XII

Lloyd's POV

La espalda es la parte más vulnerable del cuerpo. No puedes verla, por lo que dejarla tan expuesta es señal de confianza.

Estábamos juntos, él no podía verme mientras que yo, convenientemente, tenía el permiso de agarrarme "de donde quisiera". Respiré profundo, sabiendo que la opción más sensata era alargar las manos y agarrarme de los hombros de Kai manteniendo mi distancia.

Me incliné hacía él y lentamente le rodeé la parte baja de la espalda entrelazando mis manos en su abdomen. Mi cuerpo contra el suyo, y la calidez que él emanaba pegada en mis mejillas, se sentía fantástico.

Detuve el tiempo, evitando así que pensamientos inútiles me estallaran en la cabeza como solían hacerlo siempre que estaba en silencio. Luché por transmitirle mi energía, o al menos la poca que me quedaba, para que él me contagiara de su calma y serenidad. Me consolé al sentir su espalda subir y bajar al compás de su respiración. Al pegar mi oreja escuché el latido de su corazón y deseé perderme ahí dentro. Finalmente, descansé del infierno que había llevado dentro durante los últimos meses.

Necesitaba cerrar los ojos con fuerza, respirar, y saber que Kai estaba ahí.

En conclusión, todo lo que necesitaba era abrazar.

—¿Estas bien?

Me separé lo suficiente para mirarlo. Así, cuando giró la cabeza y se encontró con mis ojos, regresó de inmediato la vista al frente.

—Si. —afirmé después de un silencio —Estaba... pensando.

—¿En qué?

Me sonrojé, alegrándome de que no pudiera verme.

—Nada en especial —respondí de inmediato.

—Oh, bueno. —rio encogiéndose de hombros.

Mi cabello ondeaba en sincronía con el viento helado, no podía importarme menos el despeinarme o no. Saqué mi mano de la cintura de Kai para meterme un mechón detrás de la oreja.

—Trato de que el viaje no se ponga... ya sabes, incómodo —agregó cuando me aferré a él con más firmeza.

Comprendí al instante lo que trataba de decir.

Se trataba de dos chicos en un coche; uno sangrando de la nariz mientras que el otro, quien lo había golpeado en primer lugar, conducía camino al hospital. Ambos guardaron un asfixiante silencio durante lo que bien pudo ser una hora. Traté de olvidar la forma en que clavé las uñas al hule del volante, cómo me zumbaron los oídos con el ruido enfrascado del exterior, en tanto mi estómago era capaz de devolver todo lo que había comido horas atrás. Sentía algo detrás de los ojos, mentiría si dijera que se trataban de lágrimas, Kai estaba a menos de un metro de distancia obligándome a mantenerme rígido con la vista al frente. Así, mientras el castaño luchaba por detener la aparente hemorragia no hice otra cosa que no fuera conducir, como si se tratara de una máquina que fue programada para dicha tarea. Por un buen rato pensé que si fuera una máquina no sentiría tanta culpa por lo que acababa de hacer.

Nada, absolutamente nada, podía ser más incómodo y torturante que aquello.

Un escalofrío «Culpa» me sacó de mis pensamientos. Advertí haber dejado un gran hueco ante las palabras de Kai, pero no tuve el valor de decir nada. Por suerte, el chico frente a mí se adelantó.

—Hablando de cosas incómodas ¿Sabes lo horrible que es volar sin un traje? —comentó.

Reí levemente, dándome cuenta de que mi nariz estaba fría. Tal vez si había algo el doble de incómodo.

—La ropa se arruga, no puedes acomodarte como te plazca...

—Te aprieta todo...

Kai alzó la cabeza.

—¡Lloyd! —me miró con los ojos en blanco, fingiendo sorpresa —No te conocía así.

Hice un gesto de confusión. Luego, como todo hombre que tiene amigos que dicen estupideces de doble sentido las veinticuatro horas, entendí.

—¡No! —inflé las mejillas.

El ninja rojo comenzó a reír a carcajadas.

—Sabes que no dije eso ¡Tu, malpensado!

Enseguida le piqué las costillas como castigo, causando que él se retorciera mientras reía aún más.

—Ya, déjame o aquí te bajas —amenazó encorvando la espalda.

Me agarré de su ropa y contuve mi risa.

—En serio, Garmadon —se le hacía imposible no reír, igual que a mí.

—¿Ah, sí? —dejé mis manos quietas —¿Y qué les dirás a los demás cuando llegues sin mí?

—Que te tiré a un mar... o río —dijo haciendo una voz coqueta.

—Eres un idiota —apenas pude articular antes de que ambos estalláramos en risa.

Y si él era un idiota, yo estaba dispuesto a ser uno por él.

Suspiré.

—¿Tú estás bien? —pregunté cambiándole el tema.

Ladeé la cabeza, podía jurar que le respiraba en el cuello.

Dejó de reír y trató de recuperar el aire.

—Sí —me sonrió.

Bajé la cabeza, también con una sonrisa en el rostro, y volví a abrazarlo.

Desde otro punto de vista tal vez eso no era un abrazo. Tenía que sujetarme de algún lado, o de lo contrario solo era cuestión de mi mala suerte para caer ¿no? Ignorando ese hecho, entendía perfectamente lo que significaba que te abrazaran por la espalda: protección. Y, aunque yo estaba haciéndolo a la inversa, también deseé poder proteger a Kai algún día. Pero para hacerlo de la forma que tenía en mente, primero debía ser dueño de sus sentimientos.

Me acurruqué sin pensarlo, recostando mi cabeza sobre su espalda.

—Entonces yo estoy bien —finalicé.

Mi respiración se reguló, e inevitablemente mi cuerpo se puso más pesado. Estreché a Kai con fuerza antes de quedarme dormido.

***

La calma se me fue de un salto.

—Despierta bello durmiente.

—¿Ah? —jadeé incorporándome.

Abrí los ojos en varios parpadeos, y al alzar la cabeza Kai me miraba por sobre su hombro. Solté su abdomen y me aparté de él. Bajé del dragón, al momento que comenzaba a reírse de mí.

—Y dime, ¿Estoy cómodo? —arqueó una ceja.

Preferí ignorar la respuesta que me lanzaba mi conciencia antes de ir a sonrojarme.

—No estaba dormido —mentí inútilmente, tratando de no refunfuñar.

Podía jurar que su aroma me había quedado en la ropa.

—¿Entonces que estuviste haciendo la última hora? —se acomodó la chaqueta —¿Pensando?

—¿Una hora? —pregunté pasmado.

Miré el cielo, de un negro brillante.

—Una hora, una hora y media, —se deslizó con agilidad bajo el ala del dragón, apenas se alejó este desapareció —quien sabe.

Con largas zancadas tomó la delantera del camino. Me limité a seguirlo con lentitud, dejándome tiempo de apreciar el paisaje. Nos encontrábamos en una ladera rocosa, rodeada de árboles y arbustos de rojizo color. Un camino de piedra esbozaba la entrada de cada casa a lo lejos, donde también se alzaban verdes colinas, bellamente adornadas con campos de arroz y estancamientos de agua que brillaban a la luz de la luna. Lo que parecía ser una pequeña aldea contaba con servicio eléctrico, postes de forma irregular estaban intercalados al lado del camino. Aun así, estos no opacaban el aspecto de la tradicional edificación de sus hogares, con tejados de madera destacando sus pendientes y aleros en forma de cuerno.

Estaba tan maravillado observando todo aquello, lucía espléndido. Aceleré el paso hasta alcanzar a Kai.

—¿Dónde estamos? —me mantuve a sus espaldas.

—Bienvenido a Ignacia —respondió sin verme.

Me quedé helado, con los pies bien pegados al pasto. Me temblaron los labios al instante en que las palabras de Nya afloraron en mi cabeza:

"Bien. Entonces la decisión es tuya ¿no? Siempre tu"

Una torre de agua estaba al lado izquierdo y una pequeña fuente que debió tener agua alguna vez te daba la bienvenida. Rodeada de árboles como todo en este lugar, la herrería cuatro armas estaba en pie frente a mis narices. La entrada había sido tapeada con tablas al igual que las ventanas. Kai golpeó una de ellas con el codo y las otras no tardaron en caer como dominós. Asomó la cabeza dentro.

—Después de ti —dijo extendiendo los brazos.

Pasé, con cuidado de no pisar las tablas, o cualquier otra cosa que la oscuridad no me dejara ver. A diferencia mía la madera crujió bajo los zapatos de Kai. Todo estaba cubierto por una capa de polvo.

—Así que... —me giré —Esta es la famosa tienda de herrería.

Quedamos de frente.

—Perdón por el desorden —comentó rascándose la nuca.

Escuché un golpeteo sobre mi cabeza. Ambos volteamos arriba justo cuando un pedazo de madera se desprendió del techo y calló entre nosotros. Kai le dio un puntapié levemente.

—Ha tenido mejores momentos —sonrió.

Comencé a pasearme por el lugar, la poca luz de la luna era suficiente para verlo todo. Lo primero que llamó mi atención fueron los cascos y armaduras de samurái, dudé un poco sobre si alguien precisó de ellos en el pasado. Por otro lado, las espadas, hachas y lanzas abarrotaban cada rincón, cubiertas de polvo y hojas que se colaron por las ventanas. Sin mostrar ni un solo brillo en el filo de sus armas, el ambiente se ponía pesado y aterido, como si las bajas temperaturas no fueran suficiente.

Imaginé como debió verse la herrería en sus años de gloria; con el jardín cuidado con esmero, sus muebles hechizos de madera en uso, la luz del sol entrando por las ventanas, y campanillas de viento colgando del techo en el caluroso verano. Cada una de sus armas, dándole vida al negocio, al igual que las personas que trabajaban día a día en ellas.

Mi mirada deparó en Kai, quien también parecía estar observando cada cosa como si fuera la primera vez que estaba ahí.

Él era una de esas personas, y después, fue la última.

—¿Hace cuánto que no vienes aquí? —le pregunté tomando una espada polvorienta del suelo.

—Bastante... —dijo con nostalgia.

Blandí el arma de un lado a otro, escuchando como la hoja cortaba el aire.

—La última vez que forjé algo fue... el día que conocí al Sensei. Desde entonces...

—¿Nada fue como antes? —lo interrumpí apuntando la espada en su dirección.

—Ehm... No. —pensó y sacó una leve risa— Eso fue mucho antes.

Ignoré su sonrisa forzada. Me senté en un barril que estaba boca abajo.

—¿Antes del antes? —reí por la estupidez que dije—¿Cuando?

—Cuando yo y Nya nos quedamos por nuestra cuenta —respondió con amargura, viéndome.

Abrió la boca para decir algo más, pero de esta no salió palabra alguna. Salí de mi asiento y me puse a su lado, sintiéndome un completo ignorante.

—Lo siento mucho... —me disculpé antes de llevar mi mano a su hombro.

Él no parpadeó, y sabía que no lo haría sin bajar la mirada.

—No es tu culpa —murmuró.

¿Que importaba si había sido mi culpa o no? A final de cuentas era dolor, el peor de los dolores, no quería que él lo tuviera.

—Me gustaría mostrarte el lugar —pronunció en un tono firme.

—¿Que? —pregunté con la cabeza estallando —¿Seguro?

Por un segundo pareció pensarlo mejor. Se enderezó de hombros y me encaró apartando mi mano.

—Para eso te traje aquí ¿No? —trató de sonreír —Sígueme.

Me di la vuelta, con las crecientes ideas de todas las cosas que podían salir mal gracias a mí y mi bocota. Me tranquilicé y dejé la espada recargada contra la pared. Detrás de una escalera vi una forma torcida de metal, alargué la mano y la saqué de entre un cúmulo de cenizas. El castaño se volvió al notar que yo no estaba detrás, lo miré con una pequeña risa que podía convertirse en carcajada.

—¿Cómo se supone que luchas con esto? —reí, tomándola del mango y pasándola frente a sus ojos.

Una espada torcida, con el filo hecho curvas como si se tratara de una serpiente.

—E-eh... —tartamudeo nervioso y corrió a arrebatarme la espada —Preguntas al final del recorrido.

Lanzó el arma detrás sin darle importancia y con pasos rápidos, empujándome por los hombros, me sacó de la herrería por una puerta a mi izquierda. Caminamos un poco hasta dar con otra puerta, dejando un angosto espacio entre esta y la pared trasera del negocio. La empujó con versatilidad y me sonrió para que pasara dentro.

La habitación era espaciosa y lucía bastante cómoda, conservada bien limpia, o al menos así la veía gracias a la falta de luz. Tenía un gran sofá en el centro, de tres cojines acolchonados color marrón, pinturas colgadas en la pared y muebles coloniales.

—Wow... es más grande de lo que parece... —dije girando la cabeza de un lado a otro.

—Siendo honesto, —se metió las manos a los bolsillos —recordaba este lugar menos deprimente.

Tragué, sabiendo que eso se convertiría en una plática agridulce que ninguno de los dos podría soportar.

—Tal vez sea mejor irnos... —miré a otro lado, apenado.

—Si te incomoda, —se pasó los dedos por el cabello —podemos...

—No, no... no—me apresuré a aclarar interrumpiéndolo —Sólo no quiero que tengas malos recuerdos gracias a esto —admití.

Sonrió en un bufido a pesar de mis palabras, o tal vez a causa de ellas.

—No todos son malos. —dijo conforme se acercaba al sofá — Recuerdo que mis padres se sentaban aquí por las tardes mientras yo jugaba en el suelo con espadas de madera. No toqué ni una sola arma hasta poco después del nacimiento de Nya, —rio — y eso resultó ser un gran desastre. Larga historia.

Me encaminé a su lado, apoyé los brazos en el respaldo del sofá y lo miré atento.

—Te escucho —sonreí levemente.

También me regresó el gesto.

—Se me ocurrió juntar mis dos cosas favoritas: Los yoyos y las espadas. —explicó adaptando una posición cómoda —Parecía una buena idea.

No pude imaginar que resultaría de la combinación de aquellas cosas, si un arma o un juguete.

—No puedo ser tan grave ¿O sí?

—No, sólo destruí la mitad de la tienda y papá casi me mata. Sé que mi swingana debe estar "escondida" por ahí aún —hizo comillas con los dedos.

—Swin... ¿qué? —aguante una risa.

—Era lo mejor que se me podía ocurrir a los tres —alzó las manos.

Me detuve a observarlo un momento.

—No te imagino como niño de tres años.

—Mi madre me dejó muy joven... —perdió la sonrisa y miró a otra parte.

Le dediqué una mirada seria.

—Tenías a tu padre —dije con el corazón en la mano.

—Ese es el antes del antes. —su mirada regresó a mí y sonrió con desgano —Papá estaba muy ocupado con el negocio, yo tenía que cuidar de Nya. No voy a negar que disfruté mucho cuidándola. Creo que aprendí más yo de ella que ella de mi... Como que es mala idea hacer malabares con martillos —negó con la cabeza, riendo.

—¿Sabes hacer malabares? —me eché adelante.

—Uno de mis muchos talentos ocultos. —guiñó con picardía —Doy clases los jueves no cobro mucho.

Reí, miré a mi izquierda, y después a Kai con ese gesto que me hipnotizaba.

—Y dale ¿Fuerza de voluntad?

—Sólo bromeo. —me codeó.

Se puso de espaldas al sofá, yo lo imité y compartimos la vista de un pasillo oscuro. Percibí sus movimientos y volteé, él alzó su puño a la altura del hombro para encenderlo en llamas.

—No me digas que aún puedes ver —giró.

Sonreí relajado.

—Uno de mis muchos talentos ocultos —me encogí de hombros.

Kai echó la cabeza atrás en una carcajada y regresó a mi lado. Nuestras miradas se encontraron sus orbes chocolate brillaban más que nuca gracias a la luz de su fuego. Me mordí el interior de la mejilla, rogando porque él también me estuviera viendo.

—Nunca fui bueno para forjar. —se aclaró la garganta y miró al frente — Gracias a eso nos hicieron falta muchas cosas...

No comprendí como es que podía culparse de esa forma. La culpa adquiere la fuerza que nosotros le damos, incapaces de ver el verdadero peso de esta, ciegos por el dolor.

—No digas eso. —intervine —Fuiste, y siempre serás un fantástico hermano mayor. Cuidaste de Nya sin ninguna ayuda.

Caminó unos pasos para despejarse.

—Era Nya quien cuidaba de mí. —pasó la mano libre por el brazo del sofá — Cuando nuestro padre nos dejó quedé devastado...

Aparté mi vista de él. Incapaz de decir algo más.

—Lamento que tengas que pasar por esto —su voz sonó apagada.

Sentí eso detrás de los ojos, como una advertencia de que algo quería escaparse de mí.

El silencio nos rodeó. Por segunda o tercera vez, no estaba seguro.

—¿Cómo lo superaste? —conseguí preguntar con la mirada perdida.

Él se acomodó con pesadez en el respaldo del sofá y agitó su puño para que las llamas apagasen. Al bajar su mano está rozó la mía, causando que un escalofrío me recorriera la espada. Me respondió quedamente, como si la voz le huyera de la garganta:

—No creo que esas cosas puedan superarse del todo.

Cada centímetro de esa casa parecía ir perdiendo el color conforme pronunciaba esas palabras, incluso peor que la noche. Algo también perdió el color dentro de mí, pues estaba en lo cierto. Detrás de cada superar hay un olvidar; olvidar a alguien que amas es igual de imposible que recordar a alguien que jamás conociste.

Mi mente no quería olvidar y mi corazón tampoco. Pero yo quería dejar de sentir dolor de una buena vez.

—Pero, si no llevaba la carga ¿Quién más lo haría?

Esas palabras destellaron, como la luz al final del túnel. Alcé la cabeza, sonriendo.

—Entonces no somos tan diferentes.






























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Acompañame a ver esta triste historia:


Y así llegó ésta revelación divina xd de verdad, gracias por esperar tanto este capítulo, y aunque no lo crean gracias por espamearme el perfil pidiéndolo, eso me demuestra cuanto les gusta lo que hago y me anima a seguir apesar de todo ❤

Ya dejando mis tarugadas de lado...

Aveces lo que queremos no es lo que quieren los demás, y eso hiere ¿sabes? Pero yo espero que bajó tu árbol encuentres no lo que más quieres, sino lo que más necesites.

Mis mejores deseos nenes❤

¡Feliz Navidad! 

—JELY<3

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