Exhalas profundamente. ¿Porqué todo es tan difícil?

Una vez te subiste a una balsa en el Sena y te mareaste. EN EL SENA.

Te habías mareado incluso en el carruaje, porque el suelo estuvo demasiado rocoso.

Y ahora estabas en un puerto porque El Capitán de Treville te había salido con la noticia de que deben subirse a un barco; UN MALDITO BARCO, en el maldito mar, hasta el maldito Londres.

—Hey, preciosa. Lamentablemente no vamos a compartir cabina.

Y encima de todo, tendrías que aguantar a éste insolente. No podrás escapar de su verborrea que pretende ser seductora porque estarás atrapada en una maldita cáscara de nuez, flotando en el maldito mar cuasi infinito, hasta el maldito Londres.

Desde esa primera misión en que siendo la única mujer en el cuerpo de Mosqueteros del Rey, te infiltraron como la inocente hermana de tres caballeros de Flandes que fácilmente podrían ser sustraídos de sus posesiones: descubriste la única e irrompible camadería que nace cuando los hombres (especialmente los soldados) están a punto de morir porque sus planes se fueron al carajo y deben improvisar unos nuevos para no perder la cabeza (u otras partes que el cuerpo necesita para vivir); y te convertiste en un cuarto vértice de ese frente infranqueable de los famosos Athos, Porthos y Aramis.

Athos te miró como una hija, Porthos como una hermana… pero el bendito Caballero de Herblay seguía mirándote como la mujer más conquistable del mundo.

Y estaba ahí, cargando su bolsa de viaje, con su estúpida sonrisa (tan grande y brillante, con esas pequeños arrugas a los costados), su estúpido abrigo ondeando al viento porteño (de la tela más fina que se amolda a la perfección a sus hombros y caderas) y sus estúpidos ojitos verdes (resplandeciendo a la luz del amanecer) mirándote en una cálida (y en el extremo opuesto a desinteresada) bienvenida.

Tal vez deberías tirarlo al mar.

Tal vez todos sus estúpidos collares, anillos, armas y capas de ropa lo hundirían hasta el fondo.

Tal vez podría nadar de vuelta al barco y volvería a sonreírte, con alguna estupidez como “Nadaría los siete mares para volver a ti” (que te haría sonrojar, con lo que odias sonrojarte).

Pero al menos te darías el gusto de verle corrido ese estúpido delineador que siempre enmarca sus estúpidos ojos (que resplandecieron un poco más al acercarte).

—Tienes la ventaja de que te dieron una cabina para ti sola, al ser una damita. Lo siento, tendrás que soportar mi ausencia por las noches —esa estúpida sonrisa se acercó un poco más a ti. Siempre se acercaba lo suficiente para sentirlo cerca pero no tan cerca para reaccionar cruzándole la cara de un bofetón— . Sería muy romántico, ¿no te parece? Dos personas hermosas bajo la Luna y las estrellas, en medio de la insondable inmensidad del mar.

Lo empujas con un gruñido, y él solo se ríe bajito, como si fuera gracioso que lo empujaras— ¿Dónde están Athos y Porthos? —preguntas, para cambiar el tema, y él simplemente señala el barco.

Demonios, ¿habías llegado tarde? ¿Estaba esperando solo por ti? Te lo echará en cara durante semanas, seguro (y seguramente con chantaje incluído).

Él parece darse cuenta de tu enfado, pero simplemente te sonríe de nuevo, hace una seña con la cabeza pidiéndote seguirlo y camina hacia el barco, a paso lento para que camines a su lado.

Tienes que demostrarle que no tienes miedo a subir, pero en cuanto llegas a ese pequeño puente improvisado con tablas para subir al barco, pones un pie en él y miras hacia abajo… tu estómago se revuelve al distinguir el agua bajo la tabla, agitándose en pequeñas olas que chocan contra los pilares del muelle. Te sientes mareada en cuanto pierdes de vista el fondo, y tus piernas no responden.

Aramis toma tu brazo, tan suavemente que apenas lo sientes, y con cuidado empuja tu cabeza hacia el frente.

—Mira al frente, linda, después podrás olvidarte del agua —susurra en tu oído, comenzando a caminar, en suaves pero largos pasos que atraviesan los tablones en un segundo. Al estar a bordo suavemente guía tu rostro sujetando tu barbilla, y ahora te hace mirar el suelo.

Sientes un leve movimiento, todo oscila lentamente… y ni siquiera sueltan amarras aún… estúpidos barcos.

—Cierra los ojos —te solicita suavemente el Mosquetero. No quieres obedecerlo, ¿qué tal si pretende alguna ridiculez como tratar de besarte? Te giras para lanzarle una mirada desafiante, pero lo que tus ojos enfocan es el mar al frente, una masa de agua que no parece tener fin, y te provoca una impresión tan fuerte que te tiemblan las rodillas.

—Esto es lo que quería evitarte, pero a veces eres tan terca —suspira él, rodeándote con sus brazos, y no tienes fuerzas (ni deseos) de zafarte— . ¿Me harás caso y cerrarás los ojos?

Obedeces, sujetándote fuertemente al estúpido abrigo.

Él suspira profundamente, antes de empezar a hablar suavemente en tu oído —El movimiento se volverá algo natural en un rato. Vas a bajar y quedarte abajo, piensa que estás en el cuartel y no puedes salir por órdenes del Capitán. Piensa eso todo el tiempo, y ese gran cerebro tuyo se olvidará del mar eventualmente. ¿Quieres que te acompañe abajo?

A veces es un caballero.

Pero te confunde horrores no saber distinguir qué gesto es caballeroso y cuál intenta seducirte.

—Está bien...-- suspiras, resignada. Ya te librarás de él si intenta algo indebido.

—Ven aquí —sueltas un gritito cuando te levanta en brazos con toda facilidad, cargándote sobre su hombro; y él, previsiblemente, suelta una de sus risitas— . ¡Relájate! Cierra los ojos, no te dejaré caer.

— Me siento como un costal de papas —gruñes— . Esperaba que cuando un hombre me cargara, lo hiciera como si yo fuera una princesa, ¿sabes?

Aramis se ríe de nuevo, comenzando a caminar sin cambiarte de posición —Ah, pero es un crimen usurpar títulos nobiliarios, ¿sabes? No hay cargada de princesa si no eres una princesa.

—¡¿Entonces soy un costal de papas?! —reclamas, retorciéndote un poquito, solo para mostrar descontento pero no lo suficiente para hacerlo perder el equilibrio.

—Lo que eres, es una doncella en apuros —aclara, con su voz burlona— . Baja la cabeza, las escaleras son estrechas.

Lo obedeces reclamando bajito, no quieres hacer un escándalo, pero no vas a dejarlo pensar que puede hacer lo que quiera contigo —¡No soy una doncella en apuros! ¡Solo odio este estúpido barco! ¡Pudiste tomar mi brazo y guiarme, pero me cargaste solo así!

—Shhhhhh, ¿pero dónde estaría la diversión —te cuestiona risueño— ? Y no llames estúpido al barco, en general no soy supersticioso, pero ante el océano es mejor mantener las costumbres de los marinos; y si dicen que no llames estúpido al barco porque podría enfadarse y darte un viaje difícil, mejor lo hacemos así, ¿no te parece?

Suspiras, resignada —Tienes razón. ¡PERDÓNAME, HERMOSO BARCO, LLÉVANOS A SALVO!

Aramis se ríe ante tu disculpa para la nave pero no para él, y sientes que se detiene y abre una puerta, antes de finalmente bajarte y sentarte… pero todo se mueve aún más, y abres un ojo.

Él está sonriendo frente a ti, sosteniendo tus brazos —Y ya está, no fue tan difícil.

Miras a tu alrededor y gruñes: estás en un cuarto tremendamente pequeño, y te das cuenta de que la ondulación proviene de estar sentada en una hamaca clavada a las burdas paredes de tablones. Seguramente nadie va a aceptarlo, pero tu “camarote privado” obviamente consiste en que dividieron una parte del barco como si hicieran una casita para un perro.

Pero bueno, peor es nada.

El mosquetero te ayuda a recostarte y cierra tus ojos con su mano en su movimiento tan suave que casi se te escapa un ruidito de satisfacción.

—Recuerda lo que te dije —susurra— . Si estás demasiado asustada, puedes quedarte aquí todo el viaje. Athos, Porthos y yo estamos a dos puertas, ¿entendido?

Asientes, agradeciendo en un susurro. Y le pides que te deje sola… es demasiado vergonzoso que precisamente él te observe en tu estado cobarde actual.

—Trata de dormir, trata de pensar en otras cosas. Piensa en tu hogar, en tu enorme granja con todos esos patos y pollos y gallinas y gansos, y en tu perro ladrándoles y persiguiéndolos, en el sonido de la lluvia y el calor del verano y la dulzura de una naranja refrescando tu garganta.

Suspiras… sabes que no es verdad. Que no había ninguna granja, ni aves de corral, ni perro, ni naranjos, pero él no puede saberlo. Nadie puede saberlo (¡cuánto deseas que lo supiera!).

—Tranquila, solo es un viaje en el mar. Cada persona en la tripulación ha hecho decenas de ellos — Aramis te susurra, con esa voz que tantas veces has pensado que es la más relajante del planeta, y entiendes que al ver cómo frunciste el ceño pensó que aún estabas estresada por el mar.

Pero no tiene idea de que ahora estás estresada por recordar una vez más tu engaño.

Al menos ahora tu cerebro tiene una ocupación para distraerse: creando montones de escenarios en que tus tres amigos se enteran de la verdad, y te odian.

— Por favor, vete —suplicas, cubriéndote el rostro para que no pueda ver que tus ojos empezaron a humedecerse (aunque quisieras que se quedara a secarlas).

Él simplemente te da unas palmaditas en el hombro antes de levantarse para salir —Dos puertas hacia el fondo, recuérdalo.

Asientes y la puertecita se cierra con un quejido… sin duda es una casa de perro hecha en hora y media… tal vez hasta media hora… estúpido barco, estúpido mar, estúpidas tablas, estúpida hamaca, estúpidas mentiras, estúpidos sentimientos encontrados por la estúpida sonrisa de Aramis que puede ser tan cruel como seductora o enternecedora.

Y de pronto el barco se apiada de ti. Parece que aceptó tu disculpa tras llamarlo estúpido, y el vaivén de la hamaca comienza a arrullarte, haciéndote olvidar todos tus reproches y fatídicos escenarios. Tus ojos ya no se esfuerzan en cerrarse, y tras un largo bostezo caes a los brazos de Morfeo.

Arrancada de pronto por un estruendo y una sacudida que casi te tira de la hamaca, tu cuerpo reacciona sujetándose con manos y piernas, y quedas colgando, sin entender lo que sucede.

La madera cruje, rechina, y recuerdas que estás dentro de un barco. ¿Si estás dentro del casco, cómo puedes escuchar la tormenta torrencial golpeando con toda su fuerza? Poseidón venció a Morfeo por ésta vez, sabes que será imposible volver a dormir.

Volteas hacia el suelo y te das cuenta de que está apenas a unos 15 centímetros de tu espalda, así que te dejas caer y el movimiento hace que te deslices un poco haciéndote sentir como una tortuga boca arriba a la que le dieron un empujoncito.

Cierras los ojos con toda la fuerza de tus párpados, tratando de ignorar el sonido, y la voz de Aramis llega a tu memoria: “Dos puertas hacia el fondo”.

Ni siquiera tratas de levantarte, abres la puerta y avanzas a gatas la distancia prometida. Quieres tocar tranquilamente, para no mostrar lo alarmada que estás, pero al acercar la mano una sacudida te hace abrirla de un solo empujón ya que no estaba asegurada, y terminas tirada de panza sobre el piso de madera, con la mano estirada, en una patética y silenciosa súplica por ayuda.

Y escuchas lo peor (y lo mejor) que podrías escuchar: la voz de Aramis, preguntando si te encuentras bien. Gruñes un poco, al no saber si está preocupado o burlándose.

Levantas la cabeza, esperando ver a tus tres amigos. Athos te diría que no hay nada que temer, Porthos te pediría que fueras a recostarte en su pecho, y podrías olvidarte de esta maldita tormenta.

Pero no, no podía ser tan fácil, en el camarote solo está Aramis sentado en el rincón, sujetando su pequeña Biblia, pero la cierra con un pequeño bufido ya que obviamente nadie puede leer con este movimiento.

—¿Te dió el mal del océano, lindura? —pregunta, al ver que no te levantas del suelo; y te sonríe, pero puedes ver que es justo el tipo de sonrisa que le requiere un esfuerzo cuando está nervioso.

Así que él también está intranquilo (¿eso es mejor o peor?).

Consigues sentarte y miras a tu compañero, dejándole claro que no se atreva a pedirte que te levantes (porque no piensas alejar tu trasero del suelo), antes de preguntarle dónde están los demás.

Él se encoge de hombros, explicando que se habían unido a la tripulación en una competencia para beber, y que los disculparas por no invitarte pero les había comentado que estabas indispuesta.

—Muy bien, pues estamos solos: la bella damisela y su increíblemente guapo Mosquetero, contra la terrible tormenta marina —te guiña un ojo, coqueto.

Le lanzas una mirada asesina, y él se ríe un poco. Pero tu mirada y su risa se interrumpen por una sacudida tan fuerte que te hace deslizarte hasta el rincón dónde está sentado. Escuchas un “ufff” al dejarlo apresado entre tu cuerpo y la pared, que vuelve urgente tu esfuerzo de incorporarte para no hacerle daño, aunque la urgencia no dura mucho porque un trueno particularmente poderoso retumba entre las paredes: tú te petrificas, y él te abraza, temblando por un segundo.

—Estúp…

--Ssssssh, no llames estúpido al barco —te recuerda Aramis, acomodándote entre sus brazos—. Es solo una tormenta, el mar está jugándote una broma, tratando de asustarte.

--Pues lo está logrando —te quejas, con voz temblorosa.

Él se ríe un poco, aumentando tu frustración, 

—Es solo un juego —susurra en tu oído— . Y siempre ganamos los juegos, ¿no es así? Tú y yo y Porthos… Athos no, él pierde bastante seguido, pero es un Conde, ¿a quién le importa cuánto pierde?

Nunca vas a admitirlo, pero siempre logra calmarte, así que solo es cuestión de tiempo que sus tonterías te hagan olvidar la tormenta, aunque por ahora no ha sucedido.

—Ah, pero dices que fueron a una competencia de beber, ¿cierto —tratas de acurrucarte un poco más en sus brazos, y él te sujeta con firmeza, como si soltarte fuera a empeorar la tormenta aún más— ? Es en lo único en que es imposible que Athos pierda.

—Sí, esos ingenuos marineros debieron pensar que podían ganarle, pero probablemente ya están en el suelo y los únicos que siguen bebiendo son Athos y Porthos. Sabes que Porthos insiste en que será el único que podrá ganarle.

Te ríes un poco —Y tal vez un día lo haga, pero no quedará ningún testigo porque todos se habrán dormido de embriaguez.

Aramis ríe, y tú tiemblas un poco, (tratando de convencerte de que tiemblas por un trueno) —Nuestro Athos es un hombre de honor. Aceptaría su derrota, pero nunca llegará.

Te ríes también, aunque no por mucho ya que el agua empieza a golpear con más fuerza las paredes del barco.

—No quiero que te pongas terca, ¿está bien —escuchas el suave susurro en tu oído— ? Vas a concentrarte en mi, en mis brazos sujetándote y mi pecho subiendo y bajando al respirar.

Gruñes un poco. Sabes que está aprovechando la situación, sabes que podría distraerte de otras maneras… pero estás empezando a sentirte segura en sus brazos, así que no te resistes.

—Siento que vamos a morir —te quejas— . ¿Cómo hay gente a quién le gusta esta vida?

Aramis se ríe un poco, acariciando tu cabello —No tengo idea. Pero te prometo que no vamos a morir.

—Por favor no me dejes —suplicas, sujeta tan firme como puedes.

—¿Cómo podría dejarte en medio de algo así —susurra en tu oído— ? Seré tu ancla en ésta horrible tormenta.

Hundes tu cabeza en su pecho —Pero quiero decir: que no me dejes nunca, nunca. No sólo en la tormenta.

Si no estuvieras escondiendo la cabeza en su pecho estarías observando sus mejillas coloreándose de carmín, mientras trata de conservar la calma ante lo que acabas de decirle —Creo que tendré que obedecerte. Especialmente ahora, ya que te ves tan adorable sostenida a mi, frágil y vulnerable. ¿Cómo podría negarme?

—¡Oye —reclamas— ! ¿Cómo que me veo adorable ahora? ¿No me veo adorable siempre?

Él sonríe —Siempre eres adorable. Pero ahora mismo, tu adorabilidad es única y entrañable.

Y reclamas aún más —Tengo que estar muriendo de miedo para ser única y entrañable. Trágico.


Aramis se ríe, encantado de que siempre tengas una respuesta ingeniosa, aún ahora que declaras estar muriendo de miedo —Sí, única y encantadora, pegada a mi como un gatito asustado. De pronto siento cierta urgencia de acariciar tus mejillas redondas.

—Tal vez sí soy un gato —le sigues el juego— . Tal vez de verdad soy un gato que se hace pasar por humano, y si acaricias mis mejillas sentirás mi pelaje y mis bigotes.

—¿Y si eres un gato, al acariciarte detrás de las orejas te haré ronronear? —cuestiona mientras retira tu cabello un poco para acariciar tu nuca debajo de tu oreja. Tan suave, que sientes que realmente podrías empezar a ronronear en ese mismo instante… pero eso sería dejarlo ganar.

—Tal vez soy un gato, y por eso una tormenta marina me hace sentir que voy a morir.

Aramis te rasca la barbilla, y sientes que te tiembla hasta la espina dorsal —Tranquila, no permitiré que mojen a este gatito. Está bajo mi protección.

Finalmente dejas de pensar en la tormenta cuando las manos de Aramis te rascan la barbilla con más insistencia, para luego volverlo una caricia que rodea tu quijada y baja a tu cuello.

No resististe más, las caricias de Aramis es en lo único que puedes pensar, aunque sabes que es una pericia aprendida Dios sabrá con cuántas personas, tu cuerpo está decidiendo por sí mismo. Te estiras un poco, para que tu nariz alcance su cuello, y se frote suavemente en él, como un gato de verdad.

—Parece que por fin he calmado a mi gatita —te sonríe, sujetando tu barbilla, sus labios se encuentran uno frente al otro y él inclina la cabeza con su sonrisa más coqueta, causando que tus labios reaccionen entreabriéndose suavemente, como una invitación que él no piensa rechazar.

Y de pronto ambos saltan ante un sonido mucho más cercano: la puerta del camarote abriéndose de golpe, y la voz de Porthos gritando “¡¿ESTÁN BIEN?!” en un tono mucho más agudo de lo usual.

Los tres se quedan congelados, mirándose.

Él entiende lo que estaban a punto de hacer.

Ustedes entienden que él tiene cara de susto y no es por haberlos descubierto.

Pero él finge una tos despreocupada y engrosa la voz —Sí, bueno… fui a revisar si nuestra amiga con miedo al mar estaba asustada por la tormenta pero no estaba en su camarote. Así que vine aquí pensando que tal vez había venido a refugiarse con nosotros. ¡Y aquí están! A salvo… juntos… entonces todo está bien, cierto?

Están a punto de contestar, pero hay un trueno de esos tan fuertes que retumban por varios segundos y el barco da un salto tan violento, que Porthos corre hacia ustedes, abrazándose también.

De pronto estás atrapada, con ese hombre que es como dos veces de tu talla apretándote contra el pecho de Aramis, tan fuerte que no puedes moverte —Porthos… si la tormenta no me mata me matarás tú… no puedo respiraaaar...

—Ah, sí, lo siento —sonríe nerviosamente mientras te suelta un poco, volteas a mirarlo con reproche, y Aramis simplemente se ríe de ambos.

— ¿No estarás asustado por la tormenta, o sí, Porthos?

Porthos suelta una risa fingida —Claro que no, yo no voy a tenerle miedo a un poco de lluvia. Estoy perfectamente tranqui-

Un nuevo trueno y otra sacudida causa que los tres estrechen el abrazo, formando una bolita contra la tormenta.

Porthos es el primero en atreverse a hablar —Si alguien pregunta, yo estaba aquí y ustedes vinieron corriendo a buscar mi protección.

Aramis se ríe ante la fanfarronería de su amigo —Sí, hombre, sí: tú siempre debes ser el héroe.

Tú también te ríes un poco, el calor de los tres está empezando a hacer efecto en tu ánimo, te sientes calientita y protegida, y aunque la tormenta sigue rugiendo, empieza a dejar de importarte.

Aramis tenía razón, el mar estaba jugando, y ustedes siempre ganaban, por lo visto solo necesitaban a alguien más jugando de tu lado.

Escuchas a Porthos empezando a inventar la historia que le contaría a todo el mundo: en que la tormenta amenazaba a todos y él los salvaba uno por uno, luchando contra el océano; en una tormenta tan aterradora que había asustado incluso a los marinos, que le dejaron la responsabilidad al Gran Porthos.

Mientras Aramis asiente y sonríe, incluso añadiendo algún detalle que aumenta el dramatismo de la anécdota.

La cháchara y el calor empiezan a arrullarte, estás tan cómoda que sientes como algo natural que Aramis recargue su rostro en tu cuello, y puedes sentir sus rizos en tu mejilla. Sabes lo que quieres, sabes lo que estuvieron a punto de hacer, así que decides arriesgarte a moverte un poco y besar su cabello (¿acaso lo sentiste temblar?).

El sueño te vence, por lo que no te enteras en qué termina la historia que Porthos sigue inventando, tendrás que escucharlo contándola después, como todo el mundo.

Tiempo después, te despierta la voz de Athos, respondida por gruñidos de los otros dos con quienes aún formas una unidad en el rincón.

El barco se mueve suavemente, así que lo único que sientes es alivio de haber sobrevivido a la tormenta en la que casi creíste morir.

Ninguno de los tres parece querer soltarse, aunque el abrazo apenas y tiene fuerza para sostenerse, aún es confortable.

—Athos, ¿Ganaste la competencia de beber? —preguntas, ya que la urgencia de sobrevivir ha pasado.

—Fue particularmente difícil con la maldita tormenta, pero se logró —los cuatro ríen, pero Athos sigue riendo al final— . Ustedes se la pasaron aquí, amontonados como ratones asustados, ¿cierto?

—¡Claro que no —reclama Porthos —! Ellos vinieron a buscarme para protegerlos, yo me mantuve firme y fuerte.

—Por supuesto —se burla Athos— . Pero eso no importa, solo estoy aquí porque no han bajado a desayunar.

Te ríes un poco cuando Aramis suelta una expresión de asco.

—No voy a moverme de aquí por la horrible comida de marineros —declara, abrazándome más a su cuerpo.

—¡Comida! —exclama Porthos soltándose del abrazo y poniéndose de pie como si nada, haciendo que Aramis y tú gruñan de frustración.

—No olvidaré esta traición —declara Aramis fríamente, y tú asientes, sin siquiera voltear a mirar al traidor.

Porthos se da cuenta de lo que acaba de hacer, y se pone a gatas para tratar de unirse al abrazo de nuevo —Saben que es broma, ¿Verdad? Saben que son mucho más importante que cualquier comida.

—¡Mieeeeenteeeeesss! —le reclamas empujándolo con el pie para que no pueda acercarse, mientras Aramis te sujeta más posesivamente que nunca, mirando a Porthos con reproche.

En el fondo Athos se ríe, alentando a Porthos para que deje de rogar —No será tan fácil, elegiste comida de barco en lugar de este par de orgullosos.

—Sí, Porthos —reclama Aramis— . Ya tomaste tu decisión. Nosotros nos quedamos aquí abrazados, tú vete por una sopa fea o lo que sea que vayan a poner en la mesa.

Porthos hace un puchero con los labios pero no les importa. Aramis estrecha tu cintura y tú te pegas más a él, mientras ambos lo miran profundamente ofendidos.

Así que al fin se rinde y los dejan solos de nuevo, tras un segundo después de que cierra el camarote con un portazo indignado, empiezan a reírse.

—Al final —susurra Aramis a tu oído, entrecortadamente por los restos de la risa— sí estás entre mis brazos, en medio del océano.

Dejas de reír de golpe y gruñes. Es cierto. Y estás tan cómoda… que simplemente te acomodas un poco más entre sus brazos —Cállate.

Aramis suspira y hunde la nariz entre tu cabello, y no puedes reclamar. Se queda quieto, sabiendo que así no podrás protestar, y tus ojos empiezan a cerrarse por el cansancio de haber pasado una mala noche.

Vuelven a quedarse dormidos, en una tregua silenciosa que les da el mar, que no vuelve a agitarse por el resto del viaje. Y tu corazón tampoco.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Holis.
Tardé semanas en ésto, entre bloqueo y que Aramis es diferente a los personajes con los que usualmente shippeo y ocupaciones y estrés por cosas feas, avanzaba lentísimo y luego lo dejaba por muchos días. Al final me gusta el resultado, lo tuve que subir justo en el límite de una cadena de lectura.
Tendrá dos partes (al menos) y supongo que usaré el mismo libro, por eso la portada no tiene ningún título porque estoy buscando uno y dejarle a éste capítulo "Estúpido barco".
Aramis siempre me ha gustado. Desde que yo era pequeña y veía Dartacán y Los Tres Mosqueperros. El único que no me gusta es el de la BBC, pero esa serie en general se me hace aburrida. Y en la nueva versión de las películas francesas me volvió a cautivar de inmediato aunque es mucho más cínico.

Muchas veces en mis fics dejo easter eggs de otras cosas que hacen los actores de un personaje, y aquí hay uno de Esperando a Mr. Bojangles (peliculaza y librazo). No sé si lo encuentren ajajaja.
Weno, espero que la segunda parte no me cause tanto problema. Hasta la otra.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top