedra de esta ciudad para encontrar a JoJo. Sin embargo, mientras que JoJo no recuerde nada de su pasado, es imposible saberlo.
—JoJo comenzó a recordar cuando apareció el Gran Maestro —dijo Cerati en un tono neutral—. Gritaba que odiaba a su padre y que no le gustaba que le dijera JoJo. Pero se sentía con una rabia y un resentimiento tan vivo que por poco pensé que su padre estaba ahí.
Gabriel acarició su mentón, uniendo cabos de toda la charla.
—Tengo la teoría —comenzó el pequeño hombre—, que JoJo puede recordar más cosas si el Gran Maestro está cerca a él. Si es así, es posible que JoJo se haya enfrentado a él anteriormente, por lo que JoJo puede saber la habilidad de el Gran Maestro. Lo cual nos ayudaría muchísimo para derrotarlo.
—Si tu idea es usar a JoJo como un anzuelo, déjame decirte que no lo permitiré —dijo Miranda—. Prometí que lo ayudaría a recordar, pero no a ese costo. Estar cerca de ese misterioso hombre lo pondría en peligro ya que no sabemos cuál es la habilidad que tiene.
—Esta vez, no sé qué decir —dijo Cerati.
—Ten en cuenta que si JoJo recuerda, podremos derrotar al Gran Maestro y ustedes podrán ser libres. Ya no serán perseguidos por todo un país ni por usuarios de stand.
Miranda mordió sus labios y apretó el puño con mucha fuerza.
—Podemos llamar la atención de el Gran Maestro y acercar a JoJo sin que la sábana flotadora se dé cuenta —dijo el mayor García.
—Solo tenemos hasta el 15 de septiembre. Solo cinco días para saber la ubicación del Gran Maestro y de la Piedra Eterna. Tan solo cinco días para derrotarlo. Porque aprovecharán el censo de la ciudad para destruirla completamente y a nosotros con ella.
—¡¿Es eso cierto?! —exclamó Cerati.
—No es nada seguro lo que digo pero han aprovechado la búsqueda de ustedes para que todo el ejército vigile toda la ciudad. Ahora más que nunca no podrán salir de la ciudad y menos a la esquina. Así que es mejor que se queden y descansen. Haremos una estrategia mañana por la mañana. Hay tres habitaciones al lado, tomen una y duerman —dijo Gabriel, poniéndose de pie y cogiendo el diario para salir de la cocina.
Cerati miró a sus compañeros esperando una palabra, pero los tres estaban tan cansados que solo fueron a sus habitaciones. Cuando se acostaron en sus respectivas camas, los tres miraron el techo, procesando todo lo que se habían enterado por parte de Gabriel Tres.
—Estoy aquí, sir Cars —dijo Dio, haciendo una venia y aguatando las ganas de torturar al hombre del cabello largo y esponjado.
Cars bufó y se acercó a Dio.
—Recuerda que aún eres un miembro de bajo nivel, por lo que ya sabes el procedimiento —dijo secamente.
—Sí.
Cars activó a Slipknot y el stand bofeteó con fuerza a Dio, dejándolo inconsciente.
—¡Oh! ¡Apolo! ¡Mi chaval ganador! ¡Estoy orgulloso de ti! Ja, ja, ja, ja. ¡Artemisa, dale la carne más jugosa! —dijo el hombre, sudando y con un aliento que olía a aguardiente guardado.
—Gracias, padre —dijo Apolo. El cabello rubio del chico y su esbelta figura eran el orgullo de sus padres.
—Aquí está, cariño —dijo Artemisa, colocando un plato con una jugosa carne frente a su hijo Apolo. Colocó otro pero de menor tamaño frente a su esposo. Ella también se sirvió pero esperaba a que su esposo y su hijo comieran primero.
—Esto se ve suculento. Ja, ja, ja, ja, ja —dijo el hombre mientras unos hilos de saliva caían por la comisura de sus labios.
—Gracias cariño —contestó Artemisa, una mujer con una ropa grasienta y con unas arrugas que le daban diez años más a su edad.
—¿Dónde está Dionisio? —preguntó Apolo.
—Está en la esquina —dijo su padre, Dionisio Brando—. Es una vergüenza que no quiero ver su inútil cara —el hombre agarró el pedazo de carne y lo mordisqueó, haciendo que la grasa se escurriera por sus labios hasta llegar a su barriga.
Dionisio estaba en la sombría esquina, con un plato de agua a su lado donde bebía cada vez que su padre lo castigaba.
—No te preocupes Dionisio —dijo Apolo—, te daré la mitad de mi carne para que no pases hambre.
El rostro de Apolo vislumbraba una bondad que pocas veces se podía ver en la casa de los Brando. Artemisa sabía lo que pasaría por lo que empezó a morder la patata aunque su tamaño no daba más tiempo para morder.
—¡No! —exclamó el pequeño Dionisio—. Cómelo tú Apolo, yo no tengo hambre.
El sonido de su estómago decía lo contrario.
—¡¿Acaso rechazas la buena voluntad de Apolo?! —exclamó el embriagado Dionisio. Este se puso de pie y lanzó una fuerte patada en el rostro del pequeño Dionisio—. ¡Acepta las sobras que te dan, pequeño inútil!
Los golpes no paraban a pesar de los gritos de dolor que el pequeño Dionisio lanzaba.
—¡Eres una mierdecilla inservible! ¡Maldito inútil! ¡Inútil! ¡Inservible! ¡No sirves para nada!
—¡Ah! ¡No papá! ¡Por favor no! ¡Para! —gritaba el pequeño Dionisio por las patadas y puñetes que recibía de su robusto padre.
Su madre alejaba la mirada de su pequeño hijo aunque temblaba cuando su esposo gritaba con esa furia que desfogaba con Dionisio. Apolo tenía los ojos húmedos ante brutal castigo.
Luego de unos minutos, el robusto Dionisio tenía los nudillos ensangrentados y su cuerpo sudoroso remarcaba más su calva cabeza.
—Cuando alguien te ofrezca algo, recíbelo. Es lo que nuestra familia ha hecho para sobrevivir todos estos años, estúpido inútil. ¡Jamás serás algo en esta vida! —dijo el robusto Dionisio, lanzando un escupitajo a su pequeño hijo que lloraba en el suelo, con el estómago vacío y el cuerpo adolorido.
—¡Despierta, Dio! —exclamó Cars.
Dio se levantó rápidamente, estaba en una cueva iluminada por antorchas colocadas a los lados.
—Ponte la túnica y cúbrete la cara. ¡Rápido!
—Sí... señor —respondió Dio. Su respiración estaba agitada ya que recordaba los golpes de su padre tan reales que pensó que estaba nuevamente con él.
El rubio se puso la túnica blanca y siguió a Cars por todo el trayecto hasta llegar a un enorme portón donde confluían varios caminos.
—Entremos —dijo Cars.
Al entrar, Dio vio a todos los miembros de la sociedad secreta que manejaba a toda Argentina. Para Dio no era nada nuevo porque ya había estado en reuniones pasadas, sin embargo, tenía un plan entre manos.
Todos los miembros de la sociedad estaban vestidos con la misma túnica de Dio y formaban un semicírculo frente a una gran alfombra roja y dorada que llegaba hasta un trono dorado con decoraciones de esmeralda.
Dos hombres se pararon frente a todos los miembros. Cars se paró junto a ellos. Los tres levantaron los brazos.
—¡Una nueva sesión ha empezado! ¡Hoy, la sociedad Opus , se reúne de nuevo! —exclamó Cars.
—¡Los planes del Gran Maestro están ejecutándose! ¡Sin embargo, han habido fallas en el camino y por ello estamos aquí! —exclamó Doppio.
—¡Él es la verdad! ¡Él es el único camino! ¡Nuestra única luz! ¡Nuestro Gran Maestro! —exclamó Duncan Dhu.
Los tres hombres bajaron las gradas y se arrodillaron frente al trono dorado. Todos los demás hicieron lo mismo, incluso Dio.
Una neblina salió detrás del trono, donde había un espacio tan oscuro debido a la falta de luz por la ausencia de antorchas en esa zona de la gran sala. Una cabeza blanca asomó entre la oscuridad. Era el Gran Maestro quien caminaba con calma, saliendo de la oscuridad como la única luz de todas las personas que estaba reunidas.
—¡Él es la verdad! ¡Él es el único camino! ¡Nuestra única luz! ¡Nuestro Gran Maestro! —comenzaron a decir todos con ánimo.
El Gran Maestro estaba de pie ante todos ellos, se podía ver a penas una parte de su rostro donde las arrugas daban cuenta de su edad.
Dio levantó la cabeza, para ver la figura de aquella persona que estaba por encima de él, y quien era su único objetivo esa noche.
Los personajes George Joestar, Jonathan Joestar y Robert EO Speedwagon pertenecen al canon de JoJo's Bizarre Adventure, que para el propósito de la historia han sido prestados. Sin embargo, se han alterado algunos aspectos para la trama.
1. Astaroth: el nombre de este ser divino hace referencia a la canción, del mismo nombre, de la banda Mago de Oz.
https://youtu.be/152lA0SuzfM
2. Robert EO Speedwagon: el nombre de este personaje hace referencia a la banda de rock REO Speedwagon.
https://youtu.be/wJzNZ1c5C9c
3. Opus: el nombre de la sociedad secreta hace referencia a la banda del mismo nombre.
https://youtu.be/pATX-lV0VFk
Próximo capítulo: El Gran Maestro - Parte 2
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