Capítulo 14

Mis cabellos rubio ceniza ondeaban al viento mientras el sol abrasador se cernía sobre mí y mi vieja bicicleta, que se desplazaba a una velocidad considerable por las calles de un bonito barrio de Los Ángeles. Gotas de sudor comenzaron a recorrer mi rostro y hacer que unos pocos cabellos del flequillo se pegaran a mi frente, mi cuerpo pedía descanso y, sobretodo agua, pues aquella mañana no había parado ni un solo instante a descansar y yo, que era escuálida y débil (por no hablar de que no era una persona muy deportista y cuya resistencia era nula), me moría por tumbarme en una hamaca y disfrutar de una bebida bien fría. Pero, a pesar de todo el cansancio, me obligué a continuar y llegar hasta la casa de Evelyn para hacer las paces y volver a ser las que éramos antes de nuestra discusión.

Me planté en frente de aquella gran puerta blanca que tantas veces se había abierto para mí. Y aunque había estado miles de veces en aquella casa, ahora, me sentía como una extraña, pues desde hacía un tiempo Evelyn y yo no habíamos intercambiado ni una sola palabra.

Pulsé el timbre vacilante y esperé en la puerta conteniendo la respiración.

¿Me perdonaría? ¿Volveríamos a ser tan amigas como antes o se comportaría de una forma fría y distante? ¿Confiaría en mí como antes solía hacer o se guardaría sus pensamientos más profundos para si misma?

Todos esos temores, el miedo a que nada entre nosotras volviera a ser lo mismo, se intensificaron en cuanto la puerta se abrió.

Me dolía el pecho, la incertidumbre de no saber si las cosas van a salir como tu esperas era lo peor de todo.

Una mueca de decepción apareció en mi rostro en cuanto ví al hermano de Evelyn de pie junto a la puerta en lugar de serella misma quién me recibiera. La decepción pasó a ser sorpresa en cuanto mis ojos se detuvieron en los suyos verdes y penetrantes, más tarde, en cuanto las comisuras del muchacho se cuarvaron hacía arriba en una sonrisilla de suficiencia, la sorpresa y la admiración se convirtieron en enfado. Sólo él era capaz de hacerme perder los estribos tan fácilmente.

Él era a quién estaba evitando, el único hombre sobre la tierra al que no quería ver ni en pintura, el único al que realmente deseaba besar.

—No está aquí—dijo Jason apoyándose sobre el marco de la puerta.—¿O... venías a verme a mí?—preguntó socarrón.

—No, no tengo ni el más mínimo interés en tí.—mentí.

El río y entornó los ojos, su risa, sus gestos, su pelo... tenía el aspecto de un ángel, ese aspecto que la gente común no acustumbra a ver fuera de las revistas, sexi, joven... podría ser perfectamente el chico guapo que anuncia colonia para hombre, ese que deja sin respiración a las chicas cuando lo ven pasar. Sí, sin duda era de esa clase de chicos.

Pero nadie es perfecto y Jason era un capullo en toda regla.

Pero la protagonista siempre se enamora del capullo—pensó una voz en mi interior—siempre consigue cambiarlo.

Tal vez yo pudiera ser el cambio que él necesitaba.

—Mientes muy mal, April.—dijo sin borrar la sonrisa de su cara.

Por alguna extraña razón, oír mi nombre en sus labios me gustó, fue como si mi estómago se revolviera y por un momento pudiera levitar. Me sentí estúpida.

—Jason, no quiero hablar contigo.—contesté intentando sonar cortante. Pero en vez de eso mi voz salió como la de una niña insegura, lo que realmente era.

Él cruzó los brazos y echó ligeramente hacía atrás la cabeza.

—Entonces márchate. Nadie te obliga a hablar conmigo—sentenció.

Yo sentí como mis mejillas se teñían una vez más de rojo carmesí. ¿Por qué le seguía el juego? Debía ignorarlo y no dirigirle la palabra.

A aquellas alturas ya me había olvidado de por qué había ido a aquella casa.

—No te entiendo, Jason.—confesé en un arranque de furia.—Un día me tratas como si fuera una chica especial y al otro como si me odiaras. Un día me ilusionas y al otro me insultas ¿Qué te he hecho yo para que me trates así? ¿Tan mala soy? ¿Es que no soy suficiente? Dímelo, Jason, por qué estoy harta de querer gustar a la gente, de no conseguir nunca lo que yo quiero y de que todo me salga mal. Y no puedo, Jason, no puedo soportar tanta presión.—dije sin darme cuenta de que estaba llorando a lágrima viva. Respiré hondo y me froté los ojos ignorando que había arruinado mi maquillaje. El joven me miraba soprendido pero yo hice caso omiso de su presencia pues estaba hablando para mí misma, sacando al exterior todo lo que jamás había dicho. Apreté los puños y grité con todas mis fuerzas sintiendo como el enfado crecía en mi interior más y más. Me sentía tan estúpida por dejar que un chico como él que se importaba tan poco por mí me hiciera tan sumamente desdichada.— Eres un grano en el culo, no te soporto, ojalá llegara a tu vida alguien que te hiciera daño y te diera una lección, ojalá te...

Y entonces me besó, sin saber por qué, me besó. Callando todos los insultos que tenía reservados para él.

Pero no le seguí el juego, lo aparté con brusquedad y le grité:

—¡Ni se te ocurra tocarme! Estoy harta de tus juegos, harta de toda esta mierda.—me dí la vuelta y recogí la bicicleta tan rápido como pude.

Me subí encima de ella y la dejé en el jardín sin preocuparme de lo que le pasara a la dichosa bicicleta. ¿Por qué lloraba? ¿Por qué me sentía tan tonta?

¿Si sabia que Jason me iba a hacer daño en cada uno de nuestros encuentros porqué me quedaba a que jugara con mis sentimientos? Era un chico guapo, nada más, ¿Es que ese era motivo suficiente para que una adolescente de dieciséis años se enamoraba? Pensaba que era más complicado, que no sólo un cuerpo bonito y una sonrisa de ensueño bastarían para hacerme caer.

Me consideraba una chica inteligente que se enamoraría de un chico por su alma buena y palabras cariñosas, pero no era más que una cría tonta demasiado inocente que se había dejado engañar por un mujeriego que carecía de sentimientos.

Me lancé al sofá y enterré mi rostro entre los cojines tomándome la libertad de gritar y maldecir todo cuanto quise hasta cansarme.

¿Por qué tenía que ser él quién me desvelara? ¿No podía haber conocido a un chico buena e inteligente que me apreciara y valorase?

Y entonces mi móvil vibró y mi llanto se silenció intantáneamente.

Jason estaba con muchas chicas diferentes cada noche ¿por qué yo no? Al fin y al cabo una distracción no me vendría mal.

Aquella mañana había conseguido el número de Ethan, un muchacho que no estaba nada mal y que sabía que le gustaba. Era una apuesta segura. ¿Y si Jason no podía proporcionarme el amor que necesitaba por que no él? Al menos, lo pasaría bien.

Me levanté del sofá y me encaminé hacía la mesa dónde mi móvil se encontraba boca arriba, con la luz parpadeando y vibrando cada poco rato. Ignoré los mensajes que había recibido, más tarde los contestaría, y busqué en los contactos el número de Ethan.

Una sonrisa apareció en mi rostro cuando lo hizo el nombre de aquel chico tan simpático y que Jason odiaba. Lo observé en mi pantalla durante unos instantes y finalmente pulsé el botón de llamar con la yema de mi dedo.

Me lo acerqué a la oreja derecha y dejé que sonara hasta que me lo cogiera. Un toque, dos toques, tres toques...

—¿Si?

—¿E-Ethan?—pregunté vacilante.—Soy April esto... ¿Qué tal estás?

《¿Enserio? ¿Eso es lo más ingenioso que se te ocurre?》

—¡Ah! Hola, April. Supongo que bien.—respondió alegremente.

Yo suspiré aliviada y me obligué a ser una chica segura, o al menos intenté parecerlo.

—Estaba pensando en si... te gustaría quedar conmigo, algún día.—añadí.

Él se aclaró la voz y titubeó.

—No sé si sería una buena idea...—comenzó—Es decir. Eres una chica muy guapa y eso pero... no quiero meterme en lo que sea que tengáis Jason y tú...

¿Enserio le tenía miedo?

Apreté los puños y respiré hondo para evitar alterarme.

—Jason y yo... no tenemos nada.—dije saboreando el regusto amargo de aquellas palabras.—Es solo que a veces le gusta hacerme la vida imposible...

—Vaya, yo pensé que había algo. Se puso tan celoso que imaginé que los vuestro iba en serio.—《Tal vez en un mundo dónde le importara de verdad...—Nunca lo había visto reaccionar de ese modo.

—¿Ah no?—pregunté esperanzada, cuando me dí cuenta de lo que había hecho, crear de nuevo falsas ilusiones, me aclaré la voz y expulsé al guapo chico de mi mente. Debía centrarme en Ethan, solamente en Ethan.—Quiero decir... Seguro que lo hace con todas sus...

—¿Putas?

—Bueno, yo no las llamaría así pero...—dije un tanto indecisa de que considerara a esas chicas unas putas, puesto que Alyson había sido una de las que se había acostado con él y bueno, llamarla a ella así o a cualquier otra mujer no me parecía justo pero... si Ethan decía que ellas eran unas putas ¿Por qué debería yo llevarle la contraria?

—April—irrumpió—¿Me encantaría quedar contigo, paso a recogerte a las seis?—preguntó.

Yo miré el reloj de pared que marcaba las cinco y media y abrí los ojos como platos.

—¿Tan pronto? Son las cinco y media, no me va a dar tiempo a...

—Sí lo prefieres podemos quedar otro día y...

—¡No!—dije elevando el tono de mi voz. No podía posponer nuestro encuentro, necesitaba divertirme, tener novio y... sobretodo, aunque odiaba admitirlo, olvidarme de Jason—Ahora nos vemos.—contesté.

—¡Hasta ahora!

Cuando colgó corrí hacia el baño y me peiné tan rápido como pude, quedaban veinticinco minutos para que él se presentara en la puerta de mi casa

Abrí el grifo y mojé mi cara para mostrar al mundo la mejor versión de April Young, o mejor dicho, para mostrarle a Ethan. A él no le gustaría ver a una niñata llorona.

Tomé un pincel y dibujé una fina línea negra ligeramente por encima del nacimiento de las pestañas en ambos ojos. Ya había perfeccionado mi técnica y a penas me temblaba la mano a la hora de delinear mis ojos, antes aquello me resultaba una tarea imposible pero ahora igual de fácil que untar mantequilla.

Más tarde, puse rimmel sobre mis pestañas plateadas cepillándolas hacía arriba en forma de zig-zag, tal y como Evelyn me acosejaba.

>>—No, April.—decía ella con una sonrisa en la cara.—Así no—se quejaba.

Tomaba el pincel y lo levantaba sobre el aire para mostrarme la manera correcta de hacerlo.

—Así.—Y me lo devolvió.<<

No pude contener una risa. La echaba tanto de menos...

Me miré al espejo, me levanté los pequeños pechos y cogí el móvil. Ya estaba lista.

Bajé las escaleras y esperé fuera de casa a que Ethan llegara.

Pero el tiempo pasaba: las seis, las seis y cinco, las seis y diez...

Me senté en la entrada de mi casa y apoyé mi rostro en las palmas de mis manos.

¿Es que se había olvidado? ¡Por dios! ¿Es que desconocía el concepto de puntualidad?

Finalmente, a las seis y cuarto, una furgoneta blanca que llevaba a cuatro chicos dentro se presentó delante de mí.

Ethan salió del vehículo y yo apreté los labios sorprendida, pues esperaba encontrarme con el chico a solas.

—¿Te apetece ir a una fiesta?—preguntó. Yo asentí aunque eso fuera en contra de mis verdaderos deseos. Él quería que respondiera que sí así que eso hice. Era la opción más sensata si quería gustarle.

—¡Genial!—exclamó mientras besaba mi mejilla y tomaba mi mano para conducirme a la furgoneta.

Yo lo seguí y me senté al lado de dos desconocidos, mientras que él lo hizo en el asiento del copiloto. Me encontraba apretujada entre dos extraños que no hacían más que intercambiar miradas cómplices que me esforcé en no mirar.

Me sentía terriblemente incómoda y ajena a la conversación que los chicos estaban teniendo. Actuaban como si no estuviera allí y el olor a sudor del chico sentado a mi derecha era insoportable.

Pero debía aguantar un poco más, faltaba apenas nada para llegar.

Además, todo el mundo se lo pasa bien en las fiestas ¿no?














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