#07: Comité de bienvenida
No podía ver más allá de su mano, pero no necesitaba hacerlo. Escuchar la voz de uno de sus amigos así de rota, así de temerosa fue lo que bastó para hacerlo olvidar sus miedos. Como si poseyera la habilidad de Capricornio, se lanzó hacia donde provenía aquella voz, no sorprendiéndose, pero sí sintiendo que su corazón se partía al sentir el frío metal de la jaula donde su amigo estaba encerrado. Sintió, también, los temblorosos y helados dedos del signo de aire aferrarse a su mano y no se le pudo ocurrir otra cosa más que poner su otra mano sobre la contraria, intentando reconfortar de esa manera al asustado signo de la balanza.
— Tenemos que sacarlo de ahí— Pidió, dejando que toda la angustia que sentía se proyectara en su voz. Escorpio, que hasta el momento se había mantenido casi colgando del brazo del signo de la cabra, caminó el par de pasos que lo separaba de la jaula, poniéndose también en cuclillas y tanteando a ciegas la situación.
Entonces lo sintió: Fue como una descarga eléctrica que lo recorrió de arriba abajo, como si algún dios enojado le hubiera lanzado un rayo directo a la cabeza, dejándolo en blanco, casi inconsciente y con los oídos zumbando. Ni siquiera sabía dónde estaba.
Las imágenes fueron lo siguiente. Flashazos, tan fugaces como cegadores, inundaban su mente en forma de recuerdos. Vio en primera persona cómo lo arrastraban a la fuerza hasta meterlo en una jaula donde sólo podía estar de cuclillas; cómo estaba rodeado de la más profunda oscuridad y abrían una pequeña ranura en el piso que dejaba entrar la luz, cegándolo, para dejar una bandeja con poquísima comida que ni siquiera podía engullir; cómo una voz femenina por demás familiar le decía que le podía agradecer a sus amigos por otro mes encerrado ahí. Sintió todo el miedo y la desesperación que esos recuerdos le causaban. Las alarmas que sonaban cada cierto tiempo durante toda la noche para no dejarlo dormir, el frío de la habitación, la soledad... Todo volvía a su mente, tan vívido que lo hizo palidecer.
— Cáncer— La voz de Escorpio lo trajo de regreso a la realidad.
Estaba cubierto en sudor frío, temblando por alguna razón y con el corazón tan acelerado que amenazaba con salir de su pecho. Miró a su alrededor sin poder observar nada más que oscuridad, lo que hizo que los recuerdos anteriores volvieran, afectándolo más de lo que creyó posible. Se dio cuenta de que le costaba respirar. Respirar era imposible. ¿Era él o las paredes se estaban cerrando sobre ellos? Quería correr, quería gritar. ¿Estaba atrapado? No podía respirar con normalidad, no podía hacer otra cosa que buscar una salida en medio de toda esta oscuridad.
— Tienes que calmarte, Akshay— Le pidió la voz de Escorpio mientras el signo del escorpión lo tomaba por el rosto, haciendo que lo mirara sólo a él, que se enfocara sólo en él. De alguna manera, ayudó a que el signo del cangrejo dejará de hiperventilar— Recuerda que están grabando.
Lo recordó: Estaba en la prueba.
— Si quieren a su amigo, deben encontrar la llave para salir de aquí— Repitió la voz. No fue eso lo que los alertó, sino el ruido tan característico de una puerta abriéndose. Hizo eco por un par de segundos que se sintieron eternos antes de que el signo de la doncella halara de aquellos que estuvieron a su alcance, llevándolos detrás de su cuerpo, al escuchar los burdos pasos y el repiqueteo de las garras contra el piso— Usen sus habilidades para apoyarse. Empieza la prueba #01.1.A, buena suerte.
Capricornio lo podía ver, pero era el único. Y, para aquellos que no contaban con su habilidad, la tortura provenía de los sonidos. Cuando nos privan de un sentido, los demás parecen agudizarse. Y, sin poder tener un contacto visual con la bestia que acababa de irrumpir en la habitación, el resto de los signos se sentían impotentes.
— ¿Puedes hablar con él?— Preguntó Capricornio con la voz temblando del miedo. Vio a Virgo paralizado a su costado y decidió darle un golpe para regresarlo a la realidad donde estaban a nada de ser acorralados por un oso.
— Puedo intentarlo— Logró balbucear. Su cerebro parecía haberse ido de vacaciones; sólo esperaba que su habilidad no lo hubiese abandonado también, porque entonces estarían perdidos.
Escuchar los gruñidos de un oso siempre era aterrador, es como una regla universalmente aceptada que nadie había tenido que escribir porque el sentido común se encargaba de gritártelo a la cara. Pero una cosa es escuchar los gruñidos de un oso y otra la mar de diferente es tener los gruñidos del oso dentro de tu mente. Virgo no sólo sentía el peor dolor de cabeza en su vida, sino que también era consciente de cómo su cordura se apagaba.
El oso soltaba resoplidos de vez en cuando, mientras caminaba por el oscuro cuarto y olisqueaba aquí y allá. Los chicos coincidieron sin decir una sola palabra que no debían moverse de su lugar, intentar no llamar su atención en la medida de lo posible. Pero lo inevitable pasó; el oso deparó en ellos y los gruñidos en su mente no hicieron más que intensificarse. Podían escucharlo, más no verlo. Así que, cuando el repiqueteo de las garras contra el piso aumentó de velocidad a medida que el animal comenzaba a correr hacia ellos, la imaginación hizo lo suyo, alterándolos.
— Si vas a intentar algo que sea ahora— Gritó Escorpio.
— ¡Lo estoy haciendo!— Reprochó con toda la frustración que sentía el signo de la doncella. En su mente, sólo le imploraba al oso que se fuera, que los dejara en paz, que no lo hiciera; pero el animal no parecía querer escucharlo. No podía hacer nada y jamás se sintió más miserable. Con los ojos llenos de lágrimas de frustración y las piernas temblando de miedo, dio un paso lejos de donde los demás se agrupaban. No tenía ni idea de qué iba a hacer a continuación o si saliese vivo de esto, pero era su única alternativa— ¡Oye bola de grasa!— Gritó con todas sus fuerzas mientras echaba a correr hacia la oscuridad, con sólo una cosa en mente: Alejarlo del resto.
Cáncer soltó un chillido que fue silenciado al instante por la mano de Escorpio, que cubrió su boca con tanta violencia que hizo que su labio golpeara con su diente, el gusto a sangre no se hizo esperar. Sentía las lágrimas salir de sus ojos sin poder controlarlas.
— Virgo— Murmuró sólo para sí mismo.
— ¿Lo puedes ver, Capri?— Interrogó el pelinegro, aun cubriendo la boca ajena.
— Sí— La respuesta fue corta, precisa, con la información que necesitaba saber y no más.
— Te toca guiarlo para que no se rompa el cuello antes de que lo despedace el oso— Demandó sin siquiera importarle la opinión del más alto— Cáncer y yo debemos encontrar la manera de sacar a Libra de esa jaula y largarnos de aquí cuanto antes.
— Entendido.
— Y tú— Le habló ahora al moreno, susurrando tan cerca de él que sentía el cálido aliento del menor impactar contra su piel— Debes controlarte ahora— Lo soltó, esperando que el cangrejo tuviera el mínimo sentido común y no volviera a gritar— Libra, vamos a sacarte de ahí. ¿Sí? Ya todo está bien, ya estamos aquí— Pero antes de que el cangrejo pudiera alejarse, el escorpión lo volvió a tomar del brazo, halando de él y susurrando en su oído— Cuando salgamos de aquí, búscame.
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Las luces lo encandilaron, no había otra forma de decirlo. Se sentía tan débil que el chico de cabellos blancos lo tuvo que llevar cargando de vuelta a la habitación que compartían. Su antigua alcoba. Al llegar tuvo que reprimir un sollozo, aferrándose más de ser posible a la camisa del signo de tierra que, a pesar de ser más bajo que él, lo pudo levantar entre sus brazos sin ningún problema. Era como cargar el aire. Quizá por su habilidad. Quizá porque en ese tiempo de encierro adelgazó tanto que ahora se le podían sentir las costillas sin poner esfuerzo. Inclusive sus delgados brazos, que rodeaban al albino por el cuello para mantener la estabilidad, parecían dos ramas.
No hizo falta que alguien llamara al pelinegro que ya lo esperaba en la habitación no.2 que, con dos literas y cinco personas, parecía estar a nada de explotar. El chico de pecas prácticamente le arrebató al albino a su mejor amigo, tomándolo entre sus brazos para darle el más apretado abrazo en la historia. Ambos lloraban, uno con sollozos, el otro sólo dejando salir lágrimas, demasiado cansado para emitir algún sonido. El pelinegro sentía la tristeza y el pesar de su amigo en su mente y, en el centro de su propio pecho, su corazón se rompía al ver a la balanza de esa manera. Se sentía profundamente culpable y, al mismo tiempo, odiaba a los responsables de esto.
Se separaron después de lo que parecieron horas y Géminis fue a saludar a su novio, quien lo esperaba paciente recargado en el marco de la puerta. Entre su preocupación por la prueba a la que someterían a todos los A, no se había permitido pensar en su mejor amigo, encerrado en el Agujero Negro. Y ahora lo tenía ahí, de vuelta, roto, sí, pero vivo.
Escorpio permitió que el recién llegado se sentara en su cama, la parte inferior de la litera que ambos compartían. El colchón no se hundió cuando la balanza se sentó en este, no por su bajo peso, sino por su habilidad. Todos se quedaron callados, expectantes, con las miradas clavadas en el chico de ojos rasgados que desde que salió del cuarto oscuro no había emitido ni una sola palabra. Todos demasiado preocupados para dar el primer paso. ¿Y si era mucho por un día? ¿Y si debían dejarlo descansar? ¿Estaría bien dejarlo solo? ¿O lo que quería era compañía?
— La cena ya está lis...— La animada voz de Leo se fue extinguiendo cuando vio el motivo de la junta clandestina en su alcoba. No supo que decir, así que no dijo nada más. Virgo, que lo conocía como la palma de su mano, se volteó para mirarlo y le sonrió al tiempo que se alejaba del comité de bienvenida más incómodo en la historia.
— Si me disculpan...— Se excusó, bastante nervioso. ¿Tenían permiso de retirarse o eso lo haría alguien que no es una buena persona? Nunca había sido el gran amigo del chico en cuestión como para permanecer ahí, pero sentía que irse estaba fuera de lugar.
El demacrado Libra alzó la mirada por primera vez en el día, clavando sus rasgados ojos en los rojos ajenos y, con la sonrisa más muerta y forzada que alguien haya visto alguna vez, dijo:
— No tienen que quedarse por mí, vayan a comer.
Géminis tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para no romper en llanto ahí mismo. La persona sentada en el colchón no era ni el fantasma de lo que alguna vez fue su mejor amigo. No sólo se veía más delgado, sino que también estaba roto, como si hubiera perdido una pieza de sí mismo, algo tan indispensable que ninguno de ellos sabían que tenían hasta que era demasiado tarde. También contuvo su impulso de saltar a abrazarlo, como si sus brazos pudieran protegerlo de un mundo que ya lo había logrado lastimar. Capricornio lo conocía tan bien que no hacía falta que pudiera verlo, a ciegas buscó la mano del menor y, cuando la encontró, la apretó con fuerzas, en un intento de decirle que estaba ahí para él, que las cosas no estaban tan mal como parecían.
— Tú también deberías ir, amor— Murmuró en un hilo de voz. Hasta ese momento, Géminis nunca había tenido que usar sus fuerzas para evitar que su voz se rompiera al hablar; hasta ese preciso instante, Géminis nunca se había sentido tan cansado después de decir una frase. Sintió la fría mano de su pareja acunar su rostro y se permitió recargarse un poco sobre esta, para obtener un poco de fuerzas, de energías, porque vaya que las necesitaría.
— ¿Seguro?— Géminis asintió, riendo un poco al saber que Capricornio no podía verlo.
— Seguro, come por los dos— Le pidió. Lo siguiente que hizo el chico de rizos rubios rojizos fue agacharse una estatura considerable para alcanzar la frente de su novio que, aunque parándose de puntillas, seguía siendo demasiado pequeño.
La habitación se quedó con tres al final.
Entonces los dos restantes pudieron ver a la perfección cómo alguien caía en pedazos ante sus ojos. Se sintió como estar en medio de un cuarto con el piso lleno de espejos. Si se movían de mala manera, podrían romperlo por completo, pero ambos signos sabían que no podían permanecer inmóviles por el resto de sus vidas. Y, como quien se queda parado en medio de hielo fino, la capa cedía bajo el peso de ellos, agrietándose sin remedio, acabando con la falsa sensación de seguridad que se permitieron sentir. Géminis corrió de la puerta hasta la litera donde el chico estaba sentado, rodeándolo con sus brazos, conteniéndolo, mientras el chico de cabellos castaños claros se deshacía en sollozos y temblores entre sus brazos. Sentía como si su mejor amigo se estuviera rompiendo y él no podía hacer nada. La presa no sólo se estaba desbordando, sino que el muro de contención estaba colapsando, cayendo a pedazos; y no sólo eso, sino que el agua que salía arrasaba con una población entera sin previo aviso.
Libra estaba tan cansado de todo; de fingir frente al resto que estaba bien, de contenerse, de callar sus sollozos para no preocupar al resto. Estaba harto de todo lo que había tenido que pasar, de quién sabe cuánto tiempo de encierro sin luz y de la luz que ahora lo cegaba y le provocaba migraña. Sólo quería comenzar a llorar y no detenerse hasta que el mundo se hubiera acabado, inundado bajo todas las lágrimas que derramara, hasta quedarse seco, tan vacío como se sentía. Pero las lágrimas seguían saliendo, las lágrimas no parecían tener fin.
Incluso cuando Géminis lo abrazó, se sentía tan débil y muerto por dentro que ni siquiera fue capaz de corresponderle. Era como si sus brazos estuvieran rellenos de concreto, tan pesados que le era imposible moverlos de su lugar. Sintió el abrazo volverse más y más apretado mientras sentía cómo el sweater del signo de los gemelos se humedecía ahí donde había quedado su rostro.
De pronto, sus pulmones se negaron a recibir más aire. Las respiraciones que tomaba no eran suficientes y era incapaz de tomar bocanadas profundas; sólo eran inhalaciones superficiales, cortas, que no aportaban nada de oxígeno a su cuerpo. Y, al mismo tiempo que las paredes parecían cerrarse sobre él y una extraña certeza de que el mundo se acabaría en ese momento se adueñó de él, su mirada se tonaba borrosa.
Libra había comenzado a hiperventilar.
Géminis miró con terror al chico de ojos grises, el otro que se había quedado cuando todos los demás se fueron, sin tener la más mínima idea de qué se suponía que debían hacer en una situación como esa. Tomó el rostro de Libra, obligándolo a mirarlo, pero los ojos castaños del signo de aire parecían no enfocar a nada y mientras más segundos pasaban, peor se ponía todo.
Libra creyó escuchar a lo lejos, como si le hablaran del otro lado del mundo, que alguna voz familiar que no podía terminar de distinguir le repetía una y otra y otra vez que respirara, que se calamara; alguien tuvo el descaro de decirle que ya estaba todo bien. Él sabía que las cosas nunca volverían a estar bien. Para empezar, no podía respirar.
¿Y si moría en ese preciso momento?
Pensar eso sólo hizo que su estado cayera en picada. Palideció y su cuerpo se congeló en un tiempo récord; de pronto, no sólo temblaba por los sollozos. Sus dedos comenzaron a ponerse morados ante la aterrada mirada de Géminis y no podía dejar de temblar, hasta parecía que estaba convulsionando. Libra sentía que se perdía en un abismo tan profundo como oscuro y, cuando eso pasa, sólo puedes aferrarte con fuerza a lo primero que tienes a tu alcance. Cerró su mano alrededor de la manga del sweater del signo de los gemelos, apretando con una fuerza que no sabía que poseía, con una fuerza nacida de la más pura desesperación.
— ¿Tienes algo para calmarlo?— Preguntó Géminis sin alejar ni un milímetro a su amigo. Sabía que el tono alarmado de su voz no ayudaría en el estado de la balanza, pero no podía actuar como si todo estuviera bien cuando su amigo estaba en una crisis como esa.
— ¿Y si lo llevamos a la enfermería o llamamos a alguien?— Los ojos de Escorpio estaban clavados en el botón de pánico que, por reglamento, todas las alcobas debían de tener. Era un botón que, al ser presionado, activaría una alarma que haría que todos los pasantes y miembros del personal disponibles aparecieran en ese lugar en menos de un segundo— Podemos...
— No podemos llamar a nadie— Soltó Géminis con tanta urgencia como agresividad. Sus ojos estaban desorbitados, quizá por el miedo, quizá por la descarga de adrenalina que sufría en esos momentos— No podemos permitir que se lo vuelvan a llevar.
Al parecer, esas palabras tuvieron efecto en el más delgado de la habitación. Se aferró con más fuerzas de ser posible, mientras fijaba su vista en los ojos verdes del chico con pecas. Géminis ni siquiera necesitaba su habilidad para saber que esa mirada era de puro terror.
— No hagas que me lleven, no quiero volver, por favor— Le imploró con tanta urgencia que Géminis no pudo hacer otra cosa más que volver a estrecharlo contra su cuerpo— No quiero volver...
— Te tengo— Murmuraba una y otra vez al tiempo que acariciaba el cabello del signo de la balanza— ¿Tu novio drogadicto no te dejó uno de sus calmantes antes de irse?
— No era drogadicto— Le espetó el escorpión al tiempo que blanqueaba los ojos.
— ¡No tengo tiempo para malditos tecnicismos!— Le gritó, porque el terror ajeno lo estaba haciendo perder los estribos, porque él mismo se sentía al borde del colapso, de estar en la misma situación que su mejor amigo. Ya le había fallado una vez, no pensaba volver a hacerlo, aunque eso lo destruyera a él también— ¡Maldita sea, Escorpio! ¡Dame algo!
— Está bien— El mencionado comenzó a rebuscar con urgencia entre sus cosas.
En el espacio entre el colchón y la pared solía guardar aquellos pequeños tesoros que sus múltiples parejas le habían dado alguna vez. Eran sus recuerdos, después de todo, sus trofeos. La mayoría le daba baratijas sin valor que se rompían a la semana; pero hubo alguien que quizás en su tiempo no fue bien valorado, pero que ahora se sentía como un jodido salvavidas en medio de una tormenta. Tal vez no fue la mejor influencia para el joven e inexperto Escorpio, pero ese niño ingenuo que alguna vez fue hizo algo bien y eso fue guardar esas pastillas como si fueran la solución a todos sus problemas. No las volvió a consumir después de que ese pasante abandonara las instalaciones sin siquiera despedirse, pero ahora le agradecía por ser un bicho raro que regalaba pastillas como si fueran rosas.
Se las tendió a Géminis quien ni siquiera se detuvo un segundo a verlas, no le interesaba nada más que ayudar a su amigo y, si Escorpio decía que eso serviría, no le quedaba más opción que confiar en su palabra. Después de todo, no tenía la más mínima experiencia en medicación clandestina, aunque quisiera debatir, cosa que no era así, no contaba con la información ni el tiempo. Con premura tomó una de las pastillas blancas y se la tendió al chico, pidiéndole con la voz más calmada que pudo fingir que la ingiriera, asegurándole que estaría todo bien después de eso.
Libra se la pasó sin necesidad de agua.
Si lo hubieran llevado con alguien que fuera parte de ellos, no podrían saber qué harían con él. Pero no sólo eso los aterraba, porque desde que cumplieron quince años siempre existía la posibilidad de que llegara ese día que tanto temían. Todos pedían ser el primero en irse, porque ya habían pasado por dos sucesos iguales y no se sentían lo suficientemente fuertes como para sobrevivir una vez más. Sin embargo, también tenían pánico al pensar en que ese día llegaría pronto. ¿Qué clase de persona quiere algo así? Los aterraba pensar que en breves dejarían de existir. En parte, Géminis sabía a la perfección que no había dejado que Escorpio pulsara ese botón porque con un diagnóstico profesional las cosas eran oficiales y no habría marcha atrás. ¿Y si no era un simple colapso nervioso fruto del trauma y la ansiedad que el encierro de meses le provocó a su mejor amigo?
La pastilla empezó a hacer efecto y el chico se calmó lo suficiente como para soltar la manga de su amigo, quien se quedó a su lado pasando sus dedos entre los mechones de su cabello castaño, mientras lo miraba quedarse dormido gracias a las maravillas de los medicamentos que algún demente había traficado para un menor de edad del que decía estar «enamorado», intentando a toda costa alejar su mente de ese pensamiento que lo perseguía por las noches, porque, de permitirse pensar en eso entonces él también necesitaría una de esas pastillas.
¿Y si Libra estaba colapsando justo como lo hicieron los de las otras generaciones?
• . ✩ • . . • . . . . . •
Parpadeó un par de veces, confundido a más no poder mientras intentaba averiguar dónde se encontraba. Era en vano y el chico era consciente de eso; aun así, decidió perder un par de segundos más por si lograba ubicarse. No lo hizo, pero con cosas así siempre venía bien tener un poco más de precaución que el resto. Estaba en un cuarto sumido en la más profunda oscuridad que alguien pudiera experimentar en su vida.
Comenzó a caminar entre las tinieblas, prestando más atención de la necesaria a cada detalle, a cada sombra, a cada paso; todo parecía estar vacío y él no alcanzaba a comprender el sentido que tenía estar ahí si nada interesante iba a ocurrir. Caminó un poco más, intentando abarcar el mayor terreno posible. Quizás el motivo de todo estaba un par de pasos por delante de él. No tenía tiempo que perder y, al no poder ver donde terminaba todo, tenía que moverse rápido.
Sus pasos hacían eco en la habitación vacía, pero era un sonido húmedo, como si estuviera pisando charcos, como el sonido que hacían sus amigos durante las duchas a primera hora en la mañana. Quizás estaba en las duchas. Eso tendría sentido.
Por lo general, eran lugares que conocía bien, como el comedor o la sala de recreación. Pero eso no explicaba por qué todo estaba en completa oscuridad.
— ¿Hola?— Preguntó a la nada, escuchando cómo su voz de distorsionaba gracias al eco, oyéndose cada vez más lejana hasta disolverse y volverse una con el vacío— ¿Hay alguien?— Prosiguió, sabiendo que nadie respondería. Nunca lo hacían, ¿Por qué empezarían ahora?
Así que siguió caminado por tanto tiempo que consideró inútil preocuparse por eso a estas alturas. Tal vez era de esos casos en los que no competía contra reloj.
Deseó tener una lata para tener algo con lo que distraerse en esos momentos, algo que patear a lo largo de su marcha por la interminable oscuridad, algo que hiciera eco para no sólo escuchar sus pasos, sino un agradable repiqueteo metálico. Si, una lata sería bastante agradable. Para su infortunio, no la tenía. ¿De dónde sacaría una lata en medio de la nada? ¿De dónde obtendría algo si ni siquiera sabía dónde se encontraba?
Sin saber qué más hacer y muriendo de aburrimiento, se puso a pensar en las buenas nuevas. Es imposible que algo pase desapercibido cuando sólo hay doce personas en tu mundo. Y, aunque puedas ocultar algo por un poco de tiempo, nadie podría contener la estampida de susurros que provocó la vuelta de cierto signo de aire a la escena pública. Hasta él, que se sentaba en la mesa dos, aquella donde nadie era cercano a los miembros de la mesa uno, donde ese chico comía antes de que lo feo ocurriese, se había enterado.
Y eso que él no solía enterarse de nada.
Pero las noticias vuelan en lugares donde no suele pasar nada. Al principio pensó que esa cena estaría llena con los sollozos de Leo al enterarse de que un oso asesinó a su mejor amigo, pero el albino había vuelto intacto de aquella prueba demencial que les habían puesto. Lo cal era bastante buena noticia, pero no tan buena como que él hubiera regresado.
Nadie, ni siquiera él, podría haber predicho el desenlace de aquella tarde.
Era bastante demente, si lo pensaba bien. De un segundo a otro la noticia de un oso en las instalaciones había pasado a segundo plano porque el miembro de la generación que más tiempo había pasado en el Agujero Negro resurgió de entre las cenizas.
Ni siquiera le había dado tiempo de ir a verlo a su habitación. Supuso que querría un tiempo a solas para volver a sentirse en casa; él mismo lo necesitó cuando lo castigaron hace ya tantos años. El aislamiento puede ser peor que la muerte, después de todo. Decidió darle espacio, eso y que todos los de su mesa le repitieron mil y una veces que no fuera a molestar. Así que puchero en cara y brazos cruzados, acató las órdenes de la mayoría.
De pronto, una luz en el centro de la habitación se encendió.
Sagitario ahogó un jadeo, sintiendo cómo su mundo se le venía abajo. Del centro, en una cuerda, colgaba el cuerpo sin vida de Libra. Su rostro estaba morado y sus labios, hinchados, tenían un color púrpura tan oscuro que casi parecía negro. Corrió, escuchando las mojadas pisadas hacer eco en la inmensa nada, mientras el lugar donde el cuerpo estaba parecía alejarse cada vez más. Cada paso que daba era una tortura, cada segundo pasaba tan lentamente como le era posible, como si el tiempo se dilatara hasta límites insoportables.
— ¡Libra!— Gritó al vacío, sin saber qué más hacer. Sintió las lágrimas surcando por su rostro mientras lograba darle alcance al chico colgando de la cuerda.
Lo abrazó de las piernas, alzando el cuerpo del contrario para que la cuerda dejara de apretar su cuello como lo hacía hasta ese momento, y pidió a gritos por ayuda. Llamó a todos por su nombre, implorándole a la nada por socorro, recibiendo la misma fría indiferencia que todo este tiempo. No sabía qué hacer, no sabía cómo ayudar.
— ¿Por qué hiciste esto?— Preguntó al chico en sus brazos mientras intentaba controlar su respiración. El nudo en la garganta dolía y no lo dejaba respirar bien— ¿Por qué tomaste esta decisión? ¿Por qué, Libra, por qué?
Lo que llenó la inmensidad del silencio fueron sus sollozos, que hacían eco a lo lejos hasta distorsionarse y volverse irreconocibles para el arquero, como burlándose de él, como restregándole que no había podido hacer nada para salvar al chico que colgaba de la cuerda en medio de la oscuridad.
Despertó cubierto de sudor frío, entre gritos y alaridos. Su pijama estaba empapada con el sudor y no podía dejar de temblar ni de balbucear incoherencias; y en su rostro las lágrimas se unían al festival de fluidos. Su corazón en su pecho amenazaba con salir o con detenerse en cualquier momento y su pecho dolía de una manera que no podía ser saludable para nadie. Escuchó entre la penumbra de la noche el susurro de las mantas al ser movidas, el rechinido de las camas cuando sus ocupantes se movían y el sonido seco de un cuerpo cayendo de la litera superior, sólo para avanzar un par de pasos y subirse en la litera donde él estaba.
Estaba llorando.
Acuario le sonrío con preocupación a su amigo mientras se sentaba en una esquina de la cama. Sagitario estaba demasiado alterado como para hablar y el signo de aire no estaba del todo seguro de que hacerlo revivir su pesadilla fuera la mejor idea. Tomó la manta del arquero y la utilizó para secar la cara de su amigo.
Sagitario miró a su alrededor intentando ubicarse; al estar en la litera superior, tenía buena vista de toda la habitación. Los había despertado a todos con sus gritos nocturnos y se sentía como la peor persona del mundo por eso. Estaba en su habitación. Estaba a salvo. Estaba bien.
— ¿Te encuentras mejor?— Le preguntó en susurros Acuario. Sabía que sería imposible que el resto volviera a dormir después de escuchar esos gritos, pero nada perdía con guardar silencio y tener esperanza— ¿Quieres que llame a alguien?— El chico de ojos rasgados negó efusivamente con la cabeza, provocándose una leve cefalea.
Libra está en peligro.
Libra va a hacer una tontería.
Libra está mal.
— ¿Te recuerdo que no me puedes mentir?— Interrogó de nuevo, ceja enarcada, mientras clavaba sus muy, muy claros ojos azules en los castaños del contrario.
— Tuve uno de mis sueños...— Si existía una remota posibilidad de que alguno de los presentes recobrara el sueño después de los gritos de su compañero de habitación, se había extinguido por completo con esa declaración. Todos se quedaron expectantes, sin atreverse siquiera a respirar demasiado fuerte, porque la habilidad de Sagitario no solía presentarse. Y era precisamente por eso que los preocupaba cuando lo hacía— Soñé que Libra se suicidaba.
Porque Sagitario tenía sueños que predecían el futuro...
---------------N.A:
El colapso nervioso de Libra apesta a experiencia personal, una de las peores, no se la recomiendo a nadie. ¿Quién dijo que la ansiedad no ayudaba en algo?
Prometo que, después de esto, los capítulos van a ser un poco más alegres. En serio lo voy a intentar. Aunque se viene la recuperación de la pobre balanza y empieza el arco de Cáncer, ya quería llegar a esta parte. Pero sí voy a intentar meter cosas felices. (Los que leyeron Desastre saben que si no es triste no es de Nameless524, es mi marca, désolé pas désolé).
Las actualizaciones se vienen más rápido que nunca y aquí es donde les pregunto: ¿Prefieren maratón o que siga así? Si no contestan, la decisión corre por mi cuenta y se puede notar que mi talento es tomar malas decisiones.
Les amo, espero leerles.
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