Reflejo mortal 2/5
Soñó con el día que su madre había muerto.
Los gritos eran espantosos.
Su llanto le rompía el corazón.
Y encima de todo aquello, estaba el olor de la sangre.
Y luego nada. El silencio.
Despertó al amanecer. Incluso si en el lugar en el que dormía no había ventana, su cuerpo y su mente estaban programados para empezar el día.
Para comenzar, hizo su cama, se vistió y tras un rápido vistazo a su nuevo objeto de decoración para comprobar que ofrecía el mejor aspecto que podía tener, salió de la habitación y empezó abriendo todas las ventanas que cerró la noche anterior.
Mientras avanzaba por el pasillo, se encontró con algunos de los otros sirvientes, pero era común que la ignorasen a menos que fuese para ordenarle algo o para reñirla si hacía algo mal.
Trataba de evitar ese tipo de situaciones todo lo posible.
No siempre podía.
Una vez realizada su primera tarea del día, bajó a la cocina para comer un trozo de pan duro junto con un vaso de leche. No era el desayuno perfecto, pero cumplía su función.
Uno de sus deberes de los que se encargaba era de limpiar la bodega de vino.Cada día bajaba a aquel oscuro y húmedo sótano y limpiaba las botellas una a una. Aquello podía llevarle toda la mañana, luego regresaría a la cocina donde se serviría un plato de lo que fuese que la cocinera había preparado para el personal, y entonces caminaría hasta los establos donde ayudaba al viejo Arnold a limpiar las caballerizas.
No era el trabajo más limpio ni el más agradable, pero al menos el hombre nunca le faltaba al respeto. Se limitaba a decirle que limpiara mientras él sacaba a los caballos o ayudaba a ensillar sus monturas para que la reina y su consorte hicieran su paseo tardío.
En esas ocasiones, Sally trataba de hacerse lo más invisible posible
Que la reina la viese allí, incluso cuando ella había dado la orden de cuales serían sus tareas, no sería algo bueno.
Evitar a la vieja bruja con demasiada silicona en los pechos era su principal objetivo.
Tal vez algún día, algún joven mozo se enamoraría de ella o al menos no la encontraría tan simple y poca cosa.
Quizá ese hombre imaginario se la llevaría lejos de allí y tendrían una vida pobre pero feliz.
Sacando esos pensamientos de su mente, se apresuró con la limpieza antes de que alguien decidiera que los enormes charcos producto de la tormenta de la noche anterior no eran inconveniente alguno para montar.
Una sonrisa curvó sus labios cuando se imaginó a la reina cubierta de barro de la cabeza a los pies.
No pudo evitar preguntarse si en ese caso, todavía hablaría de lo beneficioso y bueno que era para la piel.
Si al menos alguno de los tratamientos de los que presumía le hubiese dejado la piel como cuando tenía veinte años menos, no tendría nada que objetar, pero toda la perfección que mostraba era gracias a una aguja.
Si algo la beneficiaba a que todos la ignorasen, era que pocos secretos en el castillo estaban fuera de su conocimiento.
Si eres invisible, nadie teme hablar frente a ti.
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—¡Muchacha!
Sally cerró los ojos antes de enfrentarse a ella.
La reina nunca visitaba el ala de los sirvientes y que estuviese allí en ese momento cuando eran las dos únicas personas en ese pasillo, no auguraba nada bueno.
—Alteza.— Aunque con torpeza, Sally consiguió hacer una reverencia bastante decente. En su defensa, no se encontraba a menudo en presencia de la reina como para practicar y hacerlo a solas era ridículo.
Ahora que tenía el espejo podría hacerlo como si tuviese una gemela.
—Quiero que asistas al baile que voy a celebrar esta noche. Vas a ser mi dama de compañía puesto que Gertrudis está indispuesta. Voy a hacer que manden a traerte un vestido acorde con la ocasión.
—Pero Alteza, yo...
—Silencio, muchacha. Es una orden y la acatarás al pie de la letra.
—Sí, Alteza.
Sin una palabra más de su parte, la reina dio media vuelta y se alejó.
¿Qué acababa de pasar?
Como bien había dicho, el vestido le fue entregado y era completamente hermoso.
La misma sirvienta que lo trajo, había recibido ordenes de peinarla.
Sally soportó los tirones intencionados a su cabello, y como el corsé que era un complemento arcaico e incómodo era apretado contra su cuerpo resaltando su cintura de avispa y sus pequeños pechos para que pareciesen más grandes.
Cuando la chica se marchó, Sally no pudo evitar acercarse al espejo y maravillarse con el resultado.
Nunca se había visto tan hermosa, sin embargo una pizca de culpa hizo mella en ella.
¿Desde cuando eso le preocupaba?
Nunca había sido una chica superficial. Apreciaba cada rasgo de su cuerpo porque de algún modo, le recordaba a su madre.
Ella no había tenido el pelo tan rojo, pero si compartían la estatura y el color de los ojos.
Posiblemente también compartía similitudes con su padre, aunque no lo sabía porque nunca le conoció.
Su madre solía contarle que su padre había sido un audaz y fuerte marinero, pero que lamentablemente una fuerte tormenta había hundido el barco en el que viajaba, y su cuerpo, junto con el de otros veinte marineros, jamás fue encontrado.
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El baile estaba previsto para medianoche, sin embargo los invitados aparecerían poco después de las nueve para conversar, bailar y para mostrar sus mejores atuendos a la reina.
De pie, al lado de esta, Sally observaba cuidadosamente a los invitados.
Había recibido varias miradas curiosas, sobre todo cuando se acercaban para saludar y besar la mano enguantada de Charlotte.
Esta les despedía con un gesto indiferente mientras observaba atentamente su reflejo en la brillante copa de vino que sujetaba.
Nadie se dirigió personalmente a ella, no obstante veía a los invitados mirarla y susurrar antes de reírse como si fuese un bufón que estaba allí para entretenerles.
No fue hasta la hora de la cena, que Sally comprendió por qué la reina la quería allí con ella.
Sentada en la mesa junto a esta, se quedó mirando los cubiertos paralizada.
No podía recordar cual era para qué aunque en el fondo lo sabía.
Como sirvienta, no usaba más que cuchara, cuchillo y tenedor simples, para cualquier comida que la cocinera les hiciese, pero aquello...
—Sabía que esto pasaría.
Se volvió a mirar a la reina mientras esta la observaba altiva.
—Eres una ridícula. ¿Crees que un vestido bonito y un peinado decente cambiarán lo que eres?
Los murmullos que se habían escuchado con anterioridad de las conversaciones de los invitados se detuvieron.
Ahora todos estaban pendientes de ellas.
—Nada cambiará de donde vienes. Ese pelo rojo te hace parecer una salvaje. Y los salvajes no tienen modales, ¿verdad?
Una risa, más parecida a la de una hiena que a la de una humana escapó de sus operados labios.
Sally contuvo las lágrimas mientras se ponía en pie, murmuraba una disculpa y salía apresuradamente del comedor.
Cuando llegó a las escaleras, cogió el bajo de su vestido y corrió hacia arriba.
A cada paso que daba, las lágrimas de dolor se convertían en lágrimas amargas y furiosas.
Cerró de un portazo la puerta de su habitación y se dirigió al espejo.
Con fuerza, agarró con ambas manos el marco presionando este contra las palmas mientras enfocaba su rostro en el cristal.
No dejaría que siguieran humillándola.
Esa iba a ser la última vez.
Sintió el escozor de las heridas cuando empezó a desvestirse mientras se repetía una y otra vez: nunca más.
A la mañana siguiente, un fuerte grito despertó a los sirvientes.
Todos corrieron hacia la habitación de la reina, encontrando allí la tragedia.
Sentada sobre el taburete frente a su tocador y con la mitad de su cuerpo sobre este, la reina estaba rodeada de trozos de espejo.
Este había estallado sobre ella, cortando su rostro, manos y finalmente su cuello.
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