Capítulo Dos.


—Buenos días, Señor— me sorprendí por la claridad con la que salió mi voz. 

Me quedé embelesada por la profundidad de sus ojos grises. Me miraba con tanta intensidad a través de la rendija que eran sus ojos, que era incapaz de descifrar sus emociones por esta mañana.

—Buenos días, Eridan— vi su mano moverse hacia mi cabello, como si no supiera que ese acto me desarmaba. Acarició mi cabello de forma perezosa; cerré mis ojos y tuve que controlar los escalofríos que recorrían mi cuerpo ante ese simple toque. 

Me olvidé de todo; de mi incomodidad, de mi privacidad. Absolutamente de todo. Éramos solo él y yo. 

No dijo nada más, no tenía por qué hacerlo, pues era él... con un simple “te veo abajo” se dió la vuelta y salió de la habitación, dejándome con un notable vacío. 

Luego de esta noche no iba a volver a ver mi cama del mismo modo. Me sería imposible hacerlo.

Sin más, me levanté y fui al baño. Era hora de empezar un nuevo día. El agua caía sobre mi cuerpo y me permití relajar mis músculos y cada una de las articulaciones de mi cuerpo. Sin embargo, el cerebro nunca descansa y justo ahora no estaba en pro de un descanso. 

Mi mente seguía evocando su imagen en mi cama, poniendo mis dos emociones a consideración. La contrariedad y la calidez luchaban raudamente para dominar en mi interior y yo simplemente no podía decidirme por alguna.

Me peiné y me vestí. Tomé mi bolso y un abrigo. No tenía las llaves de mi auto, tendría que pedírselas a Joseph.

Salí de la habitación no sin antes hacer mi cama con cierta reticencia, el hecho de saber que él había estado allí había dejado de ser una sensación incómoda y se había vuelto agradable hasta cierto punto. Las sabanas olían a él. Después de todo dormiría feliz.

Bajé las escaleras de uno en uno, despacio. Dejé el abrigo junto a mi bolso sobre uno de los sillones de la estancia principal para dirigirme a la cocina.

—Buenos días, Annette— saludé entrando a la cocina. Le sonreí con amabilidad y me dispuse por una taza de café.

—Buenos días, Señorita, se le ve bastante radiante esta mañana— dijo con una sonrisilla y sentí ese panal de abejas moviéndose en mi estómago, solo le sonreí, pues no sabía qué podría responder a eso.

—Annette, ¿dónde está Joseph?, necesito pedirle las llaves de mi auto— pregunté inclinándome en la barra.

—Yo las tengo— pronunció mi Señor haciendo gala de entrada en la cocina, vestido con un inmaculado traje negro y una camisa blanca.

¿Anoche había dicho que se veía delicioso? él lo era en cualquier momento, con o sin ropa, informal o formal. Sé que lo miré más de la cuenta por eso cuando vi el reproche en sus ojos agaché mi mirada mientras oía una risa disimulada, supongo que de Anette ¡vaya!.

—Ten— vi por el rabillo como se metía una mano al bolsillo y sacaba mis llaves, dando un paso en mi dirección para acercarlas, otro paso, otro paso y estaba cerca de mí. Una mano suya apoyada en mi espalda y la otra colocando las llaves a mi lado. Decir que mi respiración se agitó por su cercanía sería un eufemismo, no solo se aceleró, me ruboricé.

¡Maldita sea!

—Buenos días— asintió hacia Annette con una sonrisa radiante, me tenía tonta.

—Buenos días, Señor, luce usted muy bien esta mañana— dijo Annette respondiendo su saludo. Giré mi vista a ella con sorpresa, tenía una sonrisa traviesa en su rostro, fruncí el ceño y negué con la cabeza. ¡Como habían cambiado las cosas!

—Annette, vamos a tomar el desayuno en el jardín, por favor— indicó mi Señor, mientras me tomaba de la mano para halarme junto con él. Mis pasos se tropezaron pero logré estabilizarme para seguirlo a un paso de distancia. 

En momentos como éste, me sentía de mil maneras al ver su comodidad a mi alrededor, unas veces era tan frío como un desconocido, otras cálido y cercano, las dos me gustaban. Aunque, con las dos no me sentía del todo cómoda y no era precisamente porque me molestara mi accionar, era porque no sabía cómo comportarme ante eso.

—No hace un día excepcionalmente soleado para comer afuera— comenté para romper el silencio y porque no decirlo en atrevimiento, pues no solía decir muchas cosas en su presencia, él se giró hacia mí y pude ver la comisura de sus labios intentando levantarse.

—Apuesto más por los días frescos que por los días cálidos— levanté mi vista a él —, además el jardín es… lindo.

—Coincido en eso— dije con timidez. No era común estar cruzando palabras con él. 

Tomé sorbo de mi taza de café y esperé por su indicación para poder sentarme. Él me hizo esperar, por supuesto. Vi cómo se sentaba y sus labios aprisionaban el filo de la taza para absorber el café. Una oleada de calor subió por mi cuerpo, mis piernas hormiguearon... mis ojos caldearon.

—No queremos que te caigas, siéntate— dijo él en un tono burlón. Me sentí avergonzada y me reprendí por mis reacciones adolescentes. Así no era yo.

Mi señor volvió su atención hacia mí, tocando su barba, sus ojos ardían... ¿qué pasaría por su mente en este momento? era mi mayor pensamiento, me encantaría saberlo, saberlo todo de él.

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