Capitulo VIII: La Noche de las Antorchas

En medio de la que parecía la más severa y profunda de las inconsciencias y la más interminable oscuridad, un nuevo mensaje llegó a Irene.

—¿No deberías estar ayudando a Aleksei? —escuchó la jovencita, aún con sus ojos cerrados.

Los empezó a abrir, y notó que se encontraba en medio de esa zona negra, lejos de toda luz, exceptuando, por supuesto, por una de un color dorado que dominaría cualquier habitación.

—¡Aleksei! ¡Ruslán! —gritó tras abrir sus ojos.

—Hey, calma, estás bien. Ellos están bien.

—¿Y tú...? ¿Estoy teniendo ése sueño otra vez?

—¿Todavía tienes tus dudas? —el ave en su forma de mujer preguntó.

—¿Estoy o no dormida? ¿O...?

—No Irene; no estás muerta, aunque de la sorpresa bien se te pudo haber parado el corazón.

—¡Bueno, disculpa! ¡Pero eso de las flamas, y la luz! ¡Y los tipos esos feos de la capital! ¡Y luego lo de que un ser mítico resultó ser verdadero! ¡Alguna cosa me iba a tomar por sorpresa!

—Si lo pones de ese modo —el ave lo pensó, y posó su dedo indice por encima de su mentón mientras su mirada denotaba una pizca de verdadera reflexión.

—Eso no tiene relevancia —declaró Irene—. Vamos, regresando al tema central...¿Qué fue todo eso?

—¿Qué cosa?

—¡Tú sabes qué cosa! —subió el volumen de su voz—. ¡Lo de la pluma!

—¿No te había advertido que con ella podrías desatar un enorme poder?

—Si, pero no sabía si era una advertencia real o sólo me golpeé la cabeza muy fuerte. Después de todo, creí que la bruja Baba Yaga estaba debajo de mi cama un día que comí una cabeza de cabra mal cocida.

—Imposible; conozco a Baba Yaga y hace años que no hace eso...hasta dónde recuerdo...creo que debería visitarla más a menudo, la pobre no ha sido la misma desde el accidente y...

—Luego me la tienes que presentar —comentó Irene comentó, brevemente su mejilla derecha—, pero, ¿qué? ¿Debo esperar instrucciones?

—En realidad...sí y no.

—¡Oh, pero eso lo aclara todo! —exclamó, alzando por un segundo sus palmas abiertas al aire.

—No, es que no comprendes: claro que te ayudaré en tu camino, lo seguiré haciendo en estos sueños, pero no se suponía que debías tener el siguiente tan pronto.

—¿Cami...cómo? ¿Camino? ¿O sea que esto no ha terminado?

—¡Ay, mi querida Irene! ¡No tienes ni la menor idea!

—Eso sí que me anima...

—Va, creo que es hora de que despiertes. No creas, como humana mi magia está contada gota por gota, no puedo desaprovechar lo que tengo por el momento.

El ave le dio la espalda a Irene, y comenzó a caminar en dirección contraria.

—¡Hey, pero espera! —la joven la buscó—. ¡Que esto no puede ser todo!

—¡Despierta! —el ave la confrontó una vez más.

—¡Espera por favor! —Irene gritó.

Pero esa exclamación no fue en ese misterioso lugar de tinieblas; era su habitación, con su cama partida reparada a medias, con su frente sudada, y ahí, su padre y Ruslán a su lado.

—Deberías comer mejor —su amigo advirtió—. Estos desmayos se están volviendo demasiado frecuentes.

—¿De verdad, Ruslán? ¿Esa, de todas las que pudieron ser, es tu primera pregunta? Vimos algo extraordinario y sobrenatural, ¿y lo primero que haces al verme consciente una vez más es cuestionar mi dieta?

—Bueno, ¡mi pequeña está bien! —Gregory dijo y sonrió.

—Irene, amiga, ¿qué fue eso? En serio, ¡eso estuvo...increíble! —Ruslán preguntó, acercándose al borde de la cama.

—“Increíble” sin duda es la palabra, pero...no tengo idea...excepto que...

—¿Si?

—La pluma, ¿dónde está?

—Se la llevó ese sujeto, Aleksei.

—No puede ser —advirtió, y se levantó violentamente de la cama—. ¡No puede ser! ¡No me digan que ya se fue del pueblo!

Corrió hacia el exterior, sin saber que esperaba ver, pero con algo más de tiempo para adivinar, quizá nunca se le hubiera ocurrido que encontraría a ese viajero a las afueras de su hogar, con la pluma en manos.

—¿Aleksei? —preguntó tras detener su paso.

El muchacho agitaba la pluma, como si quisiera que de ella brotara ese inmenso poder del cuál apenas vio una fracción, pero por más movimientos o posiciones en las que la colocaba, no lograba abrir el cerrojo de ese cofre.

—Irene —pronto su expresión impaciente cambió al ver a la joven recuperada, y de pie—, ¿te encuentras bien?

—Sí, s-sí, creo que todos nos llevamos un gran susto ahí, pero...

—¡Tienes que ayudarme! —Irene sintió las manos de Aleksei en sus antebrazos—. ¡Por favor! ¿Cómo lograste liberar el poder de la pluma?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Sólo...pasó —contestó al tiempo que él la soltaba—. ¡Y cuidado caramba! ¡Que tienes la mano pesada! ¡No tienes que ser tan rudo!

—Lo siento, lo siento...creo que me precipité.

—Vaya que sí, ¡y ya estoy harto de los misterios y enigmas! ¡Quiero que te tomes tu tiempo, te sientes, y me expliques! ¡No! ¡Nos expliques, a mi padre también que bien que le pasaron cosas por tu culpa toda tu historia de una vez por todas!

—Es lo justo —contestó—. Ven, entra, vamos a contar cosas...muchas cosas...

Y Aleksei entró de nueva cuenta al hogar de Irene; Gregory se posó en una silla que por milagro sobrevivió al ataque de los oficiales. Su hija estaba de pie, de brazos cruzados, lista para escucharlo todo de la boca de ese individuo, y hasta Ruslán se había quedado, a pesar de las protestas iniciales de Irene, para escuchar que era lo que en realidad estaba pasando.

—Primero lo primero —ella inició el intercambio—. Aleksei...o más bien, Aleksandr, ¿cuál es tú historia? ¿De verdad eres el príncipe?

—Sí, es verdad: soy Aleksandr de Vasilea, hijo del Rey Vaclav, y hermano de la Princesa Zlata, y...

—¿...bisabuelo removido de Filistoforo III?

—¡Santo cielo Ruslán! ¡Te deje quedarte bajo la condición de que no hicieras burlas ni mofas! —reclamó Irene.

—Vale, vale, sólo fue un pequeño impulso.

—Como iba diciendo —Aleksei retomó sus palabras—; mi identidad es esa.

—¿De verdad hiciste lo que dijeron que hiciste? ¿Realmente mataste al...Rey?

—No. Mi padre lamentablemente falleció, pero no lo maté; fui inculpado.

—¿Por quién?

—Una de sus manos derechas; el Duque de Rurikgrad, Vladimir...ellos se conocían de toda la vida, tenían casi la misma edad, aunque el Duque era un par de años mayor que mi padre. Crecieron juntos, eran casi como hermanos, pero él siempre resintió el hecho de que él no formaba parte de la Familia Real; era un noble de campo, de una región del país relativamente débil y sin influencias, pero era astuto, y su mente lo volvió un consejero vital en el funcionamiento de toda Vasilea...y se volvió demasiado poderoso, pero jamás podría tener en sus manos todo el poder.

—De lo que te acusan es algo bastante grave.

—Yo sé...no había de otro modo, era la única jugada con la que me podían sacar del poder y de la linea de sucesión.

—Pero, ¿no está tu hermana, dijiste? Si muere el rey, y a ti te eliminan de la posibilidad de tomar la corona, ¿no queda todavía la princesa?

—No necesariamente —Ruslán intervino—. Aleksei, o Aleksandr, o cómo quieras llamarte, ¿qué edad tiene tú hermana?

—Tiene trece; es aún muy pequeña.

—¿Qué tiene qué ver eso? —preguntó Irene.

—Según recuerdo, el miembro en turno de la Familia Real no puede ser coronado si no tiene al menos diecisiete años. ¿No es así?

—Exacto —replicó Aleksei—. Hasta entonces, debe de gobernar en conjunto con un Regente; un miembro de la nobleza cercano a la corona que sea quién ostente el poder verdadero...el Duque tiene por lo menos cuatro años de carta blanca para poder hacer y deshacer a voluntad...y eso, si es que no tiene algo planeado para Zlata...

—Es un bello día, ¿no es así, Princesa? —escuchó Zlata en la entrada de su dormitorio, mientras ella veía al exterior de su ventana.

Reconoció la voz de inmediato: era una que había escuchado demasiado últimamente.

—Duque, ¿a qué se debe el placer?

—Sólo para informar que, quizá debería aprovechar esta oportunidad de salir un poco, pasear, caminar...tratar de sonreír.

—Sigue nevado —contestó con un desánimo creciente—, no estamos precisamente en la primavera; el invierno aún no entra oficialmente de todo.

—¡Y con más razón! —se acercó—. Todavía hay sol, todavía hay luz, y hay que aprovecharlos mientras sigan aquí.

—¿Has estado hablando con Natalya, acaso? —preguntó, sin darle cara aún, soltando una breve risa.

—No es de mi incumbencia meterme en sus asuntos ajenos, Su Majestad, pero como humilde servidor, y como amigo de su padre, estoy casi seguro de que un pueblo necesita ver a su princesa del mismo modo que a un padre le gustaría que su hija saliera al mundo, que no se encierre ante él.

—Debería, pero...

—Y puedo suponer que si alguien más le dijo eso, es que quizá haya algo de cierto: una persona, es una coincidencia, pero dos...

—Sí, yo lo sé...mas pienso y pienso y...Duque —lo confrontó—, usted ha sido muy amable conmigo, y sus servicios para con la corona han sido invaluables.

—Bueno, más allá de mi amistad con el Rey, es mi labor, es parte de mis responsabilidades.

—Eso es algo de lo que deseaba hablarle; como sabe, aún no puedo heredar la corona, falta mucho tiempo todavía.

—Puede parecerlo Su Majestad, pero eso lo dice porque todavía es joven: creame, esos cuatro años pasaran mucho más rápido de lo que usted misma piensa.

—Pero aún así, hay un tema...no podré gobernar, bueno, no por mi cuenta. Pero sigo siendo un miembro de la Familia Real, y la siguiente en la linea de sucesión, y todavía está en mis manos una decisión.

—¿De qué habla, Su Majestad?

—Puedo elegir al Regente, y...como nadie ha sido tan cercano a mi familia como usted, creo que sería un enorme honor si aceptara el titulo para gobernar en mi nombre.

—Y-yo...sería un gran...privilegio poder servir a Vasilea de tal modo —contestó, tartamudeando y batallando en hilar sus frases—. ¿Pero...e-está segura? ¡El titulo es...!

—...uno de enorme responsabilidad, lo sé, pero en medio de un momento tan...trágico, se pudo mantener en calma y centrado. Eso es algo, una cualidad que nos podría servir de enorme ayuda en el reino.

—Sólo hice lo que pensé que era lo indicado; en serio, no es posible que nadie fiel a la corona y la nación haya podido evitar también lamentar como todos el fallecimiento del Rey, así como las...terribles condiciones en las que se dio.

—Yo no pude mantener la calma...no pude —susurró esas últimas dos palabras—. Yo, que soy sangre real.

—No es justo que se juzgue de esa manera; al final de cuentas, sigue siendo una niña, nadie de su edad debería pasar por lo que usted pasó.

—No sé ni como empezar a agradecer toda su ayuda —Zlata se abalanzó hacía el Duque, y lo abrazó efusivamente, tratando de no romper en llanto, después de jurarse que sus ojos dejarían de derramar lagrimas de una vez por todas.

—Oh, mire...tranquila —él respondió el gesto—. No han sido tiempos sencillos para nadie, y con este golpe a la corona, no sabemos como vengan los tiempos futuros...hay que tratar de ser fuertes, hay que tratar de resistir; el destino, y el bienestar de Vasilea están en juego.

—Creo...que estoy de humor para un pequeño paseo —Zlata murmuró.

—Eso me parece fantástico; su pueblo la necesita, y usted...necesita también algo de paz...

El Duque pidió una escolta para proteger a la princesa; ella no deseaba algo que llamase mucho la atención, pero fue aconsejada de que en esos tiempos de inestabilidad, debían tomar medidas para protegerla. La vida debía continuar, pero no necesariamente de la misma forma.

Irene estaba lista para hacer una nueva pregunta, o quizá, una serie de ellas.

—¿Y lo del ave de fuego? ¿Por qué yo terminé con la pluma? ¿Por qué yo soy la única que sabe como desatar su poder?.

—Ojala supiera eso; se supone que sólo funciona con miembros de la Realeza de Vasilea. ¿Cómo puede ser posible que una campesina la pueda usar?

—Sí...de nada por aquello de haberte salvado.

—No, lo siento... es que no tiene sentido, no debería ser así, a menos qué...

—Antes que digas algo, muchacho —Gregory intervino—, te diré de una vez que yo soy descendiente de pobres desde que existe la pobreza, y mi difunta esposa, y madre de Irene, que Dios la tenga en su gloria, no era más pobre qué yo porque al menos ella tenía zapatos que no tenían la suela rota.

—Bueno, eso descarta la teoría de que Irene en realidad sea una princesa perdida —Ruslán comentó.

—Oh...—ella quejó.

—Se supone que mi familia, y el ave hicimos una alianza...aunque, supongo que la has vista en sueños, ¿verdad?

—Sí...creo que también los has tenido tú.

—No me ha explicado mucho, aparte de que alguien, de algún modo, uso magia para arrebatarle su forma animal, y convertirla en humana, y mientras se encuentre así, no puede usar todo su poder, pero me prometió que aún poseía la capacidad de ayudarme, poco a poco: podía aparecer en sueños para darme instrucciones, y dijo que viniera a estos rincones, que lanzaría su última pluma, con un poco de su poder. Pensé que la portaría yo, pero...creo que ya hemos visto que no ha funcionado.

—Pero entonces, ¿qué harás?

—Ahora sé que la pluma funciona, y que en efecto, tiene un poder enorme, pero no la puedo usar yo...así que sólo queda un curso de acción racional.

—¿Cómo dices?

—Tienes que volver conmigo a la capital.

—¿Estás loco? ¿Te golpearon con mucha fuerza esos matones en la cabeza o qué te pasa?

—Tampoco estaba en mi plan original, pero...si no la puedo usar yo, igual la voy a necesitar, y si tu sí la puedes usar...te necesito.

—¿¡Qué!? —dijo mentalmente Ruslán, quién veía su tolerancia disminuir paso a paso hacía ese sujeto; no importaba si era realeza, nobleza o sólo un idiota, ante sus ojos, se estaba convirtiendo en un problema.

—No puedo dejar este lugar...hay mucho por hacer—Irene explicó—, hay tanto trabajo, y además...

—Te pagaré, ¡te pagaré con las monedas! ¡Tengo más de dónde vino lo que te había dado! —Aleksei imploró—. El dinero es lo de menos, ¡necesito tu ayuda!

Fue una imagen curiosa: no conocía mucho a Aleksei, pero desde su encuentro, él siempre actuó con un aire de superioridad. Una vez descubierto que era alguien de sangre azul quedo explicado su actuar, pero en ese momento, ante sus ojos, veía y escuchaba a alguien con una gran y autentica urgencia en sus clamores.

—Hija, sabes que no soy una persona de gran educación —Gregory interfirió—. No sé de política, no sé de asuntos de gobierno, apenas sé leer, y hacer mi trabajo. Pero en frente tuyo tienes a alguien que necesita tu ayuda; si ese muchacho fuera alguien pobre, sin alguien a quién recurrir excepto a ti, ¿no lo ayudarías porque es lo humano y lo correcto?

—Pero no es alguien pobre —Ruslán hizo su voz notar—. Es un príncipe, en un problema que ninguno de nosotros realmente entiende las consecuencias.

—¿Qué estás sugiriendo? —preguntó Irene.

—Que quizá ya estemos en problemas después de lo que ocurrió con esos oficiales; si lo ayudas, podríamos meternos en muchos más.

—Eso...es verdad —ella contestó, después de que esa idea cayó en espacio libre en su mente.

—Puedo darles lo que sea, ¡lo que sea!

—¿No lo entiendes, idiota? —Ruslán se le acercó—. ¡No se trata de dinero! ¡Eso de nada nos servirá!

—¡Detendré el ataque! ¡Una vez en el poder...!

—Pero aún si triunfas, ¡porque no existe garantía de que eso suceda en primer lugar! Tu orden tardará; en lo que nos respecta a todos los del pueblo, podríamos ya estar en peligro, y para cuándo cumplas tu objetivo, podría ser muy tarde para nosotros.

Y Aleksei se quedó sin argumentos: él sabía que era cierto, que sus miedos tenían fundamentos, y que todo había sido por su culpa.

Tragó saliva, y finalmente soltó unas palabras.

—Es verdad. Y no sé cómo podré recompensarlos, o el modo de sacarlos del lío; pero puedo asegurarles una cosa: el ave de fuego está desvaneciéndose, es el espíritu que ha protegido nuestro reino durante años, y sin él, no sabemos que es lo que sucederá después. ¿Creen que un montón de matones enojados es malo? ¿Es eso lo peor que se les puede ocurrir?

Y vio la atención en los ojos de Irene, de Gregory, e inclusive los de Ruslán.

—No saben demasiado, pero créanme que la vida más allá de nuestras fronteras tiene riesgos, y debemos afrontarlos, pensar en como luchar contra ellos...si nos despedimos del ave de fuego, podrías perderlo...

—¿Qué cosa? —Ruslán cuestionó.

—Todo. Tal vez. Todo podría ser perdido.

—¿Para quién? ¿Para un noble que no tiene idea de cómo es la vida fuera de Palacio y que apenas lo está aprendiendo?

—¡Todos podríamos perder! ¡No se trata de mi titulo, o de mi corona! ¡Vasilea en general podría estar en riesgo! ¡Y aunque estoy seguro que no es una elección sencilla de hacer, se tiene que hacer y se tiene que hacer pronto!

Gregory y Ruslán se vieron a los ojos; en los del mayor, había comprensión, mientras que en los del joven, duda y escepticismo.

Mientras que los de Irene...confusión y duda, sin saber hacía que lado la balanza debía caer.

—¿Y...qué decides, Irene? —el heredero preguntó.

Ella cerró los ojos por un segundo; al abrirlos, tenía una duda más, pero no para Aleksei, sino para su padre.

—¿Crees en el ave de fuego?

—¿Qué cosa?

—Todas esas ocasiones en las que me contaste esa historia, y todas esas leyendas, dime la verdad: ¿Qué tanto era cierto? ¿Y qué tanto otro era un cuento para dormirme?

—Hija —se puso de pie—, ¿de verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Lo admito: mucho de lo que dije era exageración, cosas que nunca pasaron, o que vagamente oí del amigo de un amigo —caminó alrededor de su hija—. Pero a pesar de todo, aquella primera historia, esa en la que el ave salvó mi vida de una nevada terrible, esa es la verdad. Si he de decir unas palabras que me crean, y sólo esas palabras, tienen que ser aquellas que narraron esa historia.

—¿Y en verdad crees en esa entidad? ¿Cómo algo más que una criatura mítica?

—Sin su ayuda, no estaría aquí —se le acercó, y le acarició la mejilla con su mano derecha extendida—, y lo más importante: sin ella, tú no estarías aquí.

—Y si a ti te pidiera hacer algo ese ser, ¿qué harías?

—Creo que confiaría; puede ser peligroso, pero si es que te dijo que tenía una tarea para ti, no soy nadie para cuestionar sus deseos.

—¿Pero cómo puedes estar seguro?

—No lo estaba, pero lo que vi...es increíble. Si es que te dijo que debías hacer algo, siempre será por un bien mayor.

—Entonces, creo que la decisión ya está tomada —Irene advirtió—. Aleksei —se le dirigió—, iré contigo...

—¿De verdad? ¿Estás segura?

—No...pero confió en mi padre...y...sé que por algo el ave me dejó ese poder.

—Estoy seguro que sí.

—¡Pero, Irene! —Ruslán reclamó—. ¿En qué estás pensando? ¿Dejarás tu vida aquí para ayudar a un prófugo de la justicia?

—Tal vez es una bendición disfrazada, amigo —colocó su palma izquierda en el hombro del muchacho—. Quizá sea una buena oportunidad.

—¿Oportunidad? ¿¡De qué!?

¿Sería acaso muy grosero decirlo? ¿Sería mucho decir que era un camino diferente al de crecer en un pueblo pequeño y provinciano? ¿Uno dónde tantas voces hablaban a su espalda y tantos rostros se reían en su cara? ¿Irse lejos de las burlas, y para un cambio, ser requerida y necesitada por alguien? ¿Ser considerada importante?

—Para viajar —limitó a un par de simples y frías palabras su contestar.

—Pero...

—Necesito hacer esto, Ruslán.

—¿Por qué? ¿Cómo es eso de que “necesitas”?

—Sólo sé que lo necesito, y si me aprecias como una amiga, comprenderás mi posición.

El aprecio existía, pero no como una amiga, y Ruslán no encontraba manera de allanar ese mensaje que tan difícil se había vuelto de ocultar, y más aún de confesar.

—Necesitaremos prepararnos para el viaje —advirtió Aleksei—. Nos esperan muchas cosas...

Acordaron partir mañana; el resto de la tarde se ocuparon en conseguir caballos, provisiones, y en hablar sobre los mapas acerca de la mejor ruta para la capital: el invierno estaba a la vuelta de la esquina, y no podían darse el lujo de gastar más tiempo del necesario, si es que querían llegar rápido a su meta.

Irene no pudo dormir esa noche; recuperó mucho sueño en su desmayo, así que sentía insomnio y emociones: miedo más que nada, pero también el deseo de esperanza, de encontrar algo más allá, algo mejor.

—Tal vez sea una de las últimas noches en que veamos las estrellas —escuchó a la salida de su pórtico, de voz de Ruslán.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú...

—¿Y eso es...?

—No tengo idea.

—Oh...en ese caso, creo que acertaste —Irene le sonrió.

—¿De verdad tienes planeado...ir con él?

—Es que si hubieras visto lo que yo vi, Ruslán...si tan sólo lo hubieras visto.

—Puede ser que entendería mejor, pero aún así...¿Sabes qué es peligroso? ¿No tienes problemas en viajar sola con alguien que acusado de regicidio?

—Yo creo en él, cuándo dijo que no hizo lo que hizo.

—¿Y cómo estás tan segura?

—El ave...el ave me dijo que lo ayudara.

—¿Sabes algo Irene? Estás comenzando a hablar como...

Ella no pudo creer lo que casi dijo Ruslán; no había necesidad que concluyera su enunciado, sabía que era lo que iba a salir de su voz.

—¡No lo dijiste! —le reclamó

—Vale, técnicamente no lo hice.

—¡Pero lo ibas a hacer!

—¿Qué? ¿Leíste mi mente?

—¡No es necesario! ¡Te conozco! ¡Y conozco demasiado bien ese tono! ¡No tienes idea de cuánto lo he escuchado en mi vida! ¡Tú crees que estoy loca! ¡Y que mi padre lo está también!

—¡Claro que no! ¡Vi lo del ave! ¡Vi lo que hiciste con la pluma! ¡Igual que todos en el pueblo!

—Y aún así lo piensas: no me digas “no”.

—No creo que estás loca, pero sí pienso que es insensato esa cosa que vas a hacer.

—¡Puedo ser la única esperanza del Príncipe!

—¿Ahora le llamas por su título nobiliario? ¡Hace tan sólo un par de días seguía siendo Aleksei! ¡Un comerciante perdido que se salvó de una muerte segura por casualidad!

—No se salvó por casualidad, Ruslán; yo ayudé, al igual que mi padre. Y además, ¿qué importa de todos modos? Si es que viste con tus propios ojos que los cuentos de mi papá tuvieron algo de real al final, y aún después de que yo misma te he dicho que es algo que tengo que hacer, ¿qué objeción puedes poner tú?

—¿¡Es que no lo entiendes!? —Ruslán reclamó con una autoridad casi como si pretendiera ser el dueño del destino de Irene.

—¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué actuás tan hostil y agresiva? ¿Es por Aleksei? ¿Tiene él un problema contigo? ¿O es que tú tienes un problema con él? ¡Y deja de poner esa cara de asustado que no estoy de humor! ¡Ponte serio por fin caramba! ¿¡Qué tanto miras!?

—¡Fuego! —Ruslán señaló.

Irene volteó, y en efecto: un incendio se percibía en algunas casas y edificios de los bordes. También oían algo, aparte claro, de los gritos de temor y las advertencias de los pueblerinos para escapar del peligro: unos galopes fuertes de bestias poderosas que llevaban a sus amos, agresores con antorchas encendidas en sus manos, arrojándolas a cuánto lugar se encontraba a su alcance.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Aleksei! ¡Por favor despierten! —les imploró Irene, escuchando el sonido de uno de esos caballos aproximándose con gran rapidez.

Se pusieron de pie, y salieron del hogar, viendo el anaranjado y el rojo de las brasas sobre construcciones de madera y paja. Esa noche no había nieve, ni se percibían nubes que pudieran traerla, así que no podían contar con los elementos para que les ayudasen a extinguir esas flamas.

—¡Aléjense! —Aleksei advirtió.

Obedecieron, apenas esquivando el antorchazo dirigido hacía el hogar de Irene; este entró hasta lo más profundo de su interior.

—¡No! —ella gritó.

Ruslán intentó ir por ella, y someterla para alejarla del peligro, pero se le escapó; no le pudo seguir el paso, pero Aleksei, por otro lado, si lo pudo hacer, y la sostuvo de la cadera, conteniendo su impulso de querer regresar a un hogar encendido.

—¡Vámonos! —alguien logró escuchar del líder de esos jinetes, quienes tan pronto como habían llegado y traído el caos y la destrucción, se habían retirado, dejando al pueblo en ascuas, y con vidas en peligro.

—¿¡Dónde está la hija del loco!? —algunos preguntaban.

Muchos exigían que Irene apareciera; sin entender de todo cómo, sabían que si alguien tenía el poder para ayudarlos, era ella.

—¡Tienes que hacer algo! —el doctor Borodin se le acercó—. ¡Hay fuego en todas partes!

—Yo...yo no sé...

Irene estaba impactada; el mundo a su alrededor parecía haberse vuelto lento. No percibía el tiempo como debía: los segundos parecían horas, y ni siquiera parecía estar consciente de su lugar en el espacio.

—¡Intenta algo! —escuchó a una mujer gritar.

No sabía cómo actuar, pero era momento de hacerlo, de un modo u otro, lo peor era quedarse haciendo nada.

Tomó la pluma entre sus dedos, y la agitó.

No reaccionó.

—Vamos...¡Vamos! —gritó frustrada, incapaz de liberar su poder.

Y la urgencia de acción se volvió insoportable, al poder detectar, en medio de esa anarquía de ruidos, las voces de algunos niños pequeños pidiendo auxilio.

Extendió sus palmas abiertas, y pequeños destellos brotaron de ahí; eran como las chispas alrededor de una fogata.

—¡Vamos! —se exigía cada vez más.

¿Pero qué podría hacer? Era el poder del ave de fuego. ¿Había algo que pudiera hacer para apagar el fuego? ¿O contenerlo?

Y la luz volvió a rodearla: su fuerza era tal, que los incendios palidecían ante esos dorados y rojos poderosos y atrayentes.

Irene extendió sus manos una vez más, está vez, con menos violencia; uso un toque delicado, como el de un artista bosquejando.

Y las flamas se levantaban y se desprendían de las maderas y las casas, de las estructuras y de las construcciones, dejando materia en negro por el hollín, y sobre su cabeza, el fuego se iba acumulando en una especie de esfera.

Irene mantuvo una de sus manos abiertas apuntando hacía la forma que se estaba materializando, y con la otra, guió las llamaradas de otros hogares, y los seguía juntando en esa acumulación.

Todos quedaron callados: hasta las voces más dominadas por la histeria se silenciaron, y pusieron toda su atención en el fenómeno.

De a poco el fuego se unió a la esfera, y como un instinto, una vez que hasta la última chispa fue arrancada de las humildes maderas de los hogares de Ensk, Irene alzó ambos brazos y movió sus manos como si les diera un empujón hacía el cielo.

La bola de fuego se elevó a toda velocidad hasta el cielo, y justo cuándo parecía que estaba a punto de perderse de vista, estalló en millones de pedazos; las flamas peligrosas se convirtieron en pequeñas chispas que cayeron y se extinguían tan pronto como tocaban el nevado y frío suelo del pueblo. Ante los ojos de más de uno, aquello que parecía hace tan poco un peligro que amenazaba con la vida y el patrimonio de tantos se convirtió en una estampa casi romántica.

Y de súbito, Irene, aún nerviosa y con su brazos todavía en el aire, escuchó aplausos. Alrededor de ella, notó rostros burlones convertidos en agradecidos.

—¡Irene! ¡Irene! —escuchó a su padre, yendo en su encuentro, junto a Ruslán y Aleksei.

—¿Todos vieron eso? —preguntó, con el gesto de admiración todavía llegando a sus oídos.

No contestaron con voz; asintieron sus cabezas.

—Me alegro...y...estoy empezando a pensar que necesito mejorar mi alimentación, ya saben, porque creo que me voy a volver a desma...

—¡No! —los tres exclamaron, listos para tomarla para evitar que cayera.

—Pequeña broma; ya superé eso.

—Oye, ¿y...no crees que deberías bajar los brazos?

—¡Tú baja los brazos Ruslán! ¡TÚ baja los brazos!

—Pero...los tengo bajos.

—Vale, no me voy a desmayar, pero...por si las dudas, ¿me pueden llevar en hombros? Porque sé si moverme porque no sé que pueda pasar...

Y Ruslán y Aleksei se colocaron a sus costados, y la llevaron hacía su hogar; Irene finalmente bajó los hombros, y al notar el modo en que todos sus vecinos y conocidos la veían, se sonrojó. Debía dormir, porque quizá el día siguiente traería mucha ocupación, y muchas preguntas.

—¡Eso fue espectacular!

—¿Vas a aparecer cada vez que duerma? —Irene preguntó al ave, en un nuevo encuentro onírico.

—Esa es la idea, pero tampoco puedo estar en todo sueño...verás, hay dos motivos por los cuáles vine a hablarte.

—Bien, ¿de qué se trata?

—En primera: la pluma se activa con una mezcla de emoción y concentración. Para usarla, tienes que tener ambas en equilibrio, lo cuál, lo reconozco, no es cosa sencilla.

—¿Sencilla? ¡Por qué no mejor imposible! ¿Qué carambas quiere decir eso?

—Es que...es...uff. No lo sé explicar con toda claridad, ¿por qué tiene que ser tan complicado contar estas cosas para los mortales?

—Gracias, eso sí que ayuda —Irene cruzó sus brazos.

—¡Bien! ¡Mira! ¡Ya lo tengo! Existe una frase para estos casos y creo que puede servir.

—Vale, ¿cuál es?

—Recuerda apuntar con la cabeza, pero disparar con el corazón.

—Apuntar con la cabeza, pero...¿Eh?

—Estoy empezando a creer que eres un poco estúpida, Irene.

—¡Lo lamento! ¡Acabó de invocar un poder de no tengo idea de cómo fue y salvé las vidas de varias personas! ¡Eso debería contar un poco!

—Pasemos al siguiente punto porque si no, nos vamos a quedar toda la noche en esto: mira, vine a advertirte que aunque no digo que no hiciste lo correcto, debes ser muy prudente a la hora de usar la pluma.

—Sí, creo que eso se sobre-entiende.

—No lo entiendes Irene —el ave colocó su mano sobre el hombro de la muchacha—. Es más que eso; verás, tienes que recordar que me encuentro en forma humana, así que no puedo liberar mis poderes en su totalidad.

—¿Qué tiene eso que ver?

—Tengo magia, pero poca, muy poca; casi toda está contenida en la pluma, y el resto la uso para auxiliarte a ti y al príncipe en sueños, y aun eso...es algo que me consume mucha energía cada vez que lo hago. La pluma, si la puedes ver —la hizo aparecer frente a los ojos de Irene, flotando—, verás que que algunos de sus bordes están consumidos.

Irene la observó más de cerca: era verdad; la mayoría de la pluma aún lucía vigorosa, pero algunos de sus filamentos se veían consumidos y opacos.

—Entonces, ¿debo usarla menos?

—DEBES usarla con prudencia; todo lo que se pueda resolver dentro de tus posibilidades normales deben solucionarlo por cuenta propia, y dejar la magia del ave para asuntos realmente importantes y peligrosos. Al final de cuentas, no puedo decirte cómo usarla y bajo que condiciones —agitó su puño y la pluma desapareció en un chispazo de puntos dorados—. Eso queda a tu criterio.

—¿Pero qué debía hacer? ¿Dejar que el pueblo se consumiera?

—Pues...no, creo que no sería justo hacer eso —contestó el ave tras suspirar—. Pero a partir de ahora, debes pensar cada movimiento bien. Muy, MUY bien.

—¿Y no te aparecerás más?

—Claro que sí, pero de igual modo; yo misma debo pensar en qué momentos, porque...mi poder podría extinguirse, y si lo hiciera, todos estos esfuerzos resultarían en vano...y de hecho, tengo que ver a alguien más.

—¡Pero espera! ¡Tengo una pregunta! —Irene le exclamó antes que diera el primer paso para alejarse.

—¿Sobre qué?

—¿Por qué me diste a mi el poder? Si quisieras ayudar a la Familia Real, ¿no tiene sentido de que se lo hubieras dado mejor a Aleksei?

—Oh, respecto a eso...¿me creerías que fue un accidente?

—No.

—¡Pues lo fue!

—No te creo.

—Bien —el ave volvió a suspirar—. De hecho, existe un motivo, pero...

—No digas por favor que “lo sabré a mi tiempo”. POR FAVOR no digas “lo sabré a mi tiempo”.

—De acuerdo, pero...hay un motivo, y...pues...¡Mira la hora! —el ave exclamó apareciendo brevemente en el aire un reloj de arena, y haciéndolo desaparecer en menos de un segundo —. Le prometí a Baba Yaga que la ayudaría a mudarse y...¡ADIÓS!

La mañana siguiente llegó después de unas horas que le parecieron eternas. Irene se alistó, también lo hizo Aleksei: tenían provisiones, y dos caballos. Gregory los siguió hasta el borde del pueblo, Ruslán hizo lo propio.

Pero lo que más le sorprendió a la joven fue la ausencia de personas en las calles; pensarías que habría algunos curiosos, listos para despedir al heredero de la corona de Vasilea acusado de matar a su padre, y a la hija del lechero que salvó al pueblo de ser consumido hasta las cenizas.

—¿La decisión está tomada ya, eh? —Ruslán preguntó.

—Sí...algo así...tal vez...¡Ah! ¡El caso es que tengo una misión! ¡Al parecer!

—Sí, eso te hace lucir muy decidida.

—No, el caso es que...como dije: es algo que tengo que hacer.

—Comprendo.

—No Ruslán; sé que no lo haces.

—Tienes razón. Pero lo que quise decir es que intento comprender.

—En verdad agradezco eso...completamente.

—Y...hay...h-hay algo que quisiera decirte, Irene...

—Hay algo que yo quisiera pedirte primero.

—¿De verdad? ¿D-de qué se trata? —Ruslán preguntó, tartamudo, y con el rostro ganando un tono colorado.

—Quisiera que...bueno...que cuidaras de mi padre.

—¿Eh?

—Yo antes estaba para cuidar de él, pero con mi ausencia...por favor, por favor te lo pido —posó su mano sobre el antebrazo del muchacho—. Cuida de él.

—Si...bueno...no debes de preocuparte: no dejaré que nada le pase...eh..sé que es una persona delicada y que necesita tener a alguien por ahí— comentó, un poco decepcionado, de algo que no estaba seguro, pero casi podía adivinar.

—Eso sería magnifico —ella sonrió.

Irene abrazó a su amigo, abrazó a su padre, y ambos abandonaron el pueblo, y conforme se iban perdiendo de a poco de vista, Ruslán necesitaba aclaración sobre un tema.

—¿Cree que está haciendo lo correcto?

—Por algo suceden las cosas, muchacho —Gregory contestó sonriente.

—Aun así, es su única hija. ¿No teme que algo le pudiera pasar? ¿Cómo pudo dejarla ir así como así?

—Sencillo: no fue así como así...en cierta manera, siempre supe que ella merecía un poco más que vivir aquí repartiendo leche. No soy idiota, Ruslán; sé que tú una noche de vez en vez vas con ella, y ven las estrellas, pensando que no me entero...pero lo hago.

—¡¿Q-qué?! ¡Le juro que no hacemos cosa mala alguna!

—Yo sé que no hijo; eres un buen chico...y...sé que en el fondo, la quieres.

—Es una gran amiga, nos conocemos desde hace...

—No, no, no —Gregory interrumpió—. Me refiero a que de verdad la quieres.

Ruslán no replicó; que en realidad, sólo confirmó lo que el padre sabía. La verdad estaba escrita en sus ojos, en como sonreía cuándo iba a ver a su hija, en como hablaba, en como la trataba.

—Aún así, me sorprende que...bueno, allá dejado partir a su hija.

—¿Honestamente? Creo que también yo...y quizá no lo hubiera permitido en otras circunstancias, pero...esto es diferente.

—¿En qué sentido?

—Alguien me convenció.

—¿Irene? ¿Aleksei?

—No, ninguno de ellos...alguien en la noche...

Y recordó soñar con un campo en negro, completamente en tinieblas, exceptuando por una fuente de luz dorada.

—¿No hay otro modo? —le preguntó a la persona que originaba ese resplandor.

—Si lo hubiera, habría pensado en ella, pero lamentablemente así tiene que ser.

—¡Pero es muy joven!

—Eres un buen padre, Gregory...se ve que tienes un profundo amor por tu hija, pero créeme que todo esto, y ese viaje que Irene va a comenzar tiene una razón.

—Pero, ¿cómo puedes saber qué todo saldrá bien? ¿Qué no le pasará algo malo?

—Soy el ave de fuego. Te salvé la vida; creo que si alguien merece un poco de confianza, soy yo —argumentó, posando sus dos manos sobre los hombros del padre—. O si no, confía en Irene.

Y así tendría que ser. Recorrer un sendero con los alrededores en negro, en sombras, y una luz de esperanza como única guía; pero Gregory tenía fe en el ave de fuego.

Y tenía fe en su hija, y eso era lo que pesaba más en la balanza.

A los pocos que leen esto, bueno, mis más sentidas gracias. 

He encontrado muy frustrante seguir con esta historia: sé lo que muchos podrían decir, que es predecible, que es cliché, que no aporta algo nuevo, lo sé porque francamente es algo que yo mismo pienso. Sé que es mi primera historia en el género de fantasía pero no me excusa, ya estoy grande y no debería cometer tantos errores que yo mismo señalo en otros.

Voy a acabarla, porque sólo quiero terminar con esto pronto y dejar la idea por las buenas, que he trabajado demasiado en ella y nunca me ha logrado convencer.

Shalom camaradas. Gracias por aguantar algo de tan pueril calidad.

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