Capítulo 9✔️
Después de finalizar el pacto, cada uno se retiró a su habitación. Ya no había necesidad de permanecer tanto tiempo juntos. Hela, en su habitación, hizo aparecer un mapa donde estaban ubicados los yacimientos de petróleo del humano, que ahora se encontraba a su cargo. Deslizo sus largos dedos, y pincho con su uña, los nuevos lugares donde Maximus, encontraría el tan cotizado oro negro. Así muy pronto, el humano encontraría nuevos pozos en su propiedad y obtendría las riquezas que ambicionaba su oscuro corazón.
...
Los cuatro dioses, tenían todo preparado para realizar el ritual y traer al mundo mortal, a sus tan amadas mascotas. Solo debían tener un lugar amplio y solitario para empezar, y por suerte el terreno de Maximus, servía para ello. Esperaron que llegara la noche de luna llena, pues así, su magia sería más fuerte.
Todos se colocaron unas capas negras, tan oscuras que el portador se podía perder en la noche. Sin perder más tiempo, todos se agarraron las manos y empezaron con rezos en sus respectivas lenguas; Eris, habló en griego antiguo; Marte, en romano; Anubis en egipcio y Hela en nórdico. Después de hacer sus rezos y peticiones, la tierra empezó a moverse, el viento azotaba de todas las direcciones, todo empezaba a resultar un caos para cualquier humano que deseara inmiscuirse y echar un vistazo.
Cuando el ambiente se calmó, los rugidos no se hicieron de esperar. Las grandes criaturas, que en antaño atemorizaban a los humanos, habían regresado y todas tenían sed de venganza; sed, que sus respectivos dueños, planeaban saciar.
El primero en aparecer fue un dragón de tamaño descomunal, su color variaba entre negro y rojo, sus alas finalizaban con grandes garras. Poseía unos dientes enormes y afilados, sus ojos brillaban con maldad. El Dragón de Nidghogg, destilaba una sed insaciable de venganza. Su ama se acercó al dragón, y con un simple movimiento de manos, la bestia dejó que se montara en su lomo y ambos se levantaron en pleno vuelo. Hela, observaba a sus compañeros con aires de superioridad, mientras los veía desde el cielo.
El siguiente en aparecer fue un perro gigante de tres cabezas, conocido por los humanos como Cerbero, el custodio del infierno. Cada una de sus cabezas, llamaban la atención por su fiereza y agresividad. Sus dientes afilados y blancos destacaban por demás. Marte, se acercó con suma seguridad, y a cada paso que daba hacia el monstruoso animal, este se agazapaba con temor.
Luego, de entre la tierra apareció una serpiente, del mismo tamaño que el dragón de la nórdica. Según la mitología egipcia, esta serpiente se denominaba Apofis, una bestia de gran tamaño y agilidad. Su piel brillaba bajo la luz de la luna. Sus colmillos eran del tamaño de un humano promedio, y se veían capaz de destrozar lo que se pusiera ante el. Anubis, se preparó para recibir a su antigua acompañante, la cual bajo su cabeza, esperando la caricia de su amo.
Eris, no tardó en ver a su mascota. La hidra de cinco cabezas, hizo acto de presencia. La similitud en las cabezas de la hidra y las del dragón y a apofis, eran notorias. Todas ellas tenían rasgos amenazadores. La característica más llamativa de esta criatura, era que al cortar una cabeza, aparecía otra; además de que ésta podía volar por los cielos y lanzar fuego, como un dragón. Y sus grandes patas, con sus inmensas garras capaces de destrozar una montaña, solo por gusto.
Ya todos los dioses, tenían a sus mascotas consigo. Ya nada les impedía, continuar con su plan de venganza, contra aquellos que en alguna oportunidad osaron arremeter con ellos.
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