VEINTIUNO
Me pongo en marcha, seguida de Fiko. El rocío ha humedecido los edificios y el suelo está marcado con pequeñas gotas de agua. Hace mucho frío y siento cómo se me congelan las manos y la cara. Con la bufanda me cubro la cabeza y me pongo la capa a modo de capucha. Fiko, en cambio, parece acostumbrado al frío y me observa extrañado. Le acaricio el lomo después de envolverme las manos en tela.
—Tú no tienes frío, ¿verdad? Qué suerte, yo estoy congelada.
Me contesta con un ladrido y agita la cola contento. Voy siguiendo las indicaciones del mapa mientras observo estupefacta los edificios enormes que hace mucho tiempo competían con las nubes. Edificios hechos de metal y cristal que se han ido doblando y oxidando. Edificios que han perdido sus ladrillos, sus vigas. Edificios desolados y consumidos por el tiempo.
Fiko parece decidido a seguirme, y de vez en cuando paro e intento jugar con él. Le lanzo palitos y cuando me los devuelve le premio con un trozo de embutido. Es increíble lo rápido que aprende, aunque hay veces que simplemente se queda mirando el palito o me trae otra cosa, como una piedra o un ladrillo. Lo que aún no he conseguido es que me deje acariciarle en la cabeza, siempre gruñe e intenta morderme. Tiempo, me digo, eso es lo que necesita. Al fin y al cabo, es un perro salvaje, es la primera vez que ve a un ser humano. Podría haberme atacado, pero simplemente ha decidido agradecerme que le ayudase con su compañía.
Llegamos hasta la carretera principal, está cubierta de coches acumulados en las aceras, semáforos oxidados y plantas que se extienden como un manto verde. Entonces, al alzar la mirada siento como si me encogiese el corazón.
Un edificio enorme cubre la carretera; las vigas sobresalen del cemento, están oxidadas, aunque parece que algunas aún soportan el peso. Es extremadamente grande y el brazalete no me indica ninguna otra ruta alternativa. De hecho, en el mapa no consta que haya ningún edificio caído. Debió de tumbarse no hace demasiado.
Solo me queda una opción: escalar hasta llegar a un piso e intentar caminar por las paredes hasta llegar al otro lado. Me acerco al edificio. Desde aquí parece mucho más grande. Me da vueltas la cabeza. Me arden las sienes y siento como si lava corriese por mis mejillas. Me giro hacia Fiko, tiene la lengua sacada y parece mirarme alegre, agita la cola y de un salto entra por una ventana demasiado estrecha para mí.
—¡Fiko! Espera.
El perro me ladra desde dentro del edificio y su cabeza aparece por un recoveco. Suspiro aliviada. Con todo el coraje que puedo reunir empiezo a subir. Voy apoyando pies y manos en los salientes y voy ascendiendo lentamente, asegurando cada paso que doy para no resbalar y caer al suelo. Los brazos empiezan a cansárseme a mitad de camino. Busco desesperadamente un saliente en el cual asirme o alguna ventana por la que entrar, pero mis manos solo encuentran huecos resbaladizos, y todas las ventanas tienen oberturas demasiado estrechas como para poder entrar. Aseguro la posición de mis pies y observo hacia arriba. Veo una viga oxidada a no demasiada distancia, justo al lado de una ventana amplia, si pudiese saltar...
Despego los pies de la pared y giro mi cuerpo hacia la viga con un impulso. Las manos topan con el frío metal. Se va a doblar y voy a estamparse contra la pared, luego se romperá y caeré al suelo, si no me doy prisa. Solo tengo una opción, puedo ver la ventana... si tan solo pudiese alcanzarla. Me balanceo varias veces, contengo la respiración, siento un cosquilleo en el estómago y salto. Mi espalda golpea contra una superficie dura y me deslizo por ella. Pero mis pies topan con algo y eso me detiene.
He conseguido entrar por la ventana, pero me he golpeado contra la pared y las ruinas me han detenido. Oigo un estruendo y veo que una nube de polvo se alza sobre la viga oxidada que ha caído al suelo. Me levanto, estoy completamente molida. Grito el nombre de Fiko, asustada porque se haya podido quedar encerrado. Después de dos minutos oigo sus ladridos y lo veo en el piso de al lado a través de un agujero en la pared que me sirve de suelo. Continúo caminando por el piso, pasando a través de las paredes y cruzando los umbrales de puertas medio derrumbadas. En ocasiones me tengo que tumbar y pasar por zonas muy estrechas, pero vale la pena, pues dentro de poco veo la luz del sol que viene del otro lado. Finalmente encuentro la ventana que da al exterior. Hay unos cuantos metros de distancia para llegar al suelo. Solo tengo que descender. Estoy demasiado cansada, reviso mi mochila y bebo agua de la cantimplora. Me siento durante unos minutos para descansar y dejar que mi corazón vuelva a latir de forma normal.
Por desgracia, esta paz momentánea se ve rota por un aullido horrible. Por un momento pienso que se trata de Fiko, pero él no es. De hecho, ha encontrado alguna manera para llegar al suelo. Veo que se tensa y empieza a ladrar. Oigo rugidos que se acercan cada vez más y al fondo del pasillo donde me encuentro, distingo unos ojos brillantes. Es un lobo. Se me erizan los vellos y el corazón empieza a latirme rápidamente por el miedo. Me levanto e intento buscar alguna manera de bajar con rapidez, sin apartar la mirada de los ojos brillantes del animal. Busco en la mochila y encuentro una cuerda: bajaré haciendo rápel. Sujeto la cuerda a un saliente y la aseguro. Después me ato la cuerda a la cintura a modo de arnés y me preparo para bajar. En cuanto desaparezco por la ventana, el lobo corre hacia mí y se asoma. Su mirada es salvaje y desesperada. Aúlla de nuevo y oigo cómo su manada le contesta de la misma forma. El terror se apodera de mi cuerpo y empiezo a bajar más rápido.
Fiko sigue ladrando y gruñendo. Llego al suelo y me desato velozmente.
—¡Vamos Fiko!
Empezamos a correr por la carretera principal, esquivando las ruinas y los coches. Por un momento, creo que los lobos no nos van a seguir, pero entonces giro la cabeza y veo a un grupo de cinco que se acercan rápidamente hacia nosotros.
Ahora mismo toda yo soy adrenalina. Mis piernas se mueven a un ritmo frenético y la mochila me golpea la espalda a cada paso que doy. Veo una calle a mi izquierda, quizás pueda despistarles. Agarro mi pistola como puedo y me preparo para disparar a uno de ellos, entonces tropiezo y siento como una de las bestias se abalanza hacia mí.
—¡Ahhh! —mi grito de dolor es desgarrador.
Algo se me ha clavado en la pantorrilla izquierda. Me saltan unas cuantas lágrimas mientras termino de perder el equilibrio. Observo hacia mi pierna: el lobo ha clavado sus garras con fuerza en mi pantorrilla. Acerca su rostro hacia mí, apoyando una de sus patas en mi estómago. Me olfatea mientras gruñe. Fiko ladra con todas sus fuerzas, pero unos lobos se empiezan a acercar a él, gruñendo. Entonces, oigo unos pasos que se acercan, unas pisadas humanas. Suena un disparo, siento como la presión sobre mi pantorrilla disminuye y como empieza a salir sangre de la herida. Miro hacia abajo, el lobo está echado a un lado, con una herida en el pecho. Muerto. Los otros lobos gimen y se alejan de nosotros.
—Ah, lobos. Desesperados y hambrientos... —dice una voz masculina, es fría y mecánica. Un escalofrío me recorre la espalda, no es Hyo. Quién sea suelta una sonora carcajada que me hiela la sangre y hace que me cueste respirar.
Elevo la mirada y veo, horrorizada, el rostro de un androide rubio, líneas negras recorren su piel morena. Se agacha frente a mí y puedo leer su placa: C-0136. Ahogo un gemido. Sonríe. Su mirada muestra locura, y el ojo derecho no es más que una cuenca de metal vacía. Me agarra de la barbilla y me obliga a que le mire a los ojos.
—Hace tiempo que no pasan humanos por aquí.
Se agacha y me mira la herida.
—Pero creo que pronto dejarán de haber humanos en esta ciudad.
Se acerca aún más a mí, de manera que puedo sentir su aliento metálico sobre la cara. Me quita la capucha y, agarrándome del pelo, me obliga a levantarme. Yo chillo y me sujeto a sus manos. Me retuerzo e intento zafarme de él, pero el androide me agarra del cuello y me corta la respiración. Frunce el ceño.
—Cállate. ¿Quién va a ayudarte aquí? ¿Ese perro cobarde que ni siquiera viene a por mí? ¡Dime! ¿Quién?
—Fiko no es cobarde —susurro—. Hyo... —consigo decir con el poco aire que me queda.
Suelta una carcajada horrible.
—Sí, claro que sí. Hyo te salvará. Él llegará de un momento a otro, ¿verdad? —se acerca a mí y me susurra—. Te dejaré que veas cómo lo mato.
El corazón me golpea las costillas y le escupo en la cara. Él se ríe con fuerza. Le doy un bofetón, me agarra la mano y aprieta.
—Yo de ti no haría eso, niña —cada vez aprieta más fuerte.
Siento como las fuerzas me abandonan y mi alrededor empieza a ser una imagen borrosa. Oigo que Fiko ladra... Gime... La oscuridad me abraza...
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