53. Esto no es el final, es el comienzo de algo grande

Cuando regresaron a Sevilla, ella lo hizo en el coche de Carlos. Iba al lado de Raquel, en uno de los asientos traseros, y de vez en cuando le dirigía una mirada provocativa que solo él podía ver a través del espejo retrovisor.

—¡Aún no me puedo creer que hayamos quedado primeros! —exclamó al mismo tiempo que posaba la vista sobre Raquel—. Había bailarines muy buenos...

—No seas mentirosa que lo sabías bien —Raquel le sacó la lengua—, eráis de lo mejorcito que había en la competición.

Julián se volteó para mirar a Marina. Sus ojos marrones se posaron sobre su rostro.

—Raquel tiene razón, erais los mejores. No lo dice porque seas su amiga.

Marina rio al escuchar aquello. ¡Claro que tenía razón! Ella ya sabía que eran de los mejores que se habían presentado, pero también pensaba lo mismo de Andrés y Gala. No era porque él fuera su amigo, sino porque además de haber sido su compañero, había visto su gran evolución. En ese instante pensó en Daniela y sacó el móvil para enviarle un mensaje. «¿Cuándo vienes? ¡Tengo ganas de achucharte!». Enseguida recibió respuesta: «¡Aaah! Sorpresa ;)». Su corazón se aceleró durante unos instantes. ¿Significaría eso que llegaba ese mismo día? Conocía bastante bien a su hermana para saber que era capaz.

—Creo que mi hermana viene hoy. No sabéis las ganas que tengo de verla.

—Ah, ¿es hoy? Qué rápido ha pasado el tiempo —comentó Carlos asombrado, sin quitar la vista de la carretera.

—Sí ¿verdad?

Desvió la mirada hacia la ventana y contempló el paisaje que cambiaba a medida que el coche avanzaba.


···


Cuando Marina llegó, abrió con nerviosismo la puerta y entró. Saludó a sus padres, que estaban en el salón, y no les dio tiempo a que le fastidiaran la posible sorpresa. Corrió con cuidado hasta la habitación de su hermana, se detuvo en la puerta y unas cuantas lágrimas se deslizaron por su rostro.

—¡Daniela!

Su hermana se giró y corrió hacia ella para abrazarla.

—¡Te he echado de menos, tata!

Marina la estrechó entre sus brazos.

—No seas mentirosa que has estado bastante bien por Granada. Apenas te has acordado de mí... —dijo antes de hacer un mohín con la boca.

Daniela se separó de inmediato y le dio una palmada en el brazo.

—Querrás decir que tú —hizo énfasis en esa palabra— no te has acordado mucho de mí. Claro, como has estado tan ocupada con Carlos... —Alzó las cejas varias veces.

El rostro de Marina enrojeció mientras se reía con nerviosismo.

—Ahora en serio, me alegra que estés aquí. Estarás deseando conocer en persona a Andrés ¿eh? —le dio un codazo en el brazo. Ella se sonrojó también y Marina no pudo más que sonreír. ¡Se veía tan tierna!—. Tengo muchas ganas de llevarte a alguna exhibición para que le veas bailar. ¡Es de los mejores en la academia! Ayer en la competición a la que fuimos podría haberlos superado a todos, de no ser porque Álex y yo estábamos allí y les arrebatamos el puesto a él y a Gala...

Se detuvo al recordar la conversación que tuvo con ella en el autobús durante el viaje de ida.

—Hablando de ella, Andrés me envió un mensaje bastante raro ayer...

Marina tragó saliva.

—¿Y qué decía?

—Que no me preocupara si en algún momento me parecía que ella se acercaba demasiado a él.

Marina suspiró.

—Eso es culpa mía... Gala me dijo algo que me preocupó bastante y... solo le advertí que ni se le ocurriera hacerte daño.

—Pero solo somos amigos y, por lo que tengo entendido, ellos se conocen desde antes. Si surgiera algo entre ellos... —Hizo una pequeña pausa—. Si pasara, yo me resignaría. Jamás podría entrometerme.

La mayor vio un atisbo de llanto en el rostro de su hermana y, antes de que las lágrimas salieran de sus ojos, la abrazó. Otra vez. Sin embargo, en ese instante hizo lo posible por transmitirle todo el positivismo posible.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿No le has dicho que te gusta? ¿No os estáis conociendo en plan romántico? ¿Es que capté mal el mensaje cuando me lo dijiste aquella vez? —preguntó Marina.

Daniela se abrazó un poco más a su hermana.

—No hemos hablado de nuestros sentimientos como tal...

—Pero seguro que ha habido otras cosas, ¿no es así? —indagó.

Pero la chica se mantuvo callada mientras apretaba más a Marina.

—No insistiré más, pero cuando estemos solas me tienes que contar todo con pelos y señales ¿eh?

Las dos se separaron del abrazo y la pequeña asintió.


···


Un mes después...

Carlos observó la mesa con los brazos cruzados, orgulloso por haber terminado a tiempo los preparativos. Era la primera vez en mucho tiempo que se esmeraba en algo que no fueran sus clases en la universidad. Las velas en el centro de la mesa, los cubiertos a los lados de cada plato y las copas de vino. Unos cuantos pétalos se esparcían por toda la superficie y otros tanto, haciendo las veces de camino, por el suelo. Faltaba poco para que llegara Marina, que no sabía nada de todo aquello, y la emoción le embargó. Frotó sus manos, las bajó, las volvió a unir y así varias veces hasta que su corazón pareció serenarse. Fue un instante al cuarto de baño para mirarse en el espejo y se peinó con los dedos otra vez, antes de colocarse bien la camisa blanca que decidió ponerse. A pesar del evidente calor, no dudó en usarla a sabiendas de lo mucho que le gustaba a Marina. Además, estaba el aire acondicionado, que les quitaría el calor, y agradecería mucho tener los brazos cubiertos si se exponían demasiado al fresco.

Alguien llamó al timbre y, al suponer que era Marina, salió a toda prisa y puso música romántica de fondo. Al abrir la puerta y encontrarla a la espera con un vestido blanco y el pelo alisado y recogido en una coleta alta, quedó embobado. «Ojalá el tiempo se detuviera ahora», pensó.

—Estás preciosa.

Marina sonrió.

—Tú estás muy guapo también.

—Pasa.

Ella se adentró en la vivienda y se sorprendió al ver que el salón tenía la luz apagada. Una luz tenue la invitó a acercarse más y así fue como descubrió parte de lo que Carlos le tenía preparado. Se giró sobre sus talones para contemplarlo.

—No tenías por qué hacerlo.

—Sí tengo un motivo: tú, que estés en mi vida. ¿Te parece poco? —Su voz sonaba suave, pero con ese tono varonil que le caracterizaba y que tanto gustaba a Marina.

Los dos se acercaron y unieron sus labios en un beso tierno que se tornó apasionado en un instante. Tras separarse, ella se sentó en la mesa y él fue a por la comida. La sirvió en cada plato y tras dejar en la cocina los utensilios, se sentó también. Durante un rato permanecieron en silencio mientras degustaban sus platos, aunque de vez en cuando se lanzaban miradas nerviosas. La que más lo estaba era ella, pues llevaba ya un tiempo barajando la posibilidad de hablarle de algo, aunque no había encontrado el momento para hacerlo. Todo apuntaba a que aquella era la noche, pero sus labios parecían estar sellados. Por otro lado, Carlos más que nervioso se encontraba ansioso; no sabía qué esperar de la noche.

—Hay algo que quiero decirte desde hace unos días.

Él tragó saliva. Por algún motivo se imaginó lo peor.

—Dímelo sin miedo. Si crees que te va a costar, no te vayas por las ramas y dilo como te salga.

La chica inspiró hondo y, tras pensarlo un poco más, lo soltó del tirón.

—¿Quieres ser mi novio?

Sonaba ridículo dicho así, pero al menos lo había dicho. Carlos esbozó una sonrisa que calentó su corazón.

—¿Quieres que seamos pareja formalmente? Porque yo ya te consideraba un poco mi novia...

Marina abrió un poco más los ojos y en un instante se recompuso.

—Si te sientes más cómodo así... —dijo, insegura.

—No quería decir eso, boba. Me da igual si lo hacemos oficial o no, para mí eres la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida si es posible —aclaró.

—Yo también, por eso quiero que definamos nuestra situación si estás de acuerdo. He sido un espíritu libre durante mucho tiempo, pero solo era porque tú no parecías interesado en mí.

Él se levantó para acercarse a ella y arrodillarse. Marina le contempló expectante, con el corazón a mil por hora, y todo su interior se revolucionó al notar cómo le cogía las manos para besar su dorso.

—Marina, te amo y acepto todo contigo. —Alzó la barbilla para observarla—. Quiero que vayamos por el mismo camino desde ahora, si es posible; que afrontemos las dificultades juntos y que seamos consuelo en los momentos difíciles. En definitiva, que nos apoyemos mutuamente y que nos queramos durante mucho tiempo, si puede ser hasta el fin de nuestros días.

Para cuando terminó de hablar, ella ya no controlaba las lágrimas que brotaban de sus ojos. Él se irguió y la instó a que se levantara también para abrazarla.

—Yo también acepto todo contigo, Carlos —dijo entre sollozos.

El abrazo fue más intenso tras esas palabras, como si ambos se quisieran fundir en un solo cuerpo. El hombre enterró la nariz entre el pelo y la nuca de la chica y se embriagó con el aroma que desprendía. Unos segundos después se separaron casi a regañadientes, pero un deseo latente emanaba de sus miradas y amenazaba con arrasarlo todo.

—¿Qué te parece si pasamos directamente al postre para celebrar esta nueva etapa?

Y él supo exactamente a qué se refería.


¡Hola! Llegamos al final del camino tras un año, cinco meses y un día (si no me equivoco), aunque llevo algo más de tiempo escribiendo esta novela. Como pasó con ENSY, he decidido dejarlo en final abierto porque la vida es así, ¿no creéis? No olvidéis que ambos, o al menos Marina, seguirán apareciendo como mínimo en la historia de Daniela: Fragancia dulce y sensual. ¡Espero que hayáis disfrutado de la novela!

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