Capítulo 10.- Recapitulación

Historia conocía Londres, pero no le gustaba demasiado. Prefería la tranquilidad del campo, donde el aire era limpio y las personas eran mucho más amables; en Wraysbury, Ransom Manor, ella trabajaba como asistente del ama de llaves, la señora Marley, pero podía ir a todas partes a cualquier hora del día. En cambio, en Londres siempre estaba restringida dentro de las cuatro paredes de su habitación, como una prisionera.

Con los años había aprendido a no cuestionar las decisiones del doctor Fritz, su tutor, pero no significa que no sintiera curiosidad.

El doctor amaba Londres, casi tanto como París o cualquier urbe que le diera la libertad de moverse entre la gente. Era un hombre sociable y de un encanto muy poco frecuente, como una ligera chispa de condimento en un estofado casero. A la gente le gustaba mucho el doctor, pero ellos casi nunca se daban cuenta que el sentimiento no era recíproco.

Zeke Fritz era el mejor mentiroso del mundo, pero Historia sabía identificar cuando mentía.

Por eso no le creyó cuando él aseguró que se quedarían poco tiempo en Londres, por asuntos de trabajo.

— No es nada importante. —Le dijo el doctor mientras revisaban su nueva habitación. Por alguna razón, no estaban quedándose donde de costumbre. La casa era nueva y más grande.— Pero mientras estemos aquí, ya sabes las reglas.

Historia sólo levantó la mirada para asentir, antes de que Zeke le sacudiera el pelo y se despidiera con una sonrisa.

Había pasado todo el día afuera, y no volvió sino hasta muy tarde en la noche.

La señora Marley les había acompañado para administrar a los nuevos sirvientes, quienes habían sido seleccionados cuidadosamente por el señor Galliart. Historia sabía que todos en la casa, tanto en Wraysbury como en Londres, procuraban absoluta discreción sobre las personas que entraban y salían para visitar al doctor. Tampoco hacían preguntas sobre Historia y su relación con el forense, o por qué el ático de la casa estaba siempre cerrado.

Era un sendero de secretos que sólo el doctor Fritz conocía… Aunque Historia era lo bastante lista para desentrañarlo, si se lo proponía.

Cuando la primavera finalmente llegó a Londres y las calles fueron barridas y lavadas por las primeras lluvias del año, Historia respiró el aroma de la comida callejera que se servía en la acera de enfrente a través de su ventana. Entonces notó que unas personas doblaban la esquina y se introducían en el callejón junto a la casa.

"Visitantes", supuso la niña de cabello rubio, pues aquel callejón sólo podía conducir al patio trasero de la casa.

Su espíritu curioso la impulsó a correr por el pasillo de ese modo tan silencioso que dominaba desde pequeña, como un fantasma que podía recorrer cada rincón del hogar sin ser vista ni escuchada.

Lo más sencillo sería acercarse al borde de las escaleras para echar un vistazo a la cocina, donde se hallaba la puerta trasera y por donde obligatoriamente debían ingresar los visitantes. Sin embargo, Historia ya sabía que el doctor los conduciría a su despacho personal, donde la puerta estaría cerrada y sería casi imposible oír nada interesante. Así pues, optó por uno de sus escondites favoritos en este nuevo territorio: la buhardilla de la habitación de la señora Marley, la cual estaba justo al lado del despacho del doctor.

Con gran habilidad y equilibrio, Historia salió por la ventana y se acomodó sobre la cornisa, pegando la mejilla al marco de la ventana abierta del estudio del doctor.

— Aún así, ha sido una gran imprudencia de tu parte venir en pleno día. —Decía la voz del forense, tal desenfadada como de costumbre.

Su interlocutor, por otra parte, sonaba menos relajado.

— No podía esperar más. —Le dijo con cierto tono recriminatorio.— Y no te molestaste en avisar que volverías a Londres, casi de un momento a otro.

— ¿Acaso tu hermano teme que Historia se cruce en su camino de nuevo? —Preguntó Zeke, y aunque la niña no podía verlo, sospechaba que había levantado una ceja con un toque irónico.— Fue tan frío cuando la vio hace unos meses, en Brighton House.

— Para ser justos, no mencionaste que llevarías a la pequeña al baile. —Replicó el invitado, suavizando un poco su voz.— Nunca sé por qué haces lo que haces. Aún no entiendo por qué decidiste cuidarla.

Hubo un breve silencio que conmocionó a la rubia. Ella tampoco sabía por qué el doctor Fritz se había convertido en su tutor, y la idea de que pudiera revelarlo en ese momento casi la hizo resbalar de la cornisa… lo que hubiera sido terrible, hallándose en la segunda planta.

Sin embargo, le sobrevino la decepción cuando el doctor cambió de tema, hablando con una voz suave y ligeramente risueña.

— El motivo no es tan importante, ¿o sí? Tomando en cuenta que tú ya tienes bastante con tus propios secretos. —Una nueva pausa parecía cargar el ambiente. Incluso Historia, que estaba afuera y no podía verlos, lo sentía.— Seguramente estás impaciente. ¿Hace cuánto no ves al mercenario? ¿Cinco meses?

Historia escuchó un murmullo amenazante, pero no pudo distinguir las palabras. Intentó acercar un poco más la cara a la ventana, con cuidado de no resbalar.

— Jamás me atrevería. —Exclamó el forense con un suspiro.— Pero Kenny ajustó la soga a su cuello cuando secuestró a la doctora Zöe y mató a aquel policía. No importa lo que yo haga, eso no puede desaparecer.

Historia logró echar un pequeño vistazo al interior del despacho, observando la alta figura de su tutor inclinándose hacia un hombre de baja estatura y cabello cenizo. No sabía si intentaba reconfortarlo o amenazarlo, ya que el otro hombre mantenía una expresión neutral en su rostro.

— Si quieres puedo buscarlo. —Finalmente dijo Zeke, casi con compasión.— Pero no garantizo que venga por su propia decisión. Sabes lo terco que es y no pienso arriesgarme a que me corte el cuello.

— Sólo necesito que le entregues un mensaje. —Murmuró el visitante, extrayendo de su abrigo color arena un sobre de manila sellado.— Si decide no volver, no puedo hacer nada al respecto.

— Dudo que pueda mantenerse al margen por mucho tiempo. —Replicó Zeke con una sonrisa, pero tomó el sobre con reverencia y lo guardó en uno de los cajones de su escritorio.— Él es aún más impaciente que tú y dudo que estar cinco meses sin tu compañía le haga bien a su carácter.

El visitante no sonreía. Por el contrario, el tema parecía incomodarle, pero el forense se veía tan tranquilo como siempre.

Entonces la falda de una mujer se asomó por un lado, sorprendiendo a Historia, que no pensó que hubiera alguien más en la habitación.

— Gracias por su ayuda y discreción, doctor Fritz. —Habló una voz joven, muy femenina y serena.— Acabamos aquí.

— Ah, ¿tan pronto? —El doctor se movió, tan cerca de la ventana que Historia se sobresaltó, preocupada por que pudiera verla si se giraba.— Supuse que le gustaría conocer a Historia, milady.

La niña quedó ligeramente suspendida con un pie fuera de la cornisa, su pecho agitado por lo que escuchaba y por el repentino vértigo que la hizo mirar hacia abajo. Debía reacomodarse pronto o perdería las fuerzas, pero ni siquiera tenía el coraje de respirar, temerosa de llamar la atención.

— No tenemos mucho tiempo. —Replicó finalmente la voz de la dama, que sonaba tan tranquila como la del doctor. Sin embargo, Historia pudo detectar cierta decepción en ella.— Quizás en otra ocasión. Como usted mismo dijo, es arriesgado venir a plena luz del día.

— Por supuesto.

El doctor intercambió unas últimas palabras de cortesía con sus invitados y finalmente los despidió fuera del estudio.

Historia recuperó el equilibrio en la cornisa, soltando un suspiro de alivio. Pero cuando regresaba a la seguridad de la habitación de la señora Marley, unas manos fuertes la sujetaron por los hombros y la arrastraron al interior sin contemplaciones. Ella no gritó pidiendo ayuda, pero sí intentó desprenderse del agarre para salir corriendo, sin éxito.

— ¡Quédate quieta o me obligarás a darte una nalgada! —Exclamó la voz enfadada de Porco Galliart, quien soltó una maldición cuando ella le mordió la mano.— ¡Pequeña piraña salvaje! ¡Además de fisgona, granuja!

— ¡Pues tal vez sea una fisgona pero no ando asustando a niñas pequeñas como un degenerado! —Replicó ella a su vez, acusándolo con el dedo.

— ¿¡Degenerado!? —Porco se sonrojó hasta las orejas, indignado por semejante apelativo.— ¡Ja! Como si supieras qué es un auténtico degenerado, mocosa.

— ¡No soy una mocosa!

— Ah, tienes razón. Una "niña pequeña", además de malcriada y fisgona. —Porco sonrió cuando Historia le fulminó con la mirada.— ¿Qué demonios estabas haciendo en la buhardilla? ¿Acaso pretendías aprender a volar?

— No es de tu incumbencia lo que yo haga. —Le dijo la menor, pero cuando intentó dejarlo de lado para salir del cuarto, Porco la tomó del brazo con una mirada más seria.

— No es asunto mío. —Reconoció él en voz baja.— Pero este es un lugar peligroso para una niña.

Historia se zafó del agarre del rubio, observándolo con cierta curiosidad.

No era la primera vez que el doctor Fritz contrataba a un asistente de "mala reputación", pero los anteriores habían sido desagradables viejos con enormes barrigas y patillas ridículas. Solían acudir de vez en cuando a Wraysbury para entregarle informes al doctor, pero su interacción acababa ahí.

Porco se había vuelto una figura frecuente, siempre al servicio de Zeke, para absolutamente cualquier cosa. Entre muchas otras tareas, se encargaba de vigilar a Historia cuando el ama de llaves no andaba cerca, pero ninguno de los dos había mencionado el elefante en la habitación hasta ahora.

El peligro, la constante sensación de que algo no iba bien… y la desagradable conciencia de que dependían completamente del doctor Fritz.

Historia fijó la mirada en la de Porco, hasta que él se sintió un poco incómodo.

— ¿Y tú no eres peligroso, acaso?

La pregunta desestabilizó al muchacho.

Porque ciertamente él conocía la parte más oscura del mundo; su crueldad, su injusticia y frialdad. Había aprendido a sobrevivir robándole a quien se dejara, mintiendo a quien se creyera sus cuentos y estafando a ricos ingenuos. Sabía cómo despellejar, cómo sacarle la verdad a un hombre a golpes, y conocía de primera mano el interior de un burdel.

Sin embargo, en esa civilizada casita de Mayfair, casi estaba más asustado que un ratón.

— No para ti. —Fue lo que decidió responder con absoluta sinceridad, notando que sorprendía a la menor. Porco suspiró y la empujó suavemente fuera del cuarto, para volver a cerrarlo.— Deja de usar la buhardilla o un día de estos te estrellarás en el piso como uno de esos pajaritos bebés. Y si el doctor te encuentra fisgoneando… te meterás en problemas.

— ¿No le dirás que lo estaba espiando? —Le cuestionó la rubia.

Él se encogió de hombros y se alejó por el pasillo.

— No tengo idea de qué estás hablando.

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Después del caso del destripador, las cosas en Scotland Yard habían vuelto a la normalidad… con la triste excepción de que Erwin Smith no había vuelto a su puesto como Comandante de la estación. Sin embargo, el liderazgo de Mike mantenía a todos en orden, casi como si nada hubiera cambiado.

El trabajo continuaba a diario, tanto en las oficinas superiores como en las salas de policía de la primera planta, y de manera más remota, también en la sala forense del sótano.

— ¿Por qué no hacerlo esta noche? —Le preguntaba el detective Ackerman a la médico forense, Hanji Zöe, mientras limpiaba los anteojos de ella con un pañuelo limpio. La castaña aguardaba paciente, junto al barandal de madera al pie de la escalera.— Da igual si es hoy o mañana, acabará por saberlo.

— Sí, pero la carta del juez Bradley fue sólo un aviso condicional. —Replicó ella, cruzándose de brazos.— Me gustaría empezar con el proceso de una vez. Quiero tener el certificado de adopción antes de darle la noticia a Mikasa, y entonces hacer un enorme festín con todas esas fresas que a ella le gustan.

— Ya comenzamos el proceso de adopción, pero es un asunto largo y engorroso. —Le recordó el pelinegro, guardando el pañuelo en el bolsillo de su chaleco gris para luego acomodar los anteojos en el rostro de su prometida.— Debes tener paciencia.

— ¡La tengo! —Exclamó Hanji… demasiado rápido.

Levi levantó una ceja y ella bufó, llamando la atención de algunos policías que bajaban por las escaleras.

— De acuerdo, no tengo nada de paciencia. —Reconoció ella de mala gana, formando una mueca irritada.— Pero me aterra darle la noticia a los chicos y que al final Bradley se arrepienta.

— Bradley se arrepentiría si nos niega la adopción. —Levi frunció el ceño, y sólo entonces Hanji pudo darse cuenta de que su futuro esposo no era tan sereno como quería creer.

Eso la hizo sonreír.

— Tú también te mueres por adoptarla, ¿no es así? —Le preguntó con suavidad, riendo cuando él apartó la mirada con un gesto grosero. Sin importar cuánto se resistiera a admitirlo, Levi amaba a Mikasa como a su propia hija y deseaba hacerlo legal.— En verano, en verano.

Hanji había empezado a utilizar ese mantra para no perder la paciencia, recordando que estarían legalmente casados en junio.

Esta vez fue el turno de Levi para sonreír, aunque fuera un gesto pequeño y sutil.

— Vete, vendré a recogerte antes de que termines. —Le dijo con cariño, extendiendo la mano para acariciar su mejilla.

Hanji se acurrucó en su mano, soltando un suspiro.

— De acuerdo.

Un beso sería más que inapropiado, tomando en cuenta que estaban a mitad de la comisaría, pero los policías empezaban a acostumbrarse a las no tan sutiles señales del detective Ackerman de imponer su territorio, además de las constantes muestras del anillo en el dedo de Hanji. Con decisión, Levi se inclinó para besar la mejilla de la castaña, disfrutando la manera en que ella se ruborizaba.

Después de separarse, el detective subió a la oficina de Mike, donde recién terminaba una reunión para instruir a los reclutas sobre una redada a los clubes de East End ese mes.

— ¿Qué pasa? —Levi le preguntó a Mike cuando los policías comenzaron a abandonar la oficina, charlando sobre lo que harían el fin de semana.— Te ves peor que si te hubieran metido una escoba por el culo.

Mike entornó los ojos en su dirección.

— Es Nanaba. —Suspiró.— Ha estado un poco susceptible por el embarazo, y su madre no ayuda yendo a criticarla todos los días a nuestra casa.

— Creí que las suegras no son bienvenidas. —Levi levantó una ceja mientras se cruzaba de brazos. No recordaba haber visto ojeras tan marcadas bajo los ojos de su amigo, ni siquiera durante el caso del destripador.

— No puedo prohibir que Magda visite a Nanaba, y menos cuando mi esposa embarazada se queda sola en casa. —Mike se dejó caer en su asiento, detrás de su escritorio, con los hombros hundidos.— Como sea, esto terminará cuando el bebé nazca. Magda odia a los niños.

Levi podía entender a la suegra de su amigo. Siempre había pensado que los bebés eran ruidosos y muy, muy sucios. Hechos especialmente para aniquilar la paciencia de una persona cuerda, con baba y olores empalagosos.

Sin embargo, ahora que Hanji y él habían reconocido su deseo por tener hijos propios, no podía evitar sentir curiosidad por el bebé de los Zacharius.

— Hanji y yo queremos tener un hijo propio. —Le dijo a Mike, viéndolo sobresaltarse en su asiento con la noticia.— Estamos en proceso de adoptar a Mikasa, y Eren vivirá con nosotros hasta que cumpla la mayoría de edad. Pero… de algún modo, queremos experimentar la paternidad desde el principio.

— Bueno, sin duda la parte más agradable es la que viene antes del embarazo. —Sonrió Mike, no precisamente en broma.— Pero vale la pena. Cada vez que miro a Nanaba, me sorprendo por lo radiante que está. Aunque debo admitir que me muero de miedo cuando pienso en el día que dé a luz.

Levi frunció el ceño con un asentimiento.

No había pensado en eso.

Aunque Hanji era una mujer de complexión flexible, también era bastante delgada, con sus caderas no demasiado anchas. Imaginarla postrada en la cama, presa de dolores insoportables que podían durar horas interminables, lo hizo sentir un poco enfermo.

Pero ella era fuerte, más terca y resistente que muchísimos hombres.

Si ella se lo proponía, podía dar a luz a Goliat.

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A pesar de la desagradable sorpresa que había supuesto para Hanji el informe de Zeke sobre la autopsia de Annie Leonhart, aquel día se sentía reanimada, llena de energía, mientras preparaba todo en su área del laboratorio forense.

Zeke llegó unos minutos después, vestido con un largo abrigo negro y un sombrero gris satinado.

— Buenos días, doctor Fritz. —Ella lo saludó con una sonrisa, moviéndose a través de la sala con un hermoso vestido verde rayado; un moño decoraba su cuello alto, y las mangas de la chaqueta del vestido se ceñían a sus brazos esbeltos.— Hoy nos ha llegado el nuevo escritorio. Sé que había sido incómodo compartir el otro.

— En absoluto. —Zeke le correspondió la sonrisa mientras se quitaba el abrigo para colgarlo en el perchero junto a las puertas dobles. Por dentro, sin embargo, se sentía inquieto.— Pareces de buen humor.

La sonrisa de Hanji creció en su rostro, mientras sus mejillas se llenaban de color.

— Sí, hoy es un bello día. —Ella respondió, sujetando su falda para pasar por el lado de la mesa de operaciones. Él se estremeció cuando Hanji se inclinó para tomar unos hisopos y su nuca quedó expuesta. Algunos hilos de cabello castaño se le escapaban del peinado alto, con ese pequeño trozo de piel del color de las almendras.— La lluvia ha limpiado las calles y la primavera se siente en todas partes.

Zeke ni siquiera se había percatado de haberse movido hasta que estuvo a un paso de la forense, sobresaltándola cuando ella se dio la vuelta y lo descubrió tan cerca de su espacio personal.

— ¿Es eso? —Él preguntó como quien no quiere la cosa, alejándose antes de que pudiera asustarla, aunque sabía que ese gesto no pasaría desapercibido.— Sí, los días son más soleados. Había pensado salir a dar una vuelta por Hyde Park esta tarde, para tomar algo de aire fresco.

— Tú vives en Wraysbury. —Recordó Hanji, sin poder asimilar aún lo que significaba el acercamiento de su colega.— Supongo que estás acostumbrado al aire fresco del campo.

— Sí, bastante. —Zeke asintió con una sonrisa.— Pero también me gusta el ambiente de Londres. No soporto estar desocupado por mucho tiempo, y la ciudad siempre ofrece toda clase de distracciones.

— No me parecías la clase de hombre que se va de juerga a los clubes. —Bromeó Hanji, cruzándose de brazos con una sonrisa jocosa que por un momento desestabilizó al rubio.

— ¿Clubes? —Él parecía avergonzado.— ¡No, no! Vaya, no… Me refería al trabajo. —Los anteojos de Zeke se empañaron cuando ella comenzó a reír con ganas.— Eres cruel.

— Sí, pero vas a acostumbrarte. —Le dijo ella, con los últimos atisbos de risa flotando entre los dos.

Entonces recordó a Moblit.

Ella le había tomado el pelo de esa manera muchas veces, y él se había sonrojado hasta la raíz del pelo mientras le suplicaba que tuviera más seriedad. Sin embargo, siempre se habían divertido juntos, y él jamás había cuestionado sus métodos y decisiones mientras trabajaban.

Había sido un hombre amable, gentil y muy dulce, protector en cada célula de su cuerpo. Incluso cuando sabía que estaba al borde de la muerte, la había ayudado y le había dado instrucciones para escapar de la bodega donde estaban atrapados.

Ella lo había sostenido entre sus brazos, con la sangre fluyendo hasta convertirse en un enorme charco bajo su cuerpo… y él había intentado despedirse de ella con su último aliento.

El recuerdo de Moblit oscureció su expresión y agotó la alegría.

— ¿Doctora? —Zeke la llamó con suavidad.

Hanji no se dio cuenta que estaba llorando hasta que él le quitó los anteojos empañados.

— L-Lo siento. —Ella intentó disculparse, pero él limpiaba los cristales con su propio pañuelo. Por alguna razón, ese pequeño gesto incomodó a Hanji.— Dios, debo parecer una lunática. Tan feliz en un momento y llorando al siguiente…

— En absoluto. —Él habló con una voz baja y suave, tan reconfortante como cubrirse con una manta de lana, frente a la chimenea, en un día nevado.— Sé algo sobre lo que tuviste que pasar el año pasado. —Le dijo al devolverle los lentes.— Si te soy honesto, me impresiona que seas capaz de seguir trabajando después de lo que ocurrió. Cualquiera seguiría aturdido por la experiencia, sin mencionar la marca emocional que debió dejar en ti.

Hanji tomó sus anteojos pero no se los puso de inmediato. Tal vez era más sencillo afrontar sus emociones cuando el mundo se veía tan borroso como sus pensamientos.

— Muchas mujeres murieron a manos de Berthold Hoover, de formas terribles y lamentables. —Susurró.— Me alegra que esté muerto, aunque no sea correcto.

— Probablemente fue un error de mi parte dispararle, pero no puedo lamentarlo de corazón.

— Ni espero que lo hicieras. —Hanji levantó la mirada y rescató una pequeña y cansada sonrisa.— Sin embargo, hay muchas cosas que aún no puedo comprender sobre el caso. Cosas que Hoover se llevó a la tumba y que me atormentan por las noches.

Zeke la observó durante un rato, hasta que ella tomó una bocanada de aire y se atrevió a colocarse las gafas en su lugar. Sólo entonces descubrió que la expresión del rubio, aunque amable, era bastante deductiva.

— Siento que hay algo en particular que te agobia sobre el caso del destripador. —Le oyó decir sin rodeos.

Ella apartó la mirada.

— No sé si realmente cuenta como parte del caso del destripador. —Hanji intentó explicarle.— Tampoco es un gran misterio. Pero cada vez que siento que puedo superar todo lo que pasó, lo recuerdo y vuelvo a sentirme miserable.

— ¿Qué es?

Hanji bajó la mirada con tristeza.

— Moblit Berner. —Le dijo finalmente, en apenas un susurro.— Él fue mi asistente mientras trabajaba el caso del destripador… y también era mi amigo.

— Berner. —Zeke repitió en voz baja, como si lo recordara apenas.— Era un oficial del centro, ¿verdad? —Cuando ella asintió, los ojos azules del médico bajaron con compasión.— Escuché que murió en la línea del deber.

— No. —Replicó Hanji, frunciendo el ceño. De pronto parecía enfadada.— Él no trabajaba directamente en el caso. No investigaba al destripador ni actuó como fuerza de primera línea. Nunca fue más que amable conmigo y con todo el mundo, pero por alguna razón, acabó involucrado como una de las víctimas del caso. Su muerte fue injusta… totalmente injusta, igual que la de esas mujeres y Annie Leonhart.

Las lágrimas volvieron a picarle los ojos a la castaña, pero ya no quería llorar.

Ya no quería pensar en lo mucho que odiaba a Berthold Hoover, porque no podía cambiar el hecho de que estaba muerto.

No quería pensar en lo culpable que se sentía por las muertes de Moblit Berner, Annie Leonhart, Sasha Brauss y Alessa Porter.

No quería nada de eso.

— ¿El destripador mató a Berner? —Escuchó que Zeke le preguntaba con delicadeza, pero también con una intención secundaria que no pudo identificar.

Ella sacudió la cabeza.

— Como dije, él no estaba involucrado en el caso. —Repitió con un suspiro de frustración.— Uno de los principales sospechosos se sintió molesto con la persecución y me raptó para enviar un mensaje. Aún no entiendo por qué, pero también asesinó a Moblit.

Zeke asintió, pensativo, acariciando su barba como hacía cuando intentaba determinar la causa de muerte de un cuerpo.

— ¿Qué estás pensando? —Ella le preguntó, frunciendo el ceño cuando él evitó responder.— ¡Suéltalo ya!

— Bueno… —Zeke alargó la palabra, casi con cautela.— La muerte del oficial Berner parece completamente injustificada, por lo que me cuentas, y si no fue el destripador el responsable, quiere decir que aún hay un asesino suelto. Y por otro lado, Annie Leonhart debía saber muchas cosas…

El corazón de Hanji se contrajo de forma dolorosa, conectando las ideas hacia una conclusión que le supo a hiel.

— ¿Crees que el asesino de Moblit también mató a Annie?

Hasta ahora, todos en la estación suponían que la desafortunada huérfana había muerto como muchísimos otros niños de su edad en la calle. Sin embargo, tenía sentido que alguien la quisiera muerta por sus conocimientos, tomando en cuenta que corrieron el riesgo de extraerla de Saint Anne's a plena luz del día, dejando a Nifa Garner como testigo.

Y luego estaba el mensaje que Annie había guardado en su cuerpo.

— ¿Dónde pusiste el trozo de tela que extrajiste de su garganta? —Le preguntó al rubio con urgencia, deslizándose por la sala hasta los muchos gabinetes donde guardaban los objetos personales de las víctimas y los objetos extraños.— ¿Qué era lo que decía?

Zeke se acercó a ella y abrió un gabinete de la parte más alta, sacando un portafolio de cuero y de él, un pañuelo limpio. Hanji lo abrió y extrajo el trozo de tela.

— "Muerte a los soplones". —Zeke leyó en voz alta las torpes palabras que apenas alcanzaban a leerse.— Es un dicho popular en las calles de Whitechapel. A nadie le gustan los soplones que van con la policía.

— Sí, lo que podría hacernos pensar que fue cualquier asesino de las calles que se ensañó con Annie, pero sería demasiada molestia para alguien que no la conocía de cerca. —Replicó la castaña, observando más de cerca la tela.— No tiene ninguna etiqueta, pero por las costuras, parece un trozo de camisa de hombre.

— ¿Un hombre se arrancó la camisa para escribir su mensaje en él? —Inquirió Zeke, levantando una ceja.

— No, pero tal vez ella rompió la camisa de su atacante al intentar defenderse. —Teorizó ella, no del todo segura.— De cualquier modo, no es loco asumir que este fue un ataque personal.

— Estoy de acuerdo. —Zeke la miró con curiosidad.— ¿Qué quieres hacer?

— Para empezar, quiero encontrar al bastardo que asesinó a Moblit.

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¡Aquí Steph!

Les agradezco muchísimo el apoyo que me han dado con esta historia, y les tengo algunas noticias.

Para empezar, es posible que haya una tercera temporada. Sí, esto aún da para largo.

Por otro lado, quería decirles que si alguien tiene inquietud de querer escribir un fanfic sobre esta historia, puede hacerlo siempre y cuando a) me de créditos y b) me etiquete para poder leer su trabajo. En serio amo cuando me comparten sus ideas.

El ritmo de actualización seguirá siendo incierto, ya que ahora estoy en la universidad y tal vez deba trabajar en las tardes, así que apenas tendré tiempo para escribir. Sin embargo, no se asusten, no pienso abandonar esta historia.

Un beso a todos ❤️💋💋💋

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