33. Amanecer sombrío (I)

Por Shad-cco


«Invento horrores para ayudarnos a enfrentar los reales».

—Stephen King.

Ciudad de México, 2017.

Para todos aquellos ilustrados en el terreno de lo maligno, no existía lugar más peligroso en todo México que la colonia Estigia, oculta como un tumor cancerígeno en el corazón de la capital, transformado en una pesadilla vergonzosa para los vecinos: asaltos a plena luz del día, asesinatos, comercio de mercancías nefastas y constantes tiroteos; hacían que incluso los más temerarios sintieran un terror congelante ante la idea de aventurarse en sus negras y semidespobladas arterias.

Tales temores no eran el caso de Katrina E. Soto, ni de su buen amigo, Antonio Prospero. Ambos habían vivido sus felices 15 años en la «Corona de la muerte», ocioso sobrenombre otorgado a Estigia, gracias a su curiosa forma y latente peligro.

Luego de un largo día de escuela, los chicos discutían y reían, ajenos a las malignas calles.

—Entonces, ¿escuchas voces? —inquirió Antonio, estrechando los ojos—. Siempre supe que estabas loca, pero no creí que tanto. Una camisa de fuerza no te quedaría mal —bromeó tocando la frente de su compañera con el dedo índice.

Ella se encogió de hombros.

—Es una voz... —le aclaró—. Y no estoy demente, solo... padezco de "un alto grado de independencia intelectual".

El rostro de Antonio se torció en una mueca.

—¿Y eso significa...?

—Que me falta un tornillo.

Ambos rieron.

—Bueno, no es una gran revelación, todos ya lo sabíamos. ¿Qué es lo que te dice la voz? —Antonio abrazó el cuello de su amiga a manera de juego.

«Acaba de una vez con este pedante imbécil, nadie notará sus restos mutilados en los ríos de sangre». El tono de los susurros era profundamente irónico, dejaba la impresión de un mal egoísta, sarcástico y depravado.

Katrina agitó la cabeza, como tratando de ahuyentar la fatal sugerencia.

—No quieres saberlo...

Salió del agarre con un leve codazo al estómago de su amigo, quien retrocedió riendo como un niño.

—A veces tengo pesadillas y terrores nocturnos; me gusta pensar que es por las películas de horror, ¿monstruos protagonistas?, tomen mi dinero.

La joven hizo un extraño ademán colocando ambas manos debajo del mentón a modo de almohada.

—Me ayudan a silenciar la voz homicida.

El rostro del observador era un poema.

—Malinterpretas esas películas. Los monstruos no son protagonistas, los héroes que los enfrentan sí, y deberías evitar ver tanta basura, te está volviendo más rara, algo que no creía posible...

Su compañera refunfuñó.

—No digas eso, no son basura... no todas. Chuky, Tall Man, Pumpkinhead, La Cosa, Belial... ellos aparecen en todas sus películas; los "tipos buenos o héroes" —dijo de mala gana—, mueren al final, o en la siguiente entrega. Los monstruos son el centro de todo, sin ellos no habría película.

—Son malvados —contraatacó él.

—Sus motivaciones son aceptables. No es que los justifique, pero los entiendo. Tomemos de ejemplo a Jason; el bullying lo convirtió en un vengativo e invencible muerto viviente. Es una víctima, un personaje trágico, la ira que siente es tan poderosa que ni la muerte puede detenerlo; es muy triste.

—Te aseguro que todos los adolescentes que ha despedazado no opinan lo mismo —el muchacho miró de soslayo la sonriente expresión de su amiga—. Como sea, su última película fue una total porquería —añadió, tratando de mostrarse ingenioso.

Katrina se volteó de golpe, enfrentando al vociferante subnormal.

—Eres un ignorante, la doce ha sido por mucho la mejor de los últimos años.

—Así que, son doce...

—Las he visto todas —le aseguró, mostrándose orgullosa de ello—. La gran mayoría son lamentables, pero en la última aparece Sam Winchester. —La joven mencionó ese nombre en un suspiro—. Recé durante toda la película por su seguridad.

Antonio meneó la cabeza.

—Estás profundamente trastornada...

Ella sonrió.

—Gracias, es lo más lindo que me han dicho esta semana, y mi tía me dijo que era una hereje, y que estaba condenando mi alma al infierno.

Su cansado amigo puso los ojos en blanco.

—Vas a volver loca a esa mujer.

Katrina rio con algo de histeria.

—Es una fanática, me descubrió mirando horror italiano, ¿y sabes qué hizo? Llamó al padre José para realizarme un exorcismo, es la tercera vez este mes...

El susurro de la insidiosa demencia la interrumpió.

«La muerte está montando en la ciudad con armadura. ¿Puedes escuchar su corcel de hierro?»

La sonrisa de Katrina se esfumó y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Sentía que algo horrible estaba por suceder.

—¿Estás bien? —preguntó Antonio, notando el repentino cambio.

—Debemos darnos prisa...

Cuando daban vuelta a la derecha en la calle Perséfone para llegar a un puente elevado, Katrina escuchó un golpe metálico seguido de un violento derrape de neumáticos, a la vez, un líquido rojo le salpicó el rostro.

Cerró los ojos, aturdida, lo que vio al abrirlos la dejó paralizada y la hizo gritar. Jamás podría desterrar de su memoria aquella imagen nacida de la más cruel e incomprensible pesadilla.

Algo imparable y feroz había golpeado a Antonio con una fuerza equiparable a la de mil rinocerontes furiosos y dispersó su cuerpo a lo largo de la calle.

Los gritos de la aterrada estudiante no habrían durado más que un instante, cuando tres pares de impredecibles extremidades la tomaron por los hombros y cabello, apoderándose de ella. A su lado, como una especie de colosal Cerbero surgido del Inframundo, esperaba la oscura furgoneta; el frente estaba dañado, cubierto con una gran mancha roja, pareciera que unos gigantescos labios sangrantes hubieran besado el frío y abollado metal.

Con multitud de golpes y amenazas enervantes, los secuestradores le advirtieron que si gritaba o seguía luchando se verían obligados a degollarla y arrojar su cuerpo al canal de aguas negras. La declaración terminó por destruir los nervios de la prisionera.

Habían arrollado a su amigo solo por la emoción de hacer el mal. Podía escucharlos, se burlaban de ello como si fuera un chiste. Esos seres inhumanos reían, igual que los demonios se reían de los condenados.

Katrina intentó no pensar en la atrocidad; devastada, se acurrucó en su posición a la espera de lo peor.

«Los idiotas se divierten. Esta noche, morirán riéndose...», musitó esa demoníaca voz, en lo más profundo de su mente.

Gritando como quien escapa del infierno atravesó la destrozada cortina metálica, los jirones de aluminio marcaron profundos cortes en su espalda, pero la sangre y el punzante dolor no eran nada a comparación del terror.

Ellos le pisaban los talones, deslizándose como manchas gigantes de corrupción; resultaba imposible pensar en algo que se les pareciera, era una multitud de sombras vivientes, de monstruos horripilantes e insanos, que ninguna película o arte de lo macabro podría siquiera soñar con imitar.

Fauces descarnadas e insaciables como las llamas del infierno anhelaban sangre, cuerpos decrépitos, fantasmagorías de podredumbre y desolación se acercaban más, y más...

No gruñían o maldecían como los horrores que habitaban las enloquecedoras pesadillas, solo avanzaban extendiendo garras goteantes, arañando el aire a centímetros de su presa, buscando despedazar a la última sobreviviente; esa sobreviviente era Katrina E. Soto.

Si Dios fuese piadoso borraría de su memoria la masacre que había presenciado. No era un sueño, o locura derivada de la mente torturada hasta el límite; ninguna locura podría acercarse a explicar todo lo que había visto y oído.

La luna sobresalía entre las estrellas como un cráneo burlón y gigantesco que iluminaba con su resplandor la calle, fea, torcida y repleta de basura.

Los gritos de la estudiante se disolvieron en estallidos de risa histérica, como el repique de campanas rotas, había cedido ante la locura.

De igual manera, la voz en su cabeza reía a carcajadas, velada por un frenesí demente que habría estremecido a Satanás en persona.

A pesar de que la noche era negra como boca de lobo, Katrina podía ver cada detalle del sucio entorno como si fuera mediodía, e incluso mejor. La realidad se distorsionaba en un caleidoscopio de sombras que eran luz, y luz que era oscuridad.

Completamente enferma de horror se adentró en un callejón que, para su mala suerte, no tenía salida. Tal era su desesperación que corrió hasta golpearse con la pared, la fuerza del impacto la arrojó al piso e hizo sangrar su nariz.

Al levantar la cabeza, lo vio. El arte más perfecto. Un faro para los espíritus que vagabundeaban en el vacío, la cura para todas las formas de locura, un milagro en el laberinto de sombras.

Plasmada sobre el muro, rodeada de pintorescas flores, una hermosa catrina miraba a su paranoica visitante; sus ojos eran sombríos, compasivos y amorosos, como una enigmática Monna Lisa.

La voz de la esquizofrenia se escuchó, por primera vez, sensata y decorosa.

«Con un espejo de cristal puedes ver tu rostro, con una obra de arte... puedes ver tu alma».

En ese momento, y como por obra de un sortilegio milagroso, el temor se desvaneció.

Katrina tomó aire, y sin miedo ni furia se levantó para enfrentar a los perseguidores. No huiría más. Si era preciso dejar su cadáver en ese sitio estaba dispuesta a aceptarlo, pero no sería cazada como los otros, ni moriría suplicando piedad o llorando de forma inútil.

Paralizados como sirvientes ante su despiadado amo, la procesión de aberraciones maquiavélicas se arrodilló entre extraños alaridos temerosos.

—VOLUNTAD... —Farfullaron en un crescendo de melodías malditas, tras esto se desvanecieron en el viento oscuro. Eran pesadillas regresando al vacío detrás de la vida y la muerte.

Consternada hasta el extremo de perder la respiración, Katrina cayó de rodillas como si algo le hubiera arrancado el alma. La acumulación de horror sobre horror había trascendido lo intolerable.

El momento de lúgubre estupor fue interrumpido por la martilleante voz en su cabeza.

«Yo puedo ayudarte con las cosas que no pueden ser justificadas, deja que mi verdad entre a ti, niña».

La estudiante miró el mural de Día de Muertos, y se resignó a lo que fuese la voz.

—Por favor... ayúdame.

General Nezarim, o mejor conocido como «El Erradicador», era el ser más despreciable de un mundo despreciable.

Robusto y temerario, hablaba poco; cuando lo hacía sermoneaba a sus soldados con su ciego fanatismo al Imperio; creía de manera estúpida y arbitraria en la superioridad corvyniana sobre toda civilización existente. Cualquier excepción debía ser neutralizada y purgada de la historia por el bien de su grandiosa raza.

Fue maligno desde el principio. En su niñez acusó a sus padres de conspiración, y no derramó una sola lágrima cuando fueron ejecutados. Los odiaba, odiaba sus maltratos, las protestas y la vida que lo obligaban a llevar. Cuando tuvo oportunidad no dudó en delatarlos, luego se enlistó en la poderosa milicia corvyniana, donde comenzó una cosecha de atrocidades y ganó su título a base de masacre y destrucción.

Con la más negligente indiferencia y un desalmado regimiento de élite a su cargo, exterminó tribus, pueblos y grupos rebeldes que el Imperio consideraba indignos o un estorbo a la grandeza de Corvyn.

Nezarim disfrutaba con la consecución de cada exterminio, se había convertido en su máximo pináculo del deleite, llegando a desarrollar una obsesión enfermiza por el asesinato en masa. Por desgracia para sus condenables inclinaciones, al iniciar la invasión a la Tierra lo relegaron a una suspensión por cuestionar a la emperatriz.

El osado y terco individuo se había aferrado a la idea de bombardear la Tierra para evitarse complicaciones con la especie nativa, sugerencia que fue rechazada de inmediato. Ante Kissandra, era un insensato acto que dañaría gravemente la geología del planeta y haría imposible el proceso de extracción de novena energía.

Pero el general era soberbio, de temperamento vengativo ante la más mínima molestia u ofensa, un necio en cuya mente solo podían ser concebidas ideas erradas de triunfo y satisfaccion; de manera que, sin mayores preliminares, puso en marcha una espantosa calamidad a espaldas de su emperatriz.

Luego de reunir una tropa de sus más confiables camaradas, tan sanguinarios y fanáticos como él mismo, robó el arma más atroz jamás inventada por mentes corvynianas y trazó el rumbo hacia la Tierra.

Ciudad de México fue su destino. El arma-nave Gestalt Arx aterrizó sobre un monumento en forma de ángel, los propulsores de la nave intrusa aplastaron y calcinaron el venerable símbolo. Nezarim descendió de la nave escolta, su imponente capa y armadura blanquecina llamó la atención de los absortos terráqueos, todos paralizados ante la visión de algo que no debería existir fuera de la ficción.

Por orden directa de El Erradicador, los espectadores fueron acribillados. Las armas sonaron como una catarata de truenos provenientes del infierno; los humanos intentaron correr, pero el fuego de artillería estaba preparado específicamente para matar la mayor cantidad posible de civiles, una táctica terrible, e ideada con el fin de provocar pánico y desmoralizar a los terrestres. Cuán poco conocían la voluntad inquebrantable y vindicativa de sus enemigos.

Luego de la carnicería que hizo del atardecer un baño de sangre, el perímetro fue asegurado con torretas antiaéreas y tanques de guerra cuya forma resultaba apenas descriptible para los hombres más imaginativos.

Aún insatisfecho luego de la masacre, el general desenvainó su brillante espada vinotinto para eliminar a los pocos sobrevivientes capturados, mujeres y niños. Ni la misericordia ni la empatía existían para El Erradicador, el placer que le producía hacer el mal era estremecedor.

—Criaturas tan repugnantes no merecen tener descendencia —dijo frente a sus feroces soldados, ocho docenas de guerreros formidables, perfectamente entrenados para matar y morir en el nombre de su nación—. Kissandra me llamó demente narcisista, loco genocida... —gruñó mientras examinaba los cuerpos de sus víctimas. —Dijo que necesitaba un descanso de las repelentes tareas que mi cargo demanda, que estaba demasiado afectado para esta misión... para salvar nuestro hogar.

El alienígena estalló en gritos de furia contrariada.

—¡Idioteces! ¡Dejaré de servir cuando esté muerto! ¡Cuando los astros se diluyan en el espacio eterno! ¡Gracias a mí y a mis valientes guerreros, Corvyn es el imperio más poderoso del universo!

Bramó antes de ejecutar a los últimos sobrevivientes, una madre y sus dos niñas; en una escena tan espantosa que los endurecidos soldados tuvieron que desviar la mirada.

En cambio, Nezarim, con el corazón tan duro y negro como el granito, siguió con su perorata.

—¡Soy el único dispuesto a hacer lo necesario para asegurar nuestra supervivencia y la de nuestros hijos!

Su tropa permaneció firme e inexpresiva, pero orgullosa de tener al más grande y despiadado general corvyniano como su líder.

—Nuestra misión... —siguió con aire solemne y sentencioso—, es proteger el Gestalt de posibles asaltos terrícolas. Estos primates no tardarán en entregarse a los impulsos de la desesperación. Como ya saben, Gestalt Arx es inestable en sumo grado. —Caminando alrededor de sus tropas, les recordó la razón de su visita a ese execrable planeta—. Nuestro noble emperador Castel prohibió su uso y ordenó la destrucción del artefacto luego del evento que cobró la vida de incontables camaradas, por suerte, logramos recuperarlo antes de que esto pudiera llevarse a cabo.

»La situación actual nos obliga a tomar medidas drásticas, esos héroes están empecinados en frustrar los planes de Kissandra, por ello deben ser erradicados. El Gestalt es un arma capaz de exterminar especies enteras generando singularidades en distintas partes de un planeta. En términos simples, crea diminutos agujeros negros de manera simultánea programados para borrar ciudades enteras.

En este punto, su poderoso tono se hizo más penetrante e inquisitivo.

—Pronto toda capital terrícola dejará de existir, y cuando este Escuadrón de Héroes aparezca, y por supuesto que lo hará, yo mismo haré lo que Kissandra no pudo, cortar sus cabezas.

Un temerario soldado interrumpió a su general.

—No tengo problemas en entregar mi vida por la supervivencia de nuestro planeta, ya que todo lo que se hace en el nombre de Corvyn es una acción noble, pero esta arma podría afectar los planes de nuestra emperatriz, interrumpir el proceso de extracción de novena energía.

Nezarim se acercó al guerrero hasta que la distancia entre ellos se tornó incómoda, el rostro de El Erradicador estaba rígido como la muerte.

—He hecho los cálculos, además de una simulación que considera los peores resultados, y puedo asegurar con todo mi orgullo corvyniano que ni nuestra emperatriz ni el proceso de extracción se verán afectados.

—Lo entendemos —intervino otro soldado, quitándose el casco—. Confiamos en usted, señor, sabemos que Corvyn honrará nuestra memoria y que nuestros hijos serán educados para ser igual que nosotros, héroes.

Se hizo un silencio sepulcral. El Erradicador había reunido a los más devotos y acérrimos, tan fanáticos que consideraban a otras tropas como indignas de servir a la patria. Harían lo necesario para asegurar la victoria; exterminar a la humanidad, destruir la tierra o morir no importaba en absoluto.

Un sonido ensordecedor, seguido de numerosos pulsos de energía rompieron el silencio. Gestalt estaba en posición. El arma-nave era impresionante, más alta que el monumento destruido, impoluta, redonda y de color rojo, con filamentos parecidos a tentáculos de hierro extendidos hacia los lados. Parecía una garrapata gorda, monstruosa y metálica, miles de artefactos similares a antenas de cristal sobresalían de la tosca coraza.

—Vigilen el perímetro, maten a los humanos. Gestalt estará a plena potencia antes del amanecer.

—Mi...ércoles —profirió Katrina, anonadada, con los ojos fijos en la televisión.

Las noticias eran demenciales, hablaban de alienígenas, una invasión a nivel global.

—¡Una nave acaba de aterrizar sobre el Ángel de la Independencia! —El conductor del noticiero se paralizó, como si lo hubieran apuñalado con una daga de hielo en la espina dorsal—. Dios nos ayude... —murmuró—. ¡Los alienígenas disparan contra los civiles! Se confirman docenas de bajas. Nos acaba de llegar un video inédito; por favor, retire a los niños del televisor, las siguientes imágenes son en extremo perturbadoras.

Lo siguiente que apareció en pantalla fue un metraje digno de alguna película de horror: hombres, mujeres y niños corrían y gritaban mientras eran asesinados por armas de energía particularmente sádicas.

En esa hecatombe de indescriptible crueldad, Katrina vio a varias personas ser reducidas a cenizas, víctimas de un enemigo despiadado e implacable. El video terminó de manera abrupta, entre alaridos de dolor y miedo.

El conductor quedó pasmado, miraba a la cámara como tonto, y tras casi cinco minutos de horrible silencio, habló con voz quebrada.

—El gobierno ha impuesto un toque de queda, los invasores atacan a las personas que se acercan a una distan... —La electricidad fue cortada.

Katrina notó que incluso su teléfono celular había muerto, como si se hubiera detonado algún tipo de pulso electromagnético.

El murmullo de su ya familiar locura opacó los pensamientos.

«Tal exhibición de atrocidades no puede quedar sin consecuencias».

—Es dulce oír tu voz de demonio, madre —dijo incómodamente sentada, y pudo escuchar como una carcajada le respondía desde algún lugar no determinado dentro de su propia cabeza.


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