Capítulo 24
—Ya que estamos aquí pruébate más cosas ¿no?—sugirió Madie.
—No, cambiamos este sujetador por este otro y...
—¡Oh dios mío!—exclamó haciendo caso omiso de mis palabras mientras sacaba de una percha un sujetador de color coral—¿No es precioso?
—No lo voy a comprar—declaré.
—¿Quién ha dicho que sea para ti?—dijo mirando la etiqueta—Pues está bien de precio...—dijo.
Yo crucé los brazos sobre mi pecho y observé como la rubia rebuscaba de nuevo entre perchas y estantes cargando cada vez con más cosas.
—Oye, ¿te pasa algo—preguntó.
—No, solo estoy cansada.—dije suavizando el gesto.
—¿Cansada? ¡Pero si acabamos de llegar! Además, no hace ni tres horas desde que te has levantado—replicó—Podrías haber dicho que tenías la regla o que tu hermano se ha comido todas las patatas fritas que habías guardado para ti sola.
—No tengo hermanos.
—Tienes mucha suerte entonces, así no te quitarán nunca las patatas fritas—dijo.
Madison se quedó mirándome muy seria a los ojos y yo, mantuve el contacto visual haciendo un esfuerzo por mantenerme seria pero, en cuanto ella elevó la comisura izquierda yo estallé en carcajadas y ella rió conmigo.
—Vamos, pruébate todo eso de una vez y vámonos—dije dándole un suave empujoncito.
Madison se metió en un probador y yo me quedé fuera.
—¿No vas a entrar?—preguntó extrañada.
—Yo... creo que es mejor que me quede fuera, ya sabes.. es un espacio pequeño.—contesté.
Ella asintió descargó todos la lencería sobre un pequeño taburete situado en una esquina del diminuto probador.
—He pensado que esto te quedaría bien—anunció alzando una vaporosa bata semi-trasparente de color negro en el aire y unos pantalones de satén a juego.—Espera, también he cogido las pantuflas a juego—Madison buscó debajo del montón y dejó caer las pantuflas en el suelo—¿Y bien?
Observé el conjunto y arqueé una ceja.
—¿No crees que es demasiado?—pregunté tocando la tela de la bata.
—Cuando reservas una habitación en un hotel de lujo para tu primera vez ya nada es demasiado, April—contestó.
—No sé si yo seré capaz de llevar eso. Míralo, es prácticamente transparante.
—Es sexy. Tú quieres estar sexy para Jason ¿o no?
—Yo ya no tengo claro que es lo que quiero—mascullé.
Madison profirió un bufido y puso los ojos en blanco.
—April, no me fastidies. Tu primera vez será increíble y especial, de película si tu quieres. Yo la perdí con un tío que no conocía de nada en una fiesta. La metió un par de veces y después de eso se quedó dormido. Ni siquiera me abrazó o me dijo lo especial que era, se durmió apestando a alcohol. Fue vergonzoso y, lo peor de todo, es que a pesar de que yo también estaba borracha lo recuerdo todo a la perfección. Tú tienes un novio que te quiere y que se preocupará de ti en todo momento. Evelyn y yo, nunca podremos cambiar eso.
—¿Evelyn?—pregunté—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?—pregunté extrañada.
Ella se llevó las manos a la boca alarmada.
—Olvídalo—dijo.
—No—contesté—¿Qué le pasó a Evelyn?—pregunté.
Madison se mordió el labio y esbozó una mueca de descontento mientras se debatía entre contarme lo que le pasó a Evelyn o no.
—No puedo contarlo, yo soy la única que lo sabe, se lo prometí—dijo finalmente.
La rabia recorrió mi cuerpo y, esta vez, mis mejillas no se tiñeron de rojo debido a lo vergonzosa que era, fue por lo enfadada que estaba. En aquellos momentos me sentí idiota y traicionada, ya no sentía pena por Evelyn, estaba rabiosa.
Ella me había hecho creer que yo era la mentirosa, la que no había confiado lo suficientemente en ella como para contarle mis secretos. ¿Quién era Evelyn Sepherd? Lo único que sabía de mi amiga era que le gustaban las compras, Jane Austen y el surf; Sabía que era una chica popular y que su color favorito era el naranja, que se había quedado embarazada de Eric y que no se llevaba demasiado bien con su hermano mayor y, por lo que parece, tampoco con sus padres, lo que nunca estaban en casa; pero jamás me había hablado de su vida en California cuando no estaba conmigo.
A Evelyn siempre la invitaban a todas las fiestas, conocía a un montón de gente pero, sin embargo, a pesar de ser un chica tan popular jamás la había oído hablar de otros amigos, salvo Alyson y Madie jamás mencionó ningún otro nombre. Sabía que había estado con más chicos a parte de Eric, pero nunca me dijo sus nombres. Y, aunque ella me había dicho que la había perdido con él, cuando Madie abrió la boca y confesó que, al igual que ella, la primera vez de esta había sido catastrófica, me sentí engañada y estafada. ¿Qué más mentiras me habría contado?
Evelyn, mi gran amiga, la única amiga que jamás había tenido, me había traicionado. Me había hecho pensar que yo tenía la culpa de todo, que yo era egoísta y mentirosa pero, al parecer, Evelyn no era tan perfecta como me había hecho creer en un principio.
Ya no quería explicaciones, no quería respuestas. Estaba harta de que me mintieran todo el tiempo, harta de aguantar las tonterías de Evelyn. Mi única conexión con ella a partir de aquel momento era Jason, solamente él, y, después, cuando acabara el verano, me marcharía y el recuerdo de Evelyn se esfumaría para siempre.
O eso quería creer.
Lancé el sujetador al suelo con fuerza y me marché sin decir palabra de la tienda, dejando a Madison, semi-desnuda en el probador con cara de asombro.
—¡April!—exclamó—¡Eh!—gritó—¡Vuelve!
—Señorita, cálmese—dijo la dependienta de la tienda.
Madison le dijo algo que no alcancé a oír mientras se vestía con su ropa a toda velocidad.
Salí de la tienda corriendo y me escondí en un callejón para poder llorar sin que nadie me viera pero, en medio de la carrera, me torcí un tobillo y el tacón de mi sandalia se rompió.
—¡Mierda!—exclamé tirada en el suelo.
Las lágrimas nublaban mi visión y mis dedos temblorosos eran incapaces de desabrochar la hebilla para quitarme la maldita sandalia rota.
¡Cuánto deseaba llevar en ese momento las viejas deportivas que llevaba a diario en Painswick cuando aún no me importaban la ropa y los zapatos!
Una sombra de un desconocido me tapó por completo y yo, con lágrimas en la cara, una herida sangrante en la rodilla, que seguramente dejaría en mi piel una horrible cicatriz, alcé la cabeza y miré al muchacho que se había acercado.
—¿April?—preguntó el joven.
Yo lo miré sorprendida de arriba a abajo y me detuve en aquellos ojos grises que ya había visto en una ocasión. Era el chico que encontramos Madie y yo con Alyson en la cafetería.
—Por que ese es tú nombre ¿no?—preguntó agachándose para estar a mi altura.
Yo no respondí.
—Tiene mala pinta—dijo examinando la herida.
Se levantó recogió del suelo su mochila manchada de pintura y llena de botes de grafitti y sacó una botella de agua, desenroscó el tapón y echó sobre mi rodilla una buena cantidad de agua.
—¿Qué estás haciendo?—pregunté en un hilillo de voz.
—Limpiar la herida ¿no es obvio? Trato de ayudarte.—declaró.
—No tienes por qué.
—Lo sé, pero no necesito un motivo para hacerlo—respondió mientras sacaba de su mochila una venda y la enrollaba al rededor de la herida.
—¿Es que llevas ahí dentro toda tu casa o qué?—pregunté.
El chico rió y ató con un nudo la venda con gran destreza.
—No, solo llevo pintura, vendas y agua. Bueno, también llevo cigarros y un mechero. Creo que con esas cinco cosas puedo sobrevivir.—respondió.
—¿Qué estás haciendo aquí?—pregunté después de levantarme.
Me quité la otra sandalia y dejé que las plantas desnudas de mis pies tocaran el sucio suelo.
—Bueno, estaba llorando, como tú, solo que de forma distinta.—respondió—¿Quieres ver como llora un artista?—preguntó esbozando una cálida sonrisa.
Mi comisuras se elevaron hacia arriba sutilmente y mi cabeza asintió sin darse cuenta.
—Entonces ven.—extendió el brazo y me invitó a descubrir su secreto.
Mis dedos tocaron los suyos y su mano se cerró en firme agarre, como si jamás me fuera a soltar. Y, en aquel momento, ya no me sentí tan sola.
Me condujo hasta una enorme pila de cajas de madera y me soltó la mano.
—Subo yo primero ¿crees que podrás?—preguntó.
—Sí, creo que sí—respondí.
El muchacho subió y en dos segundos ya estuvo arriba, en cambio a mí me costó un poco más que a él.
Un enorme mural de vivos colores pintado sobre los viejos ladrillos de un edificio abandonado se extendió delante de nosotros y yo me maravillé del hermoso paisaje que había dibujado. Hombres sin cara en una esquina, aves sobrevolando una ciudad en ruinas bañada por el color del atardecer, niños correteando, coches funcionando con jabón y echando burbujas por el tubo de escape... Era hermoso y terrorífico a la vez, una utopía y una distopía al mismo tiempo.
—¿Te gusta?—preguntó.
—Es precioso—admití asombrada.
El chico se sentó en sobre una de las cajas y sacó de la mochila un paquete de tabaco. Tomó un cigarro y lo encendió.
Me acerqué a él y me senté a su lado observando como le daba un profunda calada al cigarro y la punta se encendía. Expulsó el humo al exterior y las colillas cayeron al suelo.
—¿Puedo?—pregunté no muy segura.
El chico sonrió y me ofreció su cigarro.
Acerqué mi boca al cigarro y aspiré, pensé que lo estaba haciendo bien pero, cuando fui a exhalar tuve un ataque de tos y el muchacho rió en su sitio.
—A la próxima saldrá bien—dijo el chico volviéndose a llevar el cigarro a los labios.
Los ojos me escocían del esfuerzo y la cara me ardía. Sin embargo, quería volver a intentarlo.
—Quiero más.—anuncié.
Él echó la cabeza hacia atrás y sacó del paquete otro cigarro exclusivamente para mí.
—¿Estás segura?—preguntó.
Le arranqué el cigarro de las manos y entrecerré los ojos.
—Enciéndelo—le ordené.
El chico acercó la llama del mechero y, cuando calé, no tosí.
—Bien—dijo él aplaudiendo.
Yo reí y me retiré un mechón de la cara.
—Gracias esto...
—Hunter—dijo el muchacho.
—Hunter—repetí su nombre.
Ambos nos quedamos en silencio mientras los cigarros se consumían lentamente a cada calada. Sus ojos grises escrutaban mi rostro con detenimiento y los míos hacían lo mismo. Por extraña que fuera la situación, no me sentía incómoda, era como si nos conociéramos de toda la vida.
El chico desprendía una mágia especial y, al igual que aquella explosión de sentimientos pintada sobre la pared, él era puro arte.
—¿De quién te escondías?—preguntó rompiendo el silencio.
《De Madison》 quise decirle en un principio pero, en cuanto fuí a abrir la boca para pronunciar su nombre me dí cuenta que en realidad no era de ella de quién me escondía.
—De mí misma—respondí.
Junté los pies y miré mis uñas pulcramente pintadas de azul eléctrico. Mi piel se había bronceado y mi cabello había adquirido los bellos reflejos que las chicas de California acostumbraban a poseer. Vestía como esas chicas de las revistas y cuando me miraba al espejo estaba orgullosa de la imagen que este me devolvía. Sentía por una vez que el mundo era mío y estaba contenta de que todo saliera siempre como yo quería y, ahora que alguien guardaba un secreto y no me lo contaba me enfadaba. ¿Acaso no era eso lo que yo hacía todo el tiempo? Mentía a mi padre, a Evelyn y a Jason fingiendo ser alguien que no era, había manipulado a los demás sin siquiera quererlo y la imagen que proyectaba al exterior se había convertido en mi primera prioridad. Pero aquello me gustaba al mismo tiempo que lo odiaba.
No quería salir de ese mundo, se estaba demasiado a gusto dentro de él.
Hunter le dió una profunda calada al cigarro y posó sus tempestuosos y bellos ojos grises sobre los míos.
《Hasta hay arte en su mirada》pensé.
Sus ojos escrutaban mi rostro, como si pudiese ver a través de él y leerme como a un libro, como si supiera exactamente como me sentía.
—Quiero olvidar por un momento ahí fuera hay un mundo—dije—Sé que puede sonar a locura pero quiero olvidar, solo por un segundo, mi identidad y que estoy hecha de carne y hueso.
El chico me miró fijamente y yo negué con la cabeza descartando esa disparatada idea de mi cabeza.
—No, olvídalo.—dije apoyando la barbilla en mis rodillas.
—No, está bien.—respondió—Creo que dentro de tí hay una artista que desea salir al exterior.
Hunter se levantó del suelo y abrió su mochila, sacó de ella un bote azul y se colocó delante de mí.
—Llora—dijo entregándome el spray.
Yo lo tomé entre mis dedos insegura y me quedé absorta en las pequeñas motitas azules que manchaban el envase.
—No quiero estropear tu obra...—confesé entregándole de vuelta el bote azul.
—Ven. Yo te enseño.
Hunter tomó mi mano y me levantó del suelo delicadamente.
Me coloqué en frente de un trozo de pared vacío y Hunter, quién se encontraba a mis espaldas, cerró sus dedos entorno de mi mano que sujetaba el bote de pintura.
—Cierra los ojos e imagina lo que quieres pintar—ordenó con voz aterciopelada.
Su respiración me hizo cosquillas en la nuca y sus dedos alrededor de mi mano se apretaban ligeramente.
Yo cerré los ojos y Hunter condujo mi mano hasta arriba.
Preguntas y respuestas se mezclaban en mis pensamientos, sensaciones y deseos se agolpaban todos juntos en uno mismo. Era una maraña de confusión que ni yo misma sabía dónde comenzaba.
Abrí los ojos y moví el brazo sin tener mucha idea de que hacer con él. Estaba furiosa por haber sido infiel a mí misma, más tarde me sentía agradecida con las personas que había conocido por haberme dado la oportunidad de ser feliz, triste por haber perdido una parte de mí y feliz por haber descubierto más facetas de mi persona.
Cuando me quise dar cuenta Hunter ya no sujetaba mi mano y de pronto, un garabato feo apareció en la esquina de la pared. Solté el bote y miré con espanto la obra que había creado.
—L-lo siento, yo no quería...
—Está bien—interrumpió esbozando una sonrisa—No todo arte es bello.
—¡Oh, vamos! Estás siendo modesto. He destrozado tu maravilloso mural, Hunter. Eso no es arte, eso es una porquería.—repliqué.
—Escúchame, April—pidió tomando mi mano.—No pasa nada. Eso era lo que necesitabas, por un momento has conseguido lo que querías.
Era cierto, había conseguido olvidarme un momento que nada existía. Sólo mi mano moviéndose en el aire cortaba el aire. Por un momento había conseguido ser yo misma, sacar al exterior todos los sentimientos acumulados.
—Tal vez lo tuyo no sea dibujar o pintar paredes, pero hay muchas maneras de expresarse y tú solo tienes que encontrar la tuya.—respondió recogiendo el bote del suelo y volviéndolo a meter en la mochila.
—Pero a mí no se me da bien nada—repliqué.
—Seguro que sí, a todos se nos da bien algo.—respondió.
—A mí no—rebatí—antes de llegar a Los Ángeles yo era una chica que solo leía y dejaba que la vida pasara ante sus ojos. Dormir, comer e ir a la escuela eran las únicas actividades que interrumpían esa afición. No estoy hecha para transmitir belleza afición mundo como tu haces.
—No todos los artistas transmiten belleza—dijo—Dices que te gusta leer ¿No? Pues lo más probable es que la escritura se te dé bien e, incluso, puede que te guste.—sugirió—¿No te gustaría crear tus propias historias? ¿Manifestar tus opiniones sobre papel?
Yo puse un dedo sobre mis labios y imaginé como sería escribir mi propia historia, que sentiría al tocar mi propia obra escrita sobre papel pero, cuando aterricé de nuevo a la realidad esos pensamientos se deshicieron.
—No, yo no soy original ni creativa como para inventar una historia que enganche al público. Creo que eso no es lo mío, leer y escribir son dos actividades completamente distintas.
—Bueno, no necesitas inventar una historia.—dijo esbozando una sonrisa.
—¿A qué te refieres?
—Empieza escribiendo pequeños pensamientos, frases sueltas, alguna que otra poesía, relatos, acontecimientos importantes para ti. Tal vez un diario estuviera bien ¿No crees?
—No estoy segura... Yo solo leo, no escribo.—volví a repetir.
Hunter se cargó la mochila a la espalda y se giró en mi dirección.
—Cómo quieras.—respondió—¿Nos vamos?—preguntó acercándose al borde para bajar por las mismas cajas por las que habíamos subido.
Aunque quería quedarme y seguir debatiendo con él sobre las distintas formas de arte, asentí con la cabeza y cuando llegamos de nuevo arte ese oscuro callejón donde nos habíamos encontrado mis manos se tensaron y mi rostro se contrajo en una mueca de descontento.
—¿Estarás bien?—preguntó.
—Sí, creo que sí.
—Bien, nos vemos.—se despidió.
Hunter sacó de detrás de las cajas un monopatín y lo lanzó al suelo, se montó sobre él y se alejó a toda velocidad convirtiéndose en una mancha gris.
Me puse las sandalias rotas y pedí un taxi.
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