21



Colgaba en la pared del gancho, los dos vestidos que se había pillado para probarse, teniendo a Francesca en el probador de al lado, y estando ellas dos solas en toda la tienda. Se atrevió a preguntarle cosas que le rondaban por la cabeza, sintiendo a la mujer alguien próxima a quien confiar.

-Francesca –La llamó con tono inquietante, mientras se quitaba la ropa puesta-. ¿Soy así o soy de otra manera? –Soltó en el silencioso lugar, notando como en el cubículo de al lado, cesaba por un momento el movimiento de ropa.

- ¿A qué te refieres exactamente? –Preguntó con voz temblorosa la chica.

-Sobre mi personalidad, al perder la memoria es diferente a como era yo antes del accidente –Concluyó una vez que se puso el vestido azul por encima de la cabeza y se miraba al espejo-. Es decir, éste mismo vestido que me acabo de probar –Decidida, abrió la cortina y salió al exterior-. Es lo que habría escogido yo antes, o solo lo está escogiendo la nueva yo –Volvió a exponer, logrando que la mujer también abriera la cortina y saliera con otro vestido floreado, para mirarla atentamente con cariño, para echarse a reír.

-Le das demasiadas vueltas a todo, pequeña –Se acercó abrocharle los botones traseros-. Yo si fuera tú -le colocaba bien el cabello tras haber abrochado la prenda-, es en lo que menos me preocuparía, solo en construir un futuro feliz.

-Pero a veces, siento cierta inquietud dentro de mí –Confesó, mientras se miraba al espejo junto a ella-. ¿Y tú?

- ¿Yo? –Frunció el ceño.

-Vamos Francesca -Volteó los ojos con apuro-. Escuché parte de una conversación de Louise al teléfono con Thelma-. Algo de una huida y un matrimonio de salvamento...

- ¡Vaya! –Silbó sorprendida-.  Ésas dos viejas –Chascó la lengua, moviendo su cabeza de manera negativa-. Paul tiene razón –Sonrió-. Al final las va a despellejar, siempre están metiendo la nariz.

Janna Rio abiertamente, al recordar como igualmente la cocinera le echaba una mano con su marido.

-Las considero buenas aliadas como a ti, contra Paul –Soltó con un guiño de ojos y de forma confabuladora.

Francesca solo supo reír también.

-La verdad es que sí –Aspiró con gran anhelo-. En cierta manera, las necesitamos a ellas como tú y yo por un igual –Se atrevió hablar al fin-. Me hallo igual que tú con Robin. Atacada de los nervios, ante sus movimientos o lo que pueda ocurrir –Sus mejillas se sonrojaron un poco-. También confieso que me inspira ciertas emociones.

-Así que Thelma, no se equivocaba –Reía Janna por lo bajo, volviendo a girarse de medio cuerpo y mirarse el efecto del vestido en su cuerpo.

-Te queda muy bien –Dijo Francesca, mientras también se miraba en el espejo.

-La verdad es que estáis las dos muy guapas –Comentó una voz masculina, logrando que las dos se giraran hacia el lado contrario y se sonrojaran, al hallar juntos a sus maridos con cierta cara de reproche.

- ¡Paul! –Emitió en un grito estrangulado la joven, por no esperarse que el hombre la hubiera buscado y encontrado.

-Hola Janna, Francesca... -Saludó con tono rasposo.

-Hola –Casi saludó en tartamudeo Francesca, no atreviendo a mirar hacia el otro hombre-. Tenéis buen olfato –Se atrevió a cargar con reproche.

-Más que olfato, años de conocerte pequeña –Subrayó divertido Robin

Era cierto. Robin, siempre la había conocido muy bien. Por ello, que estaba nerviosa, a que descubriera todo. Porque sabría, que una vez más acabarían sufriendo los dos a causa del enfado y desconfianza.

- ¿Qué os parece de ir a comer fuera, ya que estamos aquí? –Sugirió Paul, sin perder la sonrisa divertida de sus labios, por la vergüenza de la joven.

-Yo lo veo bien –Aceptó Robin a su lado-. Traigo un hambre voraz –Señaló, mirando directamente a Francesca, quien no pudo evitar de sentirse aún más cohibida.

- ¿No estás cansado? –Se atrevió a sugerir.

-Algo –Se alzó de hombros-. Pero me puede más, el saciar éste hambre, para no acabar arrastrando a la cama –Dijo con un guiño de ojo, riendo con las comisuras al ver como ella, tensaba la espalda por sus palabras dichas de forma errónea expresamente-. ¿O acaso quieres dejar solos a ésta pareja de tortolitos? –Apuntilló, sabiendo que allí provocaba a las dos chicas.

- ¡Qué! –Se exaltó Janna con los ojos como platos, volviendo a recordar lo ocurrido de aquella mañana-. Quiero decir –sonrió nerviosa-. Yo también tengo hambre, de hecho, ella me había prometido que era la última tienda y nos íbamos a comer.

-No seas malo Rob –Lo riñó suave Paul, mientras se separaba del lado de su amigo para ir hacia Janna y agarrándola de la mano, tiró hacia el interior del vestuario-. Ven, deja que te desabroche los botones.

- ¿Por qué? –Tartamudeó nerviosa, cuando el hombre corría de un solo gesto enérgico las cortinas del pequeño cubículo.

- ¿A qué? –Susurró con un brillo divertido en la mirada.

-Paul, no pueden estar dos personas dentro –Intervino Francesca con energía, en ayuda de la joven.

-Hay espacio suficiente –Respondió él riendo, regalándole a su esposa un guiño de ojos, mientras que con su dedo índice le indicaba que se diera la vuelta, para acceder a los botones-. Además, son sólo unos botones. 

Negó con su cabeza de forma tímida. Mientras sus manos, de forma inconsciente, agarraban la tela del vestido con gran fuerza, por la zona del escote.

Paul, solo pudo alzar sus comisuras con ternura, ante la expresión de sonrojo que tenía su esposa.

Su esposa.

Volvió a resonar en su mente, mientras por su cuerpo, corría una energía electrizante de sensaciones anticipadas por todo lo que representaba realmente aquel hecho, ahora que lo había aceptado.

Ahora, era momento de vivir la vida con el corazón y no, con la mente. Porque muchas veces, el vivir con la mente nos corta las alas por culpa de nuestros miedos e inseguridades.

Dio un paso más hacia ella, acortando las distancias, para volver a sonreír cuando ella trataba de dar uno alejándose, pero su talón tocaba tope con el espejo que colgaba tras su espalda. Momento, que aprovechó para acercarse y poder susurrarle en el oído.

-Confía en mí -Pidió, al tiempo que sus grandes manos se posaban en sus caderas, causando que tuviera que tragar saliva de forma brusca, al notar como de allí viajaban de forma lenta por su piel hacia su espalda, sin abandonar el roce de sus labios en sus oídos.

¡Por el amor de dios!

Ya no sabía a quién pedirle que se calmara. A su corazón, al palpitar de su sensualidad más abajo o, al bello de su cuerpo que dejara de erizarse.

No podía recordar quién era, ni sus gustos, su día a día... Salvo a él besándola. Pero, aunque no hubiera recordado eso, solo debía detenerse a escuchar su voz interior. Quien clamaba a los cuatro vientos, que confiara. Que fluyera... Y es lo que iba hacer. Dejarse llevar por sus pequeños deseos de alzar sus manos y...

- ¡Ya estoy aquí! –Soltó una Francesca acalorada y con falta de aliento. Sorprendiendo a la pareja, al correr las cortinas con gran ímpetu a pesar de que un Rob la tuviera agarrada por el brazo.

-Ya veo ya –Se separó Paul con sonrisa torcida, no sin antes guiñarle un ojo-. Ya está aquí.

Janna, solo supo asentir con la cabeza y sus mejillas sonrojadas. 

Con gran altanería, volvió a poner entre ellos la barrera del enorme trozo de tela, que colgaba de aquel riel. No sin antes, poder captar las dos chicas, la mirada de burla que tenían estos dos en su rostro.

-Capullo –Graznó Francesca, logrando arrancarles una carcajada.

-Sexy –Le contraatacó Rob, desde el otro lado, consiguiendo que ella tensara aún más su espalda.

-Fresco –Volvió a insultar con rabia. Captando el interés de su amigo Paul, por aquel dulce intercambio de adjetivos.

-Creo me perdí algo estando ahí dentro –Señaló alzando una ceja con tono risueño.

Francesca rebufó, antes de volver hablar.

-Inclúyete en lo de fresco también – Se dirigió hacia su amigo, logrando que se riera más fuerte mientras ella se ocupaba en comenzar a desabotonar el vestido de Janna.

-Cuenta, cuenta –Le dio a su amigo en las costillas con el codo-. Que hacía tiempo, no la veía tan picajosa.

Rob, ignorando la advertencia en el enfado de la mujer, empezó su relato sin abandonar la risa en el tono de voz.

-Iba tan obsesionada y ciega, por sacarte del probador, que no se dio cuenta que se desnudó sin correr ella su propia cortina.

- ¡OH calla! –Interrumpió ofuscada-. Ni que no hubieses visto nunca una mujer en ropa interior.

Pero el hombre siguió con su relato.

-No me imaginaba, que Francesca fuera de ésas mujeres que, sin cita romántica, le gusta usar transparencias, encajes y ligueros...

¡Rassssssss!

Se abrió de un solo gesto la cortina, con Francesca roja de ira.

- ¡Francesca! –Chilló histérica la chica más joven, hallándose en ropa interior.

-Perdón –Se disculpó entre avergonzada y ofuscada consigo misma, mientras volvía a correr la enorme tela.

-No me pensaba que fuera de ligueros –Susurró con cierto brillo en sus ojos Paul, mirando la ahora cortina cerrada-. Pero créeme, que la deportiva también es endemoniadamente sexy.

-Sois unos...

-Maridos jodidos por sus bellas mujeres –Soltó de sopetón Rob con tono jocoso, llevándose al momento por ello, una sonora colleja-. ¡Ay!

-Idiota –Blasfemó con la mirada achicada, para cambiarla de golpe a una de expectación, cuando el hombre alargó una mano suya para agarrarla por su muñeca con fuerza y, atraerla contra su pecho de un solo gesto-. ¡Ey! –Se quejó mirándolo ahora con cierta desconfianza.

- ¿Qué tienes contra mí preciosa? –Se atrevió a cuestionar allí mismo-. Todavía, no vi ningún gesto amable conmigo. No soy tú enemigo –Admitió con cierta rabia en ello, mirándola en todo momento a los ojos.

-Ya te di las gracias -Respondió con cierto tono de reproche, dando un tirón fuerte para conseguir liberarse-. Y no sé de qué me hablas –Se alzó de hombros-. Te recuerdo, que hace muchísimos años que no nos vemos, no soy aquella adolescente.

-Qué raro –Soltó con tono insidioso-. Porque hay veces, que sí me parece que vivo en aquella época contigo.

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