Capítulo 44 · Defensa ·
A Emma siempre le había parecido de lo más curioso que Severus Snape tuviera vocación para la enseñanza. Estaba claro que no reunía las cualidades necesarias para el puesto: no tenía paciencia, no sabía tratar con otras personas, mucho menos con niños, y no parecía tener ningún interés por conseguir que los alumnos comprendieran la materia.
Tener clases semanales de Oclumancia con él terminó por hacer comprender a Emma que ni siquiera él mismo sabía qué hacía enseñando sus conocimientos a otras personas. Su método era agresivo, directo e insensible. Obligaba a Emma y a Harry a revivir una y otra vez escenas de sus recuerdos que preferían olvidar. Emma había perdido la cuenta de las veces que había visto el rostro sin vida de Cedric y de Amelia a lo largo de la semana. Por las noches, le costaba dormir por culpa de esos recuerdos.
Aquello solo hizo que acrecentar su enfado con Dumbledore. Si Snape accedía a ese tipo de recuerdos era, precisamente, porque sabía que los tenía que buscar, y eso significaba que el director se lo había contado de antemano. Emma no comprendía cómo Dumbledore tenía tanta confianza en una persona que todos sabían que había sido mortífago. Que lo continuara llamando Señor Tenebroso debería ser una alarma suficiente para que todos supieran que no era de fiar.
Los días se sucedían con una lentitud exasperante para ella. Pasaba tardes a solas en la biblioteca, buscando sin éxito algo sobre el símbolo que le había dejado Amelia. No había ninguna runa, ningún libro sobre simbología ni ningún escrito sobre la inmortalidad en el que apareciera representado. No había nada. Al final, confió en los gemelos para que la ayudaran en su búsqueda, aunque no les dejó hacer demasiadas preguntas sobre por qué buscaba aquel símbolo. Cuanto menos supieran, mejor.
George la trataba como si fuera a romperse en cualquier momento y, en cierto modo, así era. Emma no había recuperado su don, pero pasaba largas noches de insomnio pensando en aquello, y cuando conseguía dormir era muy difícil despertarla después, por lo que los demás se asustaban por si le había pasado lo mismo que en junio.
George estaba demostrando una paciencia de la que no le habría creído capaz jamás, y Emma recordó que Dumbledore había descrito lo que él sentía por ella como devoción. La culpabilidad la obligaba a intentar alejarle de ella en muchas ocasiones, recordándole que había muchas otras chicas con las que podía pasarlo bien y hacer otra cosa que pasarse las tardes estudiando, pero George se negaba a escuchar nada de aquello. Le repetía una y otra vez que él la quería en lo bueno y en lo malo y no necesitaba a nadie más a su lado.
Mientras tanto, la profesora Umbridge se hacía poco a poco con el colegio. Había instaurado reglas de lo más anticuadas y restrictivas, y Filch, el celador, parecía en su salsa obligando a los alumnos a cumplirlas. Uno de los trabajos que llevaba a cabo la profesora Umbridge era evaluar al resto de los profesores, paseándose por sus clases para comprobar cómo hacían su trabajo. Aquello no solo perturbaba a los alumnos, que se encontraban incómodos con la profesora Umbridge en el aula, sino que no permitía a los profesores trabajar con normalidad.
La profesora Trelawney parecía especialmente irritada con la presencia de Umbridge, así que Emma quedaba una tarde a la semana con ella para intentar calmar sus nervios y, de paso, hablar sobre Amelia.
—Dumbledore no permitirá que la despidan, profesora.
—Me temo que Dumbledore cada día tiene menos poder en este colegio, querida —respondió la profesora cogiendo su taza con las manos temblorosas—. Lo vi el otro día, echarán a Dumbledore del colegio y se pondrá esa señora horrible al mando.
Emma se mordió el labio. Quizás ella también podría ver ese tipo de cosas si se esforzara. La profesora, al igual que la señora Bellamy, estaba segura de que era ella misma la que estaba reprimiendo las visiones, pero lo cierto era que Emma no se estaba esforzando demasiado por intentar recuperarlas. Desde que aprendía Oclumancia, se dedicaba a intentar dejar la mente en blanco y no pensar en nada. Le parecía curioso que, con tanto esfuerzo mental, no se presentara ninguna visión.
Lo he perdido.
—Vaya, ¿una tutoría?
Emma y Sybill dieron un respingo al escuchar la voz chillona de Umbridge aparecer por el hueco de la entrada al aula de Adivinación.
—Según tengo entendido, señorita Blackwood, tú no cursas esta asignatura.
—Solo por falta de tiempo, profesora —respondió Emma con falsa educación—. Sin embargo, la profesora Trelawney accedió a darme algunas clases extra, porque sabe cuánto me gusta la Adivinación.
—Vaya, entre los entrenamientos de Quidditch y las clases extra con el profesor Snape y la profesora Trelawney, apenas tendrás tiempo para estudiar.
—Trabajo bien bajo presión.
Umbridge la miró con desdén. La profesora Trelawney parecía tan asustada como siempre, aunque en el fondo estaba muy enfadada con ella. Se notaba que se estaba conteniendo para no armar un alborto.
—¿También quiere evaluar mis tutorías con los alumnos? —preguntó, intentando controlar su tono—. Son privadas. No entiendo qué interés tiene el Ministerio en ellas.
—No, solo me preguntaba por qué pasáis tanto tiempo juntas.
—Pues ya lo sabe, si nos disculpa, tenemos mucho trabajo por delante —espetó Trelawney, girándose.
—¿Por qué no le lee los posos del té a la señorita Blackwood? Tengo curiosidad.
Emma miró a Trelawney con advertencia. Ella no parecía querer hacerlo, pero Emma le tendió la taza para que hiciera lo que le decían. No quería problemas. La profesora la tomó entre sus manos, de nuevo con los dedos temblorosos, y observó su interior.
—Es una estrella —observó la profesora—. La estrella indica...
—Seguro que su alumna sabe lo que significa —interrumpió la profesora con una risita.
—La estrella significa éxito profesional y amoroso. Parece que tantas asignaturas y entrenamientos tendrán sus frutos, a pesar de todo —dijo Emma con condescendencia.
Cuando Umbridge se fue echando humos porque no había conseguido lo que seguramente quería, que era castigar a Emma para interrogarla, Emma miró a la profesora. En su taza no había una estrella, había una mano. La mano indicaba que un amigo necesitaría ayuda urgente.
En aquel momento deseó tener de nuevo su don para poder volver a ayudar a sus amigos.
Emma miró su botella llena de polvo. No tenía ningunas ganas de beber de ella, pero todos lo hacían y le pareció maleducado no participar. Estaban en Cabeza de Puerco, un antro en Hogsmeade en el que nunca había entrado porque, desde el exterior, no había nada que la invitara a hacerlo. Además del grupo de alumnos que había entrado allí por primera vez, había un par de personas en la barra con las que deseaba jamás cruzarse en un callejón oscuro.
—Bueno, gracias por venir —comenzó Hermione, visiblemente nerviosa. Se sentaba frente a todos, con Harry a su lado, que estaba igual de incómodo—. Ya sabéis por qué hemos venido aquí. Harry tuvo la idea de... Bueno, yo tuve la idea de que sería conveniente estudiar Defensa Contra las Artes Oscuras, pero estudiar de verdad, no esas chorradas que nos hace leer en clase la profesora Umbridge. —Algunos estudiantes murmuraron, mostrando que estaban de acuerdo—. He pensado que deberíamos tomar cartas en el asunto y aprender de verdad, no solo la teoría, sino poniendo en práctica los hechizos.
—Pero tenemos que aprobar los exámenes, Hermione, estudiaremos también para eso, ¿no? —preguntó un Ravenclaw de quinto.
—Claro, pero la verdadera razón por la que debemos estudiar defensa es porque... porque Voldemort ha vuelto.
Los estudiantes no tardaron en mostrar su sorpresa, no solo porque Hermione hubiera dicho la palabra prohibida en voz alta, sino por lo que implicaba. Emma miró con desaprobación a algunos alumnos que comenzaban a temblar. Cho Chang se encontraba tranquilizando a una amiga suya que claramente no quería estar allí.
—Pues ese es nuestro plan, así que si estáis aquí es porque hemos pensado que podría interesaros —prosiguió Hermione, sin hacer caso a los murmullos.
—¿Y cómo sabéis que Quién vosotros sabéis ha regresado? ¿Qué pruebas hay? —inquirió un Hufflepuff de sexto.
—Bueno, Dumbledore lo cree... —empezó a decir Hermione.
—Querrás decir que Dumbledore cree a Harry —aclaró el chico.
Algunos murmuraron en señal de aprobación. Harry estaba tan tenso que parecía que estuviera a punto de lanzarle la cerveza de mantequilla en la cabeza al próximo que hablara. Hermione intentó calmar a los que se quejaban, pero Harry se puso en pie.
—Déjalo, Hermione, no han venido a unirse a nosotros. Solo querían venir a cotillear —bufó—. ¿Sabes por qué digo que Voldemort ha vuelto? Porque yo lo vi, con mis propios ojos. Si eso no te sirve, entonces te puedes largar de aquí.
Todos se quedaron en silencio. No estaban acostumbrados a ver a Harry tan enfadado. Emma, que llevaba un par de meses pasando muchas tardes con el chico, se había dado cuenta de su nuevo carácter pesimista y enfadado, y aunque con ella se calmaba, se avivaba cuando el resto de las personas lo observaban como a un bicho raro.
Tiene todo el derecho de sentirse así. Vivió algo horrible y, encima, todos dicen que miente.
—Solo digo que Dumbledore no dio detalles de cómo murió Cedric —siguió el chico de Hufflepuff—. Solo dijo que había sido Voldermort y ya, para mí no es suficiente.
—Mira, si has venido a que detalle cómo murió Cedric, vete, porque no pienso describirlo. —Harry miró fugazmente a Cho, para luego observar a Emma, que no dejaba de mover la pierna bruscamente por los nervios—. Voldemort lo mató delante de mis propios ojos, ¿de acuerdo? Eso es todo.
—¿Es verdad que puedes hacer un Patronus? —preguntó una chica más joven con el cabello rubio platino.
Los demás volvieron a quedarse en silencio, interesados por saberlo.
—Sí —contestó Harry poniéndose a la defensiva.
Los alumnos empezaron entonces a preguntar a Harry por todas las hazañas por las que era conocido, y el chico fue confirmándolas una tras otra. La admiración por parte del grupo fue creciendo, y todos comenzaban a ver a Harry como una especie de héroe trágico. Él, sin embargo, explicó que siempre recibía ayuda de los demás, y que no había hecho esas cosas por gusto.
—Bueno, pero si sabes hacerlas, nos tienes que enseñar.
—Por eso estamos aquí —contestó Hermione, aliviada por haber llegado a la conclusión que necesitaba—. ¿Estamos de acuerdo en que queremos que Harry nos dé clases?
Hubo un murmullo general de aprobación. Emma observó a todos, pensando en si verdaderamente querían aprender defensa o solo querían pasar tiempo con Harry porque era una especie de famoso. Sin embargo, aunque seguía sospechando de algunos, encontró en el grupo gente que parecía verdaderamente dispuesta a creerle y aprender a luchar. Ahí estaban sus amigos, los gemelos, Lee, Maisie y Verónica. Estaba también su hermana, junto a tres amigos suyos de tercer curso. Neville Longbottom, Dean Thomas, Cho Chang, la Ravenclaw de cabello rubio, Ginny Weasley... Todos querían aprender. Todos creían que Voldemort había vuelto.
—Bien, tenemos que decidir un lugar y un día para reunirnos una vez por semana, y...
—La Sala de los Menesteres —propuso George. Emma dio un pequeño saltito y lo miró brevemente. El chico le devolvió la misma mirada, con una ligera sonrisa. Era su sitio secreto, donde habían pasado horas y horas el año anterior, pero aquel curso no habían vuelto. Aunque fuera algo especial entre los dos, no podían negar que era el lugar idóneo para esas reuniones—. Es una sala que cambia según las necesidades de la persona que entre. Estoy seguro de que si vamos, nos ofrecerá un lugar para dar las clases.
Como todos estuvieron de acuerdo, y tras asegurar que las clases no interferirían con los entrenamientos de Quidditch, los jóvenes comenzaron a dejar su nombre escrito en un pergamino. Emma firmó inmediatamente después de los gemelos, y sintió por primera vez en muchos días que por fin estaba haciendo algo de valor en su lucha secreta contra Voldemort. Tras aquello, se quedó tomando su cerveza con sus amigos, y aunque estaba demasiado sumida en sus pensamientos para contribuir a la conversación, estaba muy animada.
Nada más salir del bar, Emma escuchó que la llamaban desde la lejanía. Al ver de quien se trataba, se disculpó de sus amigos y les aseguró que podían adelantarse, que ella llegaría un poco después.
—Emma —saludó la persona que la había llamado. Había corrido en su dirección para llegar hasta ella.
—Hola, Cho.
La joven de cabello oscuro se quedó unos segundos mirándola mientras recuperaba el aliento antes de hablar. Emma sabía perfectamente qué era lo que quería decirle, pero esperó amablemente a que ella encontrara las palabras o la valentía para hacerlo.
—Me preguntaba si podíamos hablar un momento.
—Claro, ¿quieres que vayamos juntas hacia el colegio?
Cho asintió, así que se encaminaron hacia la salida del pueblo, donde esperaban los carros que llevaban a los alumnos de vuelta al castillo. Emma pensaba que los thestrals eran criaturas preciosas. No los había visto nunca antes, pero tampoco había visto a nadie morir hasta ese mismo año.
Se metieron en uno de los carruajes y Emma cerró la puerta detrás de sí. Cho había hablado ya de las clases, del tiempo y de Honeydukes, pero no había dicho nada sobre lo que realmente quería hablar con ella, así que Emma tomó la iniciativa.
—Yo también le echo de menos —susurró. Acercó su mano y la colocó sobre la de Cho.
Ella arrugó la barbilla, a punto de comenzar a llorar, pero se reprimió.
—Llevo varias semanas intentando acercarme a ti para hablar de eso, porque creo que somos las únicas que podemos comprender cómo nos sentimos.
Emma tuvo un horrible sentimiento egoísta en aquel momento. Pensó, en primer lugar, que por supuesto nadie iba a comprender cuánto echaba ella de menos a Cedric. Ni siquiera esa chica que se sentaba frente a ella. Cho no lo podría comprender jamás porque no lo había visto morir. No había sentido en su pecho el impacto del hechizo que lo había matado. En segundo lugar, también pensó que Cho no podría llegar a entender su dolor porque ella no lo había conocido tanto como Emma. Ellos habían salido juntos casi un año. Cho y ella habían estado juntos cuatro meses, si eso.
Justo después de pensar aquellas cosas tan horribles, se maldijo a sí misma. Ella no era así, no era negativa, no dejaba pasar los sentimientos de los demás para poner por encima los suyos. No. Cho tenía todo el derecho del mundo a echar de menos a Cedric y a llorar su pérdida. Por supuesto que lo tenía. Cada persona sentía el dolor de una forma y eso era completamente válido para Emma.
—Estaba muy enamorada de él —confesó Cho, cuyas mejillas se habían llenado de lágrimas mientras Emma tenía esa batalla interna consigo misma—. Cuando me pidió salir, no me lo podía creer. Me gustaba desde tercer curso, pero cuando empezó a salir contigo pensé que jamás tendría mi oportunidad. Todos decían lo enamorados que estabais. De hecho, muchos decían que él seguía estándolo cuando ya lo habíais dejado. Que por eso tú fuiste lo más valioso para él en la segunda prueba...
Emma sintió una punzada de dolor y culpabilidad en el pecho, tan fuerte que la dejó sin respiración durante unos instantes. Tuvo que cerrar los ojos y rogar por que cuando los abriera no viera al chico frente a ella. Expulsó el aire con lentitud y los abrió.
Nada. Solo estaba la chica de Ravenclaw enjugándose las lágrimas con su bufanda.
—Estoy segura de que Cedric sí estaba enamorado de ti, Cho. Lo de la prueba fue un error de los profesores.
No sabía si acababa de mentir del todo. No sabía si Cedric había estado enamorado de Cho, pero sí sabía que, en el momento de su muerte, seguía enamorado de ella. Que los últimos labios que besó antes de morir fueron los suyos y la última persona a la que miró antes de cruzar las puertas del laberinto fue a ella.
Pero eso no ayudaría a Cho. Eso solo la haría sentir peor.
—Te quería mucho, de verdad. Y yo también le quería, como a un buen amigo. Cedric era una persona maravillosa y se fue demasiado pronto, Cho, pero sé que no quería que estuviéramos así. Él querría vernos felices.
Cho sonrió con tristeza y le dio un apretón en el antebrazo.
—Tienes razón. Seguramente, si me hubiera visto así, habría venido con una magdalena y un buen libro y me lo habría leído para hacerme sentir mejor.
A mí me habría dado una rana de chocolate.
—Gracias, Emma. Me gustaría que pudiéramos ser amigas.
—Y a mí.
Sintió envidia porque la conversación parecía haber consolado a Cho. Le había repetido el mismo sermón que le habían dado todos a ella. Que Cedric no querría verla así. A ella nunca le había funcionado, pero para Cho había sido suficiente.
Cho vivía en la ignorancia, echando de menos a un novio que no estaba enamorada de ella. Echando de menos a un chico al que no había visto morir. Seguramente, las últimas palabras que le había dedicado habían sido de ánimos, no una frase cruel y llena de reproche. Cho podía sentirse en paz consigo misma. Emma no tenía ese privilegio.
Toda la felicidad que había sentido en el bar se había vuelto a esfumar. Sabía que en cuanto llegara al colegio se encerraría en su habitación bajo las mantas, se abrazaría al almohadón y lloraría hasta quedarse dormida.
O quizás no dormiría, solo lloraría.
En la primera reunión, se discutieron posibles nombres para el grupo, a cada cual más ridículo, hasta que al final determinaron que se llamarían el "Ejército de Dumbledore". Emma tenía un vago recuerdo de haber soñado una vez con ese nombre, pero no estaba lo suficiente concentrada como para determinar cuándo había sido y qué había soñado exactamente. Tenía un terrible dolor de cabeza por no haber dormido nada aquella noche, y aunque Fred y George trataban de animarla para que volviera con ellos al "mundo real", ella estaba ensimismada. No ayudaba que Cho hubiera tenido la gran idea de decorar una de las paredes del aula con una foto de Cedric, pensando que serviría de motivación. Ella también quería vengar su muerte, pero ver su rostro no la ayudaba a concentrarse.
—¿Y por qué no nos enseña Emma Blackwood también? —propuso un Ravenclaw de su curso—. Es muy buena en Defensa Contra las Artes Oscuras, y era campeona de duelo en su otro colegio.
Emma sacudió la cabeza al escuchar su nombre y miró a su alrededor, notando que todos la observaban con atención. Dirigió su mirada a Harry, quien no parecía estar en desacuerdo con la propuesta del otro chico.
—¿Yo? —murmuró en voz baja.
—Sí, te he visto en clase muchas veces, se te da bien lanzar hechizos, y fuiste la primera el año pasado con los hechizos no verbales.
—Y la única capaz de resistirse a la Maldición Imperio —añadió Lee.
George pasó un brazo por su espalda, obligándola a mirarle a los ojos. Emma entendió lo que le estaba diciendo con la mirada.
Hazlo solo si te sientes cómoda.
Ella miró a su alrededor, tomó aire para relajarse e hizo un gesto de negación.
—Chicos, yo no sería buena profesora, se me dan bien esas cosas porque estudio mucho y...
—No es verdad, eres buena profesora. Tú y Cedric nos ayudasteis para los TIMOs —le recordó el mejor amigo de Cedric desde el otro lado de la sala.
Emma se encogió ligeramente ante ese recuerdo, y no pudo evitar mirar un segundo a Cho. Todos observaban a Emma, como si estuvieran esperando a que reaccionara de alguna manera escandalosa al haber escuchado el nombre de Cedric. Tantos ojos encima de ella solo provocaron que se pusiera más nerviosa y comenzara a encontrar dificultades para mantener una respiración pausada.
Miró sin querer hacia la foto de Cedric, que observaba la estancia con una sonrisa. Era cuanto menos macabro haber seleccionado aquella foto. Salía muy apuesto, como siempre, pero Emma recordaba perfectamente aquella camiseta que llevaba puesta. Era la camiseta en la que había muerto.
—Lo siento, pero no me encuentro con fuerzas para hacerlo...
—Somos un equipo, si te niegas a compartir lo que sabes no vamos a avanzar —se quejó un Ravenclaw.
—Oye, ¿estás sordo o solo eres imbécil?Emma ha dicho que no quiere, así que cierra esa boca, que no hace más que soltar tonterías —amenazó Fred. Lo cierto era que ese chico cada vez que abría la boca era para quejarse de algo.
—Solo digo que si es tan buena o más buena que Harry, sería justo que intentara ayudar a los demás.
Emma se levantó y, con una disculpa, salió del aula. George fue tras ella, mientras Fred seguía amenazando al Ravenclaw que se había quejado. Emma escuchó algo sobre dónde podía meterse la varita, pero dejó de oírlo cuando George cerró la puerta de la sala. La chica se apoyó contra la pared del pasillo e intentó abrir la boca para ver si así le entraba algo de aire en los pulmones.
George se puso frente a ella, recogió su cara entre las manos y empezó a respirar despacio, obligándola a mirarle para que repitiera junto a él las respiraciones. Ella no pudo aguantarse y se abrazó a él, con tanta fuerza que notaba el corazón del chico contra su mejilla. Él le puso una mano sobre su cabello y comenzó a acariciarla.
—Tienen razón —gimió ella—. Tienen razón, pero no puedo. Apenas puedo concentrarme en las clases, no sé cómo podría ser de ayuda. No soy capaz de ayudar a nadie.
—Eso no es cierto, a mí y a mi hermano nos ayudas un montón siempre, aunque apenas tengamos buenas notas —la consoló él en voz baja—. Y a mí me ayudaste mucho, antes de conocerte era un poco idiota. Bueno, ahora también lo soy, pero por alguna razón accediste a ser mi novia así que te tengo que gustar así de idiota, ¿no?
Emma quiso sonreír, pero solo le salió una mueca de tristeza. Miró al chico y sintió mucha impotencia.
—George, de verdad que no hace falta que sigamos juntos. Cuando me pediste ser tu novia no sabías que implicaría nada de esto. Me siento muy egoísta porque no te puedo hacer feliz.
El chico le tapó la boca con la mano e hizo una cara graciosa, de esas que solían hacerla reír.
—¿Oyes algo? —preguntó él sin retirar la mano—. Es que me había parecido escuchar una tontería sobre que no me haces feliz, habrá sido Peeves haciendo de las suyas.
—De verdad, George...
—No, Emma, te equivocas. Cuando te pedí ser mi novia te lo pedí porque de verdad quería estar contigo, y si crees que verte triste me va a alejar de ti, estás muy equivocada. Tú a mí me haces muy feliz y quiero conseguir que tú lo seas también. Y si quieres dejarme porque yo no te hago feliz, entonces lo entenderé, pero mientras no sea así no te vas a librar de mí.
Emma se mordió el labio. Sentía que no se merecía a alguien como George.
—Odio estar así, George, pero no puedo controlarlo.
—Sé que mejorarás, Em. Pero no me apartes de tu lado, por favor —pidió, depositando un beso en su frente—. Ni a mí ni al resto de personas que queremos ayudarte.
Emma se abrazó a él otra vez y el chico la llevó de nuevo a la Torre Gryffindor. Cuando tuvieron que separarse, Emma le preguntó en un susurro si podían dormir juntos. George asintió con una sonrisa de oreja a oreja y la llevó hasta su habitación, ya que él no podía entrar en la de las chicas.
Le prestó una camiseta grande y ella se cambió y se metió en la cama. George corrió las cortinas a su alrededor para poder tener un poco de privacidad y luego se tumbó junto a ella, indicándole que se recostara sobre su pecho.
—Cuéntame algo —susurró ella.
—¿Quieres que te cuente un cuento? —respondió él con una sonrisa burlona.
—Lo que sea. Solo quiero escuchar tu voz.
George comenzó a acariciar su rostro con las yemas de los dedos, como si tratara de memorizar sus facciones. Aquello la relajó al instante.
—El otro día estaba pensando en que solo he viajado al extranjero en una ocasión, cuando fui con mi familia a Egipto a ver a Bill, justo antes de conocerte —comenzó a explicar—. Lo cierto es que me gustaría viajar por todo el mundo, ¿sabes? Estoy seguro de que serías una compañera de viaje maravillosa, porque seguro que te aprenderías toda la historia de los lugares a los que iríamos y me la explicarías toda emocionada y yo tendría que fingir que me interesa mucho, pero si te hace feliz...
Emma se durmió a los pocos minutos, pero George le relató una lista detallada de todos los lugares del mundo a los que pensaba llevarla una vez hubieran salido del colegio, solo para asegurarse de que estaba completamente dormida. Él no tenía demasiado sueño porque era mucho más pronto de lo que solía acostarse, pero por nada del mundo iba a moverse de su posición. Solo se giró ligeramente hacia un lado para observar el rostro tranquilo de la chica mientras respiraba con pesadez. Tenía los labios entreabiertos y las pestañas le temblaban ligeramente, pero para él aquella era la imagen más bonita del mundo.
—Estás muy equivocada si piensas que alguna vez me alejaré de ti, Em —susurró—. Te quiero mucho. De hecho, creo que cada día te quiero más, si es posible. Espero que lo sepas. Espero que no te canses de mí...
Aquella noche, Emma durmió sin pesadillas y no se despertó en ninguna ocasión, ni siquiera cuando Fred llegó a los dormitorios y se quedó observando a la pareja dormida con una sonrisa en la cara. Todos estaban preocupados por Emma, pero pensaban que su mejoría estaba a punto de llegar.
¡HOLA, LEE ESTO POR FAVOR!
1. Lo que estás leyendo ahora es una EDICIÓN de I Didn't See You. La primera versión se subió en 2020, ahora la estoy mejorando y volviendo a subir. Todo esto lo tengo explicado AL PRINCIPIO, pero como hay gente que me sigue preguntando en cada capítulo, creo que debo aclararlo. Porfi, los mensajes los pongo para que se lean (:
2. Si estás leyendo sin votar, es muy egoísta. Por favor, es solo hacer click en la estrellita al final o al principio de cada capítulo. Creedme, que cuando añadís la historia a la lista de "leídas", ME SALE LA NOTIFICACIÓN, así que si lees sin votar, LO SÉ.
De verdad, mil, mil gracias por leer, pero escribir una historia de 1000 páginas cuesta MUCHO TRABAJO. Solo pido que hagáis click en la estrellita y ya está. Siento ser tan pesada, pero es la única forma de hacerme saber que os gusta y de hacérselo saber también a Wattpad. Gracias por tenerlo en cuenta. Si votas, te quiero mucho❤
Canción nº23: Una canción para gritar en el coche.
Mi propuesta: Bohemian Rhapsody aunque podría gritarla en cualquier contexto la verdad menudo TEMAZO.
¿Creéis que a Emma tendría que haberle dicho la verdad a Cho, o es mejor vivir en la ignorancia?
Os quiero gracias gracias gracias 💙
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