21. Cinderella
Voy a contarles una historia. Cuando yo tenía nueve años iba a un colegio primario mixto. Nunca fui buena para hacer amigas, es más, no hablaba con ninguna niña. Siempre que quería hablar con alguna, porque yo sabía aún a esa edad, que tenía que "sociabilizar" (a mis profesores le encantaba esa palabra) con niñas de mi edad, siempre les hallaba algún defecto. Una era muy mimada, otra muy vanidosa, muy habladora, callada... en fin, yo era exigente.
Pero tampoco era yo un bicho raro o una mini emo en el rincón más oscuro del salón. Sucede que yo me llevaba mejor con los niños varones. ¿Por qué? Porque ellos simplemente vagaban en su mundo y casi nunca notaban nada. Como por ejemplo, que yo nunca aceptaba comida cuando me ofrecían, que casi nunca salía al recreo por quedarme leyendo y que jamás, pero jamás, usaba los baños del colegio.
Yo hablaba sin problemas con los niños, y sí, a veces era aburrido tener que escucharlos hablar de los Super Campeones o de Dragon Ball, pero yo también tenía hermanos hombres, así que por lo menos sabía a qué se referían cuando decían que Goku había podido hacer la genkidama o que Oliver Atom y Benji ahora eran casi amigos.
No es que fueran mis mejores amigos, estaban muy lejos de serlo, pero no me sentía tan incómoda a su alrededor como con las niñas.
En esa época, hubo un niño que se acercó a mí más de lo que los demás lo hicieron. Él era un maldito desastre. Sacaba malas notas, siempre le llamaban la atención por hablador y casi siempre lucía como si se hubiera estado revolcando en el piso (y probablemente así era) pero tenía un punto bueno, era agradecido.
Cuando él notó que yo no menospreciaba a los niños como las niñas lo hacían, decidió que la silla a mi lado era un buen lugar. Se sentó allí todos los días.
Como yo no tenía amigas que me hicieran perder el tiempo, siempre estaba al día en las tareas y escribía rápido, él en cambio, era lento.
Él se fijó en eso y comenzó a adularme (he ahí la principal razón de que nuestra amistad avanzara rápido), decía que yo tenía muy bonita letra, envidiaba mis cuadernos siempre ordenados y que era una mala si no le ayudaba a mejor el aspecto de los suyos.
Con una pizarra llena, mi cuaderno ya en la parte de abajo y el suyo todavía en la mitad, los intercambiamos.
Casi siempre era lo mismo, hasta que llegó el día en el que ya no tenía que halagarme para que yo escribiera su tarea, yo simplemente terminaba la mía rápido y hacía la suya.
La mayoría de veces obtenía como pago cards de Pokemon o tarjetas tridimensionales de Gokú (esto cuando la tarea tenía preguntas por responder). La vez que me dio un recortable de Candy, de esos en lo que tienes que vestirla, hice una pelota con la hoja y se la aventé a la cara. Jamás volvió a ser cursi.
Parece que él conseguía en nuestra amistad, más beneficios de mí que yo de él, sin embargo, ya he dicho que era agradecido, y no me refiero a las tarjetas/pago sino a las veces que se quedaba conmigo sentado en el salón sin salir al recreo, cuando me traía un helado después de educación física (aunque tenía que dejarle una mordida porque no tenía suficiente dinero para dos) o cuando abría su gaseosa y me daba el primer trago. También me esperaba a la salida para acompañarme al portón y siempre me daba todo lo que yo le pedía. Si yo quería su color dorado porque mi caja de lápices no tenía uno igual, entonces era mío. Y cada vez que no podía quedarme en el aula porque los profesores querían (a la mala) hacerme jugar con las otras niñas, él se sentaba conmigo en el pasillo y me contaba chistes para hacerme reír y los demás vieran que no me faltaba un tornillo o estaba deprimida.
En el colegio todo iba bien para los dos, yo sacaba buenas notas y él empezaba a mejorar en las suyas, pero no contábamos con que los o LAS demás no estaban tan conformes con nuestro actuar. Existía alguna extraña ley que decía que las niñas con niñas se juntaban y niños con niños, sin ninguna excepción.
De los rumores me enteré una vez yendo a la biblioteca. Magaly, una niña a la que yo le había dicho públicamente que no quería ser su amiga porque tenía piojos y no quería que me los pegara (parece cruel, pero si hubieran visto como trataba al resto de niñas hubieran hecho lo mismo), le susurró algo a Kelly y las dos empezaron a reírse.
Típica escena de colegio, pero no supe de lo que se trataba hasta que al regresar al aula encontré a mi amigo con la cara roja, sentado en la silla detrás de la mía.
No me importó. Me dije a mí misma que me daba igual, si él estaba enojado era problema suyo. Aunque no supiera exactamente el motivo.
Me pasé una semana sin hablarle, pero cada vez que nos encontrábamos en los pasillos siempre me extendía su mano con una galleta. Yo estaba harta de rechazarlo así que empecé a recibirla, tirarla al piso y pisarla frente a él para desanimarlo. No se rindió. En el salón me daba sus lapiceros de colores para decorar mis cuadernos y me soplaba las respuesta en los orales (siempre la errada). Pero todo esto cuando nadie nos miraba, de lo contrario, él no se fijaba en mi existencia.
Hasta que Jimmy tuvo la gentileza de decirme de que iba todo ese enredo. No voy a mentir, me sentí tan avergonzada y tan molesta con esas infames brujas, que cruzó por mi mente un par de veces rayar sus libros o robar sus cosas y tirarlas al basurero, pero la bondad primaba en mí (o el miedo a ser castigada). Además no todo era culpa suya, mi amigo también era culpable por alejarse de mí sin decirme nada.
Tal vez ustedes piensen que no era para tanto, pero ¿qué les digo? Tenía nueve años. En mi lugar que hubieran hecho ustedes si escucharan que: "Cenicienta había encontrado a su príncipe y se besuqueaba con él todos los días en el recreo."
¿No les dije que mi apodo en la primaria era "Cenicienta"?
No, no tenía ninguna connotación romántica ni bonita. Era Cenicienta porque siempre que me molestaban, yo me sacaba el zapato y se los aventaba. Al principio los niños estaban tan sorprendidos con esto que no atinaban a hacer nada, después cuando se dieron cuenta de que era un juego, agarraban mi zapato y se iban corriendo. El juego nunca fue divertido pues yo no iba nunca iba detrás de ellos. Así que cuando yo tiraba mi zapato, ellos me lo tiraban de regreso. Sin embargo, sí me pasaba algunos diez o quince minutos solo con un zapato. Y por si se preguntaban, sí, fue mi amigo quien me apodó Cenicienta.
Eso era lo peor.
Me resigné a no tenerlo más. Y entonces él vino y se sentó a mi lado otra vez.
El salón fue un hervidero de murmullos. Por más que le dije que se fuera a sentar a otro lado, él no hacía caso.
Yo me sentía traicionada, ofendida pero él parecía muy feliz.
Cuando le dije directamente que no quería ser su amiga y que tenía que buscar otro lugar, él me contestó que no tenía opción. Su mamá decía que yo era inteligente y bonita y que teníamos que volver a ser amigos si no le iba a pesar.
Tal vez fue yo estaba cansada de ignorarlo, o que lo extrañaba... o que su mamá fue en el recreo y les dijo a esas niñas: mocosas malcriadas déjense de tonterías y empiecen a estudiar. Pero empezamos a hablarnos como si nada hubiera pasado. Nunca me pidió disculpas y yo se lo agradecí infinitamente.
Al siguiente año acabábamos la primaria, en otras palabras: promoción. No sé cómo es en otros países, pero en el Perú (o por lo menos en mi ciudad) se hace una fiesta. Baile, gala, pareja y padrinos...
Santa mierda.
Yo obviamente no iba a pedirle que fuéramos juntos. A él le gustaba una niña bastante antipática, y si bien, él primero se cortaba un brazo antes de invitarla a ella, tampoco dijo nada de ir conmigo.
La mente de un hombre es tan básica (aun a tan temprana edad) que él había asumido que al estar los dos solos, iríamos juntos.
Gran error.
Era cierto que yo no quería ir con nadie del salón porque todos me parecían una sarta de mocosos revoltosos, pero yo ya había notado a "otros" niños. Y con otros me refiero al amigo de mi hermano que estaba en secundaria.
No recuerdo como me las arreglé, pero conseguí ir con el amigo de mi hermano a la dichosa fiesta.
Lamentablemente, él se tuvo que ir a la mitad del baile. Él, no yo, y no dejó su zapato ni yo el mío.
Al final, estaba yo sola y con ganas de irme a mi casa, pero mi amigo (que había ido con su prima) me vio en ese estado y se apiadó de mí. Me uní a su grupo revoltoso. Me la pasé bien y conseguí un par de fotos... que hasta ahora quisiera ver...
Casi al terminar la fiesta, llegó ese momento en el que caes en la cruda realidad: Has crecido, una etapa de tu vida se acabó para siempre y no va a regresar.
Tal vez todos ellos, o la mayoría, iban a verse al siguiente año en el mismo colegio, pero yo no. A mí ya me habían inscrito en un colegio para "señoritas"... Mi amigo y yo lo sabíamos, no íbamos a vernos más.
Por esas cosas del destino terminamos viviendo cerca (como a tres cuadras de distancia) pero él iba a estudiar en la tarde y yo tenía el turno en la mañana. Como fuera, no éramos muy optimistas al respecto, porque si yo no hablaba mucho en el colegio, imaginen como era en mi casa. Yo no tenía amigas en mi calle, así que no era necesario salir.
Sin tiempo ni hábito de salir iba a ser complicado seguir nuestra amistad.
Él estaba pensando en todas estas cosas también, al parecer, porque vino y empezó a hablarme de las cosas que habían pasado en esos últimos años, en cómo habíamos superado algunas cosas (miedos, fobias, travesuras, peleas) y dijo que todavía había algo que yo tenía que hacer: Enfrentarme al aquelarre en pleno.
Como yo me negué, por supuesto, me advirtió que no olvidara que yo iba derechito a meterme a la boca del lobo. Necesitaba práctica si quería sobrevivir en un colegio de mujeres.
Y así fue.
Él las convenció de que yo no era una psicópata sino una niña como cualquier otra y que estaba bien hablar conmigo. A propósito, creo que olvidé mencionarles que él se veía bien. Iba en camino a convertirse en un adolescente atractivo.
No fue difícil para él ganarse a las brujas, en poco tiempo las tuve alrededor preguntándome por mi vestido y hasta me ayudaron a retocar mi maquillaje.
¿Quién iba a pensarlo?
Confraternicé con el enemigo y viví para contarlo.
Al día siguiente de la fiesta, al mediodía para ser exacta, él llegó a mi casa con un pedazo de torta.
Cuando lo vi parado en mi puerta tuve ganas de llorar. Un día. Un fucking día y ya lo extrañaba. Sus ojos brillosos me dijeron que él estaba sintiendo lo mismo.
Me visitó en Navidad, me compró un chocolate en Año Nuevo. Y pasaron dos años.
Se cumplió con exactitud lo que habíamos predicho, dos largos años sin vernos.
Una tarde salí, contra mi costumbre, a comprar y llegué muy cerca de su casa. ¿Cuántas posibilidades tenía de verlo? Era un día de colegio...
Él me vio primero. Yo siempre evito mirar de frente a las personas en la calle, así que no me fijé y cuando me pasó la voz ni siquiera levanté la mirada. Su voz era gruesa, nada que ver con la voz de pito que yo recordaba. Hasta que se puso en frente de mí.
Lo abracé. Nunca lo había abrazado. No sé cuánto tiempo pasó pero estuvimos parados sin separarnos un buen rato.
Hablamos de las cosas del colegio, reímos, bromeamos. Al principio todo iba bien, pero así como yo había notado los quince centimetros que me llevaba de altura, él notó mi par de senos. Fue incómodo.
Prometimos no perder el contacto, sin embargo pasó otro año hasta que nos volvimos a encontrar.
Se había convertido en un maldito playboy. Coqueteó conmigo descaradamente hasta que amenacé golpearlo con mi zapato, entonces, cerró la boca y se comportó.
Al siguiente año, éramos pre-promoción. Yo tenía un novio, que por otra de esas grandes casualidades de la vida, era compañero de clases suyo.
No es necesario decirles que cuando él se enteró de esto se encargó de molestar a mi novio ¿verdad?
Le dio a entender que nosotros habíamos tenido algo. Los demás recordaban la historia de cenicienta y su príncipe y no dudaron en confirmarlo.
Mi novio jamás le perdonó eso y dejaron de ser amigos.
A veces creo que él lo planeó, porque de esa forma no tenía que guardar ninguna lealtad hacía él y a veces creo que la vida o el destino querían probar algo. Por la razón que fuera, ocurrió esto:
En una pelea con mi novio (nunca supe como mi amigo se enteró la misma tarde) llegó mi hermana del colegio, porque ella estudiaba en la misma secundaria que ellos (y si aquí se preguntan por qué mi hermana estudiaba en un mixto y yo en un colegio de mujeres, les doy el número de mis padres y ustedes les preguntan. Yo nunca entendí), y me dio un libro.
Era el libro de mi amigo y quería que yo fuera a devolvérselo en el momento que lo recibiera.
Fui a su casa, hablamos... Yo estaba molesta por la pelea y él no ayuda precisamente, echaba más leña al fuego, para ser clara. Decía que yo merecía algo mejor, que no desperdiciara mi tiempo con un inútil. Que yo era demasiado bonita para estar sufriendo por un chico...
Terminamos, yo acostada sobre su sofá y él encima, mordisqueando mi cuello.
No hicimos nada más. Después de un buen rato, se me quedó mirando fijamente y me dijo: me gustas y quiero hacerlo, pero no puedo besarte en la boca.
No saben el alivio que sentí. Por alguna razón esas palabras me hicieron darme cuenta de lo que iba a hacer.
Él era guapo, también me gustaba, pero yo tampoco podía besarlo en la boca.
¿Por qué? No lo sé. Se sentía como que iba a besar al niño de nueve años y no al adolescente que ya era.
Como el sexo estaba descartado llenamos el tiempo con palabras. Me confesó que la primera vez que me había visto (después de los dos años) si había querido besarme en la boca, pero que había tenido miedo de asustarme. Y yo le conté que ese mismo año me dieron mi primer beso.
Se lamentó porque él, machista siempre. Le repateaba no haber sido mi primer beso, hasta se le escapó decir que de regresar el tiempo, lo hubiera hecho en la fiesta de promoción.
Dijo que realmente esperaba conseguir una esposa como yo, alguien que lo ayudara a ser una mejor persona y le recordara siempre que debía hacer. Yo le dije que lo que debía era comprar una agenda...
No lo he visto en mucho tiempo y probablemente no lo veré en mucho más.
Me parece que la mejor forma de terminar esta historia es diciéndoles que yo siento que en alguna parte hay una niña sentada al pie de las escaleras de un colegio. Su pie izquierdo empieza a enfriarse porque le hace falta el zapato y el helado que acaba de comprar empieza a derretirse porque su amigo no llega. Y es una lástima porque es la primera vez que ella lo compra, pero debió haberlo hecho antes...
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