14: Secreto de venganza
Roxellane
Me mantengo sentada en la cama, cruzada de brazos y de piernas. Miro muy fijo el recipiente con dedos, ojos y otras partes humanas. Tengo que ser fuerte, si quiero destruir a Troyen, necesito pensar y actuar como un demonio.
Agarro un pedazo de carne, que no tiene forma aparente de ningún humano, pero sé que lo es porque huele «delicioso» y quisiera no haber pensado eso, me asqueo de la nada.
Mis labios tiemblan cuando acerco el trozo a mi boca, entonces lo muerdo. Cierro los ojos con fuerza y trago. No voy a opinar, solo voy a recordar que deseo venganza, tener ventajas y no volver a tener a Máster encima, obligándome a alimentarme. Necesito ser mi mayor aliada, aunque eso signifique comer carne humana.
La puerta se abre y dejo de comer. Visualizo al ser desagradable en el que estaba pensando. Entra al cuarto, me ignora y parece que busca algo en sus cajones.
—Al fin te comportas —opina en tono burlesco.
Doy un salto y me salgo de la cama. Camino hasta él, aunque no creo generarle mucho, ya que estoy en remera de mangas cortas y un short de jogging. Algo así como deportiva, porque quiero entrenar.
—Dijiste que me enseñarías —digo, directa, evitando su provocación—. ¿Para qué le gritas a todo el mundo que soy tu mujer si me vas a andar ignorando?
Encuentra lo que buscaba, lo guarda en su chaqueta y se pone erguido. Aunque soy alta, ambos, tanto Zijo como él, me pasan en altura. No mucho, pero para hasta ese mínimo detalle, me parece molesto.
—Me encanta que ya no me tengas miedo.
—Lo que siento por ti es odio —gruño, y ojalá eso no sonara tan animal.
Se ríe.
—Es una buena motivación, pero no hará que te acompañe a tu entrenamiento, puedes ir con Zijo. El gimnasio del clan está un piso arriba.
Mejor, ¿quién quiere ver tu maldita cara? Yo no.
~~~
Zijo pone gesto de pocos amigos cuando tiene que acompañarme obligado al gimnasio.
Alzo la ceja.
—¿No era que querías caminar y ser más libre? —le recuerdo.
—Tengo una pista muy importante, encontré al arquitecto del clan. —Se aclara la garganta—. Mejor dicho, descubrí a alguien que puede tener los planos, pero no puedo escabullirme en el lugar más concurrido del edificio. —Levanta las manos—. ¡¡El gimnasio!! —Luego pone una en su cintura—. Además, no debo dejarte sola, cualquiera puede aprovecharse y tomar una oportunidad.
Sonrío.
—No eres tan malo como creía.
Me mira de refilón.
—Soy un amor, pero no me comas —expresa, siendo un cascarrabias—. Y olvida lo de ser deliciosa, eres un asco —se refiere a la vez que él me abrazó porque Troyen me había obligado a comer.
—¿Lo dices para hacerme sentir mejor? —Enarco una ceja.
—¿Por llorar más cuando lo aclaré? Ni hablar, solo me das repulsión.
Frunzo el ceño.
—Eres insoportable.
—Y tú estúpida por pensar que te tenía lástima.
—No se me cruzó por la cabeza eso. —Me río y me burlo—. Me sonó a algo más romántico.
—¿Me quieres hacer vomitar?
—Al menos no sería la única —lo provoco.
La discusión no está llegando a ningún lado.
—Como sea, terminemos con esto, para poder seguir buscando pistas.
—No tengo apuro —expreso, tranquila.
Me observa, confundido.
—¿A qué te refieres?
No sé si quiero confesarle que deseo quedarme a destruir a Troyen. Desde que ocurrió la escena de mi alimentación, estoy llena de rabia y con ganas de venganza. Además, si me voy sin entender lo que le sucede a mi cuerpo, es seguro que no sobreviviré ahí fuera. Sé que Zijo quiere deshacerse de mí, liberarse de este trabajo detestable que le impusieron y si le digo que necesito permanecer aquí, seguro se volverá en mi contra. Será mejor que volvamos a discutir y girar la atención para otro lado.
—No seas inútil y muévete —me quejo.
—La estúpida que se tarda eres tú.
Ruedo los ojos, luego me giro a prestarle atención al gimnasio. No creo que vaya a poder con este en el primer día. Los obstáculos son inalcanzables.
—¿Cómo quieren que salte eso? —Observo lo separada que está una plataforma de la otra y encima ni colchonetas tienen—. Voy a morir.
Zijo se ríe y sugiere.
—Hagamos algo más fácil, como golpear una bolsa de boxeo.
—¿Y son de concreto? —cuestiono con desgano.
—Te puedo conseguir unos buenos guantes, pero con la fuerza que tienes, quizás ni los necesitas.
—Me estás sobrestimando.
—Oye, yo soy un demonio de rango bajo y parece que no tengo fuerza, pero rompo esas cosas. Tú me mandaste a volar, ¿de verdad crees que no puedes?
Sonrío y lo miro, contenta.
—Eres amable —me burlo.
—No, charlatán —me corrige—. Soy muy buen encantador.
Observo a los enormes bichos saltando. ¿Esa es la forma verdadera de un demonio? Su piel es negra, tienen tres ojos rojos, poseen garras y dientes afilados. Algunos tienen cola y otros no. Sus hocicos son grandes para tantos colmillos. Además, todos se diferencian de alguna forma, con características diferentes, como algo en sus colas, más ojos, tentáculos, pinchos en sus espaldas y más. Dejo de contemplar ese espectáculo tan anormal, entonces giro mi vista a Zijo.
—¿Tú también puedes cambiar? —le consulto.
Se me queda viendo muy fijo y tarda en responder.
—Todos pueden, tú también.
—¿Por qué evitaste la pregunta? —Refunfuño.
—ZirRejon. —Se mete a la conversación otro demonio, al menos en forma humana, pues me asustaría, ya que nunca los tengo tan cerca. El hombre decide responder por mi acompañante—: Él no se transforma, le da vergüenza.
—Straberry —se burla Zijo, mencionándolo como una fresa.
—Es Traber —lo corrige, molesto, luego me mira a mí y continúa burlándose—. Brilla como los vampiritos de crepúsculo, no puede ocultarse para cazar como cualquier demonio.
—Deja de ver películas para adolescentes, frutillita.
—¿Brillas? —consulto.
—Eso no importa. —Mueve sus cabellos rubios para atrás—. Mi forma humana es encantadora, no necesito cambiar.
—Es azul fluorescente —se sigue burlando Traber—. Es un feo avatar.
—Tú eres feo y narigón —lo provoca.
El demonio se enfada, entonces cambia, así que retrocedo. Se vuelve enorme y su característica distintiva es que en sus brazos tiene dos bocas más.
Qué miedo.
Otros demonios se aproximan a ver el espectáculo, entonces comienzan a gritar por sangre, como divirtiéndose.
—¿Vas a pelear? —le cuestiono a Zijo que se queda quieto.
—Yo y mi gran bocota —se queja, ignorando mi pregunta—. Mi vida era más tranquila cuando no se me ocurría venir por estos lares.
Parece que no va a luchar. Es más, se va corriendo, y el otro lo persigue. Mierda, debo hacer algo. Observo a todos lados sin saber cómo ayudarlo. Los demás solo siguen pidiendo sangre. Por ahora, lo único que puedo realizar, es su seguimiento. No debo perderlos de vista.
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