Capítulo Veintiséis

ERIDAN

Mi Señor nos guía en silencio a la sala que se abre paso hacia un lado, donde aparece Annette.

—Bienvenidos —saluda amable.

—Annette, ella es Odetta, la madre de Eridan —la presenta Ares.

—Buenas tardes, querida —saluda mi madre en un tono cordial.

—Buenas tardes, señora, señorita, qué bueno tenerlas en casa —se acerca a estrechar su mano. —¿Le gustaría tomar algo?

—Un café estaría bien.

Mi Señor y yo pedimos lo mismo, ella asiente y da una sonrisa antes de retirarse a la cocina.

—Bien, esperemos ese café, pongámonos cómodos —invita Ares.

Nos dirige a los sillones de la sala, mi madre se sienta en uno y nosotros en otro, donde me hace sentar tan cerca de él que su calor corporal y el mío se mezclan en uno solo. Pone nuestras manos juntas sobre mi pierna, mi madre parece enternecida con ese gesto.

Pronto vuelve Annette con las tres tazas de café y las coloca junto con una azucarera en la mesita del centro. Se despide, no sin antes hacernos saber que estará en la cocina por si necesitamos algo.

—Me ha tomado por sorpresa todo esto —empieza a hablar mi madre mientras termina de revolver su taza de café y da el primer sorbo —, pero no puedo negar la alegría que me da ver que mi hija está al lado de un buen hombre y que por sobre todo la hace feliz. Aunque Eridan a veces quiera mantener demasiadas cosas en silencio —esto último lo dice acompañado por una mirada de reproche.

—Bueno... ambos somos reservados, nos gusta mantener las cosas más para nosotros —responde mi Señor de manera tranquila, tomando su taza de café.

—Creo que, el hecho de que mi hija se mude a casa de su novio, es algo importante, algo que al menos su familia debería saber —puedo notar el tono de reproche en su voz. A mi lado, mi Señor mantiene su actitud relajada.

—No es necesario hacer algo grande de esto, las cosas fluyeron de esta manera, ninguno de los dos pretendía que esto fuera más allá —da un sorbo a su café, yo tengo el mío entre mis manos pero no hago ningún movimiento, sé que está siendo sincero con ella, llevándolo al contexto real de las cosas, es tal cual nos sucedió —. Salimos y disfrutamos de ello, no sabíamos lo que nos deparaba el futuro, pero de un momento a otro estábamos aquí, no queríamos comentarlo antes de tener algo seguro, tal como le dijo ella en la mañana, pretendíamos hacerlo en una futura visita, como debe ser —finaliza y con esto contenta a mi madre, lo veo en su rostro.

—Mamá...

—Lo sé, lo siento, pero eres mi única hija, yo quiero cuidar de ti, quiero que las cosas vayan bien para ti —suspira —. Lo siento, Zahír, solo quiero asegurarme de que mi niña está bien y es feliz. —Parece apenada, me impulso a hablar.

—No hay problema, mamá. Entiendo tu preocupación, pero lo que tenemos acá, nosotros, me hace feliz, aunque es una prueba que tienta el futuro, sabemos que somos hoy, pero no sabemos dónde estaremos mañana. No quiere decir gran cosa, simplemente que nos lo estamos tomando con calma y nos estábamos tomando el tiempo de hablarlo con ustedes, lo importante es que ambos somos felices. —Palabras sinceras brotan de mi interior, giro mi cabeza levemente para percatarme que él tiene su mirada sobre mí, una intensa y profunda mirada de sus ojos grises que demuestran orgullo por lo que acabo de decir.

Suena su teléfono en el bolsillo de su pantalón, deja su café sobre la mesita para ver de quien se trata y al parecer es algo importante.

—Disculpen, es del trabajo —su ceño fruncido me hace saber que algo no anda bien y ahí recuerdo que anoche mencionó que tenía algo importante que decirme, sonaba preocupado y a juzgar por su expresión ahora, debe tratarse de algo de eso.

Se levanta y se aleja hacia las escaleras para responder su llamada.

—Lamento si lo estoy haciendo difícil para ti —se disculpa mi madre, asumo que por las palabras que dijo hace un momento, y la comprendo.

—Claro que no, mami, entiendo tu punto y sé que quien debería disculparse soy yo, por encerrarme así y no confiarte las cosas —le digo mirándola directo a los ojos para que note con cuánta sinceridad me estoy dirigiendo a ella.

—Tranquila, cariño, ya ambos me lo han explicado, solo... ten cuidado, te amo y me preocupo por ti.

—Lo sé, mamá, lo sé —respondo y dejo a un lado mi taza de café, ya vacía. —¿Quieres conocer un poco la casa? —invito, a lo cual asiente encantada.

Damos un pequeño recorrido, solo por la planta inferior, mi madre queda encantada con lo que observa por los ventanales, en especial con el jardín y el amplio espacio verde que hay allí.

—¿Qué le parece, Odetta? —pregunta mi Señor acercándose a nosotras después de finalizar su llamada.

—Es maravilloso, tu gusto es exquisito.

—Lo es —responde, sé que lo dice con dobles intenciones. Sonrío para mis adentros.

Siento su mirada sobre mí mientras caminamos hacia unos cuadros que están en la sala y mi madre empieza a preguntarle sobre ellos. Así pasamos parte de la tarde, ellos hablando sobre arte.

Mi mamá se excusa para ir al baño, nosotros asentimos y mi Señor llama a Annette para que la acompañe. Nos quedamos solos y en silencio.

Toma mi mano y dando un ligero apretón nos conduce hacia el exterior, siento el frío golpearme levemente, con el pasar de las horas, una bruma se ha establecido y la temperatura desciende, cada vez hace más frío. Caminamos hasta situarnos en una parte del porche, entonces él me gira y me pone frente suyo, mantengo mi mirada abajo, no lo miro.

No lo siento, ni lo veo venir, pero siento como una solitaria lágrima se desliza por mi mejilla. ¿Por qué estoy llorando?

—Hey, pequeña, ¿por qué lloras? —pregunta. Yo estoy preguntándome lo mismo.

—Yo... no lo sé, solo han sido demasiadas emociones —digo en una exhalación.

Sus manos se posan en mis hombros y me hace levantar la mirada hacia él.

—Mírame —pide, su tono es suave.

Levanto mi mirada hacia él quien parece preocupado por lo que sea que ve en mí, sus manos descienden acariciando mis brazos y se instalan a ambos lados de mi cintura. Me siento tan frágil en sus manos, tan nada, que un movimiento suyo puede causarme tantas cosas.

—¿Qué tienes? —vuelve a preguntar, esta vez teniéndome atrapada en su mirada.

Sacudo mi cabeza negando, queriendo alejarme por un segundo y así poder tener un respiro, él parece ver eso y me suelta, me libera de él, me da mi espacio y puedo girarme, le doy la espalda y me abrazo a mí misma. Pasamos así un par de segundos, respiro profundamente e intento aclarar mis ideas

—Lo siento —es la segunda vez en estos meses que lo oigo disculparse y se siente como un balde de agua helada sobre mí —. Olvido que también hay presión aquí sobre ti. Olvido que esto es tan diferente para ti como lo es para mí —pronuncia con voz suave —con mi familia fue fácil porque sabía que era lo que ellos deseaban ver, aquí no lo es y no dejo que tu hagas algo para mejorarlo, solo aumento más presión sobre ti —se disculpa —. No sé si estoy siendo precisamente bueno ahora. —Me giro.

—Usted no tiene que ser bueno, yo no pretendo que lo sea. No sabía qué esperar del día de hoy y de alguna manera está pasando, me siento abrumada, es todo.

Se acerca y me encierra entre sus brazos, la manera en que lo hace me descoloca.

—Sigo obteniendo tanto de ti, Eridan, sigues mostrando cada día como esto te nace de aquí —toca mi pecho, justo donde mi pulso late más alocado —. Te entregas a mí de manera natural, sin chistar o buscar algo a cambio y... no sabes lo que eso causa en mí —pega su frente a la mía. Tiemblo.

Cierro mis ojos y eso basta para sentir el dulce contacto de sus labios sobre los míos. Era una caricia, algo suave... sus disculpas son puestas en un beso lleno de suavidad, dejo mis labios ser conducidos por los suyos, al igual que todo. Todo está en sus manos, yo lo estoy.

El beso cambia de intensidad, es inevitable, la llama se enciende, sujeta mi cabello en un amarre fuerte y tira haciéndome arquear hacia él, con furia y sin contención toma todo de mí, mi aliento, mi lengua y mis labios son suyos. Siento el hormigueo familiar recorrer mi cuerpo, mis manos estan caídas a mis costados, pronto las llevo a sus fuertes brazos, disfrutando del beso.

Su desenfreno anula mi razón y me dejo hacer por él.

Mi Señor.

Mi Amo.

Mi mundo entero.

Mis pulmones claman por oxígeno pero no quiero parar, él no parece querer tampoco... los planes son otros.

—¿Eridan? —la voz de mi madre llega a mis oídos, abro los ojos y él está frente a mí con los labios rojos, húmedos e hinchados, imagino que yo tengo el mismo aspecto.

—A-aquí —respondo titubeante, pero mi voz suena demasiado baja.

Entonces él me suelta y vuelve a ofrecerme su mano como hace rato, caminamos a su encuentro, ella viene caminando hacia el porche hasta encontrarse con nosotros, mira mi rostro y luego lo mira a él, el sonrojo cubre mis mejillas, su mirada es pícara, ya he dicho antes cuan perspicaz es ella.












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