Capítulo 25

El despertador sonó aquella mañana, como solía hacer siempre.

Me había olvidado de desactivar la alarma.

Aplasté la almohada contra mi cabeza y esperé a que el despertador se callara de una vez por qué era demasiado perezosa como para levantarme de la cama, cojer el móvil que se encontraba en el escritorio y apagarlo.

Madison me había enviado más de veinte mensajes en los que se disculpaba y dejé sin contestar. 

No quería quedar con ella, no estaba de humor para salir con nadie.

Me quedé unos instantes acostada en la cama y después de que mis ojos asimilaran la luz del día me levanté de la cama y me restregué los ojos.

Bajé las escaleras tomé un bollo relleno de crema. Me senté en el sofá y encendí la tele.

Pasé la mañana viendo reality shows en la MTV y dejando que el tiempo pasara pues el tiempo que solía pasar por las mañanas con Madison ahora estaba vacío y mi orgullo no me permitía cojer el móvil y aceptar las disculpas de mi amiga.

Era incapaz de arreglar las cosas con mis amigas. Por eso había perdido a Evelyn y por eso, ahora perdería a Madison.

Pero en aquel momento fruncí el ceño ante el comentario de una de las chicas del reality e hice caso omiso a los remordimientos que pudiera tener.

Apagué la tele, aburrida de ver siempre lo mismo y me encerré en el cuarto de baño.

Pasé un par de horas maquillándome, experimentando con nuevas sombras y tonos de barras de labios.

No sabía que hacer para entretenerme.

Sin mis amigas no era nada.

La mano me tembló y tracé sin querer una fea raya en mi ojo.

—Mierda—maldije molesta.

Cogí un bastoncillo de algodón humedecido con desmaquillante y borré la parte del rabillo que había quedado mal.

Cuando hube acabado de maquillarme elegí algo que ponerme y pasé un buen rato creando nuevos conjuntos y ordenando mi armario.

Luego ví algún que otro video en Youtube, me cansé también de ello.

Reorganicé mi escritorio, saqué la basura, revisé mis redes sociales...

Pero el aburrimiento no cesaba, era imposible.

Saqué el móvil de mi bolsillo y tecleé el número de Jason.

Esperé.

Un toque, dos toques, tres toques, cuatro toques...

—¿April?—preguntó la voz de Jason.

—Jason—dije casi a modo de suplica—Necesito que vengas a por mí.

—No estoy en casa.—replicó—¿Podrías llamar en otro momento? Estoy ocupado.

Sentí una punzada en mi pecho.

—S-sí, claro...

—Te quiero ¿vale?—dijo antes de colgar.

—Yo también te quiero—susurré desanimada.

Me dejé caer en el sofá. No estaba acostumbrada a que me dijeran que no y mucho menos él ¿A quién llamaba ahora?

Podía llamar a alguna de las amigas de Madie que había conocido pero no tenía la confianza suficiente con ellas como para sentirme a gusto, podía llamar a Alyson, después de todo ella también estaba enfadada con Madie, tal vez me entendiera... pero recordé que debía estar en su clase de dibujo.

Sólo me quedaba una opción.

Tecleé el número que ya me sabía de memoria y corrí la cortina.

Ahí estaba ella, leyendo tranquilamente tumbada en una hamaca con una gafas de pasta negra que jamás le había visto llevar.

Evelyn llevaba un vestido de flores atado al cuello y una coleta desenfadada que recogía su maravillosa melena castaña.

¿Por qué ya no nos hablábamos?

No me acordaba.

La llamé y observé desde la ventana la reacción de mi vecina.

Evelyn tomó el móvil y lo miró sin saber que hacer.

—¿A qué esperas? Vamos, cojelo.

La chica lo dejó sonar en la pequeña mesita de mimbre y yo enfurecida la volví a llamar una y otra vez.

Harta de que me ignorara salí de la casa y furiosa entré por la puerta trasera al jardín de Evelyn pues sabía que siempre dejaban esa puerta abierta.

Me coloqué delante de ella y apreté los puños.

—¿Es que vas a seguir así para siempre?—pregunté.

Evelyn apartó la mirada de su libro por un momento, arqueo una ceja y pasó la página antes de concentrarse de nuevo en su lectura y hacer como si yo no estuviera ahí.

Le arrebaté el libro de las manos y lo lancé lejos de ella.

—¡Te estoy hablado!—grité furiosa.

—No tengo nada que hablar contigo.—respondió.

—Claro que sí Evelyn, nos debes una explicación a todas ¡Me debes una explicación a mí!

—¿A ti?—se mofó—No te debo nada, has jugado con mi confianza e ignorado cuando más te necesitaba.
Has sido una amiga de mierda, April.

—¡Perdóname si no te he estado lamiendo el culo todo el rato!—dije sarcástica.

Evelyn ignoró mi comentario y recogió el libro del suelo, después de eso se dispuso a entrar en la casa pero yo aún no había acabado y la seguí hasta dentro de la casa.

—No es mi culpa Evelyn, es tuya. Tienes miedo de que descubran la clase de persona que eres, que descubran tus secretos más oscuros. Tienes miedo de que esa reputación de que todo te resbala caiga.
Me tienes miedo a mí por conocerte tal y como eres. Te aterroriza que te vean sin tu máscara perfecta.

—¿Entonces sin tan mala te parezco por qué sigues mis pasos?—preguntó.

No contesté.

—Eres una hipócrita y, si realmente me conocieras sabrías por qué me he apartado de todas vosotras. Pero estabas demasiado ocupada dándote el lote con mi hermano como para darte cuenta de lo que realmente me pasaba.

—¿Acaso tú has pensado en lo que yo quería?—pregunté gritando—No, nunca lo haces. Yo siempre estaba a tu lado como la amiga de Evelyn y no como April, tu me has hecho esto, me has transformado en una copia tuya y me has convertido en una persona superficial dependiente de los demás a la que solo le importa pasarlo bien y caer bien a la gente. Tu me has hecho esto, Evelyn.

—¿Cómo te atreves a decir eso?—preguntó—¡Te lo he dado todo! Te he hecho pasar el mejor verano de tu vida y te he sacado de tu maldita cueva. Yo no tengo la culpa de que te hayas convertido en una zorra.

—Nunca te he importado—dije.

Evelyn clavó sus ojos castaños sobre los míos y entonces me arrepentí de mis palabras.

—¡Fuera de mi casa!—gritó enfurecida.—¿Me oyes? ¡FUERA!

Su cara estaba enrojecida y parecía enloquecida. Hice lo que me dijo y me fuí, jamás la había visto tan enfadada.

Subí a mi cuarto a toda prisa sin saber que era exactamente lo que había pasado y me abracé las piernas y entonces lloré como nunca había llorado.

Evelyn tenía razón.

Me había convertido en una zorra.










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