Capítulo Seis.
El inmaculado blanco del interior del avión era el aviso de que pronto estaría en casa... en casa de mis padres; bajo el calor de sus miradas, su protección y sus brazos. Los echaba de menos.
Solo llevaba un par de minutos en el avión y lejos de él, y me sentía... extraña. Si bien sabía que pronto vería a mis padres y eso era algo sumamente reconfortante y me hacía feliz, había una parte de mí, una gran parte, que se sentía inquieta. Era un sentimiento intenso, algo a lo que no le supe poner un nombre.
Giré en mi asiento y abrí la ventanilla para ver los resquicios del poco sol de la temprana mañana en Berlín.
Suspiré por enésima vez.
No hubo despedida... nada, no era necesario ni para él ni para mi ¿verdad?, porque una despedida seria extraña.
Él solo vino a mi habitación esta mañana, temprano como cualquier otro día de trabajo, la diferencia fue cuando observó mi equipaje, se había girado luego y sin más, había salido de mi habitación con sus músculos flexionándose en cada movimiento y su negro cabello agitándose a cada paso.
Intenté cerrar mis ojos y dormir, pero a través de mis parpados sentía una incandescente luz que no era más que el brillante interior blanco, dormir no era definitivamente una opción; aún así mantuve mis ojos cerrados e inicie un conteo... pronto, pronto en casa, en eso debía concentrarme, aunque cada vez que decía “casa” algo amargo surgía en mi interior.
Yo no iba a casa, yo estaba partiendo de casa y no hablo de mi apartamento o de la ciudad, hablo de él; y por extraño que pareciera sentía miedo... miedo de que algo cambiara. Ausentarme nunca había estado en mis planes, yo sabía qué hacer y qué esperar de él en mi presencia, yo era suya pero él no era mío, lo sabía y estaba bien con ello, pero siempre estaba ahí y de cualquier forma era participe de sus planes, pero ahora es distinto.
Apenas aterrizamos en el Aeropuerto de Dortmund, rebusqué mi celular en el bolso y observe la pantalla... nada.
Bueno, yo si le escribiría.
“He aterrizado en Dortmund. Justo ahora tomaré un taxi para ir a casa de mis padres.
Todo ha ido bien”.
Envié el mensaje y me dirigí directo a tomar un taxi, subí mi equipaje, me acomode en el asiento trasero y el auto empezó a moverse por las calles de la ciudad.
Miré mi celular una vez más, si... ya lo había visto unas cuantas veces, pero no había respuesta suya y eso me inquietaba. Llevé las manos a mi cabeza, no es como si él tuviese que responderme algo... yo solo le he avisado mi accionar, eso es todo. Evidentemente él no tiene por qué darme una respuesta.
Resignada guarde mi celular en el bolso de mano y me dedique simplemente a mirar por el vidrio polarizado las grandes edificaciones que se extendían en el horizonte.
ARES
Me quedé mirando un punto fijo en la nada, allá en el silencio donde parecía y realmente era el infinito interminable. Este que estaba aquí sentado no parecía ser yo, o al menos no el mismo de hace un par de meses.
Han pasado un par de días desde que Eridan se marchó y su ausencia se hacía fuerte.
Era plenamente consciente que algo dentro de mi mente estaba girando, cambiando, ¿pero qué?
Fruncí el ceño molesto conmigo mismo, no tenía muchas opciones sobre lo que hacer sin ella aquí. Me puse en pie, necesitaba distracción y eso solo lo podía obtener en un lugar, así que, decidido, tomé mis cosas y bajé a por mi auto para ir hacia el Club.
Thera estaba completamente complacida y feliz por presencia en el Club, volví a tomar mi lugar según ella; ese donde cada sumisa o mujer con una concepción errada de lo que esto era, tenía que pasar por mí para poder ser parte del Intense, ellas no eran putas de alquiler, su entrega era voluntaria, era un intercambio entre ellas y aquellos que nos visitaban en búsqueda de algo más que entretenimiento visual.
Garrett había vuelto de su viaje y se había enterado de las “buenas nuevas”, estaba recordándome constantemente que no le había presentado o “prestado” mi sumisa para conocerla y dar su visto bueno, aunque sabía que intentaba bromear, aquello me molestó.
Estar en casa, sin ella, no tenía mucho sentido y me pasaba día tras día hasta altas horas de la noche en el club.
Las partidas de póker en el club eran lo mejor, las nuestras con su toque especial, lo eran aún más y servían para probar a los acompañantes de quienes se sentaban a apostar, que quienes jugaban sabían que no habría límites, que tocara lo que tocara, tendrían que cumplirlo.
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