Capítulo 50 · Umbridge ·

Aquella noche en la que la sala común estaba sumida en una revolución provocada por la salida triunfal de los gemelos, Emma no podía quitarse de encima la sensación de que era una persona de lo más egoísta. Se alegraba por ellos, de verdad. Con muchísimo esfuerzo y trabajo, iban a arriesgarse y dar el salto y tratar de cumplir su sueño, y Emma se sentía muy orgullosa.

Pero también los iba a echar de menos terriblemente. Eran esas personas que no necesitaba buscar porque siempre estaban ahí, llenando cada espacio de su soledad. Tenerlos con ella a cada hora se había convertido en una parte de su rutina de la que se tendría que desprender de ahora en adelante, y le iba a costar hacerse un poco a la idea.

Pero se lo merecen. Se lo merecen más que nadie.

Lee tenía esa misma sensación que Emma; era fácil adivinarlo por cómo observaba la ventana con la mirada perdida en el cielo, como si esperara que volvieran en cualquier momento. Verónica, a su lado, intentaba distraerlo con cualquier ocurrencia, pero Lee no parecía estar poniendo mucho de su parte y solo le dedicaba una sonrisa vacía tras cada broma antes de volver a buscarlos en el horizonte. Maisie, por su parte, se había ido a dormir porque estaba fatigada, algo que con toda probabilidad se debía a su embarazo.

Por último, la ausencia de los gemelos también parecía haber entristecido a Bella de alguna forma. Aducía su estado de ánimo a los exámenes finales y a la situación general, así que Emma confió en su palabra y le prometió que estudiarían juntas sin cesar. Al fin y al cabo, Bella nunca se había llevado demasiado bien con ninguno de los dos: con George compartía alguna que otra palabra porque era el novio de su prima, y con Fred tenía una relación abiertamente enemistosa. Emma pensó que era la resaca emocional y la evidencia de que solo quedaban dos meses de curso y todo cambiaría.

Cuando Emma subió a la habitación para irse a dormir, encontró un paquete encima de su cama. Agradeció que Maisie estuviera ya durmiendo, ya que, de nuevo, reconoció aquella forma de envolver un regalo. Además, la etiqueta rezaba un feliz cumpleaños que Emma fácilmente reconoció como la caligrafía de su madre. Tras asegurarse de que nadie husmeaba en sus asuntos, cerró las cortinas de su cama y se sentó con el paquete en el regazo. Puso las manos sobre el papel y en su mente apareció su madre envolviéndolo. Estaba exactamente igual que la recordaba, aunque tenía el pelo un poco más descuidado de lo usual.

Tras rasgar el papel que envolvía el regalo, encontró una caja cuadrada de color oscuro. En su interior, había tres objetos que Emma reconoció al instante. Una varita, una piedra y una capa. Ahogó un grito al comprender el simbolismo que tenían esos objetos, pero pronto se tranquilizó al recordar que los verdaderos estaban a buen recaudo. Su madre debía estar mandándole una señal de que estaba yendo por el buen camino.

Alzó primero la varita. La emoción y el cansancio del día hicieron que fuera muy complicado concentrarse, así que solo vislumbró una muy nublosa imagen del anterior dueño de la varita; un señor al que apenas reconocía. Sí que tuvo la sensación, sin embargo, de que esa varita había sido arrebatada a la fuerza. Su madre le había enviado un objeto robado.

Tendré que esconder esto a buen recaudo. El Ministerio me podría encerrar por esto.

Sacó después la capa, y por más que intentó obtener una visión, no consiguió nada. Supuso que estaba demasiado cansada para aquello, así que simplemente la dejó junto a ella. Desde luego, no era como la de Harry, aquella era de pelo de demiguise, y con el tiempo perdería su efecto. Igualmente, era un objeto muy valioso.

Tampoco obtuvo ninguna visión de la piedra, por más que se esforzó, así que dejó los objetos a un lado y hurgó en uno de los cajones de su mesilla de noche en busca de algo que comer para intentar reponer energías. Sin mirar del todo lo qué agarraba, sacó el primer objeto que le pareció que contenía comida y lo llevó frente a sus ojos. Desenvolvió una ranita de chocolate que contenía el paquete que había cogido y el sabor del dulce sobre su lengua le hizo recordar exactamente de dónde había salido ese paquete en concreto. Cedric le había regalado esa caja de ranitas de chocolate hacía un año, en su anterior cumpleaños. Hacía dos, le había regalado el almohadón amarillo con su nombre bordado que seguía sobre su cama y con el que dormía cada noche.

El sabor de aquel dulce y el tacto de la tela aterciopelada del almohadón le recordarían siempre a Cedric, hiciera lo que hiciera. Se sintió culpable por comerse una de las ranitas, pero pensó que Cedric se las había regalado con ese preciso propósito.

Aguantándose las ganas de llorar, alargó de nuevo la mano hacia la piedra. La visión llegó al instante.

—¿Estás segura de que es hoy, Em? Me parece un poco descarado marcharnos en un momento así.

—Sí, papá, es hoy, estoy segura. Me he dado cuenta al ver a Bill así.

—¿Y no lo podrías haber evitado? —preguntaba Keira, con todo el cabello despeinado.

—Estoy seguro de que Emma no sabía que iba a ser algo así —respondió Alfred, colocando una mano sobre el hombro de su hija. Ella asintió con tristeza.

—Se activa en un minuto. Poned todos la mano encima.

Emma volvió a la realidad y se quedó mirando la piedra. Era un traslador. Se dio cuenta de que no sabría cuándo tendrían que utilizarlo hasta que le ocurriera algo a Bill, así que tendría que esperar hasta entonces. Emma miró el objeto con una mueca de preocupación. Aquel traslador debía transportar a los tres a un lugar importante, tanto como para que Amelia se arriesgara a hacérselo llegar con antelación.

Guardó su regalo rápidamente en su baúl y se fue a dormir inquieta, y cuando soñó aquella noche, se vio lanzando y esquivando hechizos en las escaleras que subían a la Torre de Astronomía.

Aquel día había tenido un sueño muy raro, en el que corría por un pasillo estrecho cuyas paredes eran hileras e hileras de estanterías con objetos esféricos y brillantes. Ella llevaba la varita en ristre, y por la manera en la que corría, alguien debía de estar persiguiéndola.

La noche anterior se había visto en una sala redonda en la que había un arco muy alto en el centro, y frente a él había una mujer delgada y morena, con una cabellera de rizos despeinados que le daban un aire macabro. La reconoció del periódico, de aquella noticia sobre unos mortífagos que se habían fugado de Azkaban.

Y unas cuantas noches antes, había visto a varios miembros de la Orden del Fénix, Tonks, Lupin, Ojoloco y Kingsley, luchando contra personas vestidas de negro, en aquel mismo lugar.

La proliferación de sueños cada noche tenía su origen en los exámenes, que comenzaban aquel mismo día. Emma no se podía creer que estuvieran ya en junio y quedara tan poco tiempo que disfrutar en el colegio. No se habría preocupado de los exámenes de no ser por sus amigas: Maisie necesitaba buenas notas para estudiar Medimagia, y Verónica y Bella ansiaban un puesto en prácticas en el Ministerio. Emma se unió al grupo de estudio porque quería ayudarlas y porque, en realidad, una parte de su orgullo quería verla conseguir buenas notas, aunque no le fueran a servir de nada para jugar a Quidditch.

Los exámenes fueron medianamente bien, especialmente porque no tenía presión por sacar una nota concreta. Defensa le fue bien a todos los miembros del ED, en Encantamientos dejó sorprendidos a todos los examinadores con un Patronus y en Pociones, irónicamente, tuvo que preparar una Amortentia y explicar sus efectos, algo que gustosamente explicó desde su experiencia.

Emma estaba segura de que habría sacado, por lo menos, un Supera las Expectativas en todo, así que se sentó con sus amigas sobre el césped frente al Lago Negro para disfrutar de un merecido descanso bajo el sol. No podía creer que hubiera terminado por fin sus estudios. No se sentía tan mayor, y a pesar de que ya tenía dieciocho años, seguía pensando que tenía quince. Cuando era pequeña ansiaba con el momento de ser mayor de edad y poder salir del colegio, pero ahora ese pensamiento le daba vértigo. Sabía que nada sería igual, y que probablemente los cambios no le agradarían en absoluto porque esa guerra de la que todos hablaban parecía cada vez más inminente. Se sentía protegida en ese castillo, a pesar de todo lo que había ocurrido entre sus paredes, y salir al mundo real era como exponerse con el pecho descubierto al peligro.

Miró a Verónica, con los ojos cerrados y la cara en dirección al sol, aprovechando las escasas horas de luz que había en Escocia. Aquel gesto le recordó inevitablemente a su visión sobre ella en una audiencia del Ministerio. No tenía ni idea de por qué acabaría en un lugar como ese, lo que la dejaba completamente intranquila porque no sabía qué hacer para evitarlo. Solo la tranquilizaba el hecho de que Verónica era una de las personas más fuertes que conocía. Era dura de pelar, y sabía que podía salir completamente indemne de aquella audiencia. No pensaba permitir que nada malo le ocurriera a Verónica, igual que Verónica se había ocupado de que ella sanara y se cuidara durante los primeros meses de aquel curso. Había sido su ángel de la guarda, y Emma estaba dispuesta a devolverle el favor.

Miró después a Maisie, que tenía la cabeza apoyada en el regazo de Verónica y una mano sobre su barriga. Estaba de seis meses y ya se notaba bastante, pero como Maisie siempre había sido muy delgada y menuda, no tenía una barriga tan prominente. Habían hecho su falda y su túnica más grande para que no le apretara, así que no era un cambio demasiado perceptible si uno no se fijaba demasiado. Salía todos los fines de semana del colegio con la ayuda de McGonagall y Madame Pomfrey para reunirse con sus padres y Oliver.

Emma la admiraba por lo bien que estaba llevando aquella situación y lo poco estresada que parecía por el futuro. Su hija nacería en un ambiente ligeramente turbulento, pero Maisie siempre hablaba de su nacimiento como un momento muy esperado, y no dejaba de hacer planes sin parar. Emma se alegraba de que alguien tuviera tanta ilusión, porque se contagiaba sin parar gracias ella. Le hacía darse cuenta de que seguía habiendo razones para alegrarse.

—¿Qué os parece Cloud? —preguntó Maisie, mirando al cielo.

—¿Cloud? —exclamó Verónica frunciendo el ceño—. No puedes llamarla Cloud, Maisie, se reirán de ella. Parece más bien un nombre para un perrito.

—¡Oye! A mí me parece bonito —rebatió Maisie, claramente ofendida—. ¿A ti qué te parece, Em?

—¿Qué tal si seguimos pensando más opciones, eh?

Maisie hizo una mueca y cerró los ojos. Emma pensaba que Hope era un nombre muy bonito, pero tenía que ocurrírsele a ella. Giró la cabeza cuando vio a Ginny y Luna Lovegood, una chica de Ravenclaw que estaba en el Ejército de Dumbledore, corriendo en dirección al castillo con urgencia. Verónica también se dio cuenta.

—Tengo un mal presentimiento —anunció Emma con un gesto de preocupación.

—Vamos. —Verónica le dio unos toquecitos en el hombro a Maisie para que abriera los ojos y luego la ayudó a ponerse en pie.

A toda la velocidad que Maisie se podía permitir, corrieron en busca de las dos jóvenes, pero no las encontraron en ninguna parte, así que comenzaron a dar vueltas por el castillo para ver si encontraban a alguno de los otros.

—¡Te lo juro! Se ha desmayado en mitad del examen —comentaba una chica de Hufflepuff de quinto—. Ha caído al suelo como un saco de patatas.

—A Harry siempre le pasa algo, ¿te has dado cuenta? —le respondió una compañera.

Emma miró rápidamente a sus amigas y, con un asentimiento de cabeza, decidieron que tenían que encontrar a Harry. No lo dijo en voz alta, pero Emma pensaba mientras lo buscaba con frenesí que aquel desmayo, con toda seguridad, tenía que ver con Voldemort y sus intentos de asediar la mente del chico. El mal presentimiento que tenía no podía estar equivocado.

Por fin, divisaron a un grupo de alumnos alejándose de un pasillo en particular, aquel en el que estaba colocado el despacho de Umbridge. Luna estaba en una esquina y Ginny en la otra, y cada vez que se acercaba alguien, les guiaban en la dirección contraria . Emma corrió hacia Luna.

—¿Qué está pasando?

—Estamos echando a la gente para que Harry se cuele en el despacho de la directora —dijo Luna con su vocecilla cantarina—. Dice que tiene que hablar con alguien por la chimenea.

Esas fueron sus últimas palabras antes de que un hechizo aturdidor golpeara su espalda, provocando que se desplomara en el suelo. Emma escuchó el grito de Ginny antes de que alguien la zafara por detrás, del mismo modo que unos brazos fuertes la inmovilizaron a ella. Emma intentó zafarse, dándole codazos a su captor, pero parecía haberla agarrado con tanta fuerza que era imposible. La arrastraron junto a las demás hacia el despacho de Umbridge, donde ya les esperaban Harry, Ron, Hermione y Neville, también atrapados por otros miembros del Escuadrón de la profesora.

—¡Los hemos capturado a todos, profesora! —anunció la voz de Draco Malfoy tras ella—. ¡Estaban distrayendo a la gente para que no vinieran hacia aquí!

—Oye, nosotras solo pasábamos por ahí —mintió Maisie intentando deshacerse de la chica que la tenía agarrada, pero esta le dio un empujón.

—¡Ni se te ocurra tocar a Maisie, estúpida! —amenazó Verónica con su voz autoritaria, ganándose un codazo de la persona que la había capturado.

Emma miró a Harry, que estaba tan pálido que parecía que se iba a caer en el sitio en cualquier momento. Le hizo una mueca para indicarle que había cometido una locura, pero Harry le devolvió una mirada de advertencia. Algo había ocurrido.

—Muy bien, Potter —exclamó Umbridge con la voz más chillona de lo usual—. Ha colocado vigilantes alrededor de mi despacho y ha intentado distraerme para que no viniera, pero se le ha olvidado que no soy estúpida. Es evidente que le interesaba ponerse en contacto con alguien con mi chimenea, ¿con quién? ¿Con Albus Dumbledore?

—No es asunto suyo —gruñó Harry.

Umbridge abofeteó a Harry con tanta rapidez que Emma dio un salto en su posición y se ganó un arañazo de parte de su captor.

—Todo lo contrario —contestó con una de sus odiosas risitas—. Muy bien, señor Potter, le he ofrecido la posibilidad de colaborar, pero la ha rechazado. No tengo más alternativa que obligarlo. Draco, ve a buscar al profesor Snape.

Emma trató de aprovechar ese momento para escaparse, pero su amigo, Crabbe, que era enorme, la agarró del pelo y la acercó a él, provocando que Emma gritara.

—Quítame esa mano de encima, idiota —amenazó, dándole un buen pisotón.

Crabbe se quejó por el dolor y la soltó, pero no le dio tiempo a moverse porque la profesora le lanzó un hechizo y salió volando hasta chocar contra la pared. Unas cuerdas aparecieron a su alrededor y la ataron, impidiendo que se moviera.

—¡No puede hacer esto! —gritó Emma—. ¡No hemos hecho nada!

—Tú no tienes nada de inocente, Blackwood. Me has evitado todo el año, y no creas que no sé por qué. Tu abuelo me ha puesto al tanto de la historia de tu madre. Sé qué clase de persona eres.

—¡Mi madre está muerta! ¿Cuántas veces tendré que decirlo?

—¿Y cómo estás tan segura? ¿Lo has visto?

—¿Ver el qué? —mintió.

La conversación se vio interrumpida por la llegada de Draco, que venía seguido del profesor Snape. Este observó el panorama con una mirada de indiferencia.

Será ruin.

—¿Me ha llamado?

—¡Sí, profesor Snape! —respondió Umbridge con ansias y una sonrisa de oreja a oreja—. Necesito otra botella de Veritaserum, cuanto antes. Esta vez la necesito para dos personas.

—Le di la última cuando quiso interrogar a Potter, directora. ¿Acaso la gastó toda? Solo eran tres gotas, ya se lo dije.

—Bueno, pero podrá preparar más, ¿verdad? —respondió ella con rubor, ignorando la pregunta.

—Obviamente, pero tarda un ciclo lunar en madurar —respondió sin ninguna expresión.

—¿Un mes? —chilló la profesora Umbridge, perdiendo la paciencia—. ¿Un mes, ha dicho? ¡La necesito ahora mismo, Snape! ¡Acabo de encontrar a Potter utilizando mi chimenea para comunicarse con alguien!

—Sí, Potter no es muy dado a seguir las normas —respondió Snape mirando a Harry como si fuera un perro callejero—. Si eso es todo, me voy.

—¡Tiene a Canuto! —gritó Harry—. ¡Tiene a Canuto en el sitio donde la guardan!

Snape se paró con una mano sobre el picaporte de la puerta. Emma abrió los ojos como platos, esperando a que por fin reaccionara y mostrara ser un verdadero miembro de la Orden.

—¿Canuto? —chilló la profesora Umbridge mirando ávidamente a Harry y al profesor Snape—. ¡¿Quién es Canuto?! ¡¿Dónde guardan qué?! ¡¿Qué ha querido decir?!

Snape miró a Harry fingiendo no comprender nada. Era imposible saber si se había dado cuenta de lo que quería decir. Ni siquiera Emma sabía lo que quería decir, pero sí sabía que Canuto era Sirius, el padrino de Harry.

—No tengo ni la menor idea —respondió Snape, sin inmutarse—. Quizás haya perdido la cabeza por fin, hace años que sospecho que algo no funciona bien dentro de ella. Y ahora, si me disculpan, tengo mucho trabajo que hacer.

Cerró la puerta tras de sí. Umbridge soltó un grito de frustración.

—Muy bien —dijo sacando su varita del bolsillo de su chaqueta rosa—. Me temo que no me queda otra alternativa. Esto es un tema de seguridad del Ministerio, está justificado, claro.

Parecía que hablaba más para sí misma que para los demás. Trataba de convencerse a sí misma de algo, sin dejar de mirar a Harry. Emma intentó luchar contra las cuerdas que la aprisionaban, pero le era imposible salir de su abrazo.

—No creas que disfruto con esto, Harry, pero me has obligado —suspiró—. El ministro comprenderá mi decisión, no tuve más remedio que.... La maldición Cruciatus te hará hablar, desde luego —sentenció.

—¡No puede, es ilegal! —gritó Emma desde su esquina.

—¡Silencio, Blackwood! ¡Luego irás tú!

Umbridge apuntó a Harry con su varita. Él no podía hacer nada por protegerse, puesto que Draco tenía su varita en la mano.

—¡No! ¡Harry díselo! ¡Es mejor que soportar la maldición! —gimoteó Hermione—. ¡Cuéntaselo!

—¿Contarme qué? —siseó Umbridge.

—¡El arma secreta! —chilló Hermione, comenzando a llorar. Emma podía ver el color del aura a su alrededor, indicando que no había rastro de pena o tristeza. Hermione estaba mintiendo—. ¡Intentábamos ponernos en contacto con el director Dumbledore para decirle que ya estaba lista el arma secreta!

—¿Un arma? ¿Qué arma? —gritó Umbridge.

—Es que... Bueno, nosotros tampoco la entendemos del todo... solo sabemos que podía usarse contra usted y... ¡Es muy peligrosa, jamás he visto nada igual!

—¡Llévame! —exigió la profesora, peinándose el cabello con los dedos con nerviosismo—. Y Potter se viene con nosotras, para que no haga ninguno de sus jueguecitos.

Se llevó a los dos jóvenes, agarrándolos bien de la camiseta, y dejó al grupo vigilado por los miembros de su Escuadrón. Draco se quedó al mando, así que se sentó en el sillón de la directora. Estaba ridículo entre toda la decoración rosa y hortera de Umbridge, pero parecía muy complacido consigo mismo.

Emma se estiró tanto como le permitieron sus ataduras para asomarse por la ventana. Le pareció divisar al grupo adentrándose en la espesura del Bosque. No sabía qué arma secreta podía haber oculta en ese lugar, así que esperaba que Hermione tuviera un verdadero plan. La ansiedad del momento provocó una nueva visión, provista de tanta fuerza que Emma agradeció estar atada, ya que si no se habría desmayado.

Luchaban en aquella sala con el arco en el centro. Estaban los mismos miembros de la Orden del Fénix que había visto anteriormente, pero también estaban Harry y Neville con ella, aunque ambos parecían muy heridos. Emma se sentía muy, muy mal. Observó la ropa de Harry y Neville y, con mucho pesar, comprendió que era la misma ropa que llevaban en ese momento.

Será hoy.

Salió de su visión y notó que Verónica y Maisie la miraban, esperando una respuesta. Desde que sabían que era vidente, habían aprendido a identificar qué expresión ponía Emma cuando tenía una visión. Emma gesticuló las palabras "peligro" y "marchaos". Verónica hizo un gesto de negación, pues ella quería quedarse a ver lo que pasaba, pero Emma lanzó una mirada hacia Maisie, como dándole a entender que era muy peligroso para ella porque estaba embarazada. Maisie captó enseguida la señal y lanzó un grito de dolor.

—¡Ay, no! —chilló sujetándose la barriga.

Draco se levantó de su asiento al instante, dispuesto a hacerla callar, pero Maisie seguía chillando.

—¿Maisie? ¿Qué te ocurre? —gritó Emma, continuando con la farsa—. ¿Ya viene?

—¿Ya viene quién? —preguntó la chica de Slytherin que la sujetaba.

—¡El bebé, lerda! —dijo Verónica señalando a Maisie.

Maisie se abrió la túnica y dejó ver ante todos su barriguita, aunque Emma habría jurado que estaba tirándose hacia delante para que pareciera más grande todavía.

—¡Creo que se ha adelantado! —lloriqueó Maisie—. ¡Tengo que ir al hospital! ¡Se puede morir, es demasiado pronto!

—¿Pero desde cuándo estás embarazada? —gritó la chica que la sujetaba—. ¡Yo no tenía ni idea!

—Bueno, es que cuando no miras más allá de tu propia nariz es normal que no te enteres de nada, estúpida —gritó Verónica.

—¿A quién has llamado estúpida, sangre sucia?

—¡Me duele! —gritó Maisie.

—¡Tienes que llevarla a la enfermería! —continuó Emma, observando a Draco con urgencia—. ¡Si no da a luz podría perder al bebé!

La chica Slytherin miró a Draco buscando ayuda, y este parecía igual de perdido, sin saber qué hacer.

—Escúchame, Draco Malfoy, como no la dejes salir de aquí se pueden morir ella y el bebé —intervino Ginny—. ¿Eso quieres? Mueve el culo y sácala de aquí.

—Llévatela a la enfermería —masculló Draco, señalando la puerta.

—No... No creo que pueda caminar —lloriqueó Maisie—. Me duele demasiado...

—Crabbe, llévatela.

Crabbe soltó a Verónica, demasiado abrumado por su nueva tarea, y esta aprovechó para sacar su varita y aturdirle. Ginny tampoco perdió la oportunidad y le dio un codazo a su captor, para luego sacar su propia varita y lanzar un hechizo mocomurciélagos a Draco y otro a la chica Slytherin. Luna apuntó al resto de los que quedaban y los aturdió a todos con una sonrisa tímida.

—Vaya, eso ha sido más sencillo de lo que esperaba —murmuró con voz tranquila—. Qué tripita tan mona, Maisie. Espero que esté bien el bebé.

—Está perfecto, gracias por preguntar —aseguró Maisie, recobrando la compostura.

—¿Me podríais soltar, por favor? Esto duele más de lo que parece —pidió Emma con una mueca.

Ginny lanzó un hechizo y las cuerdas que sujetaban a Emma cayeron al suelo. No había tiempo que perder, estaba comenzando a atardecer y pronto se instauraría el toque de queda, así que echaron a correr en dirección al Bosque Prohibido para saber cualquier noticia sobre Harry y Hermione. Estos salieron del bosque con algunas heridas en las mejillas, pero Umbridge ya no les seguía.

—¿Dónde está la cara de sapo? —preguntó Ron.

—Creo que no nos molestará nunca más —exclamó Hermione con satisfacción.

Emma la miró con incomprensión, esperando que no le hubiera ocurrido nada demasiado grave. Se merecía un buen escarmiento, pero la forma en la que Hermione había anunciado aquello le había puesto los pelos de punta.

—Tenemos que irnos ya, ¡Sirius está en peligro! —anunció Harry con un jadeo.

—¿Cómo que está en peligro? —carraspeó Emma—. ¿A qué te refieres?

—¡He visto que lo tenían atrapado en el Ministerio! Sigue vivo, pero lo quieren matar —exclamó con nerviosismo—. ¡Lo han capturado!

—Yo no he visto nada de eso Harry —aseguró Emma, intentando tranquilizarle—. He visto lo que va a ocurrir después, y ahí no estaba Sirius.

—¿Qué has visto exactamente?

—He visto a algunos miembros de la Orden luchando, y a muchos de nosotros también, pero Sirius no estaba.

—No estaría en ese momento, Emma, pero estoy seguro. ¡No puedo perder ni un minuto más! Tengo que irme y...

—¿Qué te crees, que vamos a dejar que vayas solo? Ni de coña —rebatió Ron, agarrando del brazo a su amigo.

—Esto es muy peligroso, no voy a dejar que os arriesgueis por mí.

—Entonces, ¿lo del Ejército de Dumbledore era todo mentira? —preguntó Neville elevando la voz. Emma observó cómo le temblaba la ceja por el miedo—. ¿No nos vas a dejar poner en práctica todo lo aprendido?

—Mira, Harry, nos da igual lo que digas, vamos a ir. Lo he visto —explicó Emma—. Nos he visto luchando, el único que no estaba era Sirius... Bueno, ni ellas.

Señaló a Maisie y a Verónica. No había visto a los otros en la visión, pero ir tan solo Harry y Neville le parecía una locura. Y sin Hermione probablemente estarían perdidos.

—Ya, me parece que no —exclamó Verónica, de brazos cruzados—. Soy buena batiéndome en duelo, Em. ¡Tengo que ir!

—No estabais en la visión, así que os quedáis. Maisie porque está de seis meses y tú porque... Porque tienes que enviarle un mensaje al profesor Lupin y avisarle de lo que vamos a hacer. ¿De acuerdo?

—¡No, Em!

—¡No vamos a arriesgar más vidas de las necesarias, Verónica! —contraatacó Emma, mirando a su amiga con súplica—. Por favor. Te prometo que, si necesitamos tu ayuda, te llamaré.

Verónica agarró a Maisie y se largó con un bufido, dejando claro que no estaba de acuerdo con la decisión de Emma.

—Bueno, ¿y a dónde vamos exactamente? —preguntó Ron, removiéndose de un lado para otro por el nerviosismo.

—Al Ministerio de Magia. Tienen a Sirius en el Departamento de Misterios.

Emma asintió, sabiendo que aquellas visiones mostraban siempre ese lugar. El mal presagio le oprimió el pecho.

Algo horrible está a punto de ocurrir.

Imagino que ya sabéis de qué va el siguiente capítulo y aviso que me quedó MUY LARGO así que buscaos un ratito para leerlo porque es intenso.

Además, muy a mi pesar debo recordaros que esta historia tiene 70 capítulos, lo que significa que SOLO QUEDAN 20 😭😭😭😭 Y el epílogo, ¡pero 20! Me da muchísimo vértigo saber que se va a terminar :(

Canción n°29: Una canción de este año.

Mi propuesta: August de Taylor Swift 💕

Gracias por VOTAR y COMENTAR, os tkm💙💙💙

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