Capítulo Tres.
Volteé mi vista hacia el jardín, el pasto estaba mojado; afortunadamente donde estábamos quedaba cubierto por una pequeña terraza que sobresalía de la casa.
—Ven acá— me giré para verlo palmear su pierna. Me puse en pie como autómata y caminé hacia él hasta sentarme sobre su regazo; su mano serpenteó sobre mi pierna, lo cual hizo que miles de sensaciones recorrieran mi cuerpo.
—Eres muy receptiva, ¿lo sabías? Apenas te sientas y es palpable el cambio que sufre tu cuerpo, tu piel se eriza— murmuró con voz ronca, mientras seguía pasando perezosamente sus dedos sobre mi muslo —tu corazón bombea más fuerte provocando reacciones deliciosas en tu organismo, llega a tus pechos y tus pezones cobran vida, llega a tu vulva que se hincha y se lubrica cuando reconoce la caricia de su dueño, tu cuerpo se hace pesado y hormiguea, tus párpados se calientan... La lujuria invade tus sentidos, te cuesta respirar.
—Señor...— murmuré con voz ahogada.
—¿Sí, Eridan?— dijo con tranquilidad —¿te gustaría saber cómo reacciona mi cuerpo al notar cómo te deshaces en mis manos?— asentí.
—Tu cuerpo entibia al mío y mi corazón bombea fuerte, mi cabeza se va inundando de imágenes lujuriosas, todas protagonizadas por ti... Mi boca se seca de deseo y luego se humedece hambrienta por saborearte, la sangre viaja por mi cuerpo con gran adrenalina y se concentra en mi entrepierna, que da espasmos hasta conseguir la erección completa, listo para enterrarse en tu carne caliente— su voz es cada vez más ronca y mi sexo cada vez más húmedo— justo como ahora— gruñó mientras yo cerraba los ojos —. Mi palma se calienta con ganas de azotarte porque tu piel es exquisita, y cuando adquiere esa tonalidad roja deliciosa, yo... pierdo la cabeza.
—Por favor, Señor— mi voz salió en un chirrido suplicante.
—Creo que esta ropa interior ya no servirá para ir a trabajar hoy— sus manos, que se habían mantenido sobre mi pierna, llegaron a mi sexo cubierto por las inserviblemente y húmedas bragas. Gemí alto cuando sus dedos presionaron donde más necesitaba —. Recomponte— susurró.
Parpadeé y miré alrededor para ver como Annette se acercaba con una bandeja. Respiré unas cuantas veces aunque sabía que mis mejillas debían estar coloradas.
—Aquí está su desayuno. Señor, Señorita. Que tengan buen provecho, estaré dentro si necesitan algo— apenas le presté atención, no me atrevía a mirarla a la cara, no ahora.
—Esta bien, Annette, que nadie nos moleste— dijo con parsimonia. Temblé sobre él.
El susurro de la grama al ser aplanada por los pasos de Annette se fue alejando progresivamente; ¿y ahora qué?. No me atrevía a moverme de mi posición. Mi respiración era irregular, mis piernas temblaban, podía incluso oír su respiración calmada a mi espalda.
—Ponte de pie— dijo lentamente, tan suave que casi podría confundirlo con una petición en lugar de una orden.
Sus manos estaban en mis caderas y no se despegaron de mi cuerpo mientras me iba poniendo de pie, sus manos se deslizaban por mi trasero y mis piernas.
Estaba jugando conmigo, eso estaba claro, estaba provocándome al punto de no poder refrenarme... Yo podía tratar de controlarme por mi Amo, pero no podría refrenarme si era mi Amo quien me provocaba de esta manera. Bastante tenía con mi propio deseo, bastante tenía con mi sexo palpitante, con los estremecimientos de mi piel, con mis pezones erectos y sensibles al roce con la tela de mi ropa... para encima soportar sus caricias sutiles y sus toques certeros.
El aire golpeó mis nalgas y no pude evitar gruñir... un sonido que salía de lo más profundo de mi garganta, allí donde los sonidos no son lo que expresa mi voluntad, sino la voluntad de mi cuerpo.
—Elegirte como mi sumisa ha sido una de las elecciones más acertadas que he hecho en los últimos tiempos, se te da tan natural…— su mano acariciaba mis nalgas desnudas.
Yo apenas podía mirar frenéticamente al interior de la casa, buscando señales de Annette.
—Ella entiende la definición de privacidad, no te preocupes— murmuró y soltó una leve nalgada. Mordí mi labio para acallar el gritito que estaba por salir.
—Vamos a probar una nueva forma de comer para ti... me gusta alimentarte en mi mano, para que nunca olvides quien es tu amo, pero ahora— lo sentí ponerse de pie a mi espalda —inclínate hacia la mesa— así lo hice, seguía acariciándome paulatinamente, ya no necesitaba más toques previos —. Tira tu mano hacia atrás y saca mi pene— me ahogue en mi propia saliva.
Temblando, porque así estaba, lleve mi mano hacia atrás mientras mi rostro estaba inclinado bastante cerca de la bandeja con comida. Apenas y podía controlar esos espasmos que daba cuando toqué la tela de su pantalón sobre su muslo, cerré mis ojos... ¿no era más fácil si me giraba? lo intenté, pero él azotó mi nalga tan fuerte que emití un quejido de dolor.
—Si no quieres que retire mi cinturón y hagamos esto más interesante, cumple mis órdenes como te las pido y no juegues— enfatizó.
Rechiné mis dientes y busqué a tientas el centro de su cuerpo... entre los confines de tela lo encontré erguido y grueso, no pude evitar acariciarlo por encima de la ropa.
—Eridan— su voz sonó a advertencia y tuve que recordarme su petición.
Busqué la cremallera y terminé por meter mi mano allí donde nunca lo había hecho. Respiré pesadamente. Para cuando lo tuve en mi mano ardía con tal calor que lo sentía quemarme, presioné con mi mano su falo en llamas y cerré mis piernas para aliviar el dolor que sentía.
—¡Ábrelas!— gruñó, ¡mierda! —Más— demandó y lo obedecí, su mano empujó mi espalda hacia la mesa —Dame tus manos— solté su miembro y lleve mi otra mano hacia atrás perdiendo el equilibrio, casi cayendo de cara contra la comida.
Sentía algo envolver mis muñecas, estaba atándome.
—Tira de tu cabeza, pequeña— murmuró, moví mi cabeza y sentí el tirón de mi cabello seguido del dolor —Eso es, contrólate. Ahora sube más tus manos para que tu cabeza llegue a la comida, exactamente así— dijo cuándo mi cabeza estuvo a escasos centímetros de la fruta.
—Así funciona esto— su dedo serpenteó tomando la liga de mis bragas —si dejas de comer— empezó a bajarlas —no te correrás— las arrancó —porque yo me detendré— finalizó tirando los restos de tela de mis bragas sobre la mesa —. Puedo olerte... y sé que es mucho más delicioso que lo que tú vas a comer— comentó.
Cerré mis ojos al sentir como expandía mis nalgas.
—Empieza a comer, pequeña.
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