Salto de fe.
Un poco preocupada al recordar el camino que habían tomado, Adriana alcanzó a Frankie. Miró a su alrededor, todo lucía gigantesco y la distancia hacia el suelo un abismo.
Cerró los ojos y recargó su cabeza en el cuello de su mascota, que en realidad no era su mascota mientras durara el efecto, respirando profundamente para aliviar el pánico que la había invadido de pronto.
—No pasa nada, Adri, eres una gata.— la consoló, restregando su cabeza en la de ella—Una gata por completo, así que tienes la agilidad y los instintos necesarios para hacer lo mismo que haga yo. ¿Ya te miraste?
Alzó la cabeza al sentir como Frankie la empujaba suavemente, el edificio de enfrente era un piso más alto, así que se vio reflejada en una ventana.
Terminó de convencerse de que era una gata, rubia con rayas naranjas, un poco más grande que la mitad de tamaño que el gato reflejado a su lado.
—¡Vamos!— exclamó emocionada, de pronto la había invadido una sensación de placer y deseos de salir corriendo a dónde la llevara el viento.
Ni siquiera pudo dudar en seguir a Frankie cuando saltó al aparente vacío, y si el camino de ida le había parecido sencillo, ahora sentía que flotaba de una azotea a otra.
Su guía bajó la velocidad al bajar por unas escaleras, al doblar la esquina llegaron a un enorme cine abandonado que Adriana conocía porque la llevaban ahí de pequeña. Se metieron por una ventana rota.
—Lo hiciste muy bien, Adri.— la felicitó, antes de lamer un poco su cabeza.
Ella apenas le ponía atención, se escuchaba un maulladero impresionante que la llenaba de curiosidad, sentía un impulso de ponerse a maullar también.
—Todos están adentro, vamos.— sonrió Frankie al entenderlo, indicándole el camino.
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