Capítulo Veintinueve
ERIDAN
Obedezco las indicaciones de mi Señor, permitiendo que él sea mi guía, guiándome por su voz, órdenes y palabras. Esta entrega ha sido beneficiosa para ambos; después de la visita de mi madre, que, aunque, ciertamente me ha hecho muy feliz, también ha provocado un torbellino de emociones y ha hecho que mis picos de estrés se dispararan, es por eso que ahora estando de nuevo en nuestro hogar, con nuestra rutina y permitirme ser su pequeña mascota.
Esta confianza me libera de las tensiones acumuladas y me permite encontrar paz en su control, algo que se ha vuelto esencial para mí en medio de una vida que siempre ha sido rígida y estructurada. La libertad de simplemente ser, de abandonarme en sus manos, es un acto de entrega que me llena de profunda gratitud para con mi Señor.
Con estos pensamientos rondando mi mente, paseo por la casa y me adentro a una biblioteca que también está exquisitamente decorada como el resto del lugar, tiene un par de grandes ventanales del piso al techo que brindan luz natural al lugar para poder sentarte a leer por horas.
«No puedo creer que recién ahora haya descubierto este lugar.» Pienso para mis adentros.
Camino hacia una de las imponentes paredes de la biblioteca, repletas de libros que abarcan todos los géneros y épocas, formando un mosaico de colores y texturas. Cada volumen parece tener una historia propia, desde los más recientes y de cubierta brillante hasta aquellos con tapas de cuero desgastadas por el tiempo. Entre ellos, distingo obras de ciencia, ficción, poesía, filosofía… nada de esto me sorprende, pues Ares es un hombre digno de ser admirado por su inteligencia y sé que disfruta de la lectura como yo, lo que sí me sorprende es descubrir, en una esquina de la estantería, una pequeña sección de pergaminos antiguos enrollados, probablemente conservando conocimientos de épocas remotas, por el momento decido no indagar demasiado en ellas, puesto que conociendo a mi Amo, es probable que esos pergaminos sean educativos para un ámbito que ambos conocemos muy bien, no obstante, no es algo que deseo leer ahora.
Mientras paseo mis dedos por los lomos de los libros, siento la diversidad de texturas: el frío del papel satinado, la aspereza de los lomos de tela, el cuero rugoso de los tomos antiguos. Sin pensarlo demasiado, mi mano se detiene en un lomo particularmente ancho y envejecido; no alcanzo a distinguir el título, pero su aspecto me cautiva.
Con el libro en mis manos, me dirijo hacia uno de los ventanales que permite que la habitación sea inundada con una suave luz dorada, y me acomodo en un mullido sofá justo enfrente. Siento que el tiempo se detiene mientras abro el libro al azar, grande es mi sorpresa cuando veo que el libro está escrito a mano, con tinta. Las letras varían de una caligrafía a otra, como si el libro hubiera pasado por las manos de distintas personas, cada una dejando su huella en las páginas. Unas páginas muestran una escritura prolija y elegante, con trazos curvos y bien definidos, mientras que otras tienen caracteres más toscos, con un toque apresurado, como si hubieran sido escritos en un momento de intensa emoción o urgencia.
«Desde mi perspectiva como sumisa, encuentro sentido en el cuidado y la atención de mi Amo; soy su sumisa porque él está ahí, presente y firme en su rol.
Él es mi Amo porque tiene en mí a su sumisa; sin nuestra conexión, sería solo un dominante sin quien moldear y guiar. Su control me define, y su dedicación a moldearme y enseñarme me convierte en la expresión más pura de su voluntad.
Cada detalle de cómo me usa, me calibra y me guía está diseñado para transformarme en la sumisa perfecta para él...»
Sin terminar, paso a otra página más:
«Recuerdo con cierta tristeza y dolor la ruptura con mi primer Amo; fue una experiencia bastante traumática y difícil de comprender en ese momento. Mi inexperiencia jugó un papel importante, en especial cuando se trataba de establecer y pactar los límites necesarios.
Me entregué por completo, con una devoción que no dejaba espacio para cuestionamientos. Estaba cegada por la devoción que sentía por él, dispuesta a ser dócil, obediente y a darle todo de mí sin reservas, sin embargo, esa entrega incondicional terminó por exponerme a una vulnerabilidad que, con el tiempo, me enseñó la importancia de proteger mi esencia, incluso en la entrega.
Mirando hacia atrás, veo cuán necesario fue ese dolor para aprender y reconocer mis propios límites y valor como sumisa…»
Me limito a leer fragmentos que me dejan anonadada, estas palabras despiertan algo en mí que no sé definir. Sin poder resistirme, continúo hojeando, pasando las páginas hasta llegar a secciones más avanzadas…
«Tocan agujas. Las que yo misma he pedido.
Escucho el tintineo de las agujas. Él toma una jeringuilla, y yo, de rodillas con las manos a la espalda, contengo el aliento mientras espero el pinchazo en el pecho. Siento un impulso de retroceder, pero no puedo; el pánico se apodera de mí en el instante en que la aguja se acerca. Quiero cerrar los ojos, no ver lo que sucede, pero está justo frente a mí, inevitable. Las lágrimas brotan y empiezo a dudar de mi propia capacidad, aunque sé que fui yo quien pidió esto. Lo quiero, deseo vivirlo, pero mi cuerpo me traiciona y se mueve, resistiéndose al control. Él me calma, me dice que respire y, finalmente, me dejo llevar.
Pinchazo.
Al final, no era tan intenso como imaginaba, aunque las lágrimas siguen rodando por mis mejillas.
Al caer la noche, me pregunto quién soy realmente en esta entrega. ¿Soy su sumisa, con límites? Pero no, esto va más allá; soy su esclava sin barreras. Y me intriga: ¿qué significa realmente no tener límites? Todo se convierte en un debate mental, donde mi cuerpo está listo para cualquier cosa, pero mi mente titubea, poniendo frenos. Entonces, ¿qué debo hacer cuando mi deseo de entrega absoluta se enfrenta a las barreras que mi mente aún me impone?»
Leo otro siendo consciente de la agitación de mi cuerpo…
«En mi mente, todo es claro y ordenado, pero al abrir la boca, parece que las palabras se enredan y lo complico todo. No es solo que me cueste expresarme; realmente es un desafío exteriorizar lo que llevo dentro. Me esfuerzo por decirlo todo, y luego, una vez hablado, liado y malinterpretado, me esfuerzo por intentar aclararlo.
A veces, tengo la sensación de que mi Amo ya lo sabe todo, incluso antes de que yo diga una palabra, y que, de algún modo, me pone a prueba o me impulsa para que aprenda a comunicarme con precisión. Sé que aún me falta mucho por mejorar, y probablemente me equivocaré muchas veces más…»
Cambio de página, con una mezcla de emociones que me recorren. No puedo dejar de leer, pero al mismo tiempo siento una extraña tensión. El miedo a ser pillada se mezcla con una especie de celos, curiosidad y una excitación creciente por lo que estoy leyendo. Cada palabra me atrae, despertando pensamientos y sensaciones que lucho por controlar, siento un torbellino de emociones que me empuja a seguir, aún con el vértigo que me produce la sensación de estar caminando sobre una cuerda floja.
«El sabor de mis jugos desbordados por mis labios como perra en celo, todo soy con usted, usted posee mi alma, mi mente, mi cuerpo y mi voluntad. Usted tome lo que por ley le pertenece, haga de mí SU voluntad.»
«Exhibirme ¿quiere mi señor que me exhiba?... la cuerda se ajusta a mi sexo y me excita... quiero llorar de vergüenza pero quiero complacerlo, las lágrimas brotan y corren por mis mejillas a causa de la humillación, no obstante, mi corazón brinca de felicidad porque sé que si me viera estaría orgulloso; mi mente es un caos de pensamientos pero ordeno que solo debo pensar en que estoy haciéndolo por él, él me educa y sabe que es lo mejor para mí... el cascabel suena guindando de la parte más sensible de mi cuerpo, lo hago sonar para que todos sepan y sientan curiosidad. ¡Es humillante! Pero me excita, y ¿quién entiende mi cuerpo? Mi señor lo hace... y es por eso que hago lo que él me ha pedido.»
—La mente humana es curiosa por naturaleza, pero la mente de una sumisa... es un misterio que siempre he disfrutado desentrañar. Puedo leer a las personas con facilidad, especialmente a quienes me otorgan el privilegio de someterlas. Pero tú, Eridan, me permites adentrarme en los recovecos de tu ser, y sin embargo, tu mente sigue siendo un enigma para mí.
Su voz resuena a mis espaldas, suave y firme, y en su cercanía puedo sentir el calor de su cuerpo, la mínima distancia entre él y yo se vuelve un recordatorio palpable de su presencia. Por la forma en que se encuentra, intuyo que ha visto lo que estaba leyendo. Cierro los ojos y siento cómo la sangre se acumula en mis mejillas, un rubor que apuesto a que tiñe mi rostro de un rojo profundo. La vergüenza me invade, mi cabeza se calienta, y la incomodidad de haber sido sorprendida leyendo algo que ni yo misma sabía si debía o no leer me consume.
En un intento por evitar cualquier reacción inapropiada, me quedo completamente quieta. No me giro, no me muevo, solo escucho, esperando lo que tenga para decir.
—Su cuerpo pide una cosa... su mente dice otra; ¿a quién hacerle caso? Es ahí donde entra la sumisión, obedece a tu Amo, él sabe que es lo mejor para ti, él dará cada cuota de placer, de castigo... que la sumisa necesita, te dará el papel de esclava, de sumisa, de mascota o los tres según sea su comportamiento. —No parece enojado, al contrario sus palabras instruyen y excitan. —¿Humillante?, hasta placer hay en la humillación... si te olvidas de ella y te concentras en que estás complaciendo. ¿Dolor? También puedes olvidarte del dolor y concentrarte en los ojos de tu Amo satisfecho; dime Eridan, ¿has deseado algo de lo que has leído? —Interroga. Su voz está cargada de erotismo y promesas ocultas.
Trago saliva de forma ruidosa ¿qué se supone que debo decir? Al ver que no emito palabra alguna, prosigue:
—Tu cuerpo es receptivo, es algo que me encanta, y al ser como es, se excita leyendo… y viendo, lo puedo notar en tu piel transpirada y tu respiración agitada. —Sus manos pasan por mis costados y traza un camino hacia mis pechos cubiertos por la fina tela de mi camisa. —Tus pezones están erguidos y apuesto que tu coño está chorreando —de nuevo la crudeza en sus palabras, debería asquearme, debería alejarme pero nada más alejado de lo que quisiera en estos momentos. —¿Te has planteado alguna vez escribir lo que sientes? Dicen que es una experiencia liberadora, después de todo eres escritora, pero tus escritos siempre fueron ficción, producto de tu imaginación, ahora puedes hacerlo sobre tus vivencias, o incluso aquello que deseas vivir, y yo puedo cumplir… —Percibo la sonrisa en sus labios, está tan cerca y el deseo hace mella en mi , me prende tanto, que anhelo rogarle a mi Señor que me tome.
—Yo... —balbuceo incapaz de articular palabra. —Yo... quiero…
¿Qué es lo que quiero, qué es lo que quiero decir?, ¿por qué siempre es tan difícil expresar mis deseos?
—Mi pequeña puta de lengua enredada... yo sé lo que quieres, ven conmigo.
Un escalofrío recorre mi espalda, es como lo que he leído... él sabe lo que quiero incluso antes de que se lo diga, solo quiere que lo exprese.
Un escalofrío recorre mi espalda, una sensación familiar, como lo que he leído antes. Él sabe lo que quiero incluso antes de que yo misma lo entienda o lo exprese. Aun cuando dice que mi mente es un enigma para él, parece que puede leer cada uno de mis pensamientos. Hay certeza en su actitud que me hace sentir que sabe exactamente lo que pasa en mi interior, incluso antes de que yo misma lo entienda. Pero lo que realmente espera es que lo exprese, que lo diga en voz alta, y es algo que es tremendamente difícil para mí. Pareciera que no tengo el valor para decir lo que mi cuerpo y mi mente claman, para pedir lo que realmente deseo… y es que, ¿hasta qué punto sé realmente qué es lo que deseo?
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