Capítulo Veintisiete
ERIDAN
Mi Señor se ofrece a llevarnos a mi apartamento; mi madre se quedará un día más antes de regresar a casa. Por un lado, me alivia haber superado esta reunión sin problemas, de un modo que considero exitoso —nadie murió en el intento—, pero por otro, me siento un poco culpable por el alivio que siento al saber que pronto se irá.
—Esperamos tenerlos pronto en casa —dice mi madre, mirando primero hacia mí y luego hacia Ares—. Tu padre te extraña mucho, lamento que no haya podido venir. —Hace una pausa, sonríe con entusiasmo y añade, mirando a Ares—: Estoy segura de que estará encantado de conocerte, Zahír.
—Iremos, mami, pronto estaremos en casa —respondo, sintiendo cómo se me calienta el rostro ante la insinuación.
—Así es, Odetta, me gustaría mucho conocerlo —añade mi Amo, con una sonrisa amable y segura que parece apaciguar cualquier posible duda.
—Cuídala mucho, por favor, Zahír. Mi niña es lo más importante que tengo —le pide mi madre, con un tono que equilibra el afecto y la advertencia. Luego le sonríe—. Ha sido un placer conocerte.
—Lo mismo digo, fue un gusto compartir este día con ustedes —responde él, con tono solemne, y añade mirándome con una leve inclinación de cabeza—. Y no se preocupe, el bienestar de Eridan es mi prioridad.
Mi madre asiente, satisfecha con su respuesta. Antes de irse, se despide de él con dos besos en la mejilla, y luego lo acompaño hasta la puerta. Con una mano, él me toma suavemente de la cintura y con la otra acaricia mi rostro, trazando con el pulgar el contorno de mis labios. Esa ternura en su gesto me sorprende, como si quisiera asegurarme de que todo ha salido bien.
—Mañana estarás en casa y dormirás en tu cama —murmura, antes de besarme con suavidad. Es un beso pausado, un roce que parece contener palabras no dichas, y que me hace sentir en calma.
—Hasta mañana, Señor —respondo en voz baja, aún flotando en la sensación.
Le abro la puerta y lo veo marcharse hasta el ascensor. Una vez dentro, él me dedica una última mirada antes de que las puertas se cierren. Cierro la puerta y suspiro profundamente, aún sintiendo el calor de su mano en mi piel.
Al girarme, me encuentro con la mirada expectante de mi madre.
—Enamorada. Completamente enamorada —declara, con una sonrisa astuta. Alzo las cejas, pero ella ya ha sacado sus conclusiones—. Ni siquiera intentes negarlo, porque te conozco.
—Yo no estoy diciendo nada —respondo con un intento de serenidad, aunque sé que mis ojos probablemente me delatan.
—Y el que calla, otorga —me responde triunfante, esbozando una sonrisa que me hace rodar los ojos.
No intento discutir, sería inútil. La conozco bien, sé que no se va a retractar, así que simplemente me acerco a ayudarla con las maletas. Ella acepta mi ayuda con un suspiro relajado, como si de pronto ya no tuviera que adivinar nada más.
—Por cierto, ¿cómo conociste a Zahír? —pregunta mientras acomoda su ropa en la maleta, con ese tono casual que no oculta en absoluto su curiosidad.
—En un bar —digo con honestidad—. Salí del trabajo, quería cambiar de ambiente, tomar un trago, y ahí estaba él.
—¡Vaya! Qué casualidad, ¿no?
—Sí, la verdad. Me invitó un cosmopolitan, conversamos y... bueno, coincidimos muy bien. Mis palabras me llevan a aquel primer encuentro, y me pierdo un momento en el recuerdo. Nunca imaginé lo que vendría después; ni en mis sueños más remotos pensé que esa noche en el Intense podría llevarnos a este punto.
—Ya lo creo, hija, ya lo creo —responde mi madre con un tono que mezcla comprensión y aprobación, como si al fin entendiera algo más profundo sobre nuestra conexión.
—¿Qué tal una cena oriental de despedida? —propongo, tratando de alejarme de esos pensamientos.
—Oh, sí, ¡me encantaría! —exclama con entusiasmo.
Hago el pedido de comida y, mientras espero, no puedo evitar reflexionar sobre la seriedad con la que Zahír se mostró ante mi madre, cómo con su presencia y su respeto logró ganarse su aprecio. Ese momento fugaz de paz, de sentir que ambos mundos, mi vida con él y el vínculo familiar, podían coexistir en armonía, me llena de una felicidad extraña y cálida. A la vez, el alivio de saber que todo ha salido bien y que ya pronto volveré a mi rutina con mi Señor me da una sensación de libertad.
Aunque me hace feliz tener a mi madre aquí, fingir y mantenerme alerta ha sido agotador, y la expectativa constante de su reacción me tenía mentalmente extenuada.
Mis pensamientos vagan hasta Ares, hasta ese espacio seguro que encuentro en sus brazos, donde todas mis preocupaciones se disuelven y me permito simplemente ser suya, entregada por completo a su cuidado. No puedo esperar a estar de nuevo en casa, abandonarme en él y en su control absoluto.
Un timbre interrumpe mi ensimismamiento: la comida ha llegado.
Sirvo los platos y arreglo la mesa, mientras mi madre se sienta y comienza a revisar el menú con una sonrisa.
—¿Así que este es tu nuevo lugar favorito? —comenta ella, observando la comida con aprobación.
—Sí, la verdad es que tienen un menú increíble. Y… quería darte algo especial para despedirnos —respondo, intentando no dejar traslucir demasiada emoción, aunque sé que ella puede leerme como un libro abierto.
Ella me observa con cariño y añade:
—Sabes, Eridan, estoy orgullosa de ti. A veces pienso que no he tenido la oportunidad de decirlo tanto como debería, pero verte aquí, verte tan segura… —hace una pausa, y sus ojos brillan con un matiz que no le había visto antes—. Tienes una fuerza, una seguridad en ti misma que me hace feliz.
Me quedo en silencio un momento, conmovida. Trato de controlar mi voz al responder.
—Gracias, mamá. Eso significa mucho para mí… Y bueno, tengo un gran apoyo —añado, tratando de restarle importancia, aunque ambas sabemos a quién me refiero.
Ella sonríe con complicidad y asiente, cambiando de tema suavemente mientras comemos.
—Entonces… ¿Zahír cocina? —pregunta, levantando una ceja con una sonrisa divertida.
Suelto una pequeña carcajada.
—No es su fuerte, pero hace su esfuerzo —le respondo entre risas—. Aunque… tiene buen gusto para elegir los lugares donde comer, además, Annette, cocida delicioso.
—Me alegra escucharlo, entonces, no lo sueltes —dice en tono de broma, y ambas reímos con complicidad.
El resto de la cena transcurre entre anécdotas y recuerdos compartidos, como si ambas estuviéramos evitando el momento de la despedida, alargando ese instante de intimidad y cercanía. Mi madre comenta historias de mi infancia, detalles que yo creía olvidados y que ella parece recordar con una claridad casi fotográfica.
Cuando terminamos de comer, y me dispongo a recoger los platos, ella me detiene, sujetándome la mano.
—Eridan, solo quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti, a pesar de la distancia. No importa dónde estés o con quién, tú siempre serás mi niña.
La abrazo, dejándome llevar por un torrente de emociones, consciente de lo especial que ha sido esta visita para ambas.
Así que... Finalmente Odetta vuelve a casa, y Eridan también. ¿Qué sucederá a continuación?
⛓️❤️🔥
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